lunes, 28 de junio de 2010

Verónica Sukaczer: el viaje de descubrimiento


Verónica Sukaczer es escritora y periodista. Nunca salgas desconectado, El inventor de puertas, Hay que ser animal, Nunca confíes en una computadora, Vuelta al Mundo y Periodismo, son sus libros para chicos. Mal de familia es su libro para adultos. Agrega muchos otros trabajos.
Entre dos mundos: mi vida como hipoacúsica plantea no sólo una dialéctica de la resistencia sino una idea de la verdad, de lo real, del papel de la inteligencia y de la escritura como modos de autodescubrimiento, y una lucidez extrema puesta como estrategia de adaptación, pero también de hallazgo.
Nunca reconocer un límite parece ser algo inherente a una condición humana que nos exige ir siempre más allá de algo.







ENTRE DOS MUNDOS: MI VIDA COMO HIPOACÚSICA
Sukaczer Verónica
Periodista. Escritora
Verosuk68@yahoo.com.ar

Quién soy
Para hablar sobre mí no puedo sólo decir que soy escritora, o periodista, o madre.
Para hablar sobre mí tengo que decir que logré todo eso teniendo una discapacidad.
Y eso es lo que me define. Soy quien soy porque soy hipoacúsica (1). Mi ser se formó
alrededor de la falta de audición.
Esta soy yo: una mujer joven, madre de dos niños, periodista, escritora, lectora,
hipoacúsica.
Detalle de la hipoacusia
Cuando dos hipoacúsicos nos encontramos, deberíamos mostrarnos las
audiometrías para conocernos. “¡Qué buenos graves que mantenés!”. “Y a vos te
felicito por tu resto auditivo”. Entre los agudos de uno y los graves de otro, quizás
logremos hacer un “normoyente”.
Es importante contar cómo uno escucha y qué escucha, para que el otro entienda
frente a quién está. Yo tengo (¿poseo, padezco, sufro?) una hipoacusia bilateral
severa a profunda, postlingüística y progresiva. Es decir que escucho de poco a nada,
y que comencé a perder la audición alrededor de los seis años, cuando ya había
adquirido el lenguaje. Continué perdiendo audición desde entonces, hasta que un día
supongo que ya no la encontraré.
Utilizo un audífono intracanal en el oído izquierdo, con el que puedo escuchar
muchos ruidos a mi alrededor y mantener conversaciones casi sin inconvenientes. Con
dificultad escucho voces más lejanas, y puedo sobrevivir en un ambiente ruidoso y en
reuniones grupales. De todos modos, el audífono me sirve siempre y cuando pueda
ver las bocas de quienes me hablan. Mi audición está formada por un cincuenta por
ciento de sonidos, y otro cincuenta por cierto de lectura labial.
Sin audífono escucho ruidos graves, y casi nada de voces. Esto último es relativo,
ya que a veces no sé si escucho de verdad, o si se tratan de voces fantasmas (2).
Sobre este tema, hace poco sucedió algo que me llamó la atención. Mi hijo mayor, de
7 años, se acercó a hacerme una pregunta, y yo se la contesté. Una amiga que estaba
a mi lado quiso saber por qué mi hijo no hablaba. Allí me di cuenta de que mi hijo sólo
había hecho mímica con los labios -le fascina que le lea los labios- y sin embargo yo
había creído escucharlo.
Debo decir, por otra parte, que nunca me encuentro en situación de silencio total,
ya que soy la feliz poseedora de un sinfín de acúfenos (3) permanentes.
Lo más parecido al silencio que hay para mí, es la oscuridad.
Como la afección que me provoca hipoacusia está situada en el oído interno,
relacionado con la interpretación del lenguaje, me sucede que puedo escuchar que
alguien habla, sé perfectamente que estoy escuchando una voz y puedo discriminar
cuándo comienza y termina una palabra, pero no logro comprender qué se está
diciendo. También puedo confundirme y entender mal, dando lugar a increíbles
malentendidos.
