lunes, 15 de octubre de 2012

Marco Denevi: "Memoria de un café, de una noche, de un viejo, de una muchacha


En el ángulo que forman la avenida General Paz y las vías del ferrocarril Urquiza hay un gran espacio abierto con todo el aire de una zona fronteriza. De frente a ese confín está el café. Ocupa de punta a punta una larga ochava cortada en chaflán y desde allí parece dar la bienvenida a los que entran en la ciudad viniendo de la provincia, parece despedir a los que abandonan Buenos Aires.
La fachada pudo imaginarla don Antonio Gaudí, con esas chorreaduras de cemento pintado de color ocre y esos firuletes de repostería. El salón es amplio, tenebroso y nada limpio. Todas las mañanas, bien temprano, el café se llena de obreros que bajan desde la avenida y que toman su desayuno a los apurones y en silencio, todavía medio dormidos. Después, durante el resto del día, los únicos parroquianos son viejos jubilados que beben fernet o grappa, juegan a los naipes y miran pasar la vida, los automóviles y los trenes. A la noche el café se despuebla y pronto el dueño apaga las luces y se va a dormir, salvo los sábados, cuando acuden parejitas que se hacen arrumacos hasta tarde.
Un sábado por la noche un hombre de cincuenta años cruza en automóvil por debajo de la avenida General Paz. Del otro lado le sale al paso el café con sus ventanas iluminadas. El hombre ha estado mucho tiempo fuera del país, pero ahora reconoce ese lugar, ese café. Detiene el automóvil, desciende y va a espiar a través de los ventanales.
Los sábados por la noche el café se animaba y permanecía abierto hasta medianoche. Los parroquianos eran todos hombres, nunca una mujer, vecinos de ese barrio limítrofe que iban allí a conversar, a tomar café o alguna bebida barata y fuerte y a jugar al truco y al siete y medio por porotos. Si se estaba en los últimos días del mes y nadie había cobrado el sueldo o la quincena, aparecían algunos muchachos jóvenes. Don Frutos, el propietario, un vasco alegre que todavía usaba boina negra y una faja negra alrededor del vientre de matrona, se paseaba entre las mesitas para celebrar una buena jugada o para entrometer en las conversaciones alguna cuchufleta y una risa chillona.
Pero un sábado, cuando en el café no quedaba vacía más que una mesa ubicada junto a la pared del fondo, ocurrió lo que nunca. Serían, se supone, las once y media. Había llovido durante el día, pero ahora el cielo estaba sereno y la noche era una joya transparente. Hacía frío. Los hombres, entre ellos una docena de jóvenes y hasta un chiquilín de no más de dieciocho años, andaban con los pesos justos para pagarse un café. Pero igual en el salón había un ambiente cálido y amistoso. A la gente pobre le basta un poco de compañía y sentirse momentáneamente a cubierto de la maldición del trabajo para ser feliz. Aunque las cortinas de cuentas de madera estaban descorridas, los vidrios empañados por el frío de afuera y por el calor de adentro defendían aquella intimidad como de soldados reunidos en un refugio. Nadie, que se sepa, lamentó andar sin plata. De vez en cuando el hombre gusta de esas treguas en las tensiones que nos imponen las mujeres. Y jugar, por más que sea para no ganar sino un montoncito de porotos o de granos de maíz, es siempre una felicidad. Hasta que de golpe les cayó encima otra dicha, inesperada y novedosa.
Fue cuando entraron el viejo y la muchacha. El viejo delante como abriéndole paso a la otra, la muchacha detrás como obedeciéndolo, atravesaron el salón sin mirar a nadie, se dirigieron resueltamente hacia la mesa vacía ubicada junto a la pared del fondo y ahí se sentaron como con el apuro de esconder las nalgas o de que no les birlasen las sillas. Tanta seguridad para localizar el único sitio desocupado y tanta urgencia para ocuparlo hacía sospechar que habían estado espiando desde afuera, pero qué podían haber visto si los vidrios eran una neblina. Y después que se sentaron permanecieron tan quietos, mirándose uno con otro, como asustados por lo que habían hecho o por lo que ahora les iría a suceder. A todos les pareció que esa pareja venía escapando de algún peligro.
Hubo como una distracción en las conversaciones y en las partidas de naipes. Al café no solía llegar gente extraña y menos de noche. Mujeres jamás, ni las del barrio. Y ahora estaban ahí ese viejo y esa muchacha venidos no se sabía de dónde y encima los dos tan llamativos. Las dimensiones del salón y la disposición de las mesas permitían estudiar a los recién llegados sin necesidad de ponerse de pie, ni siquiera de erguirse en la silla o de buscar un hueco entre las cabezas de los demás. A lo sumo alguien debía torcer el cuello y mirar hacia atrás o hacia un costado, pero no por curiosidad sino por admiración, de modo que si el viejo y la muchacha advertían esa maniobra no lo tomarían a mal. Sólo que ninguno de los dos pareció darse cuenta: seguían mirándose el uno al otro, ahora como para repasar instrucciones o para ponerse de acuerdo en algún plan.
Tenían un aire ficticio, extravagante y dramático que los relacionaba con el teatro. No se podía dudar de que eran artistas, aunque todavía no se supiese a qué género se dedicaban. El viejo, cuya corta estatura ya habían apreciado cuando entró, ahora mantenía las piernas colgadas en el aire y cruzadas a la altura de los tobillos, los codos clavados en la mesa y las manos juntas, palma con palma, bajo el mentón, como un niño que reza. En cambio la muchacha, que al caminar había andado con el pelo rubio por el techo, ahora arqueaba la espalda y hundía la cabeza entre los hombros, todavía más levantados a causa del zorro que los cubría. De manera que, sea porque el viejo adolecía de una terrible desproporción entre el largo de las piernas y el largo del cuerpo, sea porque la muchacha se encorvaba como una gibosa, la estatura de ambos se había equilibrado. Y los dos seguían inmóviles, dragándose el uno al otro los ojos como si se recordaran mutuamente alguna pasada o futura desgracia. Acaso lo único que hacían era darse ánimo. Pero en tanto el viejo permanecía erguido y al parecer resuelto a tomar una determinación, la muchacha, con los pies juntos, las manos bajo la mesa y el espinazo arqueado, tenía un semblante de fatiga, de resignación y de sometimiento.
Don Frutos se acercó y mientras frotaba la mesa con un repasador les preguntó qué iban a servirse.
—Dos vasos de nebiolo –dijo el viejo sin desarmar la postura de monaguillo en oración ni apartar la vista de la muchacha, como si hablase para ella.
Don Frutos simuló consultar desde lejos las estanterías: no, no le quedaba ninguna botella de nebiolo.
—Entonces dos vasos de espumante –prosiguió el viejo. Tenía una voz melodiosa, acento italiano, inflexiones estudiadas y artificiales. No hablaba: recitaba, y ese énfasis era el producto de largos ensayos.
Don Frutos se rascó la nuca y repitió la comedia de mirar las estanterías: tampoco le quedaba ninguna botella de espumante.
—Bien –dijo el viejo en un tono de poner punto final a una discusión estúpida—. Entonces dos anises.
El vasco fue hacia el mostrador y en seguida volvió con dos copitas y la botella de anís, algo nunca visto. Quizás así quería borrar la mala impresión de sus fracasos con el nebiolo y con el espumante. Y después que sirvió las dos copitas dejó la botella sobre la mesa, no para tentar a los forasteros sino, más bien, para que se convidasen a sí mismos con una ración extra. Luego fue a ubicarse detrás del mostrador y desde allí vigiló a los dos desconocidos con una cara contrita pero atenta: parecía esperar órdenes. Contra su costumbre, parecía atemorizado.
Los clientes del café no se habían perdido un solo detalle de aquella escena, seguramente el prólogo de lo que vendría después. Entonces, para que la función continuase, se comportaron como hay que comportarse en casos así. Quiero decir que adoptaron, todos, una expresión franca y amable, conversaban entre ellos pero sin ganas de conversar, aunque seguían jugando ya no tenían ningún interés en el juego, cada tanto les lanzaban a los artistas una ojeada solícita y mostraban, todos, esa actitud ligeramente forzada de quien simula dedicarse a una cosa mientras está ofreciéndose a hacer otra cosa: apenas se lo pidan, la hará. Querían que el viejo y la muchacha comprendiesen que ellos eran personas decentes y pacíficas, dispuestas a entablar un diálogo con cualquier desconocido y a recibir sus confidencias.
Por ejemplo Serapio Gómez, de veintidós años, interrumpía el juego para escrutar a la muchacha como consultándola sobre qué naipe debía poner sobre la mesa, y nadie se animaba a intervenir en esa larga consulta. Por ejemplo Enedino Acosta, también joven, a cada rato hacía girar la cabeza con chambergo y todo y así parecía parar la oreja por si la muchacha o el viejo lo llamaban. Hubo quien ya tenía lista la sonrisa con que le respondería a la muchacha en cuanto ella lo mirase, y era una sonrisa de los más humilde y respetuosa. Y hasta el chiquilín de dieciocho años mientras radiografiaba a los forasteros, se había sentado en el borde de la silla, el cuerpo un poco echado hacia adelante y las piernas flexionadas para atrás como preparado a ponerse de pie y a acudir al primer ademán que la muchacha o el viejo le dirigiesen.
Pero no importa ahora lo que haya ocurrido en esas mesas, donde por lo demás no ocurrió nada digno de mención. Ahora hay que fijarse en los dos artistas. El viejo tenía una gran cabezota ovoide sobre la que reposaba a duras penas un sombrero color azafrán con la cinta verde y una plumita amarilla. Vestía una capa azul con alamares, pantalones sin botamangas, de una tela brillosa y muy anchos, y calzaba borceguíes marrones de recluta. Bebía el anís a pequeños sorbos y después de cada sorbo se pasaba el nudillo del índice por los labios y carraspeaba con vigor. Ya no miraba a su compañera. Ahora había empezado a examinar las paredes, donde varias horribles acuarelas parecieron intrigarlo. A los concurrentes no los miró para nada. Pero ellos igual le apreciaron los ojos sin color, de un vidrio sucio y empañado, esa cara fabricada con algún material sonrosado y esponjoso, todavía tibio, acaso parecido al caucho, esas orejas descomunales, las patillas de Facundo pero canosas. ¿Cómo no pensar que un hombre así sea un artista de teatro o de circo, quizás un domador de fieras, un famoso clown?
