sábado, 16 de marzo de 2013

Julio Cortázar: Las babas del diablo. Lenguaje y mundos paralelos


La relectura de Cortázar (Bruselas 28 de agosto de 1914-París, 12 de febrero de 1984) lleva a pensar que –particularmente en su cuentística- hay por un lado diferentes modos de formular lo real, lo fantástico y  las funciones del lenguaje y, por otro, que cada cuento y relato pueden en sí mismos originar diferentes lecturas (como en el caso de El Perseguidor  (“Las Armas secretas”, 1959) que tomando varios episodios de la vida del saxofonista Charlie Parker (Kansas City, 29 de agosto de 1920-Nueva York, 12 de marzo de 1955) a quien es dedicado, con un conocimiento absolutamente interior y preciso del mundo del jazz, puede a la vez ser leído, entre otras maneras, como una metáfora de la creación: absorbente, única, incomprensible, de la cual sólo podemos ser testigos y que en sí misma es un fenómeno al que uno puede aproximarse pero que no puede explicar).  
Los acercamientos a su narrativa serán tan variados como las obras que elijamos leer y que nos permitan reflexionar sobre las propuestas estéticas de una literatura siempre abierta a las posibilidades de exploración de la realidad, del lenguaje y de las maneras de narrar.

Mundos Paralelos
Cada narración postula un modo de plantear lo fantástico. Aunque haya ejes que las conectan cada una es distinta. Los ejes no son evidentes, no son siempre los mismos, pero podemos pensarlos en algunas categorías: (1) la experiencia de la introspección y el aislamiento, que genera un modo de ver las cosas que es tomado como verdad; (2) la incomunicación: la experiencia introspectiva es intransferible y las palabras que aluden a ellas son insuficientes; (3) la existencia de mundos paralelos que como un juego de espejos hacen que las realidades posibles sean muchas, ramificadas, latentes;  o (4) personajes que viven su vida como si estuvieran condenados, en un mundo donde la libertad es muy restringida.
Lo fantástico y lo extraño se encuentran en la propia experiencia cotidiana.
En algunos trabajos, como Las puertas del cielo (“Bestiario”); La noche boca arriba (“Final del juego”, 1956) o Todos los fuegos el fuego (“Todos los fuegos el fuego”, 1966), la atmósfera es creada por la belleza de un lenguaje tan deslumbrante como exacto.
Algo intrascendente puede constituirse en la llave de dos mundos, como Axolotl (“Final del juego”). La narración parece detenerse. No hay hechos. Nada externo acontece. No sucede nada que no sea la intensificación de un objeto seleccionado, el acto de percibirlo, observarlo y desplegar un lenguaje a partir de él : “Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso…lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas…Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior…” (Cuentos Completos I, pág. 401, Alfaguara, 2011). La observación se vuelve puntual, obsesiva; se humaniza, instaura un vínculo extraño que empieza a invadir lo real. Los hechos exteriores no son lo importante sino este acto de hacer más profunda la percepción de algo y remitirlo a otras categorías ajenas a ese algo: “carentes de toda vida pero mirando” o “uñas minuciosamente humanas”. Una larva deja de ser tal y puede convertirse en literatura.
Ello tiene que ver con una obsesión (como en El perseguidor), y se instala la duda acerca de si lo fantástico existe como tal  o si sólo existe esa obsesión, y que es ella la que produce aquello que parece real a un narrador  volcado sobre sí mismo.



Las Babas del diablo y los planos de la escritura
El relato contiene una compleja operación discursiva: cuenta una historia pero antes lleva a cabo una digresión en la que aborda los presupuestos tácitos de toda ficción, en la cual se elige algo para contar, una especie narrativa (en este caso el género de la literatura fantástica), un narrador y un modo de narrar.
Estos conceptos son puestos en crisis y se escribe desde esa idea de crisis; no obstante, sobre el final, el narrador vuelve a un modo tradicional de narrar.

“Nunca se sabrá  cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente  formas que no servirán de nada” (Cuentos completos, Alfaguara, 2011, pag. 223)

El relato se inicia con una propuesta referida no a la narración sino al modo en que ésta puede ser planteada, instalando la idea de que el enunciado será forzosamente falible.
Luego de instalarlo extenderá este concepto de perplejidad hacia otros elementos: el narrador elegido y lo narrado.
El narrador fluctuará entre uno omnisciente y el personaje y lo narrado se articulará básicamente en dos espacios: dentro y fuera de la fotografía.
Hay dos menciones a la fotografía en una suerte de efecto especular, pero un juego de espejos que distorsionan la imagen.
El narrador, al principio y al final, opera desde la muerte: es decir que narra desde un lugar de negación e imposibilidad de narrar. Parte de la atmósfera fantástica proviene de esto y de la alternancia dentro/ fuera, de la fotografía.
No obstante, el final se resuelve de un modo tradicional: planteando y resolviendo un clímax.    

Núcleos narrativos
La narración se desarrolla en tres núcleos: (1) los presupuestos narrativos; (2) la obtención de la  fotografía y (2) la expansión de la imagen.

1. El primer núcleo es el que hace visibles los elementos de la narración: se cuestiona el qué y el cómo de la escritura; instala la pregunta sobre la falibilidad de la elección de lo narrado y de la posibilidad de contarlo:

“De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empieza a preguntarse  por qué hace todo lo que hace…” (pág. 223)

De este enunciado aparentemente banal surgen dos cuestiones posibles: (1) La narración es de un hecho como podría serlo de otro o (2) la narración obedece a algo que se impone contar, algo que debe o merece ser contado, algo nuevo o extraordinario o que se hace nuevo o extraordinario por el hecho de contarlo. Contar es explorar las posibilidades de algo, parecería reflexionar.
 
“Vamos a contarlo despacio, ya que se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo”

El narrador propone algo diferente: no contará aquello que sucedió sino más bien aquello que será descubierto en la medida en que es contado. Luego, es la escritura la que interviene en la producción del hecho y no la realidad.
Algo que empieza como una propuesta realista va desplazándose hacia otro lugar.
El narrador subraya que se trata de una operación escritural: no asistimos a lo que sucede tanto como a la escritura sobre lo que sucede:

“Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección” (pág. 223)
Pero no parece referirse sólo a una máquina de escribir sino también a una cámara fotográfica:

“hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Contax 1.1.2) y a lo mejor puede que una máquina sepa más de otra máquina” (pág. 223)

Parece la puerta a lo que vendrá: precisamente la expansión de la imagen fotográfica hasta convertirla en algo móvil y hacer de la imagen primero estática una narración dinámica, justamente la que resuelve el clímax.

2. El segundo núcleo narra la secuencia de la obtención de la fotografía y presenta al personaje:

“Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo 7 de noviembre del año en curso” (pág. 224).

A partir del enunciado empieza a haber digresiones: del narrador (alterna uno desde afuera con el personaje) en aspectos laterales (si pasa una nube o hay viento en París) que abarcan al narrador desde afuera pero también al personaje que hace digresiones sobre lo que va viendo.
La fotografía es un acto de ver y de dejar testimonio. Pero incluso eso es puesto en tela de juicio:

“Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad” (pág. 226)

No es observación al azar: la fotografía, ese acto de fijar y cuya esencia es la propia inmovilidad e inmutabilidad, será asumido como algo muy diferente. 
Lentamente, como si buscara un objeto fotográfico, el narrador va llevándonos a la escena que será el eje del relato:

“Lo que había tomado por una pareja se parecía mucho a un chico con su madre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su madre” (pág. 227)

La selección de algo a narrar es también la presentación de algo que no acaba de ser narrado sino que puede o no ocurrir. Lo único cierto es la escritura en sí misma, una que capta no lo que sucede sino algo móvil e indefinido. Escribir es explorar.
Sin embargo, en esto que no sabemos que es hay

“como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo” (pág. 228)

El relato trabaja sobre varias incógnitas: quien es yo: el narrador omnisciente o el narrador personaje y lo que sucede es así o parece así a quien lo narra.
Se introduce entonces la deliberación de sacar la foto y que ella

“restituiría las cosas a su tonta verdad” (pág. 228).
La foto es (1) algo que tiene un poder, el de restituir las cosas a un plano real y (2) el de plantear a la escritura como el desarrollo de algo que –a diferencia de la foto- no es real. Reducida a su pura imagen, parece postular el narrador, las cosas serían diferentes al modo en que aparecen en el desarrollo del texto.
Veremos que la fotografía estará muy lejos de devolver las cosas a su tonta verdad, y que lo que suceda será muy distinto.
La instancia de plantear el sentido de la foto coincide con la introducción del personaje del hombre en el auto.
La escena de la fotografía aparece dos veces: en la primera desde la deliberación –la decisión de sacarla- y vista desde afuera hacia adentro, desde la escena en sí al hecho de registrarla.
Coincide con una doble descripción del sujeto del auto: primero es un esbozo que aparece al hacer el encuadre y que vuelve a aparecer cuando se produce la discusión luego de obtener la foto.
También se produce la primera mención al título del relato.
Ambos elementos: el hombre del auto y el título, serán presentados de una manera muy diferente la segunda vez.
El título, en esta primera mención surge como imagen de la huida del joven que se produce con la toma de la foto y la frustración del propósito –no revelado aún- de los otros personajes:

“se volvía y echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la carretera, pasando al lado del auto, perdiéndose como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana.
Pero los hilos de la Virgen se llaman también  babas del diablo” (pág. 230)

Es decir que se produce un giro en la imagen que va de la Virgen al diablo.
La actitud de los personajes es de contrariedad y desconcierto.

