lunes, 8 de octubre de 2012

Territorio y aventura


En un momento buscamos tener un territorio, algo donde sentirnos seguros, donde sentirnos nosotros, donde hacernos fuertes y recuperar fuerzas.
Más allá del territorio comienza la aventura.
La casa de Mamima empezaba a ser mi territorio. Ahí me sentía protegida y a la vez libre. Me sentía así porque había un lazo que empezaba a unirnos, a hermanar nuestras historias, a descubrirnos.
Eso lo entiendo ahora. No me daba cuenta del todo entonces, no podía ponerlo así, en palabras.
Por un momento pensé en cosas como tener un crío que se meta en tu cama porque no puede dormir, o un domingo de sol a la mañana, o verlo dormido. Me di cuenta de que esas son las cosas que valen la pena, tanto como un amor que nos lleva y nos hace hacer cosas sin preguntarnos, porque tiene un rango que está más allá de las palabras y no cabe en ellas.
Yo entraba, de la mano de Mamina, a algo que las palabras no podían explicar, y empezaba a hacer cosas que no podía evitar hacer y a sentir cosas que no podía evitar sentir.
Eso lo pensé cuando, al salir de casa, me siguió el Chevy azul hasta el colectivo y ahora no quiero ceder a la tentación de mirar por la ventana para saber si está. Esté o no, ellos saben que yo sí estoy.
Entonces volví, como volvería otras veces, con más fuerza a la casa de piedra de Strobel y XX de septiembre, volvía a su diario.

Fui a la cocina, puse el agua y comencé a andar por la casa desierta. Antes ella sólo era mi abuela, alguien con quien me unía ese vínculo. Pero ahora comenzaba a vivir, a agitarse en mí y yo empezaba a buscar mis respuestas en lo que pensaba que podría haber sido su vida.  Era como un espejo que atrasara.
Nuestros contornos se fundirán en un rostro distinto al que hubiéramos tenido de no vivir lo que nos estaba deparado. No tenemos otro rostro que aquel que va tallando el tiempo y no es definitivo. Quizás los nuestros empezaran a combinarse así, atravesados por la historia y por el amor.
Sé que mis abuelos habían tenido una buena posición económica y que luego la tuvo su marido. Eso le dio este baluarte de piedra en el cual refugiarse, pero que precio habría tenido que pagar, me preguntaba.
En el piso de arriba estaban los dormitorios principales y un escritorio, en él mi abuelo administraba su campo. La madera crujía en los escalones bajo mis pasos. Allí estaban sus cosas, estaba su mundo y yo tenía la tarea de ver que había para vaciar la casa. Me di cuenta de que no iba a poder cumplir nunca con esa tarea, que sólo podría fingir que lo hacía hasta que alguien viniera efectivamente a hacerlo y debía aprovechar ese tiempo para vivir aquí algo que no podría vivir en ninguna otra parte. Intuía que esta sensación, esta atmósfera, no seria definitiva, que había un tiempo para esa magia y debía entrar en ella y vivirla en éste, su momento.

