sábado, 2 de enero de 2010

Niní Marshall: Una estética del humor a partir del trabajo con en lenguaje




Silvina Marsimian es profesora en Letras. Becada por el Fondo Nacional de las Artes, realiza actualmente una investigación sobre la presencia de Leopoldo Marechal en publicaciones periódicas. En la tercera edición de la Feria del libro se refirió a las series de suplementos Historia de la Literatura Argentina y Grandes escritores Latinoamericanos, publicados por el diario Página 12 que ella dirigió. Su tesis de maestría en Análisis del Discurso versa sobre los sketchs radiales de Niní Marshall, sobre los cuales expuso en la cuarta edición de la citada feria.
La obra escrita de esta autora no se encuentra editada, ni es accesible para otro fin que el estrictamente académico. Reviste muchos aspectos de interés, así como también, es destacable el cuidado por el detalle con el que la humorista abordaba todas sus creaciones, las circunstancias vinculadas a ellas y sus implicancias culturales y lingüísticas.
Los siguientes son conceptos que, ilustrados con fragmentos de distintos personajes de la humorista, fueron tomados de su exposición
La primera escritora de humor de la Argentina
Niní Marshall es la primera escritora de humor o, al menos, la primera reconocida, que alcanzó una popularidad inusitada en el medio masivo que fue la radio, en la década de los años 30/40, y pasó a ser una estrella por la que rivalizaban los empresarios radiales que, en un hecho nuevo entonces, le permitieron escribir sus propios libretos, en una etapa cultural en que las mujeres podían actuar y cantar, pero no escribir, y menos aun, escribir humor, que era algo que sólo los hombres podían hacer.
El humor no representa sólo un espacio para el entretenimiento, sino que es revolucionario. Tradicionalmente, el género de la tragedia estuvo relacionado con la aristocracia (la clase de “los mejores”) y por lo tanto con el poder y la autoridad y, fundamentalmente, con la seriedad. La comedia, por el contrario, era representación de “los peores”, de la clase media, y su objetivo consistía en corregir sus errores, riendo. La función “educativa” de la comedia presuponía un grupo social que debía corregirse.
Pero el humor, algo nunca demasiado sistematizado desde el punto de vista teórico, , en parte por esos prejuicios, fue relacionado por Mijail Bajtin con el carnaval, con el “mundo del revés”, cuando se suspenden las jerarquías y valores de la sociedad constituida. En un momento del año, de la vida de la comunidad, se declara un espacio de carnaval, donde todo vale, y la gente, trasvestida, se libera de la seriedad intimidante del poder, porque en ese momento no va a ser censurada, ni juzgada.
El humor asociado a la clase media, a la burguesía, no a la aristocracia, tiene el tono del pueblo, dice Bajtin, no prescribe normas ni es autoritario. El humorista observa, se distancia y critica, pone la lupa en aquellos elementos no reconocidos todavía. Por eso el humor aumenta nuestro conocimiento de las cosas, en lugar de, como se cree, desvirtuarlas.
La censura
Niní Marshall fue censurada en 1943. Sus personajes de Cándida, Catita, y el Mingo, sufrieron censura porque hablaban mal, en un incorrecto castellano, y lo hacían por la radio, el medio masivo por excelencia, cuando la revolución nacionalista de 1943 constituyó una política cultural que velaba por la pulcritud del lenguaje. Éste debía ser lo más hispánico posible y con las menores marcas rioplatenses, consideradas chabacanas. Además, el hablar con los modismos del lunfardo, o desviaciones del castellano debidas a la influencia de las voces de los inmigrantes, sobre todo los italianos (el cocoliche), era asociado además a conductas bastardas e inmorales. Lengua, moral y Nación, eran tres conceptos que estaban, en esta etapa política, claramente asociados.
La radio, a través de locutores y artistas, debía, por una disposición de la Ley de Radiodifusión, procurar hablar en correcto castellano. Derrocado Castillo, durante el gobierno de facto de Ramírez, el Ministerio del Interior de la Nación, a través de la Dirección de Radiocomunicaciones, le prohibió la representación de Catita, Cándida y el Mingo. La causa aducida fue que el lenguaje de los personajes deformaba el castellano e influía en el público, que no sabía discernir. Las autoridades pretendieron ignorar la variedad de la lengua hablada por los rioplatenses y fueron excluidos términos de la comunicación cotidiana. Se obligó, por ejemplo, a locutores, actores y animadores a hablar con la “elle”. El tango fue una de sus víctimas: “Che papusa, oí” se convirtió en: ”Señorita, por favor, escuche”. La “vieja” pasó a ser la “madrecita”; y la “percanta”, la mujer.
