lunes, 29 de marzo de 2010

Seis obras de Mariano Moro


La reciente edición de “Seis Obras” de Mariano Moro (Colihue-Teatro, 2009, colección dirigida por el crítico Jorge Dubatti) con un estudio de Graciela Fiadino y Marta Villarino (especialistas en estudios teatrales de la Universidad Nacional de Mar del Plata), y un reportaje del periodista Pablo Gorlero al autor, ayuda a los versados en el teatro, y a los que no lo somos, tanto a entender un fenómeno como el éxito de “La Suplente” y “Azucena en cautiverio”, como la propuesta de este dramaturgo marplatense que ha abierto un ámbito expresivo propio en el teatro independiente argentino.
Una estética en busca de autor
El libro abarca las obras seleccionadas por el autor: “Edipo y Yocasta, Tragedia grecoide con humor ad-hoc” (2000), “Fraternidad” (2004), “Ègalité” (2005), “De hombre a hombre” (2007), “Retrato de señora con muchacho” (2008) y “Guantánamo” (2008), que son parte de una extensa producción entre la que se cuenta “Quien lo probó, lo sabe” (2006), “Porque soy psicóloga” (2005) y muchas otras.
Ante obras como “La suplente” y “Azucena en cautiverio “ (no incluidas en la selección porque “Ambas quedan para mí impregnadas del genio de María Rosa Frega”, dice el autor) inmediatamente surge una percepción de las cosas por el humor, un modo de decir, uno de mutar en el escenario hacia expresiones imprevistas y radicales, una intensidad, una revalorización del verso, y con él de la palabra castiza, como parte de una propuesta donde todo es impredecible, que nos interna en un mundo sin lógica y, por conducto del humor, en una enorme soledad.
Las obras de Mariano Moro se diferencian precisamente por esta ruptura con lo convencional y el costumbrismo, por la densidad de la palabra pero puesta al servicio de una escena donde estas palabras a veces indican una cosa distinta a lo que sucede a los actores, y un cruce de diferentes discursos. Si con algo quizás pueda asociarse su teatro es con el efecto paradójico de abrir un espacio diferente a partir de tradiciones y al hacerlo redefinir esas tradiciones, mostrarnos todo lo que se puede hacer con ellas, y que resulte posible entender lo que significa que un texto sea clásico: justamente por todo lo nuevo que puede hacerse a partir de él.
El resultado de saberes y competencias múltiples
“Mariano Moro tiene una vocación envidiable: parir palabras y darles un sentido vivo en vivo. Despide esa paternidad por los poros y no sólo se nota en el preciosismo de sus obras, sino en la forma en que las observa, las define, las acuna y se las apropia” dice Pablo Gorlero (pág. 235).
Si bien la literatura –cimentada por las tempranas lecturas y por una tradición oral- es un sustracto de lo escénico, la mención de las muchas actividades de perfeccionamiento –en lenguaje corporal, danza, análisis, puesta en escena y muchas otras de este autor, actor y director- que llevó a cabo Mariano Moro (que a la vez obtuvo el título de licenciado en psicología, en la UNMDP) en diferentes países, son indicativas de que su concepción teatral se vale de muchas herramientas. Esas herramientas están puestas a trabajar en una obra “atravesada por ejes problemáticos que se manifiestan en forma recurrente desde la primera pieza estrenada. Esa coherencia conceptual y creativa revela que el soporte estético está constituido por una vasta enciclopedia en la que conviven elementos del universo intelectual junto con otros e raigambre popular” señalan Gaciela Fiadino y Marta Villarino (pág. 201).
Este patrimonio discursivo basado en la lectura, más que nada de los clásicos, se imbrica, como lo señala el autor, con lo que en la infancia y la adolescencia era una propensión a la soledad y a la fantasía, hoy reconvertida en “algo profesional” (pág. 241) y alterna con giros propios de la cotidianidad, lo cual hace reconocibles a sus textos por el público.
Moro produce a un espectador competente, aunque existan aspectos de su obra que no requieran de esa competencia; en ese sentido, parecen tener algo que decir a todos.
La intertextualidad