Al ser mi pérdida de audición progresiva, mi habla no sufrió ninguna alteración. A
veces puedo perder el control del volumen y hablar alto –porque no me escucho- pero
salvo por ese inconveniente –que he aprendido que a los otros les incomoda- no
puedo quejarme de mi voz. No me sirve para cantar, es cierto, pero era desafinada ya
antes de ser hipoacúsica.

La mirada de los otros
Es verdad que no escucho bien, pero es en la mirada de los otros donde me
convierto en discapacitada. Son los otros los que dictaminan que soy distinta. A lo
largo de mis treinta y siete años me han tratado de muchas maneras diferentes en
relación a mi hipoacusia, y todo ello me fue formando y llevándome a ser quien soy.
Desde compañeros de primaria que me gritaban “¡sorda!” a mis espaldas, captando
algo que yo no quería asumir; hasta el trato que recibo hoy en día, mucho tiene que
ver con mi propia aceptación, es verdad. Pero sigue habiendo otro tanto de prejuicio y
de ignorancia.
Los médicos siempre me vieron como una enfermedad a curar. Nunca me he
encontrado con un profesional que me dijera que era hipoacúsica, ¿y qué?, y luego
me enseñara a sobrevivir en la jungla oyente. Todos, sin ninguna distinción, intentaron
que yo escuchara más. Siempre mejores audífonos, remedios nuevos. Me tenían que
curar. Hoy en día intentan venderme sin éxito los milagros del implante coclear.
Mientras yo acepte que esto es lo que escucho, y que más no me puedo esforzar,
ellos considerarán que han fracasado.
De alguna manera la sociedad refleja esta idea. Yo soy un problema ambulante.
Una mujer con algo que anda mal. Una mujer incompleta.
Históricamente, los sordos fueron siempre tratados como imbéciles. En tiempos en
que no se les daba la oportunidad de recibir educación, ni siquiera eran considerados
personas plenas y con derechos. Si viviésemos en ese entonces, yo sería considerada
“dura de oído”, “medio sorda”. Una tonta, por supuesto. Lela, lenta, retardada.
La experiencia me enseñó que parte de ese legado de discriminación, de prejuicio,
llegó hasta nuestros días. Hay gente, y no sé si serán mayoría, pero si que son
muchos, que piensa que una persona que no escucha bien es idiota.
La valiosa lección que deduje de esto fue que para ser considerada una persona
interesante e inteligente, para ser aceptada y tratada como los demás, debía ocultar
que era hipoacúsica. Mi ambiente era el de los normoyentes. No conocía a nadie
hipoacúsico como yo. Para sobrevivir, entonces, debía ser como ellos.
Esto provocó que yo viviera en un exilio permanente. No era como ellos, los
normoyentes, pero tampoco me sentía identificada con las necesidades de la
comunidad sorda. No me siento sorda.
Vivo entre dos mundos, en un punto medio en el que tengo que hacer un equilibrio
constante, y no logro pertenecer a ninguno.

Educación y ocultamiento
A los seis años comencé con estudios audiológicos y seguimiento médico. En ese
entonces, estoy hablando de hace 30 años, el consejo que mis padres recibieron de
los profesionales fue: tratarme como si fuera “normal”, para que el tiempo que
escuchara (no sabían si iba a quedarme sorda, ya que mi audición empeoraba con el
tiempo) lo viviera y disfrutara lo más plenamente posible. Para que recordara en el
futuro lo que era escuchar. Mis padres tomaron el consejo al pie de la letra, y en mi
familia nunca se habló abiertamente de mi hipoacusia.
Es que yo no parecía hipoacúsica. Fue mi culpa, claro está.
Pasé la escuela primaria sin ningún inconveniente. Era siempre la mejor alumna, la
abanderada. No usaba audífono ni lo necesitaba todavía. Escuchaba la televisión.