21 de octubre. Nos habíamos visto algunas veces más, pero aquella tarde me dijo que la policía había entrado en la Sociedad Obrera y había detenido a todos los que estaban allí, y me los nombro uno por uno. Él vio pasar la columna cuando estaba en el garage comprando latas de nafta  y había escapado. Supo, los días siguientes que la policía los mantenía detenidos y que hacía allanamientos buscando a los que no estaban, entonces había decidido venir conmigo. Las cosas empeoraban. Si en mi casa no iban a querer saber nada de que estuviera con un anarquista de la sociedad obrera menos iban a aprobar que estuviera con uno prófugo. Si lo aceptaba, ya no habría vuelta atrás y además eso me iba a obligar a refugiarlo y actuar como siempre, pero si lo quería de verdad no podía abandonarlo ahora. Si lo llevaba al puesto de la estancia que estaba deshabitado iba a tener que alcanzarle comida y eso me obligaría a alejarme, a estar ausente por ratos, y eso levantaría sospechas. En cambio nadie subía a mi cuarto, que estaba más alejado. Al mismo tiempo, si mi mamá llegaba a venir y a encontrarlo, todo iba a ser peor.
No sé cómo lo hice. No sé por qué, pero le dije que me esperara en la parte de atrás de la casa para hacerlo entrar por la puerta de la cocina cuando todos se hubieran ido a acostar.
Entonces volví a casa, le ayudé a mi mamá con la carbonada y después a levantar, lavar y secar las cosas. Salí un par de veces a buscar agua de la bomba y miraba para el monte donde él se refugiaba. Y si lo encontraban, y si el comisario Micheri lo buscaba acá, porque él había andado afederando peones…todo eso pensaba mientras lavaba y guardaba las cosas.
Papá y mamá se quedaron al lado del fuego un rato, leyendo el diario La Unión y mientras yo estaba en la cocina salí, diciendo que iba a tirarles de comer a los perros,  levanté la lámpara de kerosene para que él se acercaba mientras los perros comían, porque sí no se iban a poner a ladrar cuando él se acercara. Él llegó hasta la puerta de la cocina y se quedó ahí muy quieto. Se acerco el Comousted, uno de los perros. Era un chiste de papá, le preguntaban cómo se llama ese perro y el decía como usted, ah, yo me llamo tal, decía el visitante y mi papá contestaba, él no se llama así, se llama comousted y le seguía la broma.  El  Comousted es un border collie precioso, guardián, pero que le gusta mucho la gente y cuando terminó de comer se acercó a Zacarías. Él se agachó y lo acarició. Esa es una imagen que siempre me va a quedar, la de Zacarías en silencio, acariciando al border collie. En eso vino mamá a la cocina pero a último momento dobló para la despensa, tomó un ladrillo para calentarlo para la cama, y un diario para envolverlo y me dijo” qué hacés todavía  acá” le contesté que dándoles comer a los perros “apuráte y subí  enseguida” me dijo.
Si lo hacía subir a mi cuarto cuando todos estuvieran durmiendo en el silencio iba a ser más fácil oír sus pasos en la escalera. Tenía que hacerlo rápido, mientras mis padres aún estuvieran aún levantados, pero que no hubiera riesgo de que salieran de su habitación. Una vez adentro, nadie iba a buscarlo en casa y para salir, podía deslizarse por el tubo de la canaleta, ya el Comosted lo conocía y no le iba a ladrar y si él no ladraba, Beltxa y Dantzary no tampoco le iban a ladrar.
Papá puso tiró el diario La Unión al fuego, movió la cabeza para un lado y para el otro, se estiró para atrás y abrió los brazos enormes en un bostezo. “Gabon, Amalia”, me dijo y se fue, mamá lo siguió. Apenas cerraron la puerta subimos nosotros, rapidito y al llegar al piso de arriba doblamos para el otro lado. El pasillo da una vuelta a la izquierda y otra a la derecha. Hay un depósito de cosas, un baño y mi cuarto para la derecha. Entramos muy rápido. Ya estaba Zacarías a salvo, al menos por el momento.
Creo que sólo al cerrar la puerta me di cuenta de lo que había hecho, al cerrarla y verlo a Zacarías de este lado pero al mismo tiempo sentí que al cerrar esa puerta estábamos dejando atrás un mundo y entrando en otra cosa, un cielo, una galaxia lejana, algo infinito y también que ya no era una chica, que había hecho algo de lo que podría arrepentirme toda la vida o que iba a ser el mayor paso que podía dar en toda la vida: ahora era una mujer. No lo era porque fuéramos a amarnos, sino porque había elegido amarlo, había decidido arriesgarme por él.
Y lo que entonces pasó es algo de lo que no se puede hablar. Hablar de eso es traicionarlo. 