            3. En el tercer núcleo –de la expansión de la imagen- se invierte el sentido de movilidad de la acción y todo comienza a girar alrededor de la fotografía.
            Asistimos a una visión desde adentro hacia el exterior.
            La imagen de la fotografía, que antes aparecía vista desde la dinámica del personaje que selecciona una escena y la obtiene, aparece como un escenario en expansión. Se hace móvil y cambiante y  el resto de las escenas es mostrado desde este centro, verdadero vórtice que va absorbiendo y redefiniendo a los personajes y a la vez planteando incógnitas que nunca serán resueltas.
            La narración opera sobre la ruptura del concepto de una fotografía, aquello que reduce un corte y una inmovilidad de lo real y al mismo tiempo que lo ubica en un espacio y un tiempo tiene el poder de sacarlo tanto del espacio como del tiempo, y  de perpetuar ese instante fuera de su transcurso.
            Nada de eso sucede aquí, donde la fotografía delimita un ámbito destinado no a congelar las cosas sino a desencadenarlas, y vuelve sobre una escena no para mostrarla como fue sino para que pueda terminar de resolverse aquello que estaba sucediendo y cuyo transcurso fue interrumpido por el acto de obtener el registro.
            Es decir que la foto aparece como algo en contradicción: en ella se fija una escena y al mismo tiempo hace que esa misma escena sea retomada en el punto de la interrupción y que suceda algo nuevo. En este caso, será algo inclusivo del personaje del fotógrafo, que pasa a ser cautivo de ese corte en la realidad que él mismo había llevado a cabo.
            La fotografía atestigua y al mismo tiempo desencadena. Es algo fijo pero también  móvil, tanto que puede signar la suerte de aquel que había pretendido de la escena justamente eso, hacerla algo fijo.
            A la vez nos remite a la escena que alternativamente oculta y revela. La oculta porque en el primer núcleo el fotógrafo le da una interpretación y la revela porque en el último núcleo le da otra, la verdadera, con lo cual se evidencia la falibilidad de la imagen y de la certeza que parece dar: surge como algo pero no es eso. No sólo no es eso sino que es el opuesto.
            Lo otro que nos dice se refiere a la fuerza de la propia escena: como fotografía había otras que eran mejores, pero el fotógrafo opta por ampliar ésta, una vez y otra: verdadera metáfora de que la misma escena vuelve a ser mostrada y cada vez con más matices y un mayor poder sobre la realidad. Es como si la fotografía fuera imponiéndose la propia realidad, instaurando algo diferente, algo que sucede por la actuación de un  poder oscuro.

            “El negativo era tan bueno que preparó una ampliación; la ampliación era tan buena que hizo otra más grande, casi como un afiche. No se le ocurrió (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo las fotos de la Conserjería merecían tanto trabajo. De toda la serie, la instantánea de la punta de la isla era la única que le interesaba; fijó la ampliación en una pared del cuarto, y el primer día estuvo un rato mirándola y acordándose…como toda foto donde no faltaba nada, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena” (pág. 231) 

La fotografía se impone pero su poder es incierto. No sabemos en qué radica. El doble narrador reafirma esa impresión “sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena”.

Hay una primera secuencia que podríamos llamar de acechanza de la foto

“Los dos primeros días acepté lo que había hecho…y no me pregunté siquiera  por qué interrumpía a cada rato la traducción…para reencontrar la cara de la mujer…” (pág. 231)
Los elementos importantes del cuento, sus pasajes de un núcleo a otro o el título, son dichos al pasar pero reafirmados luego por otro elemento, también tenue.
En este caso, se prepara el pasaje a la segunda secuencia: la de la expansión de la imagen y su movilidad que comienza cuando el ojo del narrador-personaje se coincide con el objetivo de la cámara; lo cual también se enuncia como al pasar:

“La primera sorpresa fue estúpida; nunca se me había ocurrido pensar  que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente la posición y la visión del objetivo; son esas cosas que  se dan por sentadas y que a nadie se le ocurre considerar” (pág. 231)

Elementos importantes son enunciados como intrascendentes (la tonta realidad) y un detalle importante, como una observación más.
Quizás sea un modo de enunciar a lo fantástico como aquello que a nadie se le ocurre considerar.

“Cada tantos minutos, por ejemplo…alzaba los ojos  y miraba la foto; a veces me atraía la mujer, a veces el chico…Entonces descansaba de mi trabajo y me incluía otra vez con gusto en aquella mañana que empapaba la foto…” (pág. 231)
El poder de atracción va convirtiéndose de contemplación en acción y en movimiento, también de manera paulatina y a partir de hechos cotidianos.
Hasta ese momento el narrador lee la fotografía con la primera interpretación: la mujer deseaba seducir al muchacho.
Sucederá entonces algo nuevo, un hecho fatal. También será enunciado tangencialmente. Pero todo comenzará a girar hacia otra explicación, una que nace precisamente en el movimiento que adquiere la fotografía, también enunciado tangencialmente:

“Creo que el temblor casi furtivo de las hojas  del árbol no me alarmó, que seguí con una frase empezada y la terminé redonda…” (pág. 232)

El pasaje al puro movimiento opera a partir de otro comentario banal:

“Las costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine” (pág. 232)

Es decir que la fotografía se ha transmutado en cine, algo cuya esencia no es la inmovilidad sino el movimiento. Sin embargo no hay una relación de causalidad lógica entre el primer término de la oración y el segundo: el enunciado comienza hablando de grandes herbarios y termina derivando hacia una película.
En metáforas desusadas como esta pensamos que, precisamente, uno de los matices de la escritura pareciera ser la de encontrarse descentrada, como fuera de foco. Ingresan a ella cuestiones laterales y reflexiones y no siempre lo hacen enunciados directos. En este sentido no dice que la fotografía se convirtió  en una película sino que lo introduce luego de una observación que no tiene nada que ver ni con las películas ni con la acción narrada, una que discurre entre estas digresiones. 
Es entonces que se produce el ademán de la mujer que hace pasar al narrador del rol pasivo de espectador de la imagen al de alguien que lleva a cabo una acción fatal para él.
Cómo opera esta suerte de rapto y por qué es un pasaje fatal para él es algo que nunca se aclara, son los enigmas que plantea el relato.

“De mí no quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una máquina de escribir  que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla” (pág. 232)

Algo ha sucedido, pero no sabemos qué. Ese narrador tan detallista que repara en observaciones intrascendentes sin embargo calla lo más importante, aquello que en realidad sucede. Al hacerlo cumple con la finalidad por excelencia del relato fantástico: instalar la duda, la indefinición, la falta de una respuesta definitiva.
En la secuencia siguiente el narrador ya está adentro de la foto.

“El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisbó por sobre el hombro  de la mujer y ella seguía hablando, explicando algo que lo hacía mirar a cada momento hacia la zona donde Michel sabía muy bien que estaba el auto con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado de la fotografía” (pág. 232)

Es decir que el personaje está dentro de la escena. Detrás de él está el hombre del auto, que cuidadosamente excluyó de la fotografía.
A partir de esto la de la mujer empieza siendo una presencia vicaria, una entregadora. Esta interpretación aparece con la inclusión del personaje: ya no es quien selecciona la escena sino que resulta cautivo de ella.
También hay otra modificación: la del hombre. Ya no tiene un rostro anodino sino el de alguien que maneja y domina los hechos; muestra un aire

“entre hastiado y exigente, patrón que va a silbar a su perro” (pág.232)

Dos cosas suceden a partir de allí: (1) la acción se intensifica, se hace más oscura, revelándose un nuevo designio: la intención del hombre del auto de corromper al menor utilizando a la mujer para ese propósito y (2) el juego entre el adentro y el afuera de la foto: entre la acción y el estar del otro lado.
Digamos que en este elemento parece verificarse el elemento nuclear del cuento: el juego entre un adentro y un afuera, una movilidad y una inmovilidad. No es clara sin embargo la dinámica: nunca sucede algo de un modo abierto y manifiesto porque son las reflexiones del narrador las que ocupan el primer plano.
De este modo asistimos a una duda: la alusión al objetivo es algo más que una mención y el propio narrador se ha convertido en el objetivo “sin poder hacer nada” o el objetivo es un desdoblamiento más, como el del doble narrador.
¿Es la misma escena en el mismo momento? ¿Implica la introducción en la fotografía un retroceso en el tiempo real de los hechos captados por ésta? ¿Cuál es el papel del narrador? ¿Qué sucede con él? ¿Quién hace que suceda algo con él y de qué modo?
Esta es básicamente la ambigüedad en la que se mueve una acción que es siempre vista parcial y progresivamente: en efecto, las cosas no suceden de manera instantánea sino que van siendo desplegadas como en una especie de cámara lenta, una cuyo punto de visión es primero el del personaje situado en su asiento, tomando el lugar del objetivo mientras escribe la traducción y luego de ese otro en el que  yace el personaje una vez que ingreso a la imagen.
Pero ¿cómo ingresó? ¿Qué fuerza lo obligó a dejar la traducción en una frase en francés que nunca terminaría?  ¿qué hace ahora?
Todo se intensifica: las presencias, las acciones y las omisiones.
Pero hay una gran diferencia con la primera parte: lo que comienza a suceder se vuelve imperativo.
El orden se invierte: si antes el personaje observaba y decidía sacar la foto, ahora es arrastrado pasivamente a lo que sucede en ella sin poder ya intervenir:

“Me tiraban a la cara la burla más horrible, la de decidir frente a mi impotencia” (pág.233)

Entonces, ¿se trata de otra escena o de la misma? Si la primera vez el chico pudo escapar y el narrador sacar la foto entonces ahora todo sucede nuevamente pero ahora el chico no escapará y el narrador que ha sacado la foto no podrá salir de ella.
Hay a la vez un desplazamiento del tiempo: el antes de la foto es el ahora del personaje, aunque este haya ingresado en algo que ya sucedió. Ya sucedió y a la vez está sucediendo. Este camino circular conduce a algo más:

“…la (impotencia) de que el chico mirara otra vez al payado enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar, que la propuesta contenía dinero o engaño, y que no podía gritarle que huyera, o simplemente facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequeña y casi humilde intervención que desbaratara el andamiaje de baba y perfume” (pág. 233)

El devenir de los hechos sufrió una alteración en el plano de lo real (la foto). Ahora, en el plano de lo fantástico, ya no puede haber otra alteración real, debe suceder aquello a  lo que la narración debía llegar, un clímax. Pero, a diferencia de una narración tradicional, éste resuelve algunas cosas y no todas
Algo más sucede, la redefinición del título. Si antes los hilos de la Virgen (de la pureza virginal del muchacho) eran también llamados babas del diablo, ahora el foco está en las babas, que evocan lo siniestro y lo maléfico.
Si antes el hombre tenía un rostro enharinado éste, en el curso de una acción cada ve más fragmentaria e intensa, se ha convertido en la cara siniestra del mal

“que me miraba con los agujeros negros que tenía en el sitio de los ojos, entre sorprendido y rabioso miraba queriendo clavarme en el aire” (pág. 234)

Las cosas son vistas fragmentariamente: si antes había una escena completa, ahora son elementos:

“Aquello se tendía, se armaba. Creo que grité…y en ese mismo segundo supe que empezaba a acercarme, diez centímetros, un paso, otro paso, una mancha del pretil salía del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí como sorprendida iba creciendo…” (pág.233)
 
Quién mira: la cámara o el ojo del personaje desde la cámara y si es así, ello se vincula con el otro pasaje, aquel en que advierte que se encontraba sentado como si fuese el objetivo.
La cámara selecciona a partir de una mirada. Al hacerlo se abstrae del resto. Esta última mirada no es enteramente humana, o es humana a partir sólo de lo que la mirada seleccionó con la cámara: rostros, movimientos, una mano, son algo en sí mismos, no remiten –como en el núcleo anterior- a una totalidad a la que pertenezcan.

“…y en ese instante alcancé a ver como un gran pájaro negro fuera de foco que pasaba de un solo vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa de escaparse…” (pág. 234).

Toda la visión se hace con referencia a un foco del que se está adentro o afuera.

En el final se plantean dos elementos: (1) el cambio en la dinámica de la acción que se circunscribe nuevamente al ámbito de la fotografía del cual el personaje parece alejarse y (2) la acentuación de los rasgos maléficos del personaje del hombre del auto, encargado, además, de clausurar el punto de visión con la mano:

“frente estaba el hombre, entreabierta la boca  donde veía temblar una lengua negra, y levantaba lentamente las manos, acercándolas al primer plano, un instante más en perfecto foco, y después todo un bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más…” (pág. 234).

Pero que sucede en realidad con el personaje. Desde donde vio. Desde el interior de la imagen o desde la pared de su cuarto y lo que ve al final, lo ve en la escena ahora vacía de la foto colgada en su cuarto, o en la propia escena.
Hemos asistido a un relato que cuenta algo dos veces y desde dos puntos de vista: adentro y afuera, por parte de alguien que no sabemos si es un narrador o el personaje; tampoco sabemos la suerte de ese personaje que se declara muerto, cuál fue la fuerza que lo arrastró y a dónde ni qué sucedió con él o si simplemente es una invención del narrador.
La literatura, parece decirnos, no se agota en contar sino en plantearnos algo que será siempre incierto. La literatura usa de la realidad, se vale de lo aparente para hacer otra cosa.
Esa otra cosa es asumirla como puro lenguaje, uno con posibilidades que no vemos a partir de lo real sino de lo que se puede escribir (y cómo) sobre lo real.
La otra es revelar que lo visible es una apariencia, una convención; que las mismas cosas pueden cambiar según cómo se las vea o cómo se las nombre.
La literatura es algo siempre inacabado, capaz de generar lecturas y de renovarse.
Si algo podemos decir es que existe un sentido de movimiento que hace que no exista una visión definitiva.
Cortázar es quizás quien mejor ha podido plasmar que una de las funciones más altas de la literatura es la de plantearse como posibilidad de ver cosas diferentes en las habituales y de generar un texto que no leeremos dos veces de la misma manera.







