miércoles, 29 de noviembre de 2023

La búsqueda de la felicidad


 

El documental Happy, de Roko Belic comienza con una cita de Benjamin Franklin: "La constitución garantiza al pueblo americano el derecho a la búsqueda de la felicidad, eres tu quien debe alcanzarla por ti mismo.”

A la pregunta hecha a distintas personas al azar por un entrevistador acerca de qué esperan de la vida, invariablemente, parte de la respuesta es “ser feliz.”

La cuestión está planteada: la felicidad es algo que no tenemos garantizado y que debemos empeñarnos en buscar por nosotros mismos –lo que implica un esfuerzo que quizás sea muy grande o quizás sea muy sencillo- pero ¿Qué es la felicidad?

¿Hay una sola respuesta para esta pregunta? ¿Es posible decir que la felicidad es algo determinado o se trata de un concepto imposible de definir y de aprehender? ¿Es un estado al que se llega o se trata de momentos privilegiados que simplemente se presentan y luego desaparecen?

El propio documental nos dará varios elementos para al menos aproximarnos mejor a un concepto tan crucial como indefinible, tan personal como multiforme.  

 

Un recorrido por países e historias de vida

            La narradora comienza presentando historias de vida y reflexionando acerca de ellas; luego habrá otras intervenciones que nos abrirán a una perspectiva más científica del tema.

            La primera de esas historias es la de Manaj Singh de los suburbios de Calcuta, un conductor de uno de esos pequeños carros de una plaza que llevan a un pasajero, tirados por una persona. La forma de percibirse a sí mismo, a su trabajo y a sus condiciones de vida –extremadamente humildes- hace que, según nos informa la narradora, Manaj Singh sea más feliz que el ciudadano americano medio. El entrevistado menciona al pasar las penurias de ese trabajo, mientras pone en primer plano la alegría que le deparan sus vínculos familiares y vecinales.

            La felicidad reside en la propia percepción de nuestra vida, una trama de vínculos y todo aquello que nos espera al regresar. Es lo que está allí, al alcance de la mano, por pequeño que parezca y no aquello que es imposible de conseguir. Lo pequeño y lo más cotidiano se convierte en lo más importante. Sólo es preciso saber verlo.

            ¿Hay un punto inicial de esta actitud? La Dra. Sonja Lyubomirsky, de la Universidad de Riverside señala que contamos un 50% de predisposición genética para obtener la felicidad, un 10% de hechos externos que la favorecen y un 40 % de conductas intencionales, actividades destinadas a obtenerla. Ante cualquier dificultad tendemos, dice, a volver al punto inicial, ese 50% genético.

            Pareciera que la felicidad es recuperar un equilibro pero también hacer un descubrimiento. Es importante para ser feliz adaptarse cada persona a lo que hace y cambiarlo de manera consciente. Son cambios que pueden ser pequeños  o grandes. La actitud flexible hacia el cambio parece ser la clave.

            La felicidad es la belleza y quietud de los brazos pantanosos de Louisiana, en Florida,  donde vive Roy Blanchard con su extensa familia, es el reunirse, pasar tiempo juntos cocinando lo que pescan, observando los pájaros, nos atardeceres y para Rolando Fadul en Brasil, es poder hacer surf, disfrutarlo con su hijo y vivir en un ambiente de libertad. Hay algo espiritual en el surf, dice, en remontar una ola y estar el permanente contacto con el mar.

 

            Deudas pendientes

            Hay entonces una idea de la felicidad vinculada a lo más cercano y sencillo pero hay otra que se siente en la práctica de algunas actividades que demandan esfuerzo, riesgo y concentración, que llevan a cabo personas que no sacan ningún beneficio de ellas y que no se proponen hacerlas profesionalmente: la escalada, por ejemplo o, como en mi caso, el vuelo en avión o el viajar en moto.

El doctor Mihaly Cikszentmihalyi, de la Universidad de Claremont se dedicó a su estudio y acuñó el término Flow, con el cual designa a la especial corriente que se genera del simple hecho de practicar la actividad, que produce dos cosas: el poder estar en control de las acciones que requiere y el dejar atrás a todo lo demás por lo demandante que es la actividad en sí misma: “se olvidan de sus problemas, tienen el control”, dice.

Esta sinergia se produce también en un trabajo que nos gusta hacer. Expande nuestros límites, se podría agregar y nos lleva al encuentro de algo muy interno cuyo contacto es lo que nos genera la energía vinculada al placer: el comando de un avión, el manillar de una moto, la altura, el camino, el ruido, la jornada de viaje, la sensación de estar logrando algo que siempre habíamos querido.