La muchacha ahora escrutaba la copita de anís que tenía delante, pero no la tocó. Era una mujer hermosa. Llevaba un vestido solferino, complicado y tornasolado, y por todo abrigo el zorro negro que a ella la volvía más blanca y más rubia. También sus facciones eran como las del viejo, artificiales, conseguidas gracias a algún procedimiento, colocadas deliberadamente una por una, sólo que el resultado era otro: la muchacha tenía una cara exótica y artística que tal vez podía deshacerse al menor golpe, una cara delicada e irreal que provocaba una especie de alucinación, la idea de que uno estaba mirándola en sueños o imaginándola. Pero además añadía, a su misterio de criatura absolutamente teatral y no ya circense sino de algún teatro ilusionista, otros arcanos que la ubicaban fuera de la realidad: el ominoso repulgo de barro en las suelas de sus zapatos de charol, el dedal del mismo barro que enfundaba los tacos altísimos e inverosímiles de bailarina de tango. ¿Es que se había venido caminando desde el lado de la provincia, había cruzado las falsas lomas de la avenida General Paz, hechas un barrizal a causa de la lluvia reciente? También había barro en los borceguíes del viejo. ¿Cómo se comprende que dos artistas, todavía vestidos con al ropa que usan en el escenario, vaguen de noche por suburbios apartados y se metan en un café de mala muerte a tomar anís?
Los jóvenes fantasearon como se dice que deliran quienes han dormido a la luz de la luna. Después dirían qué se habían imaginado: Serapio Gómez, que la muchacha primero había sido seducida y después raptada por el viejo crápula. Enedino Acosta, que ella acababa de matar a un hombre que ahora huía en yunta con su anciano padre. El chiquilín se inventó la historia de que la muchacha era una actriz célebre a la que le habían robado el automóvil, el equipaje y el dinero, lo mismo que a su partenaire, ese viejo que seguro se dedicaba a hacer las presentaciones. Otros los supusieron cantante y pianista, los dos engañados y estafados por algún empresario malandra. Y hasta hubo quien los conjeturó a ella puta y a él macró, probablemente manflor. Sólo los viejos no imaginaron nada: el espectáculo era demasiado enigmático para sus años, de modo que se conformaban con presenciarlo.
Hay que esperar a que transcurra un cuarto de hora. Durante ese cuarto de hora nadie se movió de su sitio, salvo para ir al retrete. El viejo se sirvió de la botella otras dos copitas de anís. La muchacha no había bebido una gota. Pero por ahí el viejo la sermoneó en voz baja y ella hizo asomar una mano larga y fina, resplandeciente de anillos y de uñas esmaltadas de rojo fuego, asió su copita y se la llevó a los labios. Por encima de la copita miraba al viejo con ojos de sonámbula. Tomó una pizca de licor, en seguida otra y luego, de golpe, todo el anís. Después se quitó el zorro de los hombros, lo hizo deslizar a lo largo del cuerpo hasta que le rodeó las caderas. Después se enderezó, se echó hacia atrás y apoyó la espalda en el respaldo de la silla. Le sobresalieron unos pechos nacarados. Se había vuelto muy alta e imponente, y miraba al viejo como desde arriba de un balcón, lo miraba ahora con unos ojos húmedos y maternales. Tenía un hermoso pescuezo, estrangulado por un collar de muchas vueltas que parecía un rosario.
Entonces el viejo, repentinamente entusiasta, se quitó también él el exceso de ropa, esa capa azul que con movimientos cuidadosos colgó del respaldo de la silla. Le vieron una blusa de la misma tela del pantalón, con el cuello volcado y un moño de lazo en la pechera, que le dejaba al descubierto un cogote rojizo y fláccido como el buche de un pavo. Dicen que el anís es dormilón. Al viejo le produjo los efectos contrarios. De golpe parecía alegre y despierto y sin saber qué hacer con un sobrante de energías. Hacía tamborilear los diez dedos sobre la mesa y se sonreía satisfecho como un hombre que ha cerrado un buen negocio. El repique de dedos no le bastó: inclinando los pies hacia abajo hasta rozar el piso de baldosas, inició una especie de zapateo con la punta de los botines. Al chiquilín se le antojó que el viejo tocaba con las manos el teclado de un órgano y que con los pies apretaba los pedales.
Hasta que al fin se acordó de mirar a la concurrencia. Volviéndose medio de costado escrutó uno por uno a todos esos espectadores, que dejaron de jugar y de conversar y le respondieron con una especie de atención intrigada y casi miedosa. Primero el viejo lo estudió con el ceño fruncido y una facha altanera. Después la gran máscara de goma sonrosada se le estiró hacia los bordes y entonces vieron que se sonreía y levantaba las cejas, satisfecho del examen. Y después, brincando sobre la silla, se puso a buscar afanosamente en los bolsillos de la capa. Los espectadores entendieron que por fin la función comenzaba, que lo que el viejo buscaba era algo que les tenía reservado, una cosa que había traído para que ellos la admirasen. Pero por un momento nadie supo qué extraía de uno de los bolsillos. Parecía una cajita, un pequeño estuche. Pensaron en el estuche de una alhaja, en un cofrecito donde guardaría algún objeto de valor. Pero cuando el viejo se enderezó y sacudió en el aire la cajita y se la llevó a la boca, supieron que era una armónica, diminuta como una jaula de grillos.
Fue así como empezó el espectáculo que después ninguno olvidaría. Empezó con un solo de armónica a cargo del viejo. Según quedó demostrado en seguida, el viejo era un maestro de la armónica, una especie de fenómeno de esos que se ven de tanto en tanto y que requieren un viaje al centro de la ciudad y el pago de una entrada. Pero ese fenómeno aceptaba actuar en el café de don Frutos y encima gratis. Nada más que contemplarlo en plena ejecución ponía la piel de gallina. Sentado como estaba, hacía bascular el cuerpo, balanceaba las piernecitas, agitaba los brazos flexionados en el codo, meneaba los hombros y daba terribles cabezazos, y sin embargo el sombrero, milagrosamente sostenido sobre la punta del cráneo, no se le cayó, ni siquiera se le ladeó, quizá gracias a algún truco.
A ratos reforzaba el ritmo de la música con una violenta percusión de los codos sobre la mesa o con un redoble marcial de los borceguíes en las baldosas del piso. Y mientras tanto de la armónica surgían trinos de pájaros, volutas y espirales que se desplegaban en el aire como fuegos de artificio, o bruscas ráfagas enloquecidas que borraban de golpe el dibujo de las espirales para dar paso a acordes ásperos como gruñidos de fieras salvajes y después de una sola notita aguda como una gota de rocío que pende de lo alto de una rama. ¿Cómo es posible que dentro de una cosa tan pequeña se alojen tantos sonidos? Los hombres respiraban lenta y acompasadamente como si durmieran. Tenían la vista, clavada en el viejo, abstracta y dilatada de quienes han ingerido belladona. Ya ni siquiera fumaban: los cigarrillos se consumían por sí solos en el borde de los ceniceros de lata. Y cuando el viejo tocaba el tambor con los codos y la batería con los botines, más de uno hubiese querido desahogar la admiración soltando una carcajada o una palabrota, pero había que permanecer inmóvil y callado, por lo que casi estaban deseando que el viejo terminara cuanto antes.
Pero el viejo no terminaba nunca. Entre tanto la muchacha asistía al concierto de su compañero de mesa, no como un espectador que mira absorto al intérprete mientras con el alma en vilo escucha la música, sino como alguien que espera una señal para entonces intervenir también. De modo que, lo mismo que si aguardase entre bastidores ya a punto de salir al escenario, se arreglaba el pelo, se pasaba la lengua por los labios muy pintados, se ajustaba las sortijas. Su expresión era reconcentrada y pensativa, como si memorizase el texto que en seguida recitaría. Todo esto lo vio el chiquilín: el viejo lo fascinaba, pero más lo fascinaba la muchacha.
Hasta que el virtuoso de la armónica se tragó la cajita. Sí, la cajita le desapareció entre los labios sin dejar de sonar, ahora con una especie de parloteo de loro borracho. Él, con ambas manos, parecía tratar de arrancársela de entre los dientes, de quitarse del interior de la boca aquel animalito vivo que le mordía las encías y le devoraba la lengua. Cuando por fin consiguió pescar la armónica y con el brazo en alto la mostró a la concurrencia (pero, modestamente, no miró a nadie, miró sólo a la muchacha como pidiéndole su aprobación), todos aplaudieron furiosamente, siguieron aplaudiendo durante varios minutos. El viejo no agradeció.
Y de golpe los aplausos se interrumpieron. El viejo se había servido una última copita de anís, la había bebido de un solo sorbo, había soltado una bocanada de aire para aliviarse el ardor y ahora, dando un saltito, caminaba hacia el mostrador, pidió un vaso de agua que don Frutos le sirvió a toda prisa como para reparar un olvido, y lo bebió golosamente. Después enfrentó a ese público que ya esperaba una nueva prueba de magia. Tenía el caucho sudado y fofo. Las patillas de Facundo, humedecidas, se le pegoteaban en las sienes. Debajo de las axilas la tela de la blusa se había oscurecido.
De pie, con sus piernecitas, la cabezota y esa vestimenta estrafalaria que combinaba sedas y lazos femeninos, borceguíes militares y el sombrero de alpinista, el viejo era una de esas figuras que si uno las ve fotografiadas se ríe de lo lindo. Pero ahí, en el café, los hombres lo miraban con una especie de preocupación, como en el circo a los enanos y a los contorsionistas. Ridículo y al mismo tiempo admirable, el viejo invitaba simultáneamente al aplauso y a la burla, y el resultado era un vago malestar.
Vieron que por un rato se dedicaba a revisar la armónica como a un instrumento complicadísimo que necesita ser afinado, ajustado y vigilado después de cada interpretación. Quizá todo fuese una excusa para descansar, o quizá la armónica ocultaba algún mecanismo secreto y por eso sonaba como sonaba. Cuando por fin se la llevó a los labios, lo hizo esta vez con la unción de una beata que besa una medalla bendita. Un hilo de música empezó a surgir del minúsculo acordeón, se elevó en el aire como una lenta serpentina y fue diseñando una curva graciosa sobre las cabezas de los espectadores. Hasta que todos los ojos abandonaron al viejo y corrieron en busca de la muchacha.
