lunes, 9 de mayo de 2011

Variación del perro, Marco Denevi








A.M. me habla por teléfono para decirme que está preparando una antología que se titulara Variaciones sobre un tema de Durero. El tema es el grabado conocido como “El Caballero, la Muerte y el Diablo”. A.M. quiere que yo escriba una de las variaciones.
Me siento frente a la máquina de escribir y a la trágica hoja en blanco. Miro, para inspirarme, la reproducción del grabado en el libro de Panovsky. Recorro con la vista, minuciosamente, la figura del caballero y del caballo, las siluetas de la Muerte y del Diablo, y más atrás el paisaje wagneriano. No se me ocurre nada. Lejos, en la noche, aúlla un perro, llorosamente.
Sigo mirando el grabado. Entre las patas del caballo del caballero trota un perro. Se dice que cuando un perro llora es porque siente la proximidad de la muerte. Todos los perros son el perro. El perro del grabado debió percibir, entre los árboles del bosque wagneriano, la presencia de la Muerte. En cambio el caballero pasa sin verla, ceñudo y ensimismado.
Empiezo a escribir

El caballero (todos lo sabemos) vuelve de una guerra, la de los Siete Años, la de los Treinta Años, la de las Dos Rosas, la de los Tres Enriques, una guerra dinástica o religiosa, o quizá galana, en el Palatinado, en los Países Bajos, en Bohemia, no importa dónde, tampoco importa cuándo, todas las guerras son fragmentos de una única guerra, todas las guerras forman la guerra sin nombre, la guerra a secas, la Guerra, de modo que el caballero vuelve de un viaje a través de uno de los reinos de la guerra y es como si hubiese dado toda la vuelta al mundo de la guerra, toda la vuelta a ese territorio vasto en el tiempo y al parecer complicado (pero lo que lo complica es el estruendo y la decoración abigarrada; visto a la distancia se advierten las reiteraciones, la monotonía, el juego de espejos), así que no tengamos escrúpulos de fechas ni de nombres, no hay que preocuparse si de los Plantagenet y los Hohenstaufen hacemos una sola familia, si mezclamos lansquesnetes con granaderos, ballesteros con arcabuceros, o si alborotamos la geografía y juntamos ciudades con ciudades, castillos con castillos, torres con torres, y volviendo ahora al caballero, decía que regresa de una guerra, de la cuenta en el collar de la guerra que le tocó en suerte (él cree que es la última y no sabe que el collar es infinito o finito pero circular y el tiempo lo desgrana como si fuese infinito), partió joven y gallardo y la guerra lo devuelve viejo, calvo y flaco, esto no es ninguna novedad, la guerra carece de imaginación y repite sus trucos, de manera que el caballero, como todos los caballeros que han atravesado una guerra sin caer en la celada de la muerte, tiene la barba crecida, está sucio de polvo, huele a sudor, a sangre y a mugre, sus sobados alojan piojos, entre los muslos le escuece la piel un sarpullido como una quemadura, a cada rato escupe una saliva verdosa, habla con la voz enronquecida por los fríos, los fuegos, las borracheras, los juramentos y tanto gritar órdenes y contraórdenes, no puede decir dos palabras sin intercalar una blasfemia, ya olvidó el lenguaje florido que usaba cuando todavía era niño y servía como paje en la corte de un Gran Elector y de un Arzobispo, ahora a las mujeres ya no les pide amor, les pide vino, comida, un lecho, y mientras los soldados violan a las muchachas él bebe solitario y taciturno, hasta que los soldados reaparen bostezando y beben en su compañía, y entonces él de pronto da un manotazo y empieza a maldecir a los reyezuelos que huyen, pálidos y con la ropa hecha jirones, sobre un corcel sudoroso, para enseguida que se terminó la batalla volver a surgir vestidos de oro, bajo un palio de oro, en medio de un cortejo de plumas y de estandartes, maldice a los Papas cubiertos de armiño que desde lo alto de la silla gestatoria asperjan con agua bendita los sellos escarlatas de los tratados, maldice al Emperador al que una vez vio caminar entre lanzas erguidas a la vista de ese damiselo de la guerra, finalmente el caballero se pone de pie y vuelca la silla y la mesa, se produce un gran alboroto, la taberna (o lo que sea) es incendiada, el propietario vapuleado, la tropa de soldados con el caballero al frente reanuda la marcha, ahora atraviesan un bosque a la luz de la luna, el caballero ya no maldice, ya no