sábado, 4 de enero de 2014

La lacerante brasa de la belleza y del dolor


El primero de enero se cumplió el vigésimo aniversario de la muerte de Oscar Hermes Villordo. Había nacido en Machagai, Chaco, el 9 de mayo de 1928. Su extensa obra comienza con Poemas de la Calle (1953) y abarca novelas, como El Bazar (1971); La Brasa en la Mano (1983); La otra Mejilla (1986); El ahijado (1990) biografías, como la de Eduardo Mallea (1973); Adolfo Bioy Casares (1983) y Manuel Mujica Láinez (1991) entre muchos otros trabajos. También muy extensa es su labor periodística, particularmente en el diario La Nación; La Presa y La Gazeta de Tucumán. 
La brasa en la mano   
            Publicada por primera vez en 1983, su novela La Brasa en la mano significó en aquel momento una literatura de transgresión que, hacia el ocaso de la dictadura y cuando la temática estaba muy lejos de encontrarse instalada en el debate público, implicó abordar al amor homosexual como el objeto estético de una obra cuya mayor particularidad es su  concepción literaria. Para la literatura no hay zonas prohibidas ni temas proscriptos: la belleza todo lo puede y en una novela las historias son un motor para el desarrollo del propio lenguaje.
            Villordo logró que la cadencia del lenguaje –y su belleza- estuviera dada por el latido de una subjetividad cuyas revelaciones sólo se encuentran destinadas al lector. El lenguaje requiere de la intensidad de una experiencia subjetiva que se hace palabra y discurso (es este discurso indetenible lo que fluye permanentemente en imágenes). Los hechos, aquello que en una novela sucede, se subordinan a esa intensidad que borra el transcurso; superpone los momentos por lo que significaron y no por el tiempo en que sucedieron; alumbra a una palabra nueva, urgente, lacerante: la de la soledad, el amor y el recuerdo del amor.
            Para la literatura no hay proscripciones sino sólo  belleza. Así parece proclamarlo el breve epígrafe de Keats que preside la obra: “A thing of beauty is a joy for ever”. Hay una alegría que es para siempre en la belleza, pero donde está. Está en lo que sucede o en la manera de plasmarlo o recordarlo. Quizás la encontremos en los destellos de felicidad que nos ofrece el recuerdo.
“Trato de recordar”
            No en vano la novela comienza con estas palabras: qué si no el recuerdo es capaz de generar una prosa envolvente, lírica, que discurre, indetenible, en la memoria. Vamos a detenernos en algunos pocos de los muchos elementos que despliega su rica propuesta.
            El primero, por fundante, es un lenguaje que evoca al de Proust: poesía hecha prosa en pos de captar esos destellos de la memoria que hacen a los instantes únicos. Un Proust, sin embargo, en clave del castellano más puro y preciso. En referencia a La otra mejilla, le comenté al escritor que lo veía como un texto fuertemente naturalista. Contestó que era así, y que ese naturalismo le venía de Quevedo, un escritor al que admiraba profundamente. Al hacerlo nos dio una clave de entrada a su concepción del lenguaje: rico sin ser exuberante; imaginativo sin ser recargado y muy preciso en orden a lo que quiere narrar: nunca aparece algo capaz de hacerlo menos fluido, nunca tropezamos con nada (así lo requiere ese apremio de discurrir libremente) y si ello no fuera así no habría historia posible.
            “Debo decirles que yo venía de un dolor parecido a éste que estoy contándoles. Venía de un amor que no terminaba de pasar, como ocurre siempre, y comencé no amándolo. Pienso que no hay varios amores; no es eso lo que quiero contarles; sino uno solo que se continúa a través de los otros” (pág 27; Bruguera, 4ta.edición, febrero 1984) : Así, esta novela concebida sin capítulos, es planteada en un discurso que, dado en su propio fluir, sólo secundariamente enumera hechos en los que con frecuencia no termina de hacer foco: no son los hechos en sí lo que interesa: en el fragmento señala estar contando un amor que en realidad no cuenta, y afirma lo otro, que un solo amor persiste en los demás, en algo que podríamos aplicar al propio discurso: cada escena se desvanece pero el sentimiento  persiste en las demás porque hay algo que queda, pero no terminamos de saber qué es. El texto, de este modo, discurre en una suerte de indefinición, como esos fragmentos musicales que modulan de una a otra tonalidad. No hay certezas más que la de una sensibilidad que todo lo registra: ella es  lo que permanece, pero el texto –que nunca se repite, codifica en lugares comunes, se copia, ni cae en convenciones- no termina de decirlo porque nunca acaba por detenerse en nada específico.