La muchacha había comenzado a cantar. Si después juraron que esperaban que cantase y que el giro del espectáculo no los tomó de sorpresa, uno puede creerles y no creerles, pero no hay que dudar de que en ese momento sintieron una emoción muy diferente de la que les había provocado el malabarismo musical del viejo. La muchacha cantaba sin hacer ademanes, la espalda incrustada en el respaldo de la silla y el busto sobresalido con esos pechos que le hervían en el escote. Se miraba la punta de la nariz y sus dedos largos y cargados de anillos jugueteaban con la copita vacía. La voz era un poco ronca, pero dulce y, si esto puede entenderse, bondadosa. En esa voz dulce y bondadosa la ronquera vibraba como un rastro de llanto, tenía el timbre de la congoja. Sólo que la muchacha usaba un idioma extrañísimo y salvaje, un italiano pasado por el desvarío del dolor y vuelto irreconocible.
A veces una sola vocal se arrastraba largo rato hasta ocupar todo el sitio de una frase, de la que conservaba las modulaciones. O varias consonantes se fundían en una sola. O de golpe la muchacha pronunciaba dos vocales al mismo tiempo, más bien una vocal intermedia entre la i y la u y en ese intersticio se le quedaba atrapada la voz hasta que conseguía zafarse y seguir adelante. Pero la melodía era tan bella, era tan triste y también tan apasionada, llegaba tan resueltamente al entendimiento del corazón que no se precisaba más para saber que la muchacha narraba una historia de amores contrariados. Y casi resultaba preferible que la cantase en aquel bárbaro idioma, porque así sólo se impregnaba del poder alucinatorio en el que siempre está embebida la música y que a menudo las palabras echan a perder.
Los hombres estaban inmóviles y callados, pero como está inmóvil y callado ese adolescente que una noche de primavera se aparta de sus amigos y va a sentarse en el banco de una plaza y permanece ahí horas enteras, solitario y como mortificado, y es porque ha sentido la nostalgia del mundo. Los jóvenes, en el café, seguían agrupados alrededor de las mesas, vueltos todos hacia la muchacha, pero se habían recogido dentro de su propia intimidad y desde ahí oían el canto y padecían la añoranza del mundo. No experimentaban admiración por el arte vocal de la mujer. Tampoco tuvieron un pensamiento que se relacionara con el sexo. Se replegaron dentro de sí mismos y en esa soledad cada uno saboreó por separado el mismo tierno sufrimiento, una melancolía intensa y difusa, la nostalgia de un mundo vasto y remoto que tal vez nunca conocerían y que sin embargo los esperaba con los amores trágicos y las aventuras dramáticas que narraba la muchacha, venida desde aquella lejanía para cantar su canción y después, probablemente, desaparecer dejándoles su recuerdo como una herida.
También los hombres maduros, también los viejos sintieron aquella punzada. Era gente sencilla y humilde a la que nunca le había ocurrido nada extraordinario. Pero quién es el hombre que no oculta, en el secreto de su corazón, un recuerdo que se mantiene allí sepulto durante años y años hasta que un día, porque se escucha una música, porque se huele un perfume o se paladea un sabor, aquel recuerdo despierta como una hemorragia y no es el recuerdo de ninguna cosa en particular, de un rostro, de un patio, o de un amor, de un dolor, de una fiesta, sino sólo el recuerdo de uno mismo cuando era joven y era bueno y nadie había muerto todavía y la vida prometía esas aventuras que ahora la muchacha cantaba para ellos, para lo que ellos habían sido treinta o cuarenta años atrás.
Es probable que la muchacha haya cantado más de una canción, salvo que cantase una sola pero larguísima, con variaciones, también con intervalos a cargo de la armónica. Poco a poco fue abandonando su actitud hierática, pasó a los ademanes de desesperación y a los gestos de dolor. Extendía un brazo hacia adelante para apostrofar a algún ingrato, o cerraba el puño y se golpeaba el seno donde el tumulto del corazón la amenazaba con volarle los pechos nacarados. Gemía, imploraba, lanzaba acusaciones y reproches. A ratos parecía hablar para sí misma, en un soliloquio de pobre mujer que perdió la razón y balbucea disparates. La historia que contaba no consistía en dos o tres cuitas quejumbrosas, sino que era todo un repertorio de desdichas. Y si bien nadie entendía una palabra, se podía seguir la procesión de los sentimientos a través de la melodía y de la mímica. Ahora la muchacha cerraba los ojos, se sonreía en una especie de éxtasis, evocaba algún hermoso recuerdo, alguna pasada y perdida felicidad, y a continuación volvía al acerbo presente, sacudía el pelo, se tomaba un mechón con la mano crispada, quería clavarse las uñas filosas en la mejilla arrebatada de colorete.
¿Todo aquello era pura ficción, arte puro? No, la muchacha narraba su propia historia. Por eso había entrado en el café con aquella máscara apática y doliente. Pero ahora, llevada por la música, desahogaba su fogoso temperamento y se transformaba en esa criatura toda trémula de pasión. Entre tanto el viejo seguía extrayendo de la armónica la cinta sonora que se modificaba continuamente y que, cosa curiosa, no se plegaba a los altibajos del canto sino que permanecía todo el tiempo impávida y serena, acaso para no echar más leña al fuego o para reconfortar a la mártir, para ofrecerle un consuelo que ella de todos modos rechazaba. El viejo ni siquiera repetía las terribles contorsiones de solista. Ahora miraba humildemente el piso y sólo se permitía el discreto aleteo de antebrazos y el acompasado chupamiento de hombros sin los cuales es imposible dominar una armónica. No querría que sus habilidades de virtuoso eclipsaran a la muchacha. Pero los borceguíes, abiertos en ángulo recto y con los talones juntos, le daban un aire marcial, y como además tenía el sombrero puesto, conservaba su papel de impecable director del espectáculo.
Hasta que, cuando ya era la una de la madrugada, la función terminó. Con un sollozo gutural la muchacha dejó de cantar. El viejo hizo subir la serpentina de la música hasta una notita muy aguda y en seguida la cortó como con una tijera. Por unos segundos nadie aplaudió. Desde hacía un rato don Frutos no estaba solo detrás del mostrador: lo acompañaba su mujer. Atraída por la música de la armónica y después por el canto, se había levantado de la cama y había venido a ver qué sucedía. Acodados sobre el mostrador como sobre un reclinatorio, ambos escucharon la infinita canción de la muchacha, cariacontecidos lo mismo que si recibiesen una larga confidencia dolorosa. Pero cuando la muchacha se calló y el viejo se quitó de los labios la armónica, los dos se incorporaron en el reclinatorio, por las dudas esperaron unos segundos y después, sin deshacer el semblante apesadumbrado, los aplaudieron con energía como para demostrarles su solidaridad en la desgracia, un poco de compasión, el deseo de levantarles el ánimo. Después miraron a los clientes para exhortarlos a hacer otro tanto. Los hombres aplaudieron tibiamente, no porque no les hubiese gustado el número de la muchacha ni porque aplaudir a una mujer fuese una mariconería, sino porque un aplauso, después de lo que habían sentido en el secreto de sus almas, era una irreverencia.
La muchacha se desentendió de lo que pasaba a su alrededor. Retomando la postura resignada o indiferente del comienzo, otra vez arqueó el espinazo, otra vez se dedicó a mirar la copita vacía como si tratase de adivinar qué era. Luego, con un suspiro fatigado, se colocó el zorro sobre los hombros y pareció lista para partir. En cambio el viejo doblaba reverencias a derecha e izquierda y cuando los aplausos cesaron se arrancó el sombrero de un manotazo, descubriendo la última de sus ridiculeces: fuera de las patillas no tenía un pelo más en ese cráneo lustroso. Con el sombrero en una mano y la armónica en la otra mano empezó a caminar entre las mesas. Mantenía los ojos bajos y una expresión engreída y al mismo tiempo risueña, como si eso que ahora hacía fuese el pago de una prenda que le habían impuesto con trampas y a la que él se sometía por pura educación. Cada vez que una moneda o un billete caía dentro del sombrero, canturreaba un ¡gracias! enfático, un poco irónico o desafiante con el que parecía poner en claro que recibir ese dinero formaba parte de la jugarreta.
Después que recorrió todo el salón pasó delante del mostrador sin detenerse (tampoco don Frutos o la mujer hicieron algún ademán para atajarlo, malhumorados los dos porque ahí se iba el dinero de los cafés), fue a sentarse en su silla, apartó la botella de anís y las copitas, volcó el contenido del sombrero sobre la mesa, contó los billetes y las monedas con la prestidigitación experta de un cajero de Banco, los guardó en un profundo bolsillo del pantalón, se encasquetó el sombrerito, descolgó del respaldo de la silla la capa azul, se la colocó con movimientos teatrales y prolijos y dando un salto se puso de pie.
Volviéndose hacia don Frutos preguntó:
—¿Permite?
Y sin esperar contestación se apoderó de la botella y caminó hacia la salida con la botella entre las manos como un sacerdote que portase el viático. La muchacha ya se había levantado y lo seguía dócilmente. No miraron a nadie. No saludaron a nadie. Unos segundos después habían desaparecido y de aquel espectáculo sólo quedaba, al pie del mostrador y debajo de la mesa arrinconada contra la pared del fondo, un poco de barro, como un montoncito de excrementos.
El hombre que espía desde la vereda ve que en el salón hay tres parejitas amarteladas, un soldado dormido. Detrás del mostrador un viejo mira el aparato de televisión ubicado a cierta altura contra la pared del fondo. El hombre que espía se aparta por fin del ventanal, se dirige hacia su automóvil. En ese momento lo distrae el paso de un tren japonés, amarillo y naranja, que corre con todas sus luces encendidas. Entonces el hombre recuerda que durante el espectáculo que ofrecieron el viejo y la muchacha él había estado tan abstraído que ni una sola vez oyó el otro bochinche, el que treinta y dos años atrás hacían los tranvías Lacroze cuando traqueteaban por esos mismos rieles.

