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martes, 29 de septiembre de 2026

¿Qué significa llegar al “corazón del mundo”?


 

¿Qué significa llegar al “corazón del mundo”?

El corazón del mundo. Ensayos sobre Germán Rozenmacher y Marco Denevi,
de Eduardo Balestena.
Editorial Biblos, colección Teoría y Crítica, 2025, 266 páginas.

 

¿Qué significa que una obra llegue al “corazón del mundo”? La clave parece estar sugerida desde las primeras páginas de este libro, en el epígrafe tomado de El gato dorado, de Germán Rozenmacher, uno de los dos relatos que Balestena analiza en la primera parte. Allí, “el artista mencionado” aparece como una “voz de todos”, y su música como una experiencia capaz de reunir aquello que estaba disperso.

Esta imagen como título del libro me invita a pensar en aquello que sucede cuando una obra consigue que una historia particular diga algo que la trascienda. No se trata entonces solamente de contar una historia, sino de que, a través del lenguaje, esa historia pueda abrirse hacia algo que la excede y que alcanza al lector.

Pero ¿cómo consigue la literatura ir más allá de la historia que cuenta y alcanzar aquello que todavía resulta difícil de nombrar? Este interrogante nos acompaña durante el recorrido de El corazón del mundo. Ensayos sobre Germán Rozenmacher y Marco Denevi, de Eduardo Balestena, donde se analizan dos cuentos de Rozenmacher y una selección de textos de Denevi, “dos escritores muy diferentes entre sí, pero unidos por una concepción del lenguaje como una fuerza que puede desbordar la historia que inicialmente parece llamada a contar”.

El libro vuelve sobre ese interrogante desde un planteo más preciso:  ¿es el lenguaje una herramienta al servicio de una historia previamente concebida o puede convertirse en una fuerza creadora capaz de conducir la narración hacia territorios que el propio escritor no había previsto?

A partir de este planteo, Balestena explora la tensión entre aquello que el escritor proyecta y aquello que la propia escritura, mediante sus procedimientos, termina produciendo.

En Rozenmacher, esa exploración aparece vinculada con la precisión, la identidad y una particular originalidad narrativa. Balestena analiza El gato dorado y Blues en la noche para observar cómo determinados procedimientos ponen en tensión lo real, lo fantástico, la búsqueda y el confinamiento. En El gato dorado, por ejemplo, lo fantástico permite expresar aquello que el realismo no consigue nombrar. El itinerario del personaje, guiado por el gato, conduce hacia una búsqueda cuyo objeto permanece inalcanzable. El relato se construye así alrededor de un límite que se intenta atravesar y finalmente permanece clausurado. En Blues en la noche, la dinámica se desplaza hacia el confinamiento y la imposibilidad de escapar.

Con Denevi, Balestena lleva la investigación hacia otra dimensión. Su obra es presentada como una experiencia del lenguaje en la que las ideas y el contenido humano funcionan como herramientas para producir puntos de tensión, expansión y resolución. Rosaura a las diez constituye un verdadero laboratorio: los cinco narradores, sus diferentes perspectivas, la información dosificada y las contradicciones permiten mostrar cómo una historia se construye progresivamente ante el lector y cómo cada voz modifica lo que creíamos saber.

A partir de allí, el recorrido por otras obras permite seguir la recurrencia y transformación de problemas como el confinamiento, la frustración, la metáfora, la imposibilidad de conocer al otro y los límites de lo expresable. En Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, el análisis se concentra en la consolidación y expansión de una tópica y en una liberación imposible; en Ceremonia secreta, en la construcción de un universo autónomo y en los recursos del narrador; en Un pequeño café, en los mecanismos de tensión y los planos de la narración; en Variación del perro, en la metáfora y la posibilidad e imposibilidad de acceso a lo real. Más adelante, Asesino de los días de fiesta, Hierba del cielo, Los locos y los cuerdos, Reunión de desaparecidos y La noche de los amigos permiten ampliar esa exploración hasta llegar a Manuel de historia, donde aparece una pregunta que parece reunir buena parte de la investigación: ¿cuándo comienza la historia?, ¿cuándo termina?, ¿quién la escribe?

La secuencia de lecturas no funciona, entonces, como una acumulación de análisis. Cada obra agrega una nueva pregunta a la anterior, y el estudio se va complejizando a medida que avanza. Cada nuevo texto le permite detenerse en determinados procedimientos, observar sus relaciones y mostrar cómo intervienen en la construcción del relato.