Niní explicaba que si bien Catita pronunciaba incorrectamente, el animador funcionaba como corrector. Trató de evitar el choque con las autoridades: el “As noches” de Catita pasó a ser el académico “Buenas noches”; e inventó que Catita había muerto para después resucitar. En realidad, la hizo sufrir un ataque de “catalepsia” del que se recuperó hablando “en fino”: “Lo juro por la luz eléctrica que me alumbra. Incorpóreme en el féretro, ante la estupefacción colectiva, bajéme del catafalco cual visión fantasmagórica y reintégreme al orbe de los vivos, de tal suerte metamorfoseada, cual crisálida que deja el capullo y se torna mariposa para revolotear de flor en flor”. Se despidió de sus oyentes con un “hasta el viernes…, si nos dejan…”.
Un idioma
Niní Marshall no sólo abrió un espacio nuevo siendo mujer, sino que lo hizo por sí misma, sin apoyo de personas influyentes, ni cediendo en sus creaciones, ni ante las presiones o la censura. Al hacerlo, no sólo tuvo en vilo al país, pendiente de sus programas y películas, sino que aportó elementos que explotaron generaciones futuras de humoristas.
Marina Esther Traveso, sexta hija de un matrimonio de inmigrantes asturianos, nació el 1ro. de junio de 1903.
La inmigración sería una de las temáticas que habría de cultivar intentando, con éxito, la caracterización de la mujer inmigrante italiana, española, judía, alemana, y su capacidad de adaptación en un nuevo país. De hecho, desde el punto de vista sociológico, hizo un estudio muy agudo de las maneras de pensar y sentir de las que serán las madres de la futura población argentina, compuesta por la inmigración.
Interesa revisar entonces, los lugares comunes que se expresan en las frases hechas de esas mujeres inmigrantes, porque representan la concepción del mundo de la sociedad en gestación de la primera parte del siglo XX en la Argentina.
Este interés es importante por el abanico costumbrista que ofrece a través de sus personajes femeninos, y por hacer una radiografía del habla popular, en una etapa en que, en la literatura argentina por ejemplo, estaba discutiéndose sobre cuál era el idioma de los argentinos:¿el de nuestros ancestros españoles, el gauchesco, el modernista de Lugones, el lunfardo? Borges, Arlt, Marechal, más tarde Cortázar, reflexionaron, en la primera mitad del siglo, alrededor de este problema: ¿Cuando se escribe literatura argentina, en qué idioma se lo hace?
Niní Marshall contribuyó con la recuperación de las voces populares, de los lugares comunes del habla que constituye nuestra identidad lingüística. Por eso, en su momento, el Instituto de Filología de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata, le pidió cuatro versiones de Edipo Rey, según cuatro de sus personajes: Catita, Belarmina, Mónica, y la Niña Jovita, con el fin de integrar sus voces al archivo sincrónico de la lengua actual argentina: “La creación de algunos de sus personajes demuestra una detallada observación del habla argentina y son muy útiles para el estudio de particularidades sintácticas, lexicográficas y fonéticas de distintos estratos sociales y culturales del país”, le dijo en una carta el profesor Roberto de Souza.
Cándida
Silvina Marsimian ilustró a Cándida con fragmentos de “Colón era gallego”.
El personaje debutó en 1935 en “El chalet de Pipita Cano”. La conductora, Patricia Palmer escuchó a Niní, que era cantante internacional, divertirse con sus compañeros imitando a su mucama gallega, invitándola a incorporarse a un micro en el programa de Radio Municipal, con tal éxito que Tiendas La Piedad y jabón Llauró la promocionaron a un programa propio con Juan Carlos Thorry como partenaire.