lunes, 8 de octubre de 2012

Territorio y aventura


En un momento buscamos tener un territorio, algo donde sentirnos seguros, donde sentirnos nosotros, donde hacernos fuertes y recuperar fuerzas.
Más allá del territorio comienza la aventura.
La casa de Mamima empezaba a ser mi territorio. Ahí me sentía protegida y a la vez libre. Me sentía así porque había un lazo que empezaba a unirnos, a hermanar nuestras historias, a descubrirnos.
Eso lo entiendo ahora. No me daba cuenta del todo entonces, no podía ponerlo así, en palabras.
Por un momento pensé en cosas como tener un crío que se meta en tu cama porque no puede dormir, o un domingo de sol a la mañana, o verlo dormido. Me di cuenta de que esas son las cosas que valen la pena, tanto como un amor que nos lleva y nos hace hacer cosas sin preguntarnos, porque tiene un rango que está más allá de las palabras y no cabe en ellas.
Yo entraba, de la mano de Mamina, a algo que las palabras no podían explicar, y empezaba a hacer cosas que no podía evitar hacer y a sentir cosas que no podía evitar sentir.
Eso lo pensé cuando, al salir de casa, me siguió el Chevy azul hasta el colectivo y ahora no quiero ceder a la tentación de mirar por la ventana para saber si está. Esté o no, ellos saben que yo sí estoy.
Entonces volví, como volvería otras veces, con más fuerza a la casa de piedra de Strobel y XX de septiembre, volvía a su diario.

Fui a la cocina, puse el agua y comencé a andar por la casa desierta. Antes ella sólo era mi abuela, alguien con quien me unía ese vínculo. Pero ahora comenzaba a vivir, a agitarse en mí y yo empezaba a buscar mis respuestas en lo que pensaba que podría haber sido su vida.  Era como un espejo que atrasara.
Nuestros contornos se fundirán en un rostro distinto al que hubiéramos tenido de no vivir lo que nos estaba deparado. No tenemos otro rostro que aquel que va tallando el tiempo y no es definitivo. Quizás los nuestros empezaran a combinarse así, atravesados por la historia y por el amor.
Sé que mis abuelos habían tenido una buena posición económica y que luego la tuvo su marido. Eso le dio este baluarte de piedra en el cual refugiarse, pero que precio habría tenido que pagar, me preguntaba.
En el piso de arriba estaban los dormitorios principales y un escritorio, en él mi abuelo administraba su campo. La madera crujía en los escalones bajo mis pasos. Allí estaban sus cosas, estaba su mundo y yo tenía la tarea de ver que había para vaciar la casa. Me di cuenta de que no iba a poder cumplir nunca con esa tarea, que sólo podría fingir que lo hacía hasta que alguien viniera efectivamente a hacerlo y debía aprovechar ese tiempo para vivir aquí algo que no podría vivir en ninguna otra parte. Intuía que esta sensación, esta atmósfera, no seria definitiva, que había un tiempo para esa magia y debía entrar en ella y vivirla en éste, su momento.

21 de octubre. Nos habíamos visto algunas veces más, pero aquella tarde me dijo que la policía había entrado en la Sociedad Obrera y había detenido a todos los que estaban allí, y me los nombro uno por uno. Él vio pasar la columna cuando estaba en el garage comprando latas de nafta  y había escapado. Supo, los días siguientes que la policía los mantenía detenidos y que hacía allanamientos buscando a los que no estaban, entonces había decidido venir conmigo. Las cosas empeoraban. Si en mi casa no iban a querer saber nada de que estuviera con un anarquista de la sociedad obrera menos iban a aprobar que estuviera con uno prófugo. Si lo aceptaba, ya no habría vuelta atrás y además eso me iba a obligar a refugiarlo y actuar como siempre, pero si lo quería de verdad no podía abandonarlo ahora. Si lo llevaba al puesto de la estancia que estaba deshabitado iba a tener que alcanzarle comida y eso me obligaría a alejarme, a estar ausente por ratos, y eso levantaría sospechas. En cambio nadie subía a mi cuarto, que estaba más alejado. Al mismo tiempo, si mi mamá llegaba a venir y a encontrarlo, todo iba a ser peor.
No sé cómo lo hice. No sé por qué, pero le dije que me esperara en la parte de atrás de la casa para hacerlo entrar por la puerta de la cocina cuando todos se hubieran ido a acostar.
Entonces volví a casa, le ayudé a mi mamá con la carbonada y después a levantar, lavar y secar las cosas. Salí un par de veces a buscar agua de la bomba y miraba para el monte donde él se refugiaba. Y si lo encontraban, y si el comisario Micheri lo buscaba acá, porque él había andado afederando peones…todo eso pensaba mientras lavaba y guardaba las cosas.
Papá y mamá se quedaron al lado del fuego un rato, leyendo el diario La Unión y mientras yo estaba en la cocina salí, diciendo que iba a tirarles de comer a los perros,  levanté la lámpara de kerosene para que él se acercaba mientras los perros comían, porque sí no se iban a poner a ladrar cuando él se acercara. Él llegó hasta la puerta de la cocina y se quedó ahí muy quieto. Se acerco el Comousted, uno de los perros. Era un chiste de papá, le preguntaban cómo se llama ese perro y el decía como usted, ah, yo me llamo tal, decía el visitante y mi papá contestaba, él no se llama así, se llama comousted y le seguía la broma.  El  Comousted es un border collie precioso, guardián, pero que le gusta mucho la gente y cuando terminó de comer se acercó a Zacarías. Él se agachó y lo acarició. Esa es una imagen que siempre me va a quedar, la de Zacarías en silencio, acariciando al border collie. En eso vino mamá a la cocina pero a último momento dobló para la despensa, tomó un ladrillo para calentarlo para la cama, y un diario para envolverlo y me dijo” qué hacés todavía  acá” le contesté que dándoles comer a los perros “apuráte y subí  enseguida” me dijo.
Si lo hacía subir a mi cuarto cuando todos estuvieran durmiendo en el silencio iba a ser más fácil oír sus pasos en la escalera. Tenía que hacerlo rápido, mientras mis padres aún estuvieran aún levantados, pero que no hubiera riesgo de que salieran de su habitación. Una vez adentro, nadie iba a buscarlo en casa y para salir, podía deslizarse por el tubo de la canaleta, ya el Comosted lo conocía y no le iba a ladrar y si él no ladraba, Beltxa y Dantzary no tampoco le iban a ladrar.
Papá puso tiró el diario La Unión al fuego, movió la cabeza para un lado y para el otro, se estiró para atrás y abrió los brazos enormes en un bostezo. “Gabon, Amalia”, me dijo y se fue, mamá lo siguió. Apenas cerraron la puerta subimos nosotros, rapidito y al llegar al piso de arriba doblamos para el otro lado. El pasillo da una vuelta a la izquierda y otra a la derecha. Hay un depósito de cosas, un baño y mi cuarto para la derecha. Entramos muy rápido. Ya estaba Zacarías a salvo, al menos por el momento.
Creo que sólo al cerrar la puerta me di cuenta de lo que había hecho, al cerrarla y verlo a Zacarías de este lado pero al mismo tiempo sentí que al cerrar esa puerta estábamos dejando atrás un mundo y entrando en otra cosa, un cielo, una galaxia lejana, algo infinito y también que ya no era una chica, que había hecho algo de lo que podría arrepentirme toda la vida o que iba a ser el mayor paso que podía dar en toda la vida: ahora era una mujer. No lo era porque fuéramos a amarnos, sino porque había elegido amarlo, había decidido arriesgarme por él.
Y lo que entonces pasó es algo de lo que no se puede hablar. Hablar de eso es traicionarlo. 

Ella acababa de dejar su territorio y de entrar en su aventura.
Las dos estábamos entrando en el lugar de la aventura.