              
Eduardo Balestena


martes, 26 de febrero de 2013

Las formas inaccesibles



Charles Christopher Parker Jr. nació en Kansas City el 29 de agosto de 1920 y murió en Nueva York el 12 de marzo de 1955 (hace cincuenta y ocho años). Probablemente pocos (además de Cleant Eastwood en su filme Bird) hayan plasmado su personalidad musical y su propia vida con mayor exactitud y agudeza como Julio Cortázar en El perseguidor.      
Hijo de un actor que abandonó a su esposa cuando él tenía once años, comenzó a tocar a los trece, se casó a los 16 y fue padre a los 17. A los 19 años se fue a Nueva York y trabajó de lavacopas esperando su oportunidad de tocar. Más tarde volvió a Kansas City donde tocó a partir de la experiencia que había hecho en Nueva York. De regreso  en esa ciudad llegó a tocar en la orquesta de Earl Hines, en la que conoció a Dizzy Gillespie. Este encuentro fue vital en su experiencia.  Ambos llegaron a ser los exponentes paradigmáticos del bebop, una corriente que había comenzado a desarrollarse subterráneamente, en el club Minton´s, de Harlem, durante apogeo del swing y que sirvió de experimentación y liberación para los músicos de las armonías predecibles y de la disciplina de las grandes bandas. Son muy conocidas las alternativas de la vida de Charlie Parker y su relación con las drogas para mencionarlas.
Improvisación en un nuevo lenguaje armónico
En su incisivo y poético  libro de ensayos Formas frágiles, Pablo Gianera ha ahondado en el concepto de improvisación, esa forma que partiendo de un elemento va aventurándose  hacia algo diferente pero vinculado con el material inicial, y al mismo tiempo subordinándose a “un atisbo de organización” desde el cual gana en autonomía (Formas Frágiles, Edit. Debate; pág. 15). No es una creación ex nihilo (de la nada) pero tampoco es pura organización: se trata de algo que discurre y forma una unidad entre el punto de partida y el máximo punto en que se distancia de él.
            Charlie Parker fue uno de los intérpretes que más lejos llevó los postulados del bebop, el movimiento jazzístico cuyo lenguaje comenzó a generarse con Lester Young y Art Tatum, en el cual el concepto de improvisación implica un complejo sistema de progresión de acordes y una línea discursiva que demanda rapidez y belleza tímbrica al mismo tiempo. Si tomamos como referencia las citas de temas (por ejemplo de Cherokee) que hacía Charlie Parker, se produce luego un cambio en la rapidez y el desarrollo de la melodía, uno que se opera gradualmente: un tono sirve de referencia para uno siguiente que a su vez pasa a otro al cual le sirve de referencia, pero al hacerlo se distancia del punto de partida, aunque de un modo armónicamente congruente: no hay nada brusco pero la sensación de avance es vertiginosa, en gran medida por el lenguaje de notas rápidas y  por un sentido de avance que suele resolverse con una nueva cita del elemento inicial.
El esquema hace al marco tonal en el que se mueve el instrumento solista pero al mismo tiempo lo vincula a los demás, que deben poder seguirlo dentro de ese mismo marco tonal. Parker afirmó: “Me dí cuenta de que usando las notas agudas como líneas melódicas y usando correctamente la progresión armónica podía tocar lo que escuchaba adentro de mí. Entonces nací”. Pero no es ése su único recurso. Novedad permanente y a la vez unidad en un esquema de gran sofisticación armónica y rítmica.
            La reacción a esta exhuberancia sonora fue el cool jazz, estética que fue desarrollada a partir de Miles Davies, con un repertorio limitado de modos y escalas y un fraseo más lento y centrado en la calidez y la cualidad sonora.
El perseguidor       
Sin pretender llevar a cabo un análisis del relato, sí es muy importante pensar a la música de Charlie Parker a partir de la síntesis de algunos de los criterios de percepción de su figura y de su música que utiliza Cortázar.
El título alude doblemente al narrador (un crítico musical) y Johnny Carter, el personaje del saxofonista (inspirado en Charlie Parker): el primero pretende captar la esencia de un creador, hacerlo un objeto de indagación y sacar un provecho de él; el segundo busca plasmar algo que le resulta inaccesible: la música en su sentido más puro.
Cortázar establece varias metáforas de este proceso: (1) la del virtuosismo; (2) la del tiempo; (3) la de la máscara.
El virtuosismo en la línea de improvisación, en la progresión armónica y en la unidad del todo es un resultado sin fisuras para el oyente; pero para el músico es algo que no alcanza a expresar su ideal sonoro; es lo que logra de una búsqueda siempre insuficiente. Va más allá de la forma pero se siente lejos de obtener algo que intuye y que, justamente, carece de forma: “…No es cuestión de más música o de menos música, es otra cosa…por ejemplo, es la diferencia entre que Bee haya muerto y que esté viva. Lo que yo toco es Bee muerta…Y por eso a veces pisoteo el saxo y la gente  cree que se me ha ido la mano en la bebida…” (Julio Cortázar, El perseguidor, de “Las Armas Secretas”, Cuentos Completos I, Alfaguara, 2011, pág. 275).
La metáfora del tiempo podría ser expresada con dos imágenes  del relato: (1) la del ascensor: Comenzamos una frase en un ascensor y cuando la terminamos hemos llegado al piso 32. Ya no estamos en el mismo lugar y apenas hemos concluido una frase; y (2) la del metro: largas escenas de la vida del saxofonista son  evocadas por él en el transcurso de dos estaciones de metro, un espacio de pocos minutos. Llevado por ese fluir se olvida del instrumento bajo el asiento (escena que evoca a su vez circunstancias en las que Parker perdía el instrumento, como sucedió con un saxo Selmer, o lo empeñaba). La música es tiempo pero sustrae del tiempo. Contiene su propio transcurso y su propio espacio: una improvisación pude ser breve en el lapso que abarca, pero intensa y móvil ya que avanza, no vuelve a transitar por el mismo lugar y depara, en pocos minutos, sensaciones nuevas y a la vez una gran distancia con su punto de partida y con las sensaciones del mundo exterior.
La metáfora de la máscara es doble: por un lado el virtuosismo enmascara a la música sin forma que el creador desea plasmar y nos hace sólo reparar en ese virtuosismo, como si no pudiera haber nada más allá de él. Por otro, a diferencia del resto de los personajes, Johnny Carter-Charlie Parker vive sin una piel en la que proteger su exacerbada sensibilidad. No es que él sea su música sino que es aquello que no puede alcanzar de su música. No tiene una máscara aceptable que ofrecer a los demás; él es su rostro descarnado, el de la autodestrucción y la eterna búsqueda.
El epígrafe elegido por Cortázar es de un poema de Dylan Thomas: “Oh, dame una máscara” y lo ubica como las últimas palabras del personaje cuando muere. Una máscara que proteja, una que constituya el rostro aceptable de la estabilidad, de la cordura, del amor y del cuidado. Charlie Parker quizás careció de ese rostro y nos puso, descarnadamente, tanto su música como la fragilidad de su vida y nos legó este dilema con la salvedad de que el artista fue frágil en su vida pero no en su forma.
Cortázar confiere a sus dos personajes dos lenguajes distintos. Los dos son artificiosos e impostados. Ninguno explica a la música y de eso parece tratarse el relato: de aquello que confluye en una zona común pero que es en realidad inexplicable, irreproducible: la fugacidad y al absoluto del instante de hacer música desde una zona de claridad y a la vez de destrucción; hacerla desde ese lugar único e inexpresable.
Charlie Parker, parece decirnos Cortázar, no puede reducirse a ninguna explicación extramusical, él simplemente fue una encarnación, una de las más absolutas, de la música, una que careció de máscaras y se expuso tan bella como crudamente.  
  


Eduardo Balestena


viernes, 1 de febrero de 2013

El diario


Para nosotros era el abuelo Emilio; para los demás, Don Emilio, a secas.
Era el segundo marido de Mamina, la abuela.
Viuda de José Ramón a los veintinueve años, bella y con tres hijos, pensó que nunca toleraría que alguien que no fuese su padre pudiera levantarle la mano a un hijo suyo y decidió no volver a unirse a nadie hasta que ellos no se hubieran casado, y cumplió. Hizo lo que ningún hombre hace y lo que quizás muchas mujeres no puedan hacer: arreglárselas sola en una época y en unas condiciones muy duras, anteponer sus hijos a toda ocasional pareja y, como buena vasca, lo cumplió. La impronta de ese sufrimiento creo que la marcó para siempre, pero aun le restaba perder a su segundo esposo y a un hijo.
A todo sobrevivió y se fue como había vivido: en silencio, con belleza y elegancia,  sin quejarse, sin pedir ni lamentar nada.
Ahora que lo pienso, el abuelo Emilio era como un agregado a la familia; alguien que no acababa de encajar y que, siempre de malhumor, protestaba por todo y a quien sólo lo alegraban el vino y el truco, donde se revindicaba como un soberano. Recuerdo el Pontiac 38 que trabajaba de taxi parado en la vereda del chalet del Dr. Gil, en Viamonte y entre Almafuerte y Laprida, que cuidaban en invierno. En los veranos se iban a una casilla, en Corrientes y Juan B. Justo. En el terreno había un garaje que habían traído del campo que era como un gran techo curvo de chapas. Al lado había una casa de madera donde vivía Norma, hija del “abuelo Emilio” (nunca se habló de ese matrimonio anterior de él). Decían que también a la casilla la habían traído desde el campo, lentamente, montada sobre ejes y ruedas de carro. De ser así, habrán tardado semanas y la imagen resultante es bellísima: la casa de madera verde con ruedas deslizándose, lentamente tirada por bueyes, en el campo extenso y virgen en los años 30.
El “abuelo” Emilio se ayudaba con distintos trabajos: en un diario en verano, como chofer (de la señorita María Luisa, en un Valiant II verde claro) y, finalmente, repartiendo garrafas en un motofurgón Siambretta. Así lo recuerdo llegando a casa desde que yo era chico y hasta que cumplí los dieciséis años. Mi mamá lo recibía con una ginebrita y ante ella era como si él se convirtiese en otro ser, uno muy diferente a ese otro abuelo de cuando estábamos todos. Con su saco grueso verde oscuro y su poncho llegaba a dejar garrafas llenas y a llevarse las vacías. Se refugiaba, en ese alto con una ginebrita, no sólo de la inclemencia del frío, entiendo ahora, sino de otras. No creo que Mamina haya sido feliz a su lado, al menos no mientras lo conocimos. Quizás antes. La historia aquí plantea el beneficio de la duda: quizás antes ella haya sido feliz con él.
Fue sólo después, cuando murió, que pude enhebrar algo de su historia: él y José Ramón habían estado por comprar un campo cuando mi abuelo murió. Luego él perdió el suyo, primero fundido, como otros chacareros, por los precios de Bunge y Born y luego expropiado para hacer el camino a Miramar. Más tarde intentó otros negocios que fracasaron. Había enviudado y vuelto a casarse y se separó luego de su segunda esposa en aquella época en que no había ley de divorcio vincular. Aquel eterno enojo venía de un eterno desarraigo: el de haber debido abandonar el campo y nunca haber podido regresar.
Cuando murió, en octubre de 1971, fue desocupada la casilla. Mamina se fue a vivir con una de mis tías que conservó algunas de las cosas que había allí: un reloj de péndulo; un grueso banco de madera; un bello recipiente de bronce. Yo me llevé las fotos viejas. Aún las conservo bajo el vidrio de mi escritorio: seres desconocidos que miran desde una eterna niñez o una eterna juventud que ya transcurrió, fijados para siempre en ese instante, único, silencioso y lleno de misterio. Siento que si me deshago de esas fotos habrán desaparecido y habrán muerto para siempre y con ellos ese misterio.
También había otras: el abuelo Emilio en Mendoza, joven, con el Chevrolet 36 (él siempre recordaba al Chevrolet 36 de dos puertas), con niños, en paisajes lejanos de una vida desconocida para nosotros. Desde pequeños lo habíamos visto como un hombre de edad, grueso y huraño. Pero había tenido otra vida. ¿Qué habría podido suceder en esa otra vida? ¿Eso legitimaba ese eterno malhumor o ese trato brusco para con Mamina cuando, desde la remota y fantástica Mendoza, que era para él una especie de territorio mitológico y encantado, llegaba su hijo Osvaldo, el exitoso contador público nacional y perito partidor?
Todos esos rastros del pasado surgían ahora, firmes y silenciosos; instalaban otra visión de la historia, una en la que el abuelo Emilio se transmutaba en otra persona, más joven e impenetrable. Él, después de todo, igual que mi mamá, había sido un náufrago y por eso ella lo entendía.
Fue entre aquellas fotos que encontré, además de una suya a los diecinueve años, una que no se parecía en nada al ser que habíamos conocido (¿lo habíamos conocido?) un diario que había llevado y una tarjeta postal: un hombre soñaba con una mujer con vestido de encaje y sombrero blanco. En el reverso había escrito: “17-10-15 Señorita Corina Noya haber si no me olvida y me escribe. Las saludo resp”. “Lejos de ti, de noche en mi retiro/ es cuando estoy más cerca de ti/Porque tu imagen en el sueño miro bañada de pureza junto a mí/Lejos de ti, mi frente está abatida; /Lejos de ti, mujer, no soy feliz;/Lejos de ti, no quiero ni la vida, que vivir no es vivir lejos de ti. Emilio”. Que habrá sentido ella al recibirlo. Habrá contestado. Qué se habrían dicho antes. Como habrá seguido la historia.
El diario consistía en unas pocas hojas de papel cuadriculado. Llegado de España (él era español y no vasco como mi abuelo) a trabajar al campo había visto de pronto, como una aparición, a la hija del dueño. La describía como eso: una aparición, la de alguien con una aureola de irrealidad. Todas sus sensaciones estaban allí: intensas, íntimas, silenciosas, sólo confiadas al papel. Día tras día. Semana tras semana. Pronto ella se transformó en el centro de su vida y planteaba aquellas visiones y aquellas esperas directamente, sin rodeos, sin retóricas, con una hondura que nunca hubiera podido reconocer en ese otro hombre en que se transformaría después. De pronto, la escritura cesaba, abruptamente.
Vagas pistas, como el nombre (Corina Noya) en la tarjeta postal y algunos otros nombres que venían en hebras dispersas y sobrevivientes de ese remoto pasado permitían concluir que su historia de amor había tenido final feliz, que él, después de todo, había podido llegar a casarse con Corina Noya pero que ella había muerto. Cuándo. Cómo: nunca lo sabré.
Las pistas permitían suponer que él, perdido el campo, perdido el posible socio, se había ido a Mendoza y allí se había casado pero que, al cabo del tiempo, había debido separarse.
Habrá sido entonces que decidió volver sobre la otra pista, la de Mamina, la bella viuda de su amigo y regresar a una Mar del Plata que aunque cercana a él no era el campo donde había vivido. Tampoco sabré nunca si fue es lo que lo impulsó. No sé si es necesario saberlo.
Quizás esa vida errante buscando restaurar ese desarraigo haya terminado por hacer de él ese hombre que, parcial y superficialmente, habíamos conocido.
Seguramente el abuelo Emilio hubiera tenido muchas cosas para contar pero no había nadie pare escucharlo. O puede que hubiera preferido guardar silencio.
El diario permitía abrir aquella historia pero no cerrarla y terminaba por decirme   que nada es lo que parece, que la distancia entre un chacarero y un repartidor de garrafas quizás haya sido demasiado grande, tanto como el amor que lo inspiró a escribir ese diario.
El amor todo lo puede. Puede convertir a un ser en otro, puede llevarnos al centro de su historia, a sus palabras íntimas, a sus sueños íntimos y también a lo más crudo territorio del silencio y el olvido.