En aquella época de apogeo de la radio, llegó a ese medio, alcanzó horarios centrales y escribió sus propios libretos. Así retrató a su primer personaje: “Me llamo Cándida Loureiro Ramallada, Loureiro por parte de padre…vengo de Pedrofrita de Ferreiro, que viene a quedar pasando la ría, junto al muelle de pescadores, cerca de la casa de Loredo, pasando la casa del tío Antonio, enfrente de la ferretería de la tía Presentación, mismísimamente ahí está mi casa”. Es tierna, pero ruda, atrevida y tozuda: “¡A mí pueden convencerme por la fuerza pero con razones…jamás!” Algo violenta, confiesa haber pegado a su marido, quien también le pegaba a ella, pero en legítima defensa.
Pertinaz, en 1937, Niní consiguió, con el patrocinio de Roberto Llauró, hacer un sketch de Cándida de 5 minutos en la audición de la orquesta de Francisco Canaro, y presentada por Juan Carlos Thorry en Radio El Mundo. Por el éxito, obtuvo su propia media hora dos veces por semana. Las admiradoras de Thorry, jovencitas que se acercaban a la radio para pedirle autógrafos, inspiraron su personaje más exitoso, el de Catita. En 1942 pasó a Radio Splendid, con un cachet extraordinario para la época. Por razones de exclusividad con El Mundo, Thorry no pudo acompañarla, y lo hicieron el animador y locutor Juan José Piñeyro y el locutor y pianista Carlos Ginés.
De este modo, llevaba a cabo cuatro audiciones semanales con Thorry, lunes y viernes con Cándida, auspiciada por Llauró, miércoles y domingos con Catita, auspiciada por la Piedad, Thorry como partenaire, más orquestas y cantores, como De Caro o Canaro.
Catita
Surgió en 1937, a partir de la imitación de las jóvenes que esperaban a Thorry a la salida para pedirle autógrafos. Tenían una vestimenta muy llamativa, eran muy charlatanas y hablaban con una voz chillona, mezclando modismos, o construyendo las frases de un modo que permitía reconocer su origen italiano.
Niní retuvo algunos dichos, observó que en forma frecuente se comían las eses, o anteponían artículos a nombres de personas. El auspiciante, que era el dueño entonces muy famosa tienda La piedad, se resistió en principio a hacerlo pensando que perdería su clientela, pues todas sus clientas eran iguales a ella; pero como sucedió con otros, los personajes representados no se dieron por aludidos.
Catalina Pizzafrola Langanuzzo, representaba a la medio burguesía nacida inmediatamente después del afianzamiento de la inmigración en la Argentina, que aspiraba a ubicarse unos peldaños más arriba en la escala socio-económica. Tenía una familia perteneciente a un barrio porteño, donde había chusmas que zanguaneaban y competían con ella en certámenes de belleza del club de la zona. Tenía pretendientes y, cuando por un hecho fortuito, como ganar la lotería, se mudaba de barrio tenía que adaptarse a nuevas costumbres; el humor surgía, muchas veces, de las dificultades para adaptarse. Ante el ascenso social, aparecían otras pretensiones: viajaba a Nueva York, México, iba al museo de ciencias, de historia, de bellas artes. Hablaba de Napoleón, de Edipo, y ridiculizaba las aspiraciones de la ignorante que hace lo que quiere sin temor al ridículo.
Otro de sus personajes, Doña Caterina Gambastorta de Langanuzzo, abuela de Catita, era una inmigrante italiana, que habla en un dialecto cerrado y que, a pesar de los setenta años de permanencia en la Argentina, no se había aclimatado al país, añoraba con nostalgia al “piccolo paese”, porque la verdura y la fruta como tantas otras cosas eran mejores allí.
Mónica Vedoya Hueyo de Picos Pardos Sunset Crostón
Era una Catita del Barrio Norte, tilinga y snob, que aceptaba todo lo extravagante que la moda y las costumbres imponen. Llevaba una vida de reuniones, canasta, golf, boites, y no tenía tiempo ni para dormir: “¿Si no me duermo en los conciertos y en las conferencias, dónde querés que duerma? confesaba.”
Impuso varias palabras: “tarúpido”, “¿me asumís?”, “típico” “¿No te parece bestial?”, “¿No te parece mortal?”, “Podeme que es la pura, yo me quedé frappé”, “Portu”, “depre”, después divulgadas por Landrú en la revista Tía Vicenta.