            Viejas fotos del viaje en moto de mis padres acompañaron mi infancia y ahora me acompañan en mi escritorio de trabajo. Los viajes estaban esperándome allí, en un rincón y, mientras trabajaba, estudiaba y hacía “mi vida”, yo lo ignoraba y ahora, en cada viaje, recupero parte de lo que la vida les negó a ellos. El mundo conocido se expande. Saldamos una deuda pendiente, recordamos, traemos de nuevo a quienes ya no están.

           

Conceptos ciertos y conceptos equivocados

Hay varios conceptos equivocados sobre la felicidad, dice el autor Daniel Gilbert. Se la vincula con hechos positivos y negativos. No hay felicidad posible por debajo de un nivel de subsistencia, pero cubiertas las necesidades básicas está la idea de que un hecho positivo y esperado nos hará sentir felicidad y que un hecho negativo tendrá el efecto contrario. Sin embargo, señala, el efecto negativo, aunque intenso, tiene una duración limitada y de él se pueden sacar sentimientos positivos que nos hagan sentirnos felices y enseñarnos algo nuevo: precisamente nuestra capacidad de enfrentar la adversidad.

La narradora nos lleva a un rancho de Texas conde Melissa Moody cría caballos. Sus fotos la muestran como una bella joven y luego una bella mujer que, a raíz del ataque de su cuñada, que le pasó por encima con una camioneta, debió sufrir muchas operaciones para recomponer su rostro. En el proceso, su esposo la abandonó y su vida, tal como la conocía, fue destruida; sin embargo, le fue posible encontrar un sentido en el propio hecho de enfrentar la adversidad y vive cada día como una meta a la que ha podido llegar; volvió a casarse, siguió viviendo con sus hijos y criando caballos y se siente completamente feliz.  

 

            Valores intrínsecos y extrínsecos

            Tim Kasser, del Knox College vincula la felicidad a dos tipos de objetivos, los extrínsecos y los intrínsecos: los primeros se encuentran en el mundo exterior y están dados por los valores del tener, el estatus, el dinero la imagen ante los demás. Los intrínsecos  se originan en necesidades psicológicas de cada sujeto y  se refieren al crecimiento personal, la relación con los demás y el deseo de ayudar.

            Quienes pugnan por obtener los objetivos extrínsecos son personas más ansiosas, egoístas, depresivas y superficiales. Marcado por el hedonismo, el círculo del tener es inacabable: una vez procurada una cosa se desea otra y los vínculos generados con los demás no son profundos. Según encuestas, durante los  últimos cincuenta años la riqueza per capita y la disponibilidad de bienes se han incrementado, sin embargo la felicidad ha permanecido en el mismo nivel,  estancada. Más riqueza no significa más felicidad.

            Los fines intrínsecos se vinculan a una subjetividad más profunda y tienen que ver con otros valores: el vínculo con los demás, la generosidad y el altruismo.

            Nos recuerda a la idea de Viktor Frankl que señalaba que la postura ante lo que nos pasa debe estar solamente reservada a nosotros: no podemos hacer depender nuestra felicidad de la actitud de alguien hacia nosotros porque al hacerlo le estamos dando el poder de decidir sobre nuestra  propia felicidad, una que íntimamente nos concierne.

            Es tan cierto como el hecho de que hay que ser prácticamente un monje budista para no sentirse afectado con actitudes de los demás. Si el diario para el cual escribo desde 1984 no se hace eco de ninguna de mis publicaciones y sí lo hace con las de otros, no puedo evitar sentirme afectado, pese a que me diga que la culpa de eso no es de mis textos –porque si no creo en ellos ya no puedo creer en nada- sino de su invisibilidad para alguien mediocre que no puede valorarlos en lo más mínimo.

            La felicidad pasa, a veces por ir hacia adentro y encontrar la fuerza para resistir dentro de nosotros mismos y de nuestras propias capacidades y seguir adelante, aunque no haya ninguna expectativa externa acerca de lo que se pueda obtener. Estar seguros y no dudar parece ser la premisa que nos permite recuperar el equilibrio y seguir produciendo. Seguimos un impulso muy poderoso y ese solo hecho produce felicidad.

            No se trata de que algo no nos afecte –siempre nos va a afectar- sino al equilibrio que podamos encontrar luego de que ese algo nos aflija: eso es lo que nos hará sentir felices y no el hecho de la aceptación de alguien a quien no le interesamos en lo más mínimo: ese desinterés lo deslegitima como alguien significativo.          Es decir que es en aquello significativo donde podremos encontrar la felicidad, una capaz de resistir, una que haya llegado para quedarse y que pueda sostenernos y darnos un sentido.