            El tiempo y los lugares
            El correlato de este planteo estilístico –centrado en la subjetividad pura y en el idioma puro- es el tiempo: “En el día y la noche que dura el relato sólo el lector será, en definitiva, el destinatario de la narración” aclara el comentario de la contratapa. Pero ¿es realmente un día y una noche? (en realidad son dos noches y un segundo día): no es fácil el seguimiento del tiempo narrativo. Cada tarde y cada noche se ramifican en otras y el eje que las une –y no ellas en sí mismas- es lo más importante de la narración. También los escenarios son evanescentes como el tiempo: largos recorridos por lugares desiertos, como si sólo estuvieran destinados a los personajes o como si ellos los transitaran a horas insólitas donde no hay nadie: “Andrea nos estaría esperando, sola en la multitud o en la casa, como la noche que la encontramos llorando” (pág.51): cada escena remite a otra: el tiempo, los lugares, son elementos que conforman la ternura de una descripción o de la evocación de un personaje que requiere más de un lugar y un tiempo para ser plasmadas.
            Independencia de acciones asociadas  a personajes
            Como si esta formulación no fuera de por sí rica, en el conjunto de muchos elementos novelísticos que sería extenso tratar, podemos detenernos en la técnica de asociar el tiempo a elementos secundarios y mencionarlos en primer plano. Ello sucede con el tiempo circular, el de las acciones repetitivas: “Miguel dormiría, seguiría durmiendo hasta que vinieran a despertarlo porque lo llamaban por teléfono” (pág.64). Pajarito, el personaje sin nombre, sólo identificado con ese apelativo que evoca ligereza y fragilidad,  debe llamar a Miguel por teléfono para despertarlo. El amor y la ansiedad personifican al teléfono, lo ponen en un primer plano de la narración (se hace autónomo en la evocación de las distintas llamadas) “Lo miraba negro, monstruoso, como si la mirada, ahora, y no el silbido, tuviera el poder de comunicar las líneas” (pág. 65); lo mismo que el juego con el lápiz y la agenda con la  que el personaje intenta mitigar la ansiedad de la espera. Ello además pone al amante en una situación de inferioridad para con el amado, que no atiende, no despierta, no llama, pero que a veces podía responder: “¡Hola!, me decía, y el tiempo retrocedía, desaparecían las esperas, los pip, pip” (pág.65).
            El acto de vestir a un ocasional visitante acabado de despertar también se independiza como elemento: “Se movía como un autómata cuyo mecanismo fuera sólo el bostezo, y al acabar de ponerle la manga, caía hacia abajo, tironeado por una fuerza cuyo centro estaba en la cama” (pág.67).
            Quizás uno de los mejores ejemplos sea  la metáfora de las luciérnagas en la plaza,  retomada en otro pasaje, mucho más adelante. La extensa descripción del escenario (“El parque quedaría todavía para recibir en lo alto, la última luz, la imposible, la más pura, la que tiembla con la hoja que descubrimos sola -pág.31) es la presentación de un mundo oculto, donde quienes acechan buscando a alguien deben ocultarse de los policías que hacen la ronda, entonces “Sólo las ascuas de sus cigarrillos, unas imperceptibles luciérnagas, animadas de tanto en tanto y nerviosas en la oscuridad…¡La inmovilidad de la estatua parece haber contagiado a la plaza!. Pero inmediatamente, como azuzadas por una música mágica, un llamado misterioso al que no pudieran resistirse, las luciérnagas saltaron de sus gradas…” (pág.37). Los personajes, invisibles, apenas entrevistos, se metamorfosean con la plaza y se convierten en luces. Mucho después, sin embargo, en la alta noche y en las calles cercanas al puerto “No quedaba una luciérnaga…a esa hora el amor había ocurrido ya” (pág.60).
            La brasa de una alegría (imposible de sostener, como el propio dolor) es la otra cara  de la soledad: “Las horas desoladas son las más largas y, sin embargo, de esas horas está hecha la vida” (pág.73), y sirven para evocar a un gran escritor, capaz de trascender en la forma, la temática que eligió y por la cual se lo reconoce.
           

             


Eduardo Balestena

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