Los textos están trabajados en parte por variaciones sobre los mitos griegos clásicos (“Matarás a tu madre”; “Edipo y Yocasta”; “Fedra, una mujer ardiendo”) o los clásicos españoles (“La suplente”; “Quien lo probó, lo sabe”), y la temática psicológica (“Egalité”, “Guantánamo” y “Porque soy psicóloga”).
“La obra de Moro da cuenta de una escritura intertextual –técnica que nos pone canciones, obras teatrales- que aparecen engastados en su escritura dramática según lo requiere el trabajo de escritura original y creativa. En ocasiones, el texto de los otros autores se respeta en forma literal, como un homenaje literario; otras veces, el dramaturgo utiliza su propia versión” dicen Graciela Fiadino y MartaVillarino (pág. 204).
Desde este punto de vista, se alternan por una parte procedimientos propios del teatro español, como el hecho de citar un texto y parodiarlo –que también sucede por otra parte en uno de los actos de Don Giovanni, de Mozart- que implica tomar un modelo, ponerlo en función del texto y con ello reformular el propio texto, al hacerlo objeto de una reflexión irónica. De este modo, la escritura se vuelve sobre sí misma gracias a la cita de otra escritura, una anterior, tomada no en su sentido original, sino en aquel que requiere el texto teatral. Esto sucede por ejemplo en “La Suplente” donde el personaje de Azucena alude a un antiguo novio con un lenguaje procaz dicho en una versificación española, lo cual implica la exigencia de saber decir un texto expresivo y sonoro, de otro modo el recurso perdería toda fuerza, y hacerlo en una doble clave: expresiva y humorística.
No obstante ser uno de los elementos más importantes, este lenguaje alterna, sin solución de continuidad, con elementos radicalmente distintos, como la danza o la comedia musical, o diferentes registros actorales.
Otro elemento es la música, que subraya climas y situaciones, y que muchas veces brinda al espectador un clima previo, todo lo cual habla de una libertad estética, la de recurrir a cualquier herramienta que sirva para desarrollar una creatividad que si bien se apoya en lenguajes y formas, parece en gran medida algo intuitivo, y trabajar no apoyándose sobre la ilusión de verosimilitud sino precisamente quebrándola introduciendo elementos líricos, narrativos, musicales y meta teatrales.
Los ejes temáticos
El estudio descompone el espectro temático: si bien existen elementos que no son homogéneos en toda la producción, sí lo son el amor y el poder.
El amor filial se expresa en varias formas, padres desmesurados o que se anulan a sí mismos, hermanos unidos por vínculos en los que juega la envidia, la anulación o la vampirización. El amor de pareja expone la pulsión erótica, la seducción y a la vez la imposibilidad. Tras el enamoramiento inicial, las relaciones (como en “De hombre a hombre”) implican desafíos que impiden que sean sostenidas y son breves, para finalmente conducir a sus opuestos, “el dolor y la soledad” (pág. 203).
Otro de los ejes es la educación, que permite hacer jugar relaciones de poder y a la vez exponer un trabajo con el lenguaje, que es elemento de seducción (“De hombre a hombre”) de desafío y refugio de la soledad (“La suplente”). Pero la transformación que implica el proceso educativo en sí mismo adquiere otras implicancias y el orden del aprendizaje se transforma, revelando otras cosas.
El elemento psicológico es otra vertiente temática que atraviesa esta dramaturgia, en obras como “Porque soy psicóloga” y “Azucena en cautiverio”, en personajes como Freudón y Lacanotes, en obvia alusión a Freud y Lacan (“Matarás a tu madre”).
En una propuesta múltiple, donde la palabra está tomada en la función comunicativa pero más que nada desde sus resonancias puramente literarias, Mariano Moro parece haber podido poner en escena el universo solitario de su infancia y adolescencia, y al hacerlo también ha dicho algo sobre los grandes temas de la vida: la soledad, el amor, las relaciones y la creación.



Eduardo Balestena
ebalestena@yahoo.com.ar

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