habla, sigue adelante, mudo y con los ojos fijos en la noche, los soldados uno a uno callan, se aduermen sobre sus cabalgaduras, sueñan con la cabeza caída sobre el peto, alguien cree escuchar una música lejana, la música de su niñez en alguna aldea del Milanesado o de Cataluña, otro cree oír voces que lo llaman, la voz de su madre, la voz de su mujer o de su novia, alguien lanza un grito y despierta sobresaltado, pero el caballero no se detiene, no se vuelve a mirar quién es el que ha proferido ese grito, sigue adelante, sigue con los ojos abiertos fijos en la noche, la luna le lustra la armadura, el soldado que va detrás de él, el que está más próximo al caballero, el que lleva una bandera desflecada y quemada por la pólvora y que ahora pende sobre el flanco del caballo como una sucia gualdrapa, ese soldado, un mancebo rubio con la apariencia de un juglar, de pronto piensa que la armadura del caballero cabalga vacía, que el caballero se ha esfumado, ha desaparecido y sólo queda la armadura como un fantasma, como un muñeco, o tal vez la armadura se posesionó del caballero, lo absorbió como una esponja absorbe a un líquido, le succionó la sangre, le trituró los huesos y ahora la armadura es una cáscara hueca sin la pulpa del caballero dentro, esto lo imagina porque nunca ha visto al caballero dentro, esto lo imagina, porque del caballero no conoce sino esa armadura que gesticula y sostiene una lanza y la borgoñota que imparte órdenes y contraórdenes y aúlla blasfemias (y bajo la borgoñota una pelambre enmarañada, pero a lo mejor la pelambre es lo único que resta del caballero), y esta idea, esta fantasía hace reír reír al soldado rubio porque piensa que quizás ha transcurrido mucho tiempo desde que el caballero se disecó en el interior de la armadura y ellos no se dieron cuenta y han seguido detrás de esa tumba de hierro, de batalla en batalla, desafiando a la muerte, pero cuando el portaestandarte ríe como sonámbulo el caballero se yergue sobre la clavícula de los estribos y prorrumpe en una maldición (como si hubiese adivinado de qué se ríe el portaestandarte y quisiera hacerle, a su vez, una broma o reprenderlo), el soldado rubio se encoge de terror, pero en seguida comprende que el caballero no se ha despabilado ni ha maldecido a causa de su risa, sino porque los árboles del bosque, que hasta ese momento parecían dormidos en la noche y en el frío, repentinamente despiertan, repentinamente se cubren de flores y de frutos, quiero decir, aunque la metáfora es vieja y todos han adivinado, quiero decir que esa floración que el calor de la guerra hace madurar invierno y verano, en los bosques lo mismo que los desiertos, de esos frutos siempre en sazón, quiero decir el enemigo, los enemigos inextinguibles que nos aguardan pacientemente, tercamente, ocultos en la sombra, confundidos con la niebla y el humo, y entonces los jinetes somnolientos y los arcabuceros borrachos se transforman en pero todo eso ya sucedió y ya pasó, ahora el caballero regresa solo a su castillo, sin la mescolanza de hierros, de caballos y de hombres que lo escoltaba a través de su viaje por una provincia de la guerra, ya dejó atrás todo ese estrépito, se desprendió para siempre de los vivaques, los saqueos, las emboscadas, el terror, el sueño, el hambre; de la guerra no conserva sino el caballo, la armadura, la lanza con la piel de zorro en un extremo (para que la sangre no chorreara y le empapara la mano), conserva ese olor a mugre, a sudor, los piojos, el sarpullido, la saliva estriada de verde, y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos recortados del gran cuadro chillón de la guerra, aquel joven caído sobre la hierba, de cara al cielo, que hundía en un río, ya no sabe cuál, el Meno, el Arno, el Tajo, que hundía en un río indiferente las dos piernas hasta las rodillas, y el agua, cuando pasaba junto al muchacho, lo tomaba de las piernas, se las maceraba y se las molía, se las llevaba río abajo convertidas en filamentos primero rojos, después rosas, después grises, los doce patíbulos, doce, en una plaza toda negra y desierta, y en cada patíbulo un ajusticiado, péndulos de agua afuera que el viento hacía chocar entre sí y aquel campanario daba la hora, una hora cualquiera, una hora fuera del tiempo, el viejo que se agachaba para defecar en el suelo helado y cubierto de nieve y en seguida se