Ella acababa de dejar su territorio y de entrar en su aventura.
Las dos estábamos entrando en el lugar de la aventura.

23 de octubre. Cómo escribir. Cómo entender lo que sucede. No se puede. Sólo hay que vivirlo. La habitación se convirtió en el mundo, sus paredes en un abrazo y la puerta en un pasadizo mágico que conectaba con aquella parte en la que sucedía la aventura.
Volví a bajar para traerle algo de comer, pan de campo y unas rebanadas de matambre casero y yo lo veía comer y me resultaba algo nuevo unir el amor con la necesidad que él tenía de mí y luego, mucho  más tarde, ya su cabeza dormida en mi hombro, me dediqué a contemplarlo, acostumbrada ya a la oscuridad, y a comenzar ese relevamiento de la piel del otro en que consisten los amores. Los amores son muchas cosas. Son palabras. Son un perfume. Un sabor y también otras que, como los ríos, se ramifican, impregnan otras orillas e instalan vida allí donde no había nada.
Los amores son saber el contorno de un labio como si fuera una ensenada, infinita y misteriosa, el modo en que un mechón de cabello cae o el ritmo de una respiración dormida y en ese extraño abrazo en el que sentía algo tan nuevo, también sentía que estábamos juntos desde antes de nacer, desde el origen del tiempo y que por esa razón esto estaba sucediendo.
Quedaba pensar en los modos que tiene el azar de unir a los que se aman (y de desunirlos, sabría después, y también de volver a unirlos), y la pregunta sobre qué es el amor. Yo no  lo sabía. Yo no lo sé porque esas cosas no tienen la forma de preguntas que se formulan y respuestas que se encuentran  sino en lo que sentimos, en esa certeza: la de que él es él, la de que él es yo, la de que yo soy él. El amor es un encuentro donde yo sigo siendo yo pero lo soy por dos cosas:  porque él es él, y porque estamos juntos.  Supe, en ese momento, en esa noche en vela, luego de hacer el amor por primera vez, en esa contemplación del lado derecho de su rostro, el rostro de un cuerpo dormido y entregado, que nunca iba a poder estar de nuevo sin él; no importaba si las circunstancias nos separarían o no. Podrán separarnos, pero no podrían hacer que yo pudiera estar sin él  sencillamente porque sin él ya no podría ser yo.
Esa noche fue eterna, por momentos muy alerta a todas las manifestaciones de él, a su cuerpo, a su piel, y otras dormitando a su lado. Sentía que debía velar su sueño, hacer que aquella noche nunca terminara porque yo era todo para él.  Para dormir estaba el resto de la vida, el resto de las noches y muchas, seguramente sola, muchas, seguramente extrañándolo porque intuía que extrañar sería el verbo del futuro como ahora lo era descubrir, maravillar, abrir, abrazar, susurrar, gozar. Gozar es algo que no sólo se vive en los sentidos sino que es  más sutil, eso también lo entendí esa noche porque el amor es esa contradicción de algo muy fuerte y a la vez eso, algo muy sutil.
En la claridad (es que la noche era clara o es que mi vigilia, la del acostumbramiento a  la noche, a la poca luz, la hacía más intensa) veía a las nubes cubrir las estrellas y pasar y de nuevo desnudarlas y pensaba en cuántos amantes habrán poblado así a la noche y a la luz y cuántos lo harían en adelante y si sus historias serían como la nuestra. La nuestra. Lo nuestro. Que era lo nuestro: se reducía a encuentros furtivos en el bosque, a un refugio furtivo en mi cuarto, en mi cama, en mis brazos. Sería la vida algo furtivo para siempre. Podríamos algún día salir a la luz. Podría haber luz para nosotros o por siempre moraríamos en los dominios de la noche, dentro de los muros de un cuarto, detrás duna puerta cerrada. Quizás ese fuera el modo del amor de ser en nosotros: la intimidad prohibida, proscripta, la intimidad anhelada.
Antes de que se levantara mamá bajé a la cocina y encendí el fuego con un rescoldo brillante y pequeño, pero aún vivo y  caliente (era como yo, algo inadvertido capaz de convertirse en fuego y en calor)  y le preparé un café con leche que él debería beber rápido, para darme tiempo a lavar el  tazón. Cuántas cosas estaba obligada a hacer por las circunstancias. Eso me aterraba. Era como una ladrona, un ser furtivo, silencioso que debía engañar. Esa era la parte de la historia de amor que no me gustaba, pero debía aceptar que mi historia era así, que yo había nacido al amor y al secreto en el mismo instante. Entonces, en ese simple detalle de llevar el tazón de café con leche supe que siempre mi vida iba a ser así, con algo de secreto y de furtivo, con algo cuyas razones sólo yo entendería.