23 de octubre. Cómo escribir. Cómo entender lo que sucede. No se puede. Sólo hay que vivirlo. La habitación se convirtió en el mundo, sus paredes en un abrazo y la puerta en un pasadizo mágico que conectaba con aquella parte en la que sucedía la aventura.
Volví a bajar para traerle algo de comer, pan de campo y unas rebanadas de matambre casero y yo lo veía comer y me resultaba algo nuevo unir el amor con la necesidad que él tenía de mí y luego, mucho  más tarde, ya su cabeza dormida en mi hombro, me dediqué a contemplarlo, acostumbrada ya a la oscuridad, y a comenzar ese relevamiento de la piel del otro en que consisten los amores. Los amores son muchas cosas. Son palabras. Son un perfume. Un sabor y también otras que, como los ríos, se ramifican, impregnan otras orillas e instalan vida allí donde no había nada.
Los amores son saber el contorno de un labio como si fuera una ensenada, infinita y misteriosa, el modo en que un mechón de cabello cae o el ritmo de una respiración dormida y en ese extraño abrazo en el que sentía algo tan nuevo, también sentía que estábamos juntos desde antes de nacer, desde el origen del tiempo y que por esa razón esto estaba sucediendo.
Quedaba pensar en los modos que tiene el azar de unir a los que se aman (y de desunirlos, sabría después, y también de volver a unirlos), y la pregunta sobre qué es el amor. Yo no  lo sabía. Yo no lo sé porque esas cosas no tienen la forma de preguntas que se formulan y respuestas que se encuentran  sino en lo que sentimos, en esa certeza: la de que él es él, la de que él es yo, la de que yo soy él. El amor es un encuentro donde yo sigo siendo yo pero lo soy por dos cosas:  porque él es él, y porque estamos juntos.  Supe, en ese momento, en esa noche en vela, luego de hacer el amor por primera vez, en esa contemplación del lado derecho de su rostro, el rostro de un cuerpo dormido y entregado, que nunca iba a poder estar de nuevo sin él; no importaba si las circunstancias nos separarían o no. Podrán separarnos, pero no podrían hacer que yo pudiera estar sin él  sencillamente porque sin él ya no podría ser yo.
Esa noche fue eterna, por momentos muy alerta a todas las manifestaciones de él, a su cuerpo, a su piel, y otras dormitando a su lado. Sentía que debía velar su sueño, hacer que aquella noche nunca terminara porque yo era todo para él.  Para dormir estaba el resto de la vida, el resto de las noches y muchas, seguramente sola, muchas, seguramente extrañándolo porque intuía que extrañar sería el verbo del futuro como ahora lo era descubrir, maravillar, abrir, abrazar, susurrar, gozar. Gozar es algo que no sólo se vive en los sentidos sino que es  más sutil, eso también lo entendí esa noche porque el amor es esa contradicción de algo muy fuerte y a la vez eso, algo muy sutil.
En la claridad (es que la noche era clara o es que mi vigilia, la del acostumbramiento a  la noche, a la poca luz, la hacía más intensa) veía a las nubes cubrir las estrellas y pasar y de nuevo desnudarlas y pensaba en cuántos amantes habrán poblado así a la noche y a la luz y cuántos lo harían en adelante y si sus historias serían como la nuestra. La nuestra. Lo nuestro. Que era lo nuestro: se reducía a encuentros furtivos en el bosque, a un refugio furtivo en mi cuarto, en mi cama, en mis brazos. Sería la vida algo furtivo para siempre. Podríamos algún día salir a la luz. Podría haber luz para nosotros o por siempre moraríamos en los dominios de la noche, dentro de los muros de un cuarto, detrás duna puerta cerrada. Quizás ese fuera el modo del amor de ser en nosotros: la intimidad prohibida, proscripta, la intimidad anhelada.
Antes de que se levantara mamá bajé a la cocina y encendí el fuego con un rescoldo brillante y pequeño, pero aún vivo y  caliente (era como yo, algo inadvertido capaz de convertirse en fuego y en calor)  y le preparé un café con leche que él debería beber rápido, para darme tiempo a lavar el  tazón. Cuántas cosas estaba obligada a hacer por las circunstancias. Eso me aterraba. Era como una ladrona, un ser furtivo, silencioso que debía engañar. Esa era la parte de la historia de amor que no me gustaba, pero debía aceptar que mi historia era así, que yo había nacido al amor y al secreto en el mismo instante. Entonces, en ese simple detalle de llevar el tazón de café con leche supe que siempre mi vida iba a ser así, con algo de secreto y de furtivo, con algo cuyas razones sólo yo entendería.

Pensé tantas cosas al leer su diario. Pero una de las que más pensé fue eso de que podemos tener razones que los demás no entenderían y que el mundo de Mamina era muy privado, muy propio (cómo era el mío). Un mundo que ella había guardado para si. Habrían sabido algo sus hijos. Habría adivinado algo su marido de aquella vida secreta y si no era así, qué sola debió haberse sentido. Y yo, cómo me sentía.
Ella estaba confinada a su casa, a sus quehaceres, a la dureza del trabajo del campo, a una época en que la mujer contaba todavía menos que hoy, y al mismo tiempo se permitía refugiar  a un hombre perseguido, enamorarse, seguir ese amor y disimularlo. Ella tenía entonces diecisiete años. Cuántos pueden ser cuando es necesario.
De nuevo, debía luchar entre la intensidad de lo que leía y la intriga por conocer su historia. Saber qué había pasado, si los habían descubierto o si se habían separado, pero al mismo tiempo se me hacía imposible leer su relato sin al menos tomar un respiro. Tan cerca me sentía entonces de ella que no podía ya separarla de mí y de lo que yo sentía.
De pronto, lo que le pasaba a ella era como un reflejo o un anticipo de lo que  podía llegar a pasarme.

25 de octubre. Necesito escribir en mi diario pero no puedo. No puedo porque hoy me urge vivir. Quizás haya tiempo luego de contarlo…
Vivir es urgente…

A ella le urgía vivir y al mismo tiempo necesitaba escribir para entender lo que le sucedía.

27 de octubre. Hoy amanecí sola. Sola y al mismo tiempo llena de cosas, de todo lo que viví en estos días. Hoy mi cauce desborda. Hoy me parece que soy más fuerte y más poderosa y al mismo tiempo, me siento más sola y más desvalida.  Ya nunca voy a ser la misma.
La vida me hizo crecer de golpe. Es rara la manera que tienen las cosas de suceder y todo lo que sucedió es tan enorme que no me parece que me haya pasado a mí.
Ya podré hablar de esto.
Ya habrá tiempo, ahora que empezó otro tiempo, el de la espera, el de sentir que todo se mide según él vaya a tardar en volver.
Sigue el viento murmurando en los árboles. Siguen girando las constelaciones más allá de mi ventana, pero yo vivo en otro mundo.
Afuera ya regía la noche, como en el diario.
Pero era una noche distinta. Era una en la que aquella historia ya había transcurrido: sus interrogantes  habían sido  formulados y resueltos, aunque yo ignorara como y sus posibilidades se habrían consumido en eso que era el futuro pero que en realidad hacía ya mucho que era pasado.
La revelación de ese como iba a ser larga y difícil, intuí.
En la noche del diario se cernían el amor, el riesgo y el misterio y en la de afuera de mi territorio la oscuridad y las calles, esas donde andaba un Chevy azul que me seguía.
Cómo proseguirían nuestras historias. Se dormirían alguna vez nuestros perseguidores.
Sólo el tiempo, al germinar en otros días y noches, podría revelarlo. 