A través de Rozenmacher y Denevi, ese desplazamiento aparece una y otra vez: una historia particular termina abriendo preguntas que la trascienden. Balestena los pone en diálogo porque, siendo tan distintos, permiten explorar el mismo problema desde dos territorios narrativos diferentes.

Un aspecto especialmente interesante para el lector es observar cómo, a medida que avanza en sus análisis, Balestena nos lleva a preguntarnos por qué un escritor eligió determinada voz, por qué dosifica una información, qué provoca un cambio de perspectiva o cómo un recurso aparentemente pequeño puede modificar toda una narración. El libro permite asistir así a una práctica de lectura: observar los mecanismos de una obra, relacionar sus procedimientos con sus efectos y construir, a partir de esos indicios, una interpretación.

Mi acercamiento a la obra de Balestena comenzó en 2023, a partir de distintos trabajos con Las piezas que arman el mundo (2021), El centro del desierto (2020) y Las llaves de ese secreto (2022). Tuve también la valiosa experiencia de compartir con el autor el dictado de una clase sobre intertextualidad. Esas experiencias fueron familiarizándome con una particular manera de presentar sus trabajos, en la que hace partícipe al lector. En El corazón del mundo, como en otros de sus libros de ensayos, no solo ofrece sus interpretaciones, sino que hace visible el camino mediante el cual esas interpretaciones se construyen.

Su modo de leer nos enseña a mirar. Al analizar una voz narrativa, una metáfora, un desplazamiento, una secuencia o un personaje, el autor no se limita a identificarlos: reconstruye la función que cumplen dentro de la obra, las relaciones que establecen con otros elementos y los efectos que producen en la experiencia del lector.

Para quienes escribimos, esta perspectiva resulta especialmente estimulante. Los procedimientos narrativos comienzan a percibirse como decisiones capaces de producir una experiencia determinada en quien lee. EL autor muestra que una obra puede ser estudiada no solo por lo que cuenta, sino por las operaciones mediante las cuales consigue contarlo.

El corazón del mundo es, por eso, más que una reunión de ensayos sobre dos escritores. Es también la exposición de una práctica crítica en la que Balestena hace visible el trabajo mediante el cual una obra revela sus mecanismos. Después de acompañarlo en este recorrido, resultará difícil volver a considerar una historia solamente como una sucesión de acontecimientos. Empezaremos a mirar las decisiones que la sostienen.

Y es precisamente en esa zona de incertidumbre, entre lo que el escritor proyecta y aquello que la escritura termina produciendo, donde Balestena encuentra el corazón de la literatura.

 

Sonia Fabiola Demitrópulos
 Cosquín-Córdoba-Argentina
 14-9-2026

martes, 17 de enero de 2023

El corazón del mundo (fragmento del ensayo sobre Germán Rozenmacher)

 

El corazón del mundo

(El gato dorado y blues en la noche, de Germán Rozenmacher)

            Los cuentos y relatos de Germán Rozenmacher (1936-1971) que forman parte de sus dos libros de narrativa: Cabecita negra (1961) y Ojos de Tigre (1966) están concebidos dentro de diferentes estéticas y técnicas; tienen muchas diferencias entre sí pero también una centralidad en común.

            Como otros intelectuales de su generación su obra se encuentra influida por el compromiso y la misión política y social del escritor. Alterna ese discurso con el de sus íntimos y poderosos temas y motivos, y la diferencia entre ambos registros es significativa. En el primero sus relatos no dejan nada fuera y están dados más en la acumulación de elementos que en su selección. Utiliza la corriente de la conciencia (Los ojos del Tigre) y nos arrojan a una acción tan incesante como difícil a veces de discernir (Cochecito).

            Por el contrario, en otros el manejo del lenguaje está dado en la precisión y la intensidad y en una originalidad narrativa donde se alternan el más puro realismo con lo fantástico (El gato dorado) y la soledad urbana como alienación y cerco del cual los personajes no parecen poder huir (Blues en la noche).

            Las obras sobre las cuales elegí reflexionar responden a esta urgencia, la de la palabra de alusión y de reclusión: una es la referencia al lugar inaprehensible de la redención y la otra al puro confinamiento. Los tópicos elegidos son: el ser judío, la pobreza, lo urbano y el aislamiento.

              

I Un vuelo imposible

El gato dorado es uno de los relatos del libro “Cabecita Negra”.