desplomaba sobre una flor de sangre y de excrementos, la flor de la disentería, la torre altísima, y cuadrada, de ladrillos, y más lejos una fila de cipreses, y el chorro de aceite que cayó desde las almenas de la torre, que cayó sobre los caballeros vestidos con túnicas blancas y una cruz roja en el pecho (eran todos finos y hermosos y un rato antes habían oído misa, la misa que ofició para ellos un obispo cuajado de pedrerías) y el cráter negro que se abrió donde cayó el aceite, un agujero que humeaba y crepitaba como una sartén al fuego, y él, el caballero, percibió un olor dulzón, un olor a fritura y a trapo quemado, y de pronto sintió sobre la mano un escozor y vio que allí se le había posado un trocito de carne que hervía, un trocito de la carne de alguno de aquellos caballeros que un rato antes oían misa y se encomendaban a Dios, pues esto había sido para él la guerra, aunque quizá para los reyezuelos y seguramente para los Papas y los Emperadores sería otra cosa, un juego de ajedrez que jugarían a distancia, cada uno encerrado en su ciudad, en su fortaleza, en su palacio, hasta que, terminada la partida, saldrían el uno al encuentro del otro y se estrecharían la mano como buenos contrincantes y se repartirían los reinos de la tierra, pero ahora también el caballero ya salió fuera del tablero de ajedrez de los Papas y Emperadores y vuelve a su castillo, donde está su mujer (cuando piensa en su mujer piensa en la joven que abandonó hace muchos años), donde está el neblí que se posaba sobre su guantelete en las mañanas de cacería, donde está el laúd que tañó para cantar alguna vez en una corte de Provenza o de Sicilia los rondeles de Cino de Pistoia, el castillo donde se despojará por fin de la armadura como de la costra seca y muerta de una herida ya cicatrizada, donde se quitará la borgoñota como una cabeza ajena que sólo sabía blasfemar y espiar la estela del bando contrario, el castillo donde los reyezuelos que él salvó de la ignominia de la derrota lo colmarán de honores, donde el Papa y el Emperador que movieron los trebejos del ajedrez de la guerra lo harán duque o conde palatino, hasta que, al doblar un recodo del sendero, ve sobre la colina intacta su castillo intacto, ve alrededor la campiña y a los campesinos doblados sobre la tierra, ve un perro, un perro doméstico, un perro vagabundo y tal vez sin dueño, que corretea entre las piedras y se detiene aquí y allí a oliscar el rastro de otros perros, y ante ese cuadro casi idílico del castillo, los labradores y el perro, el caballero piensa que así como a él se le escapan las verdaderas claves de la guerra (cuya posesión estará en mano de los Papas y los Emperadores, y que los reyezuelos codiciarán), a estos campesinos inclinados sobre sus hortalizas les estará negado conocer esa faena terrible de la guerra que él en cambio ha sobrellevado durante tanto tiempo, porque la guerra habrá sido, para ellos, todo lo más, una noticia difusa, un resplandor de incendio en el horizonte, el paso de las tropas por el camino, y en cuanto al perro, piensa el caballero, ni siquiera supo que había guerras, pillajes, batallas, tratados bendecidos por el Papa, un Emperador que hacía erguir las lanzas, el perro habrá seguido comiendo, durmiendo, apareándose con una perra, e ignorando que allá donde guerreaba el caballero las fronteras se deshacían para rehacerse más lejos, el perro nunca sabría que el Vicario de Cristo era arrastrado por las calles, que un Emperador se hincaba de día y noche, desnudo, a las puertas de un castillo, que la flor de la Cristiandad había hervido en pez y en aceite, porque para el perro el trueno del cañón sería el mismo ruido pavoroso que el trueno de la tormenta, y si hubiese visto al damiselo de de la guerra le habría ladrado como a un vulgar desconocido o le habría meneado la cola si le caía simpático o le daba de comer, de modo que el caballero ahora siente el orgullo de ser un caballero, de pertenecer a la Historia, de haber sido una de las piezas del ajedrez de la guerra, y junto con ese orgullo no puede menos que experimentar compasión por los labradores que no hacen la Historia, y hasta una especie de estupor frente a ese perro contemporáneo de Papas y Emperadores que nunca se enterará de que ha habido Papas y Emperadores (ni siquiera de que hay caballero), frente a ese perro que viene a su encuentro