Estudiaba guitarra, iba a un taller de arte y comenzaba a pelearme con el inglés. Me
aburría soberanamente en clases de lectura labial. Tenía amigas.
Fue al comenzar el colegio secundario que empezaron los problemas. Pero algo iba
a continuar igual: de eso, yo no hablaba.
Mi experiencia está basada en la mentira.
Mi primer aprendizaje
Para contar cómo logré acceder a estudios superiores y recibirme de periodista,
tengo que comenzar por contar algo que me sucedió cuando tenía 12 años.
Comenzaba el secundario en la Escuela Normal Nº 4, y una de las materias era
Historia de Grecia y Roma. Mi pasión, entonces, era la mitología griega, y me
interesaba participar de las clases. La profesora era una mujer mayor, con poco caudal
de voz, o con pocas ganas de esforzarse. Llegaba al aula, y comenzaba a dar la
lección paseándose por entre los pupitres.
Yo todavía no usaba audífono, y mi hipoacusia era moderada. Por supuesto que a
la profesora no la escuchaba. Un día, venciendo la timidez típica de cualquier
adolescente, me acerqué a ella y le pedí, sin dar explicaciones, si por favor podía
hablar un poco más alto. Recuerdo que ella me miró sin entender y luego le gritó a la
preceptora que acababa de entrar al aula: “¡encima que no nos prestan atención,
ahora esperan que gritemos!”. Sin más, regresé a mi lugar y me dediqué a “hacer
como” que escuchaba, algo que he hecho toda mi vida y en lo que parece que soy
muy buena.
Al rato la profesora me llamó. Me preguntó si me pasaba algo, si no escuchaba
bien. Se lo confirmé. Entonces me pidió que acercara una silla, y me sentó a su lado,
frente a mis cuarenta compañeras. Me morí de vergüenza. A los pocos minutos le dije
que “había solucionado mi problema”, como si mágicamente hubiera encontrado la
cura para la hipoacusia, y regresé a mi pupitre. Ella nunca volvió a preguntarme nada
ni a interesarse por mí. Yo estudié historia greco-romana directamente de los libros.
Supongo que aprendí mucho más.
Esa anécdota me enseñó:
1) Que los profesores no entendían, ni estaban capacitados para tratar conmigo.
Yo les resultaba una molestia.
2) Que mostrar mi hipoacusia significaba ser tratada y observada de manera
diferente y, por lo tanto, pasar vergüenza. Crearse un estigma.
3) Que las personas que hasta el momento me habían hablado como se habla a
cualquiera, al saber sobre mi problema comenzaban a hablarme modulando
exageradamente, levantando el tono de voz y mirándome fijo, para descubrir si
yo entendía, utilizando además un léxico sencillo. Si hubiese aceptado esa
situación, mi lenguaje hoy en día sería tan pobre como el de un adolescente
adicto a los juegos electrónicos.
No lo volví a hacer. No volví a pedir ayuda. Y, sobre todo, no volví a decir que era
hipoacúsica. Con los años mi hipoacusia fue avanzando y cuando comencé la
facultad, ya era severa a profunda.
Como en el secundario, nunca le dije a un profesor que no escuchaba bien. Y frente
a cualquier pregunta relacionada, mis respuestas siempre fueron rápidas y seguras:
estaba resfriada, tenía otitis, pensaba en otra cosa, no prestaba atención.
Lo explica Erving Goffman en su libro “Estigma”(4): “Un sordo puede configurar
intencionalmente su conducta para dar a los otros la impresión de ser una persona
soñadora, distraída, indiferente, que se aburre fácilmente, o incluso alguien que se
siente deprimido, o que ronca, y que, por lo tanto, no puede responder a preguntas
formuladas en voz baja, puesto que está, evidentemente, dormida”.