             



Eduardo Balestena


Julio Cortázar: lenguaje y mundos paralelos



(a 29 años de su muerte)
La relectura de Cortázar (Bruselas 28 de agosto de 1914-París, 12 de febrero de 1984) lleva a pensar que –particularmente en su cuentística- hay por un lado diferentes modos de formular lo real, lo fantástico y  las funciones del lenguaje y, por otro, que cada cuento y relato pueden en sí mismos originar diferentes lecturas (como en el caso de El Perseguidor  (“Las Armas secretas”, 1959) que tomando varios episodios de la vida del saxofonista Charlie Parker (Kansas City, 29 de agosto de 1920-Nueva York, 12 de marzo de 1955) a quien es dedicado, con un conocimiento absolutamente interior y preciso del mundo del jazz, puede a la vez ser leído, entre otras maneras, como una metáfora de la creación: absorbente, única, incomprensible, de la cual sólo podemos ser testigos y que en sí misma es un fenómeno al que uno puede aproximarse pero que no puede explicar).  
Los acercamientos a su narrativa serán tan variados como las obras que elijamos leer y que nos permitan reflexionar sobre las propuestas estéticas de una literatura siempre abierta a las posibilidades de exploración de la realidad, del lenguaje y de las maneras de narrar.
Mundos Paralelos
Cada narración postula un modo de plantear lo fantástico. Aunque haya ejes que las conectan cada una es distinta. Los ejes no son evidentes, no son siempre los mismos, pero podemos pensarlos en algunas categorías: (1) la experiencia de la introspección y el aislamiento, que genera un modo de ver las cosas que es tomado como verdad; (2) la incomunicación: la experiencia introspectiva es intransferible y las palabras que aluden a ellas son insuficientes; (3) la existencia de mundos paralelos que como un juego de espejos hacen que las realidades posibles sean muchas, ramificadas, latentes;  o (4) personajes que viven su vida como si estuvieran condenados, en un mundo donde la libertad es muy restringida.
Lo fantástico y lo extraño se encuentran en la propia experiencia cotidiana.
En algunos trabajos, como Las puertas del cielo (“Bestiario”); La noche boca arriba (“Final del juego”, 1956) o Todos los fuegos el fuego (“Todos los fuegos el fuego”, 1966), la atmósfera es creada por la belleza de un lenguaje tan deslumbrante como exacto.
Algo intrascendente puede constituirse en la llave de dos mundos, como Axolotl (“Final del juego”). La narración parece detenerse. No hay hechos. Nada externo acontece. No sucede nada que no sea la intensificación de un objeto seleccionado, el acto de percibirlo, observarlo y desplegar un lenguaje a partir de él : “Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso…lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas…Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior…” (Cuentos Completos I, pág. 401, Alfaguara, 2011). La observación se vuelve puntual, obsesiva; se humaniza, instaura un vínculo extraño que empieza a invadir lo real. Los hechos exteriores no son lo importante sino este acto de hacer más profunda la percepción de algo y remitirlo a otras categorías ajenas a ese algo: “carentes de toda vida pero mirando” o “uñas minuciosamente humanas”. Una larva deja de ser tal y puede convertirse en literatura.
Ello tiene que ver con una obsesión (como en El perseguidor), y se instala la duda acerca de si lo fantástico existe como tal  o si sólo existe esa obsesión, y que es ella la que produce aquello que parece real a un narrador  volcado sobre sí mismo.
Los planos de la escritura
Vamos a detenernos sólo en un par de aspectos del que quizás sea uno de sus relatos más complejos: Las babas del diablo (Las armas secretas) que pone en crisis el concepto de cómo es una narración y opera sobre esa crisis: un relato es una opción, la de un hecho a narrar a partir de un punto de vista. Hay hechos que no ingresan en lo narrado; un punto de vista excluye o se alterna con otros y existe una secuencia temporal.
Cortázar plantea su escritura en distintos planos: en la ambigüedad del narrador –no se sabe si es omnisciente o un narrador personaje- ; en la propia escritura –que delata que lo contado puede o no ser así- y en los hechos: no se elige uno solo sino que ingresan a la escritura aspectos laterales, como la luz o nubes que pasan.
En lugar de asistir a algo que sucede asistimos a la escritura sobre algo que no sabemos si sucede: “Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina)” (Cuentos Completos, pág. 233). Es decir, nos sitúa dentro de la escritura y no dentro de aquello que la escritura cuenta. Tampoco sabemos quién escribe, si el narrador o el personaje.
Una de las cuestiones probablemente más interesantes sea la relativa a la fotografía alrededor de la cual gira el relato. En lugar de ser un recorte de espacio o de tiempo es posible ingresar a ella y a una organización propia, donde las cosas suceden de otro modo.
El trabajo participa de los ejes de su obra: (1) el detenimiento y la especulación sobre algo, (2)  así como la experiencia del encierro propio y la obsesión. De este modo, la fotografía es intensificada, aparecen nuevos aspectos e interpretaciones posibles y el relato va cambiando hacia nuevas e inquietantes contingencias.
Una vez revelada (en todo el sentido de la palabra) , igual que la mirada sobre el axolotl, la fotografía es ampliada más y más. Se vuelve el objeto de una obsesión. Atrapa inevitablemente la atención del personaje, aparecen nuevos aspectos, ingresan otras posibilidades, como si algo irreal fuera siendo desplegado.
La fotografía enmarca y condensa un instante pero aquí el instante se multiplica y a la vez gira sobre sí mismo: es lo mismo pero surgen otras vinculaciones con un hecho que termina transformándose en movimiento: absolutamente lo contrario a lo que es la imagen en sí misma. El personaje se transforma en el objetivo de la cámara “Desde mi silla, con la máquina de escribir por delante, miraba la foto ahí a tres metros, y entonces se me ocurrió que  me había instalado exactamente en el punto de mira del objetivo.”  (Cuentos completos, pág. 231).
Pero más tarde la ficción entra a la realidad y prevalece sobre el acto de escritura: “De mí no quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una maquina de escribir que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla” (pag. 232). Antes no aparecían acciones sino una reflexión. Ahora la reflexión concluye con acciones difíciles de entender: (¿como, por qué y por quienes son originadas?). Lo que no sucedió en la realidad habrá de suceder en la fotografía, que adquiere movimiento: “De pronto  el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose y eran decididos, iban a su futuro” (pág. 233).
En este núcleo, pese a las rupturas que la caracterizan, la acción se vuelve  tradicional: plantea un clímax y lo resuelve de un modo abierto.
Lo ominoso y lo lúdico
Cortázar produjo una literatura de experiencia y de protagonismo del lenguaje, uno siempre cambiante, versátil, que alterna entre lo lúdico y las fuerzas oscuras –imaginarias, fantásticas o posibles- que acechan, más allá de lo que es posible ver.
Lo hizo, al menos en su cuentística, desde el pulso interior de un lenguaje que supo manejar de una manera única. Escribió a partir de ideas y experiencias y siempre lo hizo desde ese protagonismo del lenguaje. Ello y su entrega absoluta a su proyecto lo singularizan y singularizan a una obra siempre capaz de generar nuevas posibilidades de lectura.