lunes, 21 de mayo de 2012


Hacia una justicia con perspectiva de género
Al principio un paradigma surge en el debate y no es comprendido claramente en sus enunciados y alcances, pero en algún punto logra instalarse, a veces de a poco. Una vez que ello sucede se hacen visibles muchas cosas y al tiempo que cuestiones nuevas se vuelven evidentes ya nunca podremos pensar a lo social como antes. El poder produce efectos pero, al mismo tiempo, posibilita desarrollos que implican cuestionarlo. Es muy positivo que en una sociedad el cuestionamiento gane espacio aunque dependa del poder.
La Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación ha ido llevando a cabo una tarea de difusión y de construcción de redes dentro del Poder Judicial, dando un progresivo espacio a lo interdisciplinario y planteando un sorprendente mapa de género (concepto éste en sí mismo múltiple: con él abarcamos a relaciones que atraviesan a todas las clases, estratos y problemáticas y que está lejos de agotarse en la formulación de los alcances de conceptos como la femineidad o la masculinidad)
En el marco de este proyecto –que cuenta con el apoyo de las Naciones Unidas- llevó a cabo una jornada de capacitación para operadores de áreas del sistema vinculadas a la recolección de datos y a la sistematización de decisiones que involucran cuestiones de género. Este aspecto de terreno es una parte de la propuesta cuyos ejes teóricos fueron expuestos por Diana Maffía y Eleonor Faur, ambas intelectuales de una gran trayectoria, tanto en diferentes funciones públicas como en organismos internacionales, con quienes sin embargo el diálogo es muy fácil, enriquecedor  y ameno.
La igualdad es más que una palabra
Diana Maffía es doctora en filosofía, ha sido legisladora y codefensora del pueblo; es docente de Gnoseología e investigadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la UBA.
El libro “La juventud es más que una palabra”, de Mario Margulis, aludía a que hay categorías –como la juventud-  que deben ser vividas como tales y no agotarse en un enunciado (“la posibilidad de vivir experiencias juveniles”). Lo mismo podríamos decir de la igualdad, concepto (y a la vez aspiración) que funda a la sociedad moderna; una sociedad, sin embargo, construida en la desigualdad, en la hegemonía y en la jerarquización y debemos preguntarnos por la posibilidad real de vivir experiencias igualitarias, y de pensar la igualdad en términos de respeto a la diversidad.
Hay diferencias, señalaba Diana Maffía, que no son visibles y que llevan a la sumisión a un sujeto hegemónico, masculino y androcéntrico y esta desigualdad es expresada en los cuerpos: la pasividad, la falta de decisión sobre el propio cuerpo; si bien la modernidad rompe –en la Revolución Francesa- con esta naturalización de la inferioridad femenina al enunciar que todos los sujetos nacen libres, el emancipado –señala- sigue siendo el varón libre, rico y ciudadano. No es el contrato para las mujeres y cuando comienzan a cuestionar el poder son reprimidas y terminan formando un comité para plantear, ante la asamblea masculina, sus reclamos, pues a ellas les está vedado el derecho de reunión.
  Para ser incluidas en la igualdad deben proclamar que son diferentes. Es igual no cualquiera, sino aquellos (aquellas, con más propiedad)  que son incluidos (incluidas) apropiadamente. Es decir que la igualdad no es un concepto abierto y, en ello, no es igualitario.
Diana Maffía hace evidentes las diferencias no visibles, aquellas que no pensamos que existan: si no las pensamos es porque no las concebimos; pero hay otros modos de concebir las cosas, precisamente aquellos que dan cuenta de una igualdad tan desigual: eso precisamente parece ser la cuestión de género. Usa la metáfora de los certificados de blancura, para entrar en el cabildo, que eran otorgados a quienes no eran blancos, pero que cumplían con determinados requisitos. Hay muchos certificados de blancura puestos a decir los requisitos que  debemos cumplir para acceder a instituciones “igualitarias”.
Hay una disputa de poder en un cuerpo que da vida. Si es un cuerpo pasivo debe someterse a un mandato social que no le permite disponer sobre sí mismo y si es un cuerpo activo que debe disponer, choca con esos mandatos.
El problema de género parece confluir siempre en una disputa de poder: uno que busca controlar y encubrir y otro que busca igualarse y descubrir.
La ausencia de datos es un dato    
Eleonor Faur es socióloga; Doctora en Ciencias sociales por FLACSO y ha trabajado en la Oficina de la ONU; UNICEF y el programa de las Naciones Unidas sobre el desarrollo. Abordó la importancia de la recolección de datos. Como introducción usó un dibujo de Maitena donde el llanto de dos bebés es significado de dos modos totalmente distintos por un padre y una madre, imagen que sirve para plasmar que las diferencias son constructos sociales y culturales: una construcción lenta y estratificada que nos toca deconstruir y relevar.
Uno de los indicadores es el de roles y funciones, que procede de la sociología funcionalista (Talcott Parsons) que ya no puede suministrar una explicación sobre lo social, pero que se encuentra presente al naturalizar términos como funciones de padre o de madre, cuando debiéramos pensarlo en términos de relaciones sociales que involucran percepciones, significados, y discursos que simbólicamente asignan tareas a personas por su sexo. Instalar un paradigma equivale a romper esas imágenes, liberar de esos encantamientos y trazar un mapa de los fenómenos sociales que nos permitan evaluarlos.
La dimensión analítica permite romper los bloques de sentido impuestos por una mirada hegemónica que atraviesa espacios micro y macrosociales. Las políticas no son neutras sino que reproducen diferencias de género. Ello quedó claro en Beijing 98, donde se planteó la necesidad de tranversalizar las medidas sobre género en la política pública: reconocer las brechas, analizar, trazar políticas. Nuevos indicadores señalan nuevos problemas.
La Oficina de la Mujer
Lo primero que pensamos es que el término “De la mujer” parecería tomar como indicativa de igualdad una categoría enunciada no por su igualdad sino por esa diferencia culturalmente impuesta, que no es algo dado para siempre; y que el concepto tampoco permite abarcar la multiplicidad de fenómenos. Este espacio de la corte surgió a partir de la preocupación por esta problemática y su actividad ha sido tan intensa como creciente.
En la confección del mapa de género, por ejemplo, pudo medirse que determinados fueros hay más de un 50% de mujeres, pero que aquellas que pudieron acceder a un cargo de mayor jerarquía, son, en algunos casos, un 2%. Son relevantes las ubicaciones de los distintos tribunales, en orden a ello y al problema de la violencia doméstica (La oficina de Violencia Doméstica de la Corte atiende durante las 24 hs.).
Quizás eso sea  lo más inesperado: la posibilidad de acceder a las cifras de la violencia doméstica, particularmente en el interior del país, y las diferentes formas que adquiere. Hacerlas visibles implica el desafío acerca de qué acciones puedan adoptarse hacia este fenómeno.
Derechos reproductivos; trata de personas (delito que involucra la pérdida de la libertad, la identidad y la disposición del cuerpo); derechos políticos y laborales, cuya pérdida o ejercicio es sujeta a medición, serán los indicadores de un mapa social. Ello también marca un sentido interdisciplinario del derecho.
Esta es otra manifestación de lo múltiple e imprevisible del concepto de relaciones de género que atraviesan además las disciplinas, las clases, los ámbitos de poder y las relaciones sociales.
Un ámbito como la corte, que contiene espacios de poder que también son invisibles e inabordables y que producen muchas situaciones injustas y también invisibles, al mismo tiempo permite generar estrategias para reconocer los alcances de una problemática y abordarla desde un nuevo paradigma, un paso más para pensar a lo social no en términos de la jerarquía de la sociedad patriarcal, sino en los de diversidad y persona.
La oficina de la Mujer fue creada por acordada 13/2009, en el marco de instrumentos legales como la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer; y de la ley 26.485, de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres. Se encuentra a cargo de la Ministra de la Corte Carmen Argibay e integrada por  la Dra. Laura Balart (Secretaria); Dra. Flora Acselrad (Unidad de gestión); Lic Nidia Marcero (Unidad de Capacitación) y la Dra. Carolina Anello (Unidad de investigaciones de género) y personal especializado. Ha tenido una función formadora y ha hecho evidente un campo múltiple que debe ser abordado interdisciplinariamente  e instalado un paradigma que se consolida progresivamente y cuyos puntos de vista han llegado para quedarse. 
Tal labor pondrá en evidencia nuevas problemáticas pero también nuevas estrategias.