El personaje era amiga de los Alzame Unzueco, el Gordo Lastra Morfón, los Panchorena, los Sudaondo, los Parque Lexica, los Parque Lezama. Filomena Capelletti, que era la esposa de su primo Cogollo Llanos Paz, era el lamparón de la familia, porque “supura guaranguería por todos los poros”.
Y se nos fue redepente
En 1973, el productor teatral Lino Patalano ofreció a Niní Marshall hacer café concert. A sus setenta años, decidió poner en escena, encargándose del vestuario, maquillaje y dirección general, un libreto que había redactado en los años cuarenta, con sus personajes más queridos: Catita, Doña Pola, Doña Caterina, Cándida, Mónica y la Niña Jovita: estos asistían al velorio de Don Pascual que había muerto “redepende”. En la obra Catita actúa de maestra de ceremonias, permaneciendo casi todo el tiempo en escena. En off, aparecen las voces del Mingo y el Nicola. Se trata de un unipersonal que la obliga a hacer varios cambios de vestuario y maquillaje. Mientras realiza estos cambios, se escuchan las voces de los hermanos pequeños de Catita (que ella llevó al velorio “porque nunca habían visto a un muerto”), que en una habitación contigua, junto al muerto, se pelean, escuchan el partido, se comen los sanguches que la panadera ha enviado al velorio, a cambio de una corona, que es “muy cara.”.
Otra de sus afamadas caracterizaciones, Doña Pola, comerciante judía, pícara y ventajera, dueña del negocio “Los tres hemisferios”, afirma: “El dinero no es todo en la vida…pero calma los nervios”, y “No tire ni regale nada, todo tiene valor. Llame a los tres hemisferios, la casa más seria y que paga mejor.”. La Niña Jovita es una vieja y anticuada solterona que no pierde las esperanzas de “enganchar” un marido; una moralista que en su mocedad fue “maestra normal mixta”; tiene una mascota que es un loro al que llamó Romeo, que lo que “tiene de verde lo tiene de decente”. Atiende un consultorio sentimental y lleva un álbum en el que guarda celosamente cartas de amigos, fotos de familia en cepia, pétalos de rosas, rimas que ha escrito.
La obra, estrenada en “El gallo cojo”, de Mar del Plata, tuvo un enorme éxito, llegó a las mil ochocientas representaciones, y salió de gira por el interior del país, y por Uruguay, Chile y Perú. Es probablemente su obra mayor, por el libreto y la actuación.
El hallazgo es que, al final, el muerto resucita y generaa una nueva fuente de hilaridad. Simplemente, había tenido un ataque de catalepsia, del cual había despertado, para sorpresa de todos, arremangándose la mortaja, para correr a la mujer, quien le había hecho crecer unas protuberancias, unos quistes en la frente (según Catita) gritándole groserías de todo tipo.
Catita era la maestra de ceremonias de este funeral y utilizó un recurso novedoso para la época que sentó las bases del café concert: trataba al público como si fueran otros colados al velorio, como ella, y otros vecinos, y se disculpaba porque los había invitado al cortejo que ahora, con la resurrección del muerto, se suspendendía. Es decir la incorporación de los espectadores dentro de la ficción, el diálogo con ellos. Esto explica por qué, para Enrique Pinti y Antonio Gasalla (como para otros), Niní sea la maestra del género en la Argentina
Vigencia
Sus numerosos reconocimientos, como el Premio Homenaje Martín Fierro, otorgado por APTRA, o el de Ciudadana Ilustre de Buenos Aires, entre otros, y el de artistas que tomaron muchos de sus elementos, son una parte de su significado en la cultura. Otra parte hay que buscarla en la sonrisa que se dibuja en cada persona que menciona o a cada una a quien le es mencionado su nombre, porque todos guardan algún fragmento de esa galería, un recuerdo, una palabra, un giro de ese universo.
Niní Marshall logró no sólo imponer su estética, sino crear un universo intransferible, hacerlo dentro de sus convicciones, establecer un estándar que ha sido el referente obligado de quienes la han seguido, y hacer que pueda admirársela por eso y por su escritura en sí misma.




Eduardo Balestena
ebalestena@yahoo.com.ar

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