              
Eduardo Balestena


domingo, 6 de enero de 2013

Palabra y Utopía



El primer texto que conocí de Ximo García Roca fue La navegación y la fisonomía del naufragio. El aspecto moral de las profesiones sociales, en “Ética ¿Un discurso o una práctica social? Natalio Kisnerman, Compilador”. Natalio Kisnerman, precisamente, un amigo generoso e inolvidable, gestor del encuentro. Como otros que originó, éste es uno que sigue produciendo acercamientos e ideas. Algo perdura y nos justifica.
Aquel fue un texto con un decisivo orden de hallazgos: narraciones; naufragio; cartografía de lo social; supervivencia; deriva, arte de la navegación; mapas; sabiduría del navegante; rumbo. Puso palabras a una dimensión intuitiva y genuina de lo social. Sus metáforas deslumbran: por la exactitud, por la sensibilidad, por lo que suscitan: el poder irradiador de la belleza y de la esperanza.
El hallazgo de lo posible
Lo social, nos dice García Roca, es el hallazgo de lo posible. La ciencia social es la que hace confluir relatos de experiencias y saberes teóricos para generar un ámbito de posibilidad. Cuando dos colegas se encuentran intercambian relatos de sus experiencias. El intercambio se genera a partir de la narración.
Hay dos modos de llegar a lo posible: hace poco escribí sobre un trabajo de otro amigo, Carlos Elbert. Se trataba de su novela El tratamiento,  que patentiza sus preocupaciones: un mundo global dirigido a la destrucción; uno que produce marginalidad y una burbuja de bienestar, consumo y tecnología. Lo demás que produce es algo que no debe ser visto, que debe ser combatido cuando ya no puede hacerse invisible. Es una novela de anticipación, oscura y de sesgo realista, descarnada y lúcida, la de un criminólogo que piensa sobre la exclusión y la dinámica de un mundo que sólo obedece a las leyes de la economía.
Podríamos llamarla una utopía negativa.
Ximo García Roca nos moviliza desde otros lugares: el de la escritura, el de la intensidad y el de la esperanza.
Nada de lo que escribe puede dejarnos indiferentes y todo nos convoca desde un triple orden de belleza: el de la propia escritura, el de la diversidad y el de la solidaridad.
Pareciera que la belleza de la escritura es un modo de revelar un orden de belleza  de lo humano, que no es posible la una sin la otra y que hay visiones predominantes de lo social que ocultan lo humano y así, ocultan la belleza y la posibilidad.
Sus textos son siempre intensos, hondos y van abriendo (poiesis) a nuevas incitaciones, nuevos modos de ver al otro y de pensar aquello que parecía ser de un modo.
Un mundo de diversidad y encuentro donde todos somos el problema  y todos la solución. Nada es enteramente activo ni enteramente pasivo. No hay nadie tan pobre que no tenga algo que dar, ni nadie tan rico que no tenga nada por recibir. Podríamos llamarlo una utopía positiva: aquello que pugna por sobrevivir en los escenarios más adversos y que mientras se sostiene va llevando un rumbo, un norte: el de un lugar hacia el cual derivar, una deriva paciente e incesante.
Las nuevas palabras
Convivencia, solidaridad, búsqueda de oportunidades, el rescate de la identidad son las palabras a explorar de este nuevo relato de la geografía social. Ellas y no las que provienen del discurso de la economía[1], las que invisibilizan a los seres humanos y los sitúan más allá de un margen.
Inmigración, convivencia e integración social (García Roca: 2006) hace mucho más que discernir sobre la inmigración: cambia el punto de vista y nombra a lo social desde aquello que el discurso predominante –el de la economía- hace invisible. Con ello, asigna un imperativo al cientista social: ver desde lo invisibilizado y asumir que el mundo de hoy es una trama intercultural.
“Delante de la muralla de Melilla uno de esos chavales…decía: ‘Cuando traspasé la alambrada de Melilla, creí que había pasado lo más duro, el desierto es el infierno y yo ya lo había atravesado, ahora veo que me equivoqué. Entonces ¿Qué podemos esperar?’ Por tanto, desde ese rincón viene un grito, un grito que es una gran pregunta: ¿Qué podemos esperar? “ (García Roca: 2006).
Según el punto de vista las posibilidades del verbo esperar serán distintas.
Si lo pensamos desde las masas anónimas que “invaden” países y ciudades para disputar los puestos de trabajo (un trabajo flexibilizado) a los ciudadanos nativos porque son inviables en el sistema la demanda será una.
Si lo pensamos como uno de los efectos de la dinámica global que es la desigualdad, la marginalidad y la expulsión, la demanda será otra.
En un caso la inmigración es un problema; no hay sujetos; hay realidades que parecen fijas. Puesto el foco allí, establecida la pobreza como algo estructural, se trata de poner vallas; levantar fronteras. Es paradójico que a medida que caen las barreras del capital y el capital se desplaza y derriba fronteras se levanten murallas que separan a las personas.
En el segundo caso “cabe decir…que en cada persona venida de donde sea, cerca o lejos, en este caso personas de la inmigración, cobra y se sustancia, cobra carne  y cobra sangre, culturas, tradiciones, civilizaciones  y religiones, que amplían  las capacidades de todos nosotros por una vida, justa, digna y feliz” (García Roca: 2006).
Utiliza luego la metáfora de la deriva: los continentes derivan. Hay quien sabe que deriva e intenta acoplarse, pero aquello que parece fijo también deriva. Una sociedad que invisibiliza y pretende defenderse con muros electrificados y ejércitos deriva moralmente porque no hay valores sólidos y humanos en ella que sólo puede defenderse por la fuerza.
   “Si vosotros levantáis muros nosotros excavaremos túneles” (García Roca, 2006). Hay una forzosidad del fenómeno. No se puede parar por la fuerza. Sería como “detener la fuerza de la gravedad”. Si tomamos como forzoso algo que es el resultado de políticas en cuyo contexto cuando aparecen los problemas se los llama crisis estaremos designando a esa fuerza, como de gravedad, con un relato hegemónico.
Saben que no pueden esperar pero igualmente se lanzan. Ese solo indicador debería ser capaz de forzar a una nueva perspectiva.
Un nuevo sujeto social y una nueva geografía: la sociedad de riesgo
Hay varios elementos a hacer visibles: (1) la inmigración no es un problema sino una  relación, (2) el rescate de la identidad; (3) la idea de redes.
Un sujeto careciente lo es desde aquello que lo ha negado como sujeto. En tanto tal, debe, forzosamente, generar su propio espacio de posibilidades y emerge una estrategia a desplegar, difícil y azarosa, en busca de sus propias posibilidades.
No se trata de una fatalidad sino de un fenómeno. No se trata de seres anónimos sino de sujetos con nombre, y no emigran solos sino que contienen a una red.
“El primer truco que va en contra de una sociedad convivencial es negarles el nombre…cuando llegan, llegan subsaharianos. Hoy hay interpretaciones del horror nazi que parten de este hecho. ¿Cuándo empezó el camino hacia el horror de la Alemania Nazi) Las mejores interpretaciones dicen que empezó el día en que el vecino dejó de ser María, John, Smith, y se convirtió en judío?” (García Roca: 2006).
El horizonte es el de la crisis que hace que deba sacrificarse a quienes no tienen nombre, a quienes no son productivos. El estatuto de lo real es el de un relato de lo real.
“¿Qué significa la emergencia de una sociedad de riesgo?….¿Cuál es su nuevo estatuto? Si en la sociedad industrial el problema social básico era cómo distribuir la riqueza y la escasez, en la sociedad pre-industrial el problema es cómo distribuir las amenazas producidas por el propio desarrollo tecno económico” (García Roca Ética de las profesiones sociales, “II. La vulnerabilidad de las masas; en “10 palabras clave sobre ética”, Adela Cortina, compiladora). En la sociedad de peligros el problema se traslada a las víctimas. 
La visión hegemónica quita al otro la identidad, establece una línea, un espacio que es un no espacio, que es una amenaza; sustrae alteridad, piensa en términos de crisis y legitima los procesos de una expulsión social[2] produce inexistentes, sujetos desinstitucionalizados, privados de ciudadanía, de posibilidades y de identidad.
Pero no es este fenómeno el visible sino que todos los días se aventuren “los subsaharianos”.
La sociedad del riesgo legitima este riesgo y sólo espera que esas masas puedan ser repatriadas.
García Roca postula la recuperación del sujeto migratorio y que quien emigra no lo hace solo (García Roca: 2006): “No vienen buscando un centro de acogida, sino que vienen buscando un trabajo que les viene dado por el teléfono que llevan…Se van, vienen hacia aquí, van hacia allá, los de aquí se van allá…porque van a la búsqueda ¿de qué? A la búsqueda de la red…Los que vienen es porque  están sus amigos, porque hay protección…y si un día alguien dice de volver a su país es porque la red que es la familia, los amigos, etc., lo pide, lo deciden y lo deciden conjuntamente” (García Roca: 2006)
La perspectiva de lo social se modifica si la pensamos desde los sujetos invisibilizados como tales y sus redes.
Identidad y posibilidad
“En la actualidad las profesiones sociales hacen su travesía particular hacia nuevos escenarios; para esta navegación  necesitan renovar sus motivaciones y sus prácticas, su ética y sus códigos…Desde su larga historia emergen hoy una rica geografía de modos de ser, de hacer y de convivir (García Roca Ética de las Profesiones Sociales). El abordaje de lo social requiere un modo de pensar y de ser, una actitud de reconocimiento de la nueva perspectiva de lo social y de los modos de vida que llegan.
La vida es ser y es posibilidad: de definirse como identidad y de ser conciente de las posibilidades, de formular un proyecto y abrir un espacio[3].
El desafió es la conciencia de las palabras: identidad; posibilidad; invisibilidad; expulsión.
No podemos darles las soluciones porque no son el problema, pero no podemos aceptar la visión de que sí lo son. Desde su identidad y desde sus redes ellos pueden dar soluciones aunque planteen problemas.
De lo que se trata es de romper la dialéctica nosotros/ellos y pensar que es la desigualdad creciente la que genera todos los problemas y la percepción de que es un problema lo que no lo es, que es efecto de un proceso que genera expulsión.
“Estoy seguro de que si conocieran  mi historia y la de mis compañeros, no me obligarían a volver de donde vengo, ni me abandonarían en un desierto sin ninguna posibilidad de supervivencia. Quiero vivir y ayudar a mis hermanos. Sólo pido eso. Sólo pido eso” (García Roca: 2006).
 De este modo, las profesiones sociales tienen un norte: reconocer la identidad, favorecer el universo de lo posible.
Ciudadanía y expulsión
Al examinar los criterios de cohesión social (si son políticos, étnicos o religiosos) surgen varias preguntas. La primera es si es posible hablar de cohesión social o de universos paralelos[4]. No hay unidad de sentido ni fuerzas aglutinantes sino mundos paralelos con puntos de intersección. No hay fuerzas que unen sino una dinámica que gira y expulsa. La cohesión es la de la necesidad y la solidaridad, la de espacios que se abren en la resistencia, en la disidencia.
La ciudadanía, que pensamos como un estándar de vida, es una separación más: “significa que el ciudadano y la ciudadanía ligada al documento…¿y tú qué eres? ¿legal o ilegal? ¿Documentado o indocumentado? Si eres indocumentado tienes cerrada la puerta a los reconocimientos, derechos, etc., etc.. Si eres ilegal…” (García Roca: 2006). La de ciudadano ya no es una aspiración universal sino el atributo de la inclusión, una valla, un modo de segregación y control. La sociedad del control se sirve de atributos de la ciudadanía.
El ideal de ciudadanía sería el ideal de la inclusión, del reconocimiento de una diversidad “que ha venido para quedarse”.
Las crisis consisten en períodos de emergencia que establecen que para superarlos debe renunciarse a los grandes valores. Si no se lo hace, habrá un nuevo cataclismo que nos pondrá en peligro a los incluidos. Los otros ya no tienen nada que perder. Es urgente desconocer los grandes contenidos, los proyectos, las palabras aglutinadoras y redoblar el control, el sentido de la protección y la urgencia: tales son los postulados de las crisis que se suceden, unas a otras.
Es preciso reformular el concepto de ciudadanía y establecer un sentido de diversidad e inclusión como norte.
Los gritos del silencio
Roland Joffé dirigió The killing fields (1984), una inolvidable película sobre el  genocidio de Camboya que en castellano conocimos como Los gritos del silencio. La soledad, el desamparo de los marginados, los criminalizados –por un poder, por la economía, por las circunstancias- es abrumadora: nadie quiere ser testigo de su destrucción: “Recientemente, el premio Nobel de economía, el indio Amartya Sen afirmaba ‘ la necesidad de ir más allá de las voces de los gobiernos, de los mandos militares, de los dirigentes empresariales, de los que tienen influencia que suelen ser escuchados con facilidad para prestar atención a las sociedades civiles y a las gentes más débiles’ . Me propongo ‘prestar atención a las sociedades civiles y a las gentes más débiles’ y aplicar de este modo aquel principio de la sociología crítica que aconseja vencer la oscuridad de una habitación, tocas sus paredes, desplazarse del centro a sus límites, ya que el mundo se conoce desde sus límites, desde su periferia, desde su espalda” (García Roca Ciudadanía, vecindad, fraternidad. Recrear la solidaridad)
El poder de las metáforas
El rescate de lo intuitivo en la percepción de los otros, en la visión de los problemas, la ruptura de un punto de vista donde la persona no exista la centralidad de la persona, el escuchar tantos gritos en la indiferencia y el silencio son algunos de los nortes de este rumbo.
Otro son las palabras: la belleza de las metáforas está destinada a plasmar la belleza de las ideas y la necesidad de lo posible, tan fuerte como la de resistir de Luís Alejandro Velasco, el náufrago del Diario de un náufrago, de García Márquez, analizado con tan brillantemente en La navegación y la fisonomía del naufragio.
 Desde las ciencias sociales no podemos renunciar a la necesidad de hacer de esos mundos paralelos un norte de convergencia, una unidad y una esperanza común, aunque lo que quede por navegar sea arduo y lleno de amenazas.