            Como gran parte de las narraciones de Germán Rozenmacher, el punto tomado como comienzo del relato es parte de un discurrir previo, que iremos conociendo  a partir de sucesivas recapitulaciones.

            Alternan en este relato dos instancias de narración: en la primera el personaje central sin nombre, un pianista que acompaña grabaciones de aficionados en un miserable local  subterráneo, está atento a una señal que habrá de hacerle “el gato dorado”, que marcará el inicio de otra vida en la cual podrá volar muy lejos del mundo que habita. La segunda es la del cuarto de pensión que comparte con su esposa y un sastre; en el curso de la descripción se producen las recapitulaciones que reconstruyen la vida del músico.

            Cuando la señal del gato dorado se produce, el felino echa a andar, inapresable como la vida  y el hombre lo sigue, pero el gato se aleja cada vez más hasta que, desafiante, lo observa desde la calle, momentos antes de que un tranvía lo atropelle y mate. Se lo menciona entonces como un simple gato negro, de los que hay tantos. La magia concluye bruscamente y cierra una especie de compuerta.

            Narraciones que siempre implican un desplazamiento tan forzoso como imprevisible, en cuyo curso se desarrolla la acción, tienen la dinámica del sueño y de ellas no se puede volver. La narración adquiere así las connotaciones de una suerte de pesadilla real en la cual es imposible saber qué sucederá a cada paso. 

            El realismo surge como insuficiente no ya para plasmar –operación que parece imposible que la literatura pueda lograr- algo que el personaje añora, anhela ser o simplemente desea, sino siquiera para poder nombrarlo.

            Hay algo que es negado pero no termina de saberse qué es porque resulta imposible de poner en palabras. La memoria es la aparición de recortes, siempre inamovibles, de algo sumamente extrañado pero que en su momento fue vivido como muy duro y penoso. El personaje sin nombre del cuento añora los paisajes cubiertos de nieve de cuando, siendo muy joven, iba tocando el acordeón por pequeños pueblos helados del viejo país. Se añora algo que es una carencia y que constituye un origen y una patria, y se vive en un exilio donde nada tiene sentido: este es el verdadero escenario del relato. Ese espacio captado de modo realista que es en sí mismo testimonio del mundo y la posibilidad perdidos.

            ¿Qué sino lo fantástico es capaz de connotar esta sensación de eterna ajenidad? Si lo fantástico simboliza y encarna la posibilidad de dejar el mundo de carencia podemos suponer que la plenitud es fantástica o, por el contrario, lo fantástico es factible en el deseo y, por consiguiente, deja de ser fantástico para convertirse en la única posibilidad de acceso a lo más vital.

            Podemos quizás postular que aquello que se encuentra en primer plano es lo inalcanzable y que el modo de expresarlo es lo fantástico. De este modo, el elemento irreal se encuentra cumpliendo una función determinada.

            En Raíces, por ejemplo, el viaje emprendido[1] –cuentos y relatos tienen siempre un itinerario que es real, realista o fantástico- lo es en busca de aquello que constituye el centro –elegido o no- de la vida del personaje, sus raíces, que no son las que le impone su familia. A espalda de todos, el personaje pudo encontrar raíces que no son las de los demás sino propias y a ellas se refiere el título. Es acaso el único relato de afirmación de la narrativa de Germán Rozenmacher.

            Los itinerarios pueden ser urbanos o de las orillas. Siempre son inciertos y nunca se sabe si habrá algo al final. Son inevitables, obedecen a un impulso que alude a algo que no se sabe que es, ni si estará al final del camino.

            En El gato dorado hay dos itinerarios planteados, el del camino que emprende el personaje siguiendo al gato y el de un vuelo, que se revelará imposible.

 



[1] Luís, el personaje del relato Raíces es hijo de dos comerciantes que aspiran para él un casamiento ventajoso. Del mismo modo que El gato dorado el relato se inicia con la inminencia de algo que debe suceder ese día. Tal operación implica que la existencia vivida es falsa y que la introducción de ese algo a lo que se alude,  será el modo de hacer que esa existencia se convierta en la verdadera. En este caso, Luís tiene una compañera y un hijo que viven en Tartagal y en la secuencia final los lleva a Salta, donde viven sus padres, que no saben nada de la existencia de la compañera y el hijo de Luís. La poética del recuerdo está presente en la forma de imágenes de infancia y  de sensaciones que suscitan.