Pensé tantas cosas al leer su diario. Pero una de las que más pensé fue eso de que podemos tener razones que los demás no entenderían y que el mundo de Mamina era muy privado, muy propio (cómo era el mío). Un mundo que ella había guardado para si. Habrían sabido algo sus hijos. Habría adivinado algo su marido de aquella vida secreta y si no era así, qué sola debió haberse sentido. Y yo, cómo me sentía.
Ella estaba confinada a su casa, a sus quehaceres, a la dureza del trabajo del campo, a una época en que la mujer contaba todavía menos que hoy, y al mismo tiempo se permitía refugiar  a un hombre perseguido, enamorarse, seguir ese amor y disimularlo. Ella tenía entonces diecisiete años. Cuántos pueden ser cuando es necesario.
De nuevo, debía luchar entre la intensidad de lo que leía y la intriga por conocer su historia. Saber qué había pasado, si los habían descubierto o si se habían separado, pero al mismo tiempo se me hacía imposible leer su relato sin al menos tomar un respiro. Tan cerca me sentía entonces de ella que no podía ya separarla de mí y de lo que yo sentía.
De pronto, lo que le pasaba a ella era como un reflejo o un anticipo de lo que  podía llegar a pasarme.

25 de octubre. Necesito escribir en mi diario pero no puedo. No puedo porque hoy me urge vivir. Quizás haya tiempo luego de contarlo…
Vivir es urgente…

A ella le urgía vivir y al mismo tiempo necesitaba escribir para entender lo que le sucedía.

27 de octubre. Hoy amanecí sola. Sola y al mismo tiempo llena de cosas, de todo lo que viví en estos días. Hoy mi cauce desborda. Hoy me parece que soy más fuerte y más poderosa y al mismo tiempo, me siento más sola y más desvalida.  Ya nunca voy a ser la misma.
La vida me hizo crecer de golpe. Es rara la manera que tienen las cosas de suceder y todo lo que sucedió es tan enorme que no me parece que me haya pasado a mí.
Ya podré hablar de esto.
Ya habrá tiempo, ahora que empezó otro tiempo, el de la espera, el de sentir que todo se mide según él vaya a tardar en volver.
Sigue el viento murmurando en los árboles. Siguen girando las constelaciones más allá de mi ventana, pero yo vivo en otro mundo.
Afuera ya regía la noche, como en el diario.
Pero era una noche distinta. Era una en la que aquella historia ya había transcurrido: sus interrogantes  habían sido  formulados y resueltos, aunque yo ignorara como y sus posibilidades se habrían consumido en eso que era el futuro pero que en realidad hacía ya mucho que era pasado.
La revelación de ese como iba a ser larga y difícil, intuí.
En la noche del diario se cernían el amor, el riesgo y el misterio y en la de afuera de mi territorio la oscuridad y las calles, esas donde andaba un Chevy azul que me seguía.
Cómo proseguirían nuestras historias. Se dormirían alguna vez nuestros perseguidores.
Sólo el tiempo, al germinar en otros días y noches, podría revelarlo. 

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