Referencias bibliográficas:
.Bourdieu, Pierre, El sentido práctico; libro I, La caída de la razón Teórica; cap. 8. “Los modos de dominación”.
.Duschatzky, Silvia-Corea, Cristina Chicos en Banda. Los caminos de la subjetividad en el declive de las instituciones. Colección Tramas Sociales, Paidós, 2007
.García Roca, Joaquín, “La navegación y la Fisonomía del Naufragio”, en Ética ¿Un discurso o una práctica social? Natalio Kisnerman compilador. Colección Tramas Sociales, Paidos, 2000.
.García Roca, Joaquín Inmigración, Convivencia e Integración Social. Weblsam.com. 2006
.García Roca, Joaquín “Ética de las profesiones sociales” en Diez palabras clave sobre ética, Adela Cortina, compiladora
.García Roca, Joaquín, Ciudadanía, vecindad, fraternidad. Recrear la solidaridad. Conferencia en la Asociación de Profesores Jubilados, Universidad de Valencia, mayo de 2012.

              




Eduardo Balestena
http//lapalabrainconclusa-literatura.blogspot.com     










[1] “…en la esfera cultural de las sociedades capitalistas, las prácticas no dejan de obedecer a una lógica económica”(Pierre Bourdieu, El sentido práctico; Libro I, “La caída de la razón teórica”; cap. 8, “Los modos de dominación”, pág. 195, Siglo XXI, 2007. 
[2] “Se considera la exclusión ya no como un estado (una determinación) sino como una operatoria, ponemos de relieve su carácter productivo, y la estrategia de lectura debe modificarse. La expulsión, considerada como una serie de operaciones, nos da la oportunidad  de ver un funcionamiento, la producción  en la situación del expulsado. La expulsión social, entonces, más que denominar un estado cristalizado por fuera, nombra un modo de constitución de lo social” (Silvia Duschatzky y Cristina Corea Chicos en Banda Cap. 1 “Escenarios de expulsión social y subjetividad”, pág. 18, colección Tramas Sociales, Paidós, 2007
[3] “Para entender el concepto de nuda vida, acuñado por Walter Benjamín…recordemos la diferencia que establecían los griegos  entre el zoé y bios. Mientras zoé nombraba  el simple hecho de vivir común a todos los seres vivientes, bios significaba  la forma o manera de vivir propia de un individuo o de un grupo. Agamben define la vida humana como aquellos modos, actos y procesos singulares del vivir que nunca son plenamente  hechos sino siempre y sobre todo posibilidades y potencia. Un ser de potencia es un ser cuyas posibilidades son múltiples…Un ser de nuda vida es un ser al que se le han consumido sus potencias, sus posibilidades. Nuda vida es un ser absolutamente determinado. (Silvia Duschatzky y Cristina Corea Chicos en Banda Cap. 1 “Escenarios de expulsión social y subjetividad”, pág. 18/19, colección Tramas Sociales, Paidós, 2007)