martes, 1 de mayo de 2012

Muchas vidas para contar


Muchas vidas para contar
Por todo el camino, de Sebastián Jorgi (Proa Amerian editores) reúne narrativas desde 1968 a 2008 y distintas y reconocidas opiniones sobre el autor y la obra. Se trata de la reedición de ocho libros reunidos en un tomo.
Sebastián Jorgi parece en gran parte hecho en las reuniones de café, las tertulias literarias, el ejercicio permanente del periodismo cultural, la influencia de cuentistas como Humberto Constantini; Lubrano Zas; Anderson Imbert o Cortázar; pero a la hora de operar con el lenguaje tiene una voz eminentemente propia y una concepción de la escritura como campo en que el escritor opera, utilizándola de muchos modos, siempre a partir de una apariencia de simplicidad. Es una lectura que, como lo postulaba Cortázar en “Los Premios”, requiere que haya que enhebrar y organizar los elementos del texto. Sin embargo, está muy lejos de agotarse en una función puramente experimental de la escritura ya que la convierte en el instrumento de una indagación existencial y social.
Pero podríamos sacarlo de sus fuentes declaradas y llevarlo a otras, como el naturalismo de Quevedo que muestra, desde una clave humorística, una realidad tan opresiva que no podría ser narrada de otra manera.
También está el hecho de la temporalidad: sus relatos, particularmente los primeros del libro, son frescos vívidos y palpitantes de una época –desde el lenguaje, los lugares y las cosas- y al mismo tiempo son puro presente y es fácil imaginar que así deben resonar para el autor, que buscó compilarlos y rescatarlos: la actualidad de un ayer de la escritura. Desde este punto de vista, las épocas, los modos de ser y palpitar de ese pasado-presente, es un libro único: rescata modos verbales, situaciones, realidades sin ninguna artificiosidad, siguiendo el latido del lenguaje oral. Todo sucede ante nuestros ojos y al mismo tiempo es inaprensible.
Una escritura de la relatividad
En la narrativa de Sebastián Jorgi no parece haber otra certeza posible que el puro texto, con su división en voces y puntos de vista que hacen que haya un permanente desenfoque con aquello que es contado. La verdadera materia narrada surge de lo implícito y de las omisiones de una escritura que hace foco muchas veces en cuestiones secundarias; se produce así un descentramiento: ver nítidamente un marco y percibir de un modo borroso aquello que es en verdad el centro.
En “¿Vos lo viste jugar  a Martino?”, por ejemplo: “El día anterior había algo extraño en sus ojos, una premonición, una advertencia: mañana no vendré porque mañana no será mañana y porque el tiempo es una suma de espejos por la que te vas perdiendo” (pág.41). El narrador plantea un enigma, el de un amor del cual todo lo ignoramos. Los datos nos vienen en un discurso de café donde se habla de cosas laterales que van anteponiéndose y dilatando –de un modo exasperante- el avance de la narración y las alternativas y revelaciones de ese amor. El personaje parece ignorar lo que todos le sugieren pero al mismo tiempo tiene un conocimiento que va siendo sustraído al lector y que se revela al final. El narrador opera desde estos retardamientos:”Se presentará el Fino a la mesa y te invitará a una partida de billar para cuando Don Carlos se haya ido. Pero seguirás carpeteando la ventana en el momento en que el Fino le dirá a don Carlos que el Coco Rossi es un  fenómeno y el viejo responderá que Pontoni y Martino fueron grandes jugadores. De vez en cuando te consolarán diciéndote que quizás mañana vendrá…” (pág. 42) La materia narrada va surgiendo en revelaciones fugaces y fragmentarias; sin embargo, ese mundo del café es el llamado a perdurar cuando desaparezca el amor o se hagan evidentes sus engaños pero al mismo tiempo es un mundo al cual no se termina de pertenecer. Hay presencias significativas pero no hay raíces. Hay movimiento pero no hay detenimiento y así los personajes parecen condenados a vagar buscando algo que nunca podrán encontrar.
El Río Inmóvil
Las narraciones van cambiando de punto de vista y abren, en esos diferentes ángulos, instancias de reflexión sobre lo narrado. En esta relatividad, los personajes deambulan entre la pesadilla de la vida burguesa (Eliot Ness, Pérez and company; por ejemplo) en un clima donde la realidad es potenciada hasta una ruptura, indicadora de que nuestra cotidianeidad es enajenante y la cordura es una sumisión a este proceso, en algo que recuerda a las novelas de Arlt: el escenario urbano y en la justeza de su registro de la angustia.
Otras veces, como en “Margo junto al Río Inmóvil” los personajes deambulan por la noche, por sus bares, sus cafés, buscando algo que no podrán encontrar, mientras que a lo lejos, el río se alza con su fluir pero a la vez con su permanencia: el mundo humano es volátil y quimérico mientras que el río siempre habrá de estar ahí:”La vida es así, yo quiero al Quique y no lo tengo, te has enamorado de mí y esto puede ser un drama para vos, pero te digo algo: debemos dejar que el tiempo transcurra y ser fuertes” (pág. 75). El tiempo es como un río que fluye y se lleva las cosas; pero algo de ellas permanece, pero siempre en esa sensación general de flotar a la deriva.
Un personaje ensaya una teoría sobre el punto que irradia un mundo: “-Éste es el río  inmóvil y al mismo tiempo, la bahía del silencio de Eduardo Mallea. El río nos contempla con toda su historia y la bahía permanece intacta. Aquí ha comenzado todo y si este triángulo  cuyo ángulo principal es Corrientes y San Martín- de donde parten los dos catetos –es salvable, si podemos salvar todo con la ética que propone Mallea, estará salvado el país” (pág.68).
Los personajes tienen historias y vivencias que aparecen en el texto como pinceladas; frente a su relatividad las formas de lo absoluto son tan inalcanzables como esas historias: una ética, como un río inmóvil, capaz de dar certezas, son formas de una utopía.
Un fantasma que cruza el tiempo
Quizás Once-Morón sea uno de los relatos estilísticamente más logrados. Una cita de “El gato de Cheshire” de Anderson Imbert guía la lectura “Me asomé por la ventanilla del tren y con gran asombro vi que el mundo se puso pálido y retrocedió”. El personaje es un docente de literatura de un colegio secundario que hace el trayecto entre los lugares del título en un tren atestado de pasajeros, tratando de leer una novela policial que cae al suelo, y es pisoteada y que recupera en un momento del trayecto. Los reproches de la mujer, las exigencias del Colegio, el viaje entre empujones y pisotones son momentos de esa experiencia de vida como negación. Otro elemento está en el quiebre temporal: la narración transcurre en 1982 pero la novela en 1978. No es una  “novelita policial” sino que narra las alternativas de una persecución durante la dictadura. Pronto se instala la duda acerca de si la verdadera acción es la de esa “novelita” o la narrada y esa lectura va dando un sesgo nuevo a la narración (siempre hay una duda sobre lo real). Acentúa la provisionalidad y lo aleatorio de todo. Como en “El Sur”, de Borges, hay una duplicidad entre lo que sucede en la novela y lo real.
El cuento “Las puertas del cielo” de Cortazar marca quizás por primera vez la presencia de los cuerpos como algo que desde una clase social y por sensaciones físicas irrumpen en el discurso literario y  se imponen a la subjetividad. Empellones, olores, desplazamientos invaden al personaje, creando un cerco de violencia corporal. En Cortazar se trata de un escenario acotado –la milonga- donde ir es una elección. En “Once-Morón” el escenario es forzoso y dado en una relación social más amplia. Ya no se trata de un abogado que observa a los concurrentes a una milonga desde un distanciamiento sino que existe una nivelación dada por el tren, que al mismo tiempo es una metáfora de la vida. Así: “atino a entornar los ojos de pura vergüenza en el momento en que siento el violento empellón de la gente que sube en Flores, recién estamos en Flores y no en Liniers, como yo creía. He ido a parar a la otra puerta encima del churro a la que debo apretar ya que no puedo impedir el roce de su cuerpo. Sé que me pongo colorado…¿Se puede correr un poco, señor? – me dice el churro. Intento darme vuelta. Ley doy entonces con la mano al viejo criticón…Esta juventud no sabe nada” (Por todo el camino, pág. 81). La convivencia forzosa, sin lugares a donde asirse crea equívocos y situaciones de violenta humillación.
Las voces se mezclan “El tren se ha detenido…Lo que debe importarme es terminar el programa y la planificación…Seguro que la jefa de planificación no  aceptará que incluya poetas actuales, como Gallardo…-Por favor, una ayudita para este hombre ciego. Debo hacerme a un costado y sin querer rozar el cuerpo de Marilyn…” (pág. 87)
  La detención del tren quita a la situación la esperanza del movimiento y si consiguiente final, y marca la prolongación, por un término incierto, del agobio físico. El punto de vista es fragmentario pero permite inferir que la detención obedece a un operativo del ejército. Se han llevado o buscan gente. El personaje intenta tranquilizarse: él no anda en nada, pero al mismo tiempo recuerda que unos sujetos habían preguntado por él en la escuela. Se instala así un nuevo elemento aleatorio. Ya no es la violencia física sino la posibilidad de ser suprimido sin ninguna razón, o por razones indiscernibles: “La gente del vagón se mantuvo petrificada en sus lugares. Hubo como un silencio de muerte” (pág. 88). La muerte es la presencia que resuelve ese movimiento y el choque de cuerpos en un tren que es una imagen o del infierno o del purgatorio: tanto puede avanzar como detenerse entre dos puntos que son el símbolo de una vida y de la muerte.
La vida es una milonga
Otras veces, como en “Aventura del Andante Cirilo” los relatos son como nouvelles cortas que condensan un mundo y personajes de rasgos definidos en un mundo incierto.
Sebastián Jorgi ha sabido condensar la escritura como hecho permanente –ya que escribe de manera incesante para distintos medios- con una tradición y al mismo tiempo asumir una estética que es un poco el resultado de esas vertientes.
Ha declarado “Tengo muchas vidas y muchas aventuras para contar”. Las de este libro son  parte de esa afirmación –ya que tiene material inédito- y en este volumen ha sabido conservar y poner en movimiento las sensaciones de empezar el recorrido de la vida –con los de los cuentos y relatos iniciales- y al mismo tiempo desplegar una sabiduría hecha tanto en las calles como en los libros, y ponerla al servicio de la vida como hecho literario por excelencia. La escritura parece ser el arte de captarla.
“Nada es verdad –dijo Cirilo-. Y la vida es una milonga. –Y hay que saberla bailar- dijo Carlota” (“Aventuras del andante Cirilo” pág. 119/120)
Escribir es el hallazgo de las palabras y de las formas para constituyen la sabiduría que se requiere “para saberla bailar”.

Eduardo Balestena


sábado, 31 de marzo de 2012

Cita en Lasal del Varador



Cuando me enteré pensé que tenía que hablar con Bluma.

Los de la CNU, todos presos; presos o prófugos.

Fue en un seminario en el palacio Miramar, en San Sebastián, que me enteré. Había varios panelistas y entre ellos Feierstein, un sociólogo argentino cuyo libro sobre el genocidio era muy citado en los juicios a militares; pero ahora, nos dijo, no eran militares, también iba a ser juzgado un grupo de ultraderecha que había actuado en Mar del Plata antes de la dictadura y que se había insertado en el aparato represivo después.

Sentí de golpe como si hubiera estado atravesado por un eje que me permitía mantener el equilibrio y ahora no sólo me enteraba sino que alguien acababa de quitármelo. Él no podía creer que yo fuera de Mar del Plata y que los hubiera conocido.

Todo me apareció de nuevo en la mente, como si fuera ayer. Mi hermano Iñaki había sido compañero de Bluma –que vivía a dos casas de la nuestra y con quien crecimos juntos- en el breve paso de ella por la facultad de humanidades -salvo su relación conmigo todos los pasos de ella por las cosas habían sido siempre breves- y luego vivieron “un apasionado romance varias veces”. Le salvó la vida pero él no le perdonó que fuera una de ellos.

En esa época la CNU adquiría poder en los sindicatos, en la universidad y en la justicia federal. Así, amenazó, atentó y desarticuló la gremial de abogados que defendía al sector obrero, asesinó a Silvia Filler, una estudiante de 18 años, a Coca Maggi, la decana de humanidades y eso favoreció que la ultraderecha dominara la universidad. La mataron el mismo día del secuestro y cuando vino Isabelita a Mar del Plata los padres lograron hablar con ella en la costa, cuando salió a caminar, flanqueada por todos esos facinerosos de la custodia. Lo hicieron para pedir por su hija, que ya estaba muerta En aquella época Bluma canturreaba: “ahí viene Hitler por el callejón, buscando judíos para hacer jabón” y se reía. Una vez me gritó desde un Falcon verde, en la calle y me hizo subir, estaba con Salvador y con un tipo alto, trajeado y de bigotes negros tupidos al que le llamaban Flipper y me llevaron a mi casa. Poco después lo mató un diputado en San Juan al cual él iba a asesinar por una interna gremial. Iba en silencio, a toda velocidad. Habíamos ido con mi mamá al casamiento de Bluma con Salvador, cuando le hicieron el saludo nazi a la salida del Unzué.

La ida de Iñaki fue el día en que mataron a Piantoni, el líder de la CNU, el 20 de marzo de 1975 (no se sabe si fue una vendetta sindical o ellos mismos, porque Piantoni era el más conciliador y si la derecha más brutal lo mataba iba a poder culpar a la izquierda, deshacerse de él y desatar una guerra, que era lo que quería) lo cierto es que les echaron la culpa a los montoneros y en el velorio juraron que iban a caer cinco por uno. Trenti dijo en la cochería: “nosotros santitos ahora, pero ya van a ver”. Yo tenía veinte años. Bluma sabía que Iñaki era amigo de Pacho Elizagaray y quiso alertarlo. Llamó a casa. Habló conmigo. Me dijo que Iñaki se fuera, que los iban a matar. Cuando Pacho lo supo se fue a refugiar a lo de su tío, Jorge Videla. Los agarraron ahí y los mataron a todos, hasta a Guillermo, el hermano de Jorge Lisandro, que tenía 16 años. Pacho intentó huir por los techos pero lo acribillaron.