Tuve a mi favor el hecho de padecer la única discapacidad sensorial invisible: la
gente no “ve” que uno no escucha.
¿Y si lo hubiera dicho?
Hoy en día muchos se horrorizan cuando cuento sobre la mentira que mantuve a lo
largo de tantos años. Se lamentan por la carga que tuve que llevar.
Las cosas han cambiado. Ahora se habla y se sabe mucho más sobre la
discapacidad, se está comenzando a aceptar que una persona con discapacidad
forme parte del grupo de amigos, de trabajo, de estudios. Cuando yo era pequeña ni
siquiera conocía a personas con discapacidad. Tampoco las veía en la calle. Ver un
bastón blanco o una silla de ruedas era toda una novedad.
Pero... ¿y si lo hubiera dicho? ¿Hubiera sido más fácil mi vida? ¿Sería quien soy
ahora? No puedo responder esas preguntas, pero supongo que mi vida hubiera sido
similar a la de una niña que conozco, a quien llamaré Caro, que tiene 7 años, es
hipoacúsica severa a profunda, como lo soy yo ahora, y está integrada en un colegio
normal.
Hace poco fui a esa escuela a leerles un cuento a los chicos. Todos nos sentamos
en ronda en el piso. La maestra no le indicó a Caro que se sentara cerca mío ni se
preocupó porque tuviera una copia del cuento, aunque todavía lea con dificultad.
Comencé a leer mirando cada tanto a Caro de reojo. Ella estaba en su mundo. Como
es una niña tranquila, aunque sumamente inteligente, no dejaba su lugar en la ronda y
se mantenía en silencio. Pero con toda seguridad, no escuchaba mi narración.
Esa es la manera en que Caro atraviesa su educación. En el aula la acompaña una
maestra integradora que la ayuda a comprender qué debe hacer en cada momento, y
nunca se le exige demasiado. Su buena conducta ayuda a que pase desapercibida.
Como no molesta, y su maestra particular responde a sus necesidades, la escuela
sólo espera de ella que cumpla con los mínimos requisitos para poder ir pasando de
grado.
Tal vez eso me hubiera sucedido a mí, si en el secundario hubiera hecho pública mi
falta de audición. No recibiría más estímulo del necesario. No me presentarían
desafíos. Esperarían de mí que aprobara las materias con los mínimos conocimientos,
y que no molestara demasiado. Luego se me ofrecería estudiar algún oficio o se me
buscaría un empleo sencillo. Y si a mi alrededor nadie me hubiera estimulado a ir
siempre un poco más allá, ¿lo hubiera podido hacer yo sola?
Estudios terciarios y aceptación
Si yo hubiera dicho –y aceptado- que era hipoacúsica, casi sorda, ¿alguien me
hubiera apoyado para que fuera periodista? ¿Para que estudiara una carrera basada
íntegramente en aquello en que justamente está mi falla, en la comunicación?
Cuando terminé el secundario, estaba segura de lo que quería ser: escritora. Pero
no hay ningún sitio en el que se enseñe a escribir, y quería estudiar una carrera.
Deseaba ser profesora de letras. Pero sabía que, por ley, no podría ejercer por ser
hipoacúsica y, por otro lado, yo misma dudaba de mi capacidad para enfrentar una
clase sin escuchar bien. Otras carreras que me interesaban quedaron a un lado por el
mismo motivo: medicina, servicio social, abogacía. ¿Cómo podría ser médica sin
escuchar a través de un estetoscopio, asistente social sin entender las palabras de un
niño con problemas, abogada si podía confundir lo que me decía mi cliente? Entre lo
que me interesaba y podía estudiar (letras, historia, antropología, etc), todo era para el
mismo fin: investigar y publicar. Escribir. Eso me llevó al periodismo. Durante los
últimos años del secundario había concurrido a un taller de periodismo, y me había
gustado. Claro que nunca me imaginé haciendo periodismo diario, estando en la calle
para cubrir la noticia del día, porque no era lo que me interesaba; sino investigando en
bibliotecas, entrevistando con tiempo y tranquilidad. Eso lo podía hacer con la audición
que tenía.