[4] “Un objeto procedente de Italia colgaba de la pared de la estrecha antesala. Era un espejo  florentino con marco de concha, formado por un ensamblaje de espejillos abombados, como las células hexagonales de los panales de abejas…A la luz gris de un alba parisina, Zenón se miró en él. Percibió veinte rostros apiñados y achatados a causa de las leyes ópticas, veinte imágenes de un hombre con gorro de piel, de tez macilenta y amarilla, con los ojos brillantes como si también fueran espejos. Este hombre que huía, encerrado en un mundo muy suyo, separado de sus semejantes que huían también en mundos paralelos, le recordó la hipótesis del griego Demócrito: una serie infinita de universos idénticos en donde viven y mueren una serie de filósofos prisioneros (Marguerite Yourcenar Opus Nigrum, Primera Parte “La vida errante”; “Los últimos viajes de Zenón”, pág. 179 edit. Punto de Lectura, Bs.As., 2012) Cada universo se vuelve sobre sí, cada uno es propio y huye pero en algún punto puede unirse en busca de la posibilidad, la de hacer que el movimiento no sea el de la huída sino el del encuentro.

miércoles, 26 de diciembre de 2012


La dama rubia
            La relectura de La vida privada y pública de Sócrates de René Kraus implica volver en el tiempo: a un momento –de la civilización y de nuestra vida- y a revivir el placer de un texto tan brillante como suscitador de ideas.
            En la Grecia clásica (siglo VI al IV a de C, marcada por la hegemonía ateniense) ya se encuentra establecida la pregunta sobre el hombre (periodo antropológico) y con Sócrates el problema de la virtud moral y la pólis como modo de vida: René Kraus la presenta desde dos lugares: el pulso de su vida cotidiana y sus debilidades.
            Pero qué factores dieron como resultado la muerte del “más alto tipo humano de la antigüedad pagana: serenísimo y valiente…comprometido con la verdad” (Caturelli, A. La Filosofía, Madrid, Gredos, 1977, pág. 353).
            Un mundo de incitaciones  
            La de Pericles es una presencia que marca profundamente a la época y a Sócrates; la suya y la de Aspasia, primero amante y luego esposa del estratega; mujer de fuerte presencia que pudo haber sido una cortesana (hetera) o la primera  feminista, que llevó a la asamblea el proyecto de que los jóvenes se conocieran antes de casarse: “De cintura para arriba era una perfecta dama. De cintura para abajo era una diosa” (René Kraus La vida Privada y pública de Sócrates, Cap. I, “Luces y Sombras”, Edit. Sudamericana, 3ra. Edición, 1966; pág. 22). Era hija de Axioco de Mileto y contrariamente a la tradición fue su padre quien la educó en geometría; aritmética; física; astronomía y retórica. Hizo hasta Atenas un recorrido al parecer lleno de aventuras y una vez allí su casa fue un polo de tertulias y debates. Su encanto irresistible sedujo a Pericles, a quien Agarista, su esposa, finalmente abandonaría. Las cuestiones de género no empiezan en la Revolución Francesa, datan de mujeres como Aspasia o Teodota (otra famosa hetera) y seguramente de otras cuyos nombres la historia no ha registrado.
Pericles encarna a la democracia pero la traiciona al modelarla a su imagen. Impone el pago de los jurados en el Tribunal. A su muerte, el estipendio es incrementado por Cleón: “Al dar vida a aquella ley que aumentaba el bienestar social, Cleón se atrajo por primera vez al pueblo…y éste no podía ya desembarazarse de su elegido…¿De dónde iba a sacar el Estado el dinero necesario para aquella imponente compra de votos disfrazada de ley social” (ob. Cit; cap. X “Los hijos”, pág. 226). Para afrontar estos gastos Atenas intenta sojuzgar a otras póleis y el imperialismo ateniense al ir más allá de las fronteras del Ática y depender de otras fuentes de ingreso es una de las causas de la decadencia de la pólis.
A diferencia de otros textos, el de René Kraus, que palpita en las calles, los mercados, el ágora y los templos, presenta a una Atenas que está lejos de ser el paraíso de la democracia y las libertades. La ley votada a iniciativa de Diopeites, el sacerdote fanático, implica numerosas acusaciones –entre ellas la de Fidias, el arquitecto y escultor que construyó el Partenón, la estatua de Palas Atenea y muchos otros edificios) y destierros ya que Pericles está lejos de apoyar a quienes son injustamente acusados en busca de sus riquezas: “Lo que los aliados no podían suministrar tenía que ser  sacado a los ricos de casa.... La riqueza se hizo peligrosa” (ob. Cit, Cap. X “Los hijos”, pág. 228).   
Sócrates todo lo cuestiona. Los jóvenes acuden a él y descreen de los valores del mundo de sus padres, pero ha sido un guerrero destacado, un amigo leal y un educador reconocido.
            La pólis
            “Pólis es la palabra griega que traducimos como ‘ciudad-estado’. Es una mala traducción, puesto que la pólis normal no se parecía mucho  a una ciudad y era mucho más que un estado” (Kitto, H.D.F, Los griegos, Eudeba, Bs. As, 1962. Cap. V, pág. 87, La “Pólis”). Ámbito comunitario y de sentido, era la unidad de un sistema más allá del cual para Sócrates no valía la pena vivir. Un ideal de vida en conjunto. En el coro de Los Ascarnienses, de Aristófanes “la parte agraviada sólo está segura de obtener justicia si puede declarar sus ofensas a la pólis entera” (pág.97). Era un universo donde todos se conocían, que se bastaba a sí mismo y que estaba condicionado en gran medida por las barreras físicas: montañas y mares. Con la guerra del Peloponeso (que duró unos 28 años), entre otros factores, todo cambia: va surgiendo el interés individual y de clase. La guerra beneficia a los poderosos que lucran con ella pero significa la ruina para los campesinos que ven sus campos arrasados. El propio ciudadano es el soldado pero luego las tácticas guerreras –más que nada la guerra en el mar, con la táctica de embestir por los laterales a las naves enemigas, van especializándose. También el innoble empleo de mercenarios desplaza a los ciudadanos. La guerra se prolonga y los ciudadanos no pueden regresar a levantar sus cosechas (Kitto, obra citada Cap. IX La decadencia de la Pólis, pág. 209). La política empieza a ser algo para especialistas y surge un mayor individualismo que se muestra en una escultura que comienza a ser introspectiva; también el teatro abandona los temas épicos y se vuelca hacia la crítica de costumbres.
            Alcibíades, sobrino de Pericles, alumno predilecto de Sócrates, es un gran traidor que luego de cometer un sacrilegio abandona Atenas y lucha a favor de Esparta. Lentamente, Sócrates va siendo culpado por la pérdida progresiva de los valores atenienses, los que detentaba la generación de los padres de sus discípulos.
             El adiós a la casa de Alopeke
            “La vieja casa de Alopeke desaparecía lentamente en la niebla matutina que descendía por las colinas de los alrededores. Durante más de dos siglos había visto venir a los hijos y marcharse a los ancianos de una honorable familia. Ahora se iba otro. Se iba derecho, con arrogancia” (La vida privada y pública de Sócrates, cap. XVI “En la red”, pág. 372). Sócrates se encamina al juicio. La acusación de Meleto, que se conserva, dice: “Sócrates comete un crimen al no adorar a las divinidades…también ha cometido el crimen de corromper a la juventud. Se le pide para el la pena de muerte” (ob. Cit, cap. XVI “En la red”, pág. 363). Sabe que no volverá. Lo ha soñado hace tres años en que se le apareció una mujer rubia que parecía real y le dijo: “Dentro de tres años, al día siguiente al de la fiesta de la Delia, estarás en la fértil Fitia” (ob. Cit, cap. XVI “En la red” pág. 353). Fitia era un paraíso que se encontraba a la derecha de la isla de los muertos. Contó el sueño a muchos, entre ellos a Jenofonte, y así pudo llegar a nosotros.
Anito, rico comerciante cuyo hijo lo despreció por el maestro, ha pagado a Meleto para que haga la acusación y ha sobornado al jurado.
Se unen en la actitud del maestro el sentido fatalista del pensamiento griego: no es posible escapar al hado que rige nuestro destino, que tan bien aparece plasmado en Edipo Rey, de Sófocles y en el análisis de Micheal Foucault (“Edipo y la verdad”, en La verdad y las formas jurídicas, segunda conferencia; Edit. Gedisa, España, 2005) la convicción sobre la inmortalidad del alma y la de la corrección de su obrar: “La vergüenza no cae sobre mí, el inocente, sino sobre los culpables que me ejecutaron. Nunca hice daño a nadie. Mi memoria no tendrá manchas” (La Vida Privada y pública de Sócrates cap. XVI “En la red”, pág. 370).
Sócrates rehúsa que Licias lo defienda, también huir y marchar al destierro.
Si no era en la pólis no valía la pena vivir y él debía acatar su ley, aun para demostrarles a los hombres que estaban equivocados.
La dama rubia del sueño terminó por venir todas las noches durante el mes en que  esperaba en la prisión para ser ejecutado.
Quizás la haya entrevisto cuando se cubrió el rostro en el momento último para que sus amigos no lo vieran morir.

  
              
Eduardo Balestena
http//lapalabrainconclusa-literatura.blogspot.com