como podría venir al encuentro de un campesino, o del propio Emperador, sin distinguir al uno del otro, sin sospechar siquiera las catástrofes y las proezas que nimban la armadura del caballero, y siguiendo con este pensamiento, siguiendo con esta cadena que se inicia en el perro, el caballero piensa que el encadenamiento no remata en los Papas ni en los Emperadores, pues así como el perro ignora lo que parcialmente y defectuosamente saben los campesinos, y éstos ignoran lo que parcialmente y defectuosamente sabe el caballero, y éste lo que saben los reyezuelos y los reyezuelos lo que saben los Papas y Emperadores, de la misma manera, piensa el caballero, los Papas y los Emperadores sólo sabrán parcialmente y defectuosamente lo que Dios conoce en la totalidad y en la perfección de la verdad, y estas reflexiones, este creer que Dios posee la última clave que concilia todas las claves fragmentarias, hace nacer en el ánimo del caballero la esperanza de que si el Papa y el Emperador que dominan en juego de la guerra lo harán duque o conde en gracia a su valor y a su lealtad, Dios, que domina el juego de los Papas y los Emperadores lo absolverá a él, al caballero, de las matanzas, las violaciones y las rapiñas en gracia a su miedo, su sueño y su hambre, y esta esperanza provoca la sonrisa del caballero, pero justo en el momento en que esta esperanza reconforta al caballero y lo hace sonreír, el perro que venía correteando a su encuentro se detiene como delante de una pared, clava las patas en la tierra, la piel se le eriza, los ojos le relumbran, entreabre el hocico, muestra los dientes y comienza a aullar como un lobo, pero el caballero atribuye esa súbita hostilidad del perro a una circunstancia baladí extraída de sus propias circunstancias, la atribuye a que el perro no lo conoce, a que el perro se espanta del caballo, de la armadura, de la cola de zorro en la punta de la pica, no hay que sorprenderse de que ese perro de campesinos se asuste frente a un caballero cubierto de hierro y a un caballo adornado con testeras y petrales, de modo que el caballero no da ninguna importancia a la actitud del perro y sigue avanzando por el camino, las patas del caballo están a punto de aplastar al perro, el perro se hace a un lado de un salto y continua aullando, continúa gimiendo y mostrando los dientes, mientras que el caballero ha vuelto a recordar a su mujer, su neblí y el laúd de amor y se olvida del perro, y lo que nunca conocerá el caballero es que el perro ha olido, alrededor de la armadura, el tufo de la Muerte y del Infierno, pues el perro ya sabe lo que no sabe el caballero, ya sabe que en la ingle del caballero una buba ha comenzado a destilar los jugos de la peste negra y que la Muerte y el Diablo esperan al caballero al pie de la colina para llevárselo, porque si el caballero lo supiese, pensaría (siguiendo un orden análogo al de sus anteriores razonamientos aunque en sentido contrario), que así como el perro se ha detenido donde el caballero pasa de largo, así también el caballero quizás se haya detenido donde los Papas y Emperadores pasen de largo, y siempre dentro de este raciocinio, el caballero pensaría que quizás los Papas y Emperadores se detengan donde Dios pase de largo, quiero decir que tal vez el Papa y el Emperador no hagan al caballero ni duque ni conde, y Dios no lo absuelva de sus pecados, quiero decir que si el caballero razonase de esta manera pensaría que tal vez para Dios las realidades que atrapan a los hombres forman un tejido que no atrapa a Dios, al igual que el caballero atraviesa, sin verla, la malla en que ha quedado atrapado el perro, no obstante que la malla ha sido urdida para el caballero y no para el perro (no obstante que, por ejemplo, las oraciones de los hombres están trenzadas para Dios), pero el caballero no lo sabe y ya asciende feliz por la colina, rumbo a su castillo, feliz con la esperanza de que su valor haya entretejido la red en las que caiga la mosca Papa, la mosca Emperador, y que su dolor haya entretejido la otra red más sutil en que caerá la mosca Dios, mientras allá abajo, en el camino, el perro que confunde el trueno de la guerra con el trueno de la tempestad sigue y sigue entablando otra guerra en la que el caballero confunde el ladrido de la muerte con el ladrido de un perro.

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