 

            Felicidad Nacional Bruta

            La narradora sigue paseándonos de un país a otro y en cada estación de su mapa sabemos que habrá de depararnos algo nuevo, sorprendente y que nos abrirá el horizonte de nuestra percepción hacia distintas formas de vida.

            Japón, nos dice, pese a su gran desarrollo tecnológico, es la nación donde la gente es menos feliz y en donde hay personas que, literalmente, trabajan hasta morir. Es algo tan frecuente que hay una palabra para designarlo: Karoshi.

 Hiroko Uchida   nos cuenta la historia de su esposo, que, siendo supervisor de Toyota, murió súbitamente mientras trabajaba. Relata que siempre estaba ausente, pensando en otra cosa, que no se daba tiempo para jugar con su hija de tres años ni disfrutar de su familia. Hiroco Uchida forma parte de un coro de víctimas de Karoshi, casi todas mujeres, seguramente esposas o madres de víctimas de esta forma de muerte. Es un coro numeroso, lo que da idea de la dimensión del fenómeno.

            Sin embargo en Buthan, un pequeño país asiático, el concepto es el opuesto: el desarrollo industrial y tecnológico rompe el vínculo de las personas con el medio ambiente y privilegia valores que no son sustentables.

            En lugar de la idea de Producto Bruto Interno rige la de Felicidad Nacional Bruta y se fomentan los lazos entre las personas con su ambiente y con su identidad histórica y cultural.

            Buthan podría exportar energía eléctrica a India, pero eso significaría inundar parte de su superficie y talar bosques, que constituyen el 60% de su territorio. Se opta entonces por una vida sencilla y humilde y por la preservación de la identidad cultural, así como por valores diferentes a los del tener y a la competitividad, para centrarse en los de la cooperación, lo inmaterial y lo identitario.

            Hay varios ejemplos más que nos presenta la narración pero vale la pena detenerse en el de Okinawa, isla que reúne la mayor cantidad de personas mayores de cien años de edad. Algunas de ellas han sobrevivido a la guerra y perdido a todos sus familiares en ella. Una banda de música integrada por jóvenes de entre 20 y 30 años, sostenida por la comunidad, hace música tradicional y actúa cada viernes en un pueblo distinto: lo hace ante un público formado por personas de distintas generaciones que comparten la experiencia de la música y el baile. Generaciones unidas en la tradición y en la intensidad de un momento vivido en común.

Cada tarde los adultos mayores comparten el té en un centro comunitario y cuentan sus experiencias de vida. Hacen cultivos sustentables como medio de subsistencia y obtienen vegetales que brindan a otros como obsequio. Hay una palabra: “ibaribachode”; significa que cuando se conoce a alguien se hace de él o de ella un hermano o una hermana. Las cenizas de los mueren van a un lugar común. Conviven en la vida y más allá de ella.

            Algo más grande que nosotros           

            Hay más historias y cada una contiene una idea de la felicidad pero todas se conectan en algo: el Dr. Ed Diener, profesor de psicología de la Universidad de Illinoils señala que las personas más felices son las que tienen lazos más fuertes con los demás y con su familia.

            Por un lado la felicidad es una búsqueda interna y por otro el brindarse a los demás.

            Andy Wimmer era un exitoso y joven banquero cuando descubrió  que el modo de dar significado a su vida era la ayuda a los demás y decidió irse a la Misión de Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, donde se atiende a personas disminuidas, en situación de calle o enfermos y el significado de la vida para él es hacerles sentir que esas personas importan, que cualquier gesto, por mínimo que parezca, es muy valioso. Refiere que al ofrecerle un vaso de agua a un joven de 15 años que estaba moribundo, de pronto el joven lo miró a los ojos, agradecido, y que eso fue una especie de rayo de luz, una revelación y un significado para su vida.

            “Mi vida es un préstamo” dice “y debo devolverlo con interés”.

            La felicidad individual se agota en el propio egoísmo pero la búsqueda de la felicidad en la interacción y en la ayuda a los demás la ennoblece.

            A veces estos gestos son inadvertidos pero están y en la medida en que los practicamos asumiremos que la vida se construye en la interacción y que si esa idea se llevara a su máxima expresión el mundo será un lugar mejor.

             

La pregunta inicial   

            Entonces, ¿qué podemos responder a la pregunta inicial acerca de qué es la felicidad?

Etimológicamente, la palabra felicidad proviene del latín felicĭtasfelicitātis, que a su vez se deriva de felixfelīcis, que significa ‘fértil’, ‘fecundo’. Es el concepto de Wimmer: la felicidad reside en aquello que da frutos, que es fecundo, que está