Cuando terminé el secundario estaba bastante agotada de los estudios. No de
estudiar, que siempre me resultó medianamente fácil, sino del esfuerzo que me
resultaba entender y escucharlo todo, teniendo en cuenta que la educación en nuestro
país es cien por ciento oralista: el profesor habla, los alumnos escuchan. Sin embargo,
se espera de mí, como de la mayoría de las personas con discapacidad, que nos
autosuperemos y demostremos grandeza, aceptación, paciencia y, finalmente, éxito en
aquello que emprendemos.
Se esperaba de mí que estudiara, me insertara en un grupo social, realizara
actividades extracurriculares, y las terapias o tratamientos indicados por los médicos.
Se esperaba, en fin, que demostrara que ser hipoacúsica no era en absoluto terrible y
que podría vivir con aquello, siendo además feliz y adaptada. Ese es el esfuerzo que
me agota más que ningún otro.
Por eso, al terminar el secundario, no quería seguir autosuperándome. Quería
estudiar con tranquilidad algo que me gustara, y estar lo más cómoda posible en ese
entorno. Algo que no me demandara demasiado esfuerzo. Tengo que decir que hice
una elección acertada. Al ser mi carrera cien por ciento humanística, todo lo que se
decía en el aula lo encontraba en los libros. Estudiar así me resultaba sencillo porque,
a decir verdad, a la mayoría de los profesores directamente no los escuchaba. Por sus
voces, por la distancia, porque caminaban, porque tenían bigotes que les tapaban las
bocas, o voces agudas, o porque sí los escuchaba pero no podía prestar atención
durante el tiempo necesario y, por ende, me distraía.
Para continuar mis estudios, entonces, necesité buscar un lugar con una estructura
similar a la del secundario, y elegí la Escuela Superior de Periodismo del Instituto
Grafotécnico. Horario de 8 a 12 de la mañana, de lunes a viernes. Las materias,
anuales, se cursaban siempre en el mismo aula y con los mismos compañeros. Era
como continuar el secundario, orientación periodismo.
Además me anoté en Letras en la Universidad de Buenos Aires, pero la UBA me
pareció un monstruo contra el que no podía –ni quería- luchar.
Me asustaron su desorganización, los espacios enormes, el ruido permanente, la
falta de señalización, la marea humana, los horarios, el hecho de tener que estudiar
cada materia en un lugar diferente, y tener que ir programando mi carrera.
En el año 1997 volví a anotarme en la UBA, en la carrera de Edición. Hablé con
quien entonces estaba a cargo y le conté, sin grandes detalles ni exageración, mi
problema y mis miedos. Mi preocupación también giraba en torno a los idiomas, ya
que el hecho de no entender (y no, no escuchar) el lenguaje, me ha impedido aprender
idiomas a pesar de mis intentos. Me recibieron con amabilidad y luego me lanzaron a
la arena. La primera clase a la que acudí se dictaba en un salón hiperpoblado, en el
que el setenta por ciento del alumnado fumaba. La niebla me impedía ver los labios de
un profesor barbudo (a quien no se le había informado sobre mí) que, de todos modos,
se encontraba demasiado lejos y caminaba entre los bancos. No escuché una palabra
de lo que dijo. Comenzada la clase y con la excusa de que hacía pocas semanas me
había enterado de que estaba esperando un hijo, y ese ambiente repleto de nicotina
no era el indicado para llevar adelante un embarazo, me levanté y me fui. Nunca
regresé.
Durante mi carrera terciaria adquirí una cantidad de destrezas para sobrevivir. En
primer lugar, y lo más importante, debía hacerme de un gran amigo/a (alguien a quien
sí le contaba que era hipoacúsica) que me prestara sus apuntes. También que me
escribiera los dictados. Por ejemplo: las preguntas durante un examen.