Pocas veces volví a la Argentina desde entonces, pero la primera vez fui hasta la casa de España 856 y me quedé mirándola e imaginando los gritos, el Falcon, el Torino en el que fueron aquella noche en que la policía había liberado las zonas donde iban a matar a tanta gente. Imaginaba la huida desesperada de Pacho por los tejados, los gritos, los disparos. A su tío y a sus hijos los mataron en el barrio Montemar, tenían entre 20 y 30 tiros cada uno. La madre alcanzó a escuchar “ese está herido, dále otro tiro” y se fueron (¿quién sería el herido, su esposo o cuál de sus hijos?).

Iñaki se fue en el auto esa misma tarde a lo de Lito Aramburu, el primo que vivía en Segurola y de ahí a lo de sus hermanos –Perico en Vidal y Martín en Maipú. Eso lo salvó. Creo que nos salvó a todos porque decidimos exiliamos. Nos resultaba imposible convivir con las bandas que iban en autos de los que asomaban caños de armas, con las bombas y las muertes cotidianas y en casa presagiaron que nada bueno iba a pasar. Sólo estábamos acostumbrados a trabajar y el mundo a nuestro alrededor se había vuelto, rápidamente, algo violento e indescifrable de lo que queríamos alejarnos.

Entonces, a los pocos meses vinimos acá donde si bien había etarras al menos no había peronistas. Trabajé con los parientes de Barcelona que tienen restaurantes y luego pude entrar al diario Gara, estudiar, hacer el Master, dar clases en la Euskal Erriko Unibersitatea, pero nunca me pude olvidar de todo aquello y necesitaba cerrarlo de alguna manera.

Pese a todo con Bluma mantuvimos el contacto, es decir, ella lo mantuvo conmigo –llamaba en esos momentos en que o me estaba duchando, o iba a salir a dar un examen o acababa de dormirme- pero nunca hablaba de la CNU: o no entendía lo que habían hecho, o era natural para ella y pensaba que era posible salir de eso y pasar a otra cosa, como si nada hubiera sucedido. Fue Aritz quien le dio mi teléfono de Eratsun cuando volvió a la Argentina y por él supe que Salvador había caído preso por contrabando de drogas, que se había recibido de abogado en la cárcel, que se había asociado a Schocklender y que ella estaba en la ruina. Todos los de la CNU, que parecían tan invulnerables, tan dispuestos a matar a todo el mundo por sus “ideales” terminaron por fracasar en la vida.

Creo que seguí hablando con ella porque pensaba que había vivido todo eso y que necesitaría contarlo, confesarlo; que eso le pesaría en la conciencia y yo necesitaba saber esa versión. Había leído las resoluciones en el Centro de Informática Jurídica de la corte argentina –y la mencionaban a ella, en el episodio de la muerte del diputado en San Juan- pero ahora, a tantos años, cuando eso era cada vez menos entendible, necesitaba que fuera Bluma quien me lo contara.

Entonces –inesperadamente, como siempre- llamó y aproveché que mi esposa Merche estaba en Ávila con los padres para proponerle encontrarnos y me dio el nombre de un Xiringuito muy de moda en Barcelona y quedamos para ese viernes a la noche. Mi hija Maite había vuelto de Dublin, hizo como hacen muchas jóvenes aquí, que van a Inglaterra o a Irlanda, viven en casas de familia, cuidan niños y aprenden el idioma. Decidimos quedarnos dos días en un Citadine en el centro de Barcelona, cerca de las ramblas y aquella mañana ella puso el gps y salimos lentamente en la Honda Varadero. Nuestra casa está antes de llegar a Eratsun, en una curva del camino, rodeada de bosques, y tomamos el camino a Leitza hacia la autovía que lleva primero a Vitoria Gasteiz y sigue a Barcelona.

Habían matado a mucha gente esa noche e Iñaki se había salvado pero ellos habían caído, finalmente, aunque yo no acertaba a entender que eso fueran delitos de lesa humanidad que violaran el Estatuto de Roma o la Convención del Genocidio, no veía que hubiese la forma sistemática y generalizada, y pensé que si se va a utilizar un concepto así debe exigírselo a fondo, formular un razonamiento infalible que no de lugar para otra conclusión; también que matar a gente en la Argentina anterior a la dictadura no era lo mismo que hacerlo después, metódicamente, o asesinar a poblaciones enteras en Serbia, pero con nadie podía hablarlo, ni en el Instituto de San Sebastián ni en Oñati porque ellos no entienden, les resulta ajena e incomprensible una latitud tan remota como la nuestra.

Luego de las cuatro horas de autovía y de descansar en el hotel fuimos a la playa donde estaba el Lasar del Varador. Mi hija llevaba el pelo de la sien derecha rapado y un tono entre castaño y amarillento. Un largo mechón le caía por el lado izquierdo y yo la veía tan alta, tan crítica y tan observadora que me avergonzaba de cómo había sido yo cuando tenía su edad.

Ahí estaba Bluma, más gorda, más arrugada, al lado de un catalán alto y lleno de hendeduras en su flaco rostro; parecía sacado de una vieja banda de rock. “Oye tío, que guapa está tu hija” largó y rápidamente la conversación derivó hacia las comidas, los restaurantes y las módicas anécdotas cotidianas. Bluma hablaba en porteño usando palabras y giros españoles y volvió loca a la camarera preguntándole mil veces los detalles de las patatas bravas, los calamars mediterrani; la taula perni iberic gla; la amainada poma i fortmage y mil cosas más.

Maite había quedado al lado de ella y podía observarlas a las dos. Viendo a mi hija tan idéntica a mi abuela me parecía que nunca nos habíamos ido del país vasco y que la Argentina era como un mal sueño del que Bluma formaba parte.

Le descerrajé “Viste lo que pasó” – “…qué pasó” contestó torciendo la cabeza y mirando la carta por centésima vez. “Que están todos presos” y le mencione uno por uno. “Pues chico, algo me dijo la esposa de…de quién…”. Todo eso parecía pasarle muy lejos. Se distraía enseguida con el catalán recordando lo que habían comido la semana anterior o la otra y yo cargaba de nuevo con la noche del cinco por uno: “No te acordás de Flipper” “Quién” “El que fue a matar al diputado en San Juan” “Algo, sí, creo que hubo un viaje a San Juan” “¿Salvador mató a los floristas?” “Ah pero yo estoy separada de él. Él me dejó” “Fue socio de Shocklender” “De quién” (yo pensé que en toda la etapa de Salvador en los servicios del Ejército, en las agencias de investigación y traficando drogas ella había estado a su lado).

Mi hija la miraba a ella y me miraba a mí y de pronto hizo un gesto que lo resumió todo, igual que Gromit, el perro de Wallace y Gromit, que es el más sabio y sólo habla en gestos: movió su mano derecha hacia arriba, arqueó las cejas, y meneó la cabeza apretando los labios y yo pensaba cómo pude ser tan ingenuo. En otros momentos ponía sus cejas en línea y entrecerraba los ojos y miraba a Bluma. Otras veces copiaba mis gestos desesperados, arqueando las cejas y levantando la cabeza como si dijera “pero acordáte”. Era inútil. Lo único que parecía haber en su vida eran patatas bravas. Eso sí, me hablaba de la gente del barrio, de cuando éramos chicos (e inocentes) y de eso se acordaba.

Durante todo este tiempo me daba vueltas incesantemente que Bluma había sido testigo de cada una de esas muertes y que tendría esa versión esperando para contármela, porque por algo había seguido llamándome. Una versión que no tenían ni los jueces ni las víctimas; que me daría las “razones” de todo eso, pero ahora me daba cuenta de que ella o era futilidad y vacío y todo le daba lo mismo, ocupada como estaba en disfrutar de cada comida ahora que las hacía regularmente, o no quería hablar de eso, y supe que me iba a quedar para siempre con esa duda.

También pensé en todos los muertos de aquella noche y de aquel año 1975, que habían sido asesinados por gente para la cual matarlos era salvar a la humanidad, pero que ahora ella no se acordaba ni de que había participado de sus muertes y menos aun de quienes eran, mientras que ellos ya no están en el mundo sino muertos desde hace 37 años y son esas fotos en blanco y negro de seres muy lejanos de una época inabordable que al momento de la foto ignoraban su destino trágico; un destino que es futuro para el rostro de la foto pero que desde hace muchísimo es pasado para todos los que vivimos. Ya nadie podría contar la historia. Mi hija, que leía mis pensamientos movió en una negativa silenciosa su cabeza: ella era ajena a aquella maldad pero podía descifrarla mejor que yo. Finalmente nos despedimos y caminamos por la playa hacia el estacionamiento. Sobrevino ese alivio que a uno le llega cuando deja de escuchar las imbecilidades que ha tenido que escuchar por varias horas y puede quedarse en silencio. Sentí la suave y firme herradura del brazo de Maite en mi espalda. Me di vuelta y pude verlos, en esa noche transparente, en la mesa del Xiringuito hablando como si nada.

“Trabit suaquemque voluptas” dice Marquerite Yourcenar: Cada uno tiene su camino. El de sus víctimas había sido morir de una manera despiadada e inútil, el mío era entender, el suyo quizás fuera sobrevivir, o simplemente mantener a sus muertos bien enterrados y pensar qué deben llevar las patatas bravas o los calamars mediterrani.

Eduardo Balestena

ebalestena@yahoo.com.ar