Además: convertirme en una estudiante activa, participativa, que todo lo pregunta y
repregunta, que pone en duda, que pide confirmaciones de datos o bibliografía
especial para estudiar. Esto ofrece un doble resultado: por un lado ayuda a entender
lo que está explicando el profesor. Por el otro, a los profesores les agradan los
alumnos interesados y se predisponen a favor de ellos.
Hasta aquí he hablado siempre de mi deficiencia auditiva, pero también tengo que
hablar de un don: puedo escribir. Me comunico y expreso sin problemas por escrito, y
logro que mis escritos seduzcan, sorprendan, sensibilicen, entretengan, informen a mis
lectores, según me lo proponga. En una carrera centrada en el periodismo escrito, este
don me sirvió para sobresalir. No importaba que fuera hipoacúsica, porque podía
escribir.
Fue alrededor de mi cumpleaños veintitrés que pude empezar a hablar, a contar. A
pronunciar la palabra hipoacusia. No sé cuáles fueron exactamente las circunstancias
que produjeron este cambio. Supongo que fue el producto de todo lo que había vivido,
el comienzo de la madurez. Sí recuerdo dos cosas en particular: estaba en terapia con
un profesional que tenía un hijo con sordera, y por primera vez me sentía
comprendida. Él me recomendó la lectura del libro “Estigma”, de Erving Goffman, que
me ayudó más que muchas personas.
Empezar a hablar me quitó un peso de encima, eso es evidente. Sin embargo no
sucedió de un día al otro, y hasta el día de hoy considero que mostrar mi problema no
siempre es la opción acertada. Elegía con mucho cuidado a quién podía decírselo y a
quién no. Debo decir que salvo un par de experiencias negativas, siempre encontré
aceptación. Pero esta aceptación venía acompañada de una declaración de principios:
“no lo parecés”. Me aceptaban porque no parecía hipoacúsica, porque yo hacía todo el
esfuerzo para entender al otro y no pedía trato especial, porque no hablaba como
hipoacúsica, porque no permitía que nadie pensara que era distinta.
Hoy creo que me he pasado al otro extremo, y esto también es parte del juego. No
es que se lo cuente a todo el mundo, pero casi. Hace poco escribí una carta para un
diario argentino, relacionada con la hipoacusia. Se publicó. Ahora ya está, ahora ya lo
saben todos.
Pero ha sido un largo camino. Un larguísimo aprendizaje. Y si ahora a veces hasta
solicito cierto trato especial, y hago uso y abuso de mi certificado de discapacidad, y
me pongo en primera fila para escuchar y puedo pedir más de dos veces seguidas que
me repitan, es porque por fin sé quién soy. Y lo que puedo hacer. Y aprendí a reírme.
Y sé que soy distinta. Pero qué bueno que es que lo sea.

Trabajo, pasado y presente
Terminé la carrera de periodismo en diciembre de 1990, y en marzo del siguiente
año comencé a colaborar en el Suplemento Infantil del diario La Nación. No tenía
contactos, conseguí el trabajo pidiendo una entrevista y mostrando mis escritos. Fui
colaborada de La Nación por seis años. Por esa época también escribí para otras
revistas.
Nunca, sin embargo, logré formar parte del staff permanente de esos medios.
Cuando se producía una vacante me llegaba el rumor de que “los jefes sabían de lo
mío”. Y le daban el puesto a otro periodista.
Tuve otros trabajos, y los conseguí presentando diferentes escritos. Escribiendo se
me abren las puertas. En persona, no siempre sucede lo mismo.
Cuando publiqué mi primer libro de cuentos en la editorial Alfaguara, y además me
casé y al poco tiempo me inicié en la maternidad, decidí que me dedicaría a la
literatura y a mi familia. Que estaba cansada de seguir pagando derecho de piso en
los medios. Desde entonces publiqué seis libros, cuentos en antologías y sigo
escribiendo.
Sin embargo, para qué mentir... me hubiera gustado seguir siendo periodista. Pero
he tenido que elegir qué batallas quiero pelear.
Elogio de la tecnología
Existe una realidad: las personas con discapacidad que accedemos a estudios
superiores lo hacemos porque tenemos la suerte de contar con ciertos requisitos:
inteligencia, independencia, estrategias de supervivencia, grupos de apoyo (familiar,
profesional, de amigos), una gran fortaleza mental, necesidad de desafíos, de ir
siempre un poco más allá, acceso a la medicina, tratamientos, tecnología y recursos
necesarios.
Yo misma soy un producto de la más alta tecnología, y a ella le debo gran parte de
lo que he logrado. Utilizo los mejores y últimos audífonos digitales. Me comunico por
teléfonos con control de volumen (sí, aún hablo por teléfono), y puedo atender las
llamadas, el timbre de la puerta, el llanto nocturno de mis hijos, gracias a aparatos que
traducen sonidos en luces. Poseo un teléfono celular desde el que envío y recibo
mensajes de texto. Cuando quiero escuchar la televisión o música, lo hago con
auriculares inalámbricos, y acabo de adquirir una TV con subtítulos electrónicos. Tuve
mi primera computadora en el año ´93, y al poco tiempo ya me comunicaba a clubes
virtuales (precursores de Internet), en donde se produjo uno de los milagros
tecnológicos de mi vida: como el club contaba con doce líneas, es decir, con la
posibilidad de que doce personas se comunicaran y chatearan a la vez, por primera
vez “escuché” a todos y cada uno, en una conversación grupal. Allí, a través de una
pantalla, de la palabra escrita, conocí también a mi esposo, normoyente, valga la
aclaración.
La lista no se termina. La tecnología actual es en gran parte la responsable de
mejorar mi calidad de vida, de acercarme al mundo, de permitirme una vida social. Tal
vez un día los adelantos tecnológicos terminen por reemplazar mi falta de audición, y
entonces llegará el momento de volver a definirme. Si alguna vez escucho bien,
¿quién seré? ¿Cómo me relacionaré con el mundo el día que ya no sea hipoacúsica?
Se dice que la experiencia de tener una discapacidad y aceptarla, superarla, vivir
con ella, nos hace más observadores, más inteligentes, más rápidos, que ejercita
nuestros cerebros mejor que cualquier gimnasia. Tal vez me ha hecho mejor
profesional y, tal vez, mejor persona. De alguna manera, he aprendido a encontrar lo
positivo en cada situación y en mi déficit. Esto no es ningún logro, ni merezco
felicitaciones, ni soy ejemplo de nada. Es simplemente un método de supervivencia.
Preferiría no ser hipoacúsica, por supuesto, pero sobre esto parece que no importa mi
opinión.
:
1. Entiendo por hipoacusia la pérdida parcial de la audición (con posibilidad de que exista un resto
auditivo capaz de ser estimulado), y por sordera la falta total de ella.
2. En la obra “Veo una voz, viaje al mundo de los sordos” de Oliver Sacks, Anagrama 2003,
primera edición española, se dice: “El que se oigan (es decir, se imaginen) «voces fantasmas
cuando se leen los labios es muy característico de los sordos postlingüísticos, para los que el
habla (y el «diálogo interno») ha sido antes una experiencia auditiva”.
3. Los acúfenos consisten en la percepción de ruidos en los oidos. Comunmente se denominan
zumbidos. En mi caso son agudos y permanentes, en una amplia variedad de tonos. Escucho
“campanitas”, “grillos”, “moscas”, etc.
4. Erving Goffman, “Estigma”, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1993 quinta reimpresión en
castellano. Página 114.

1 comentario:

  1. escribime veronica sukaczer, soy el chico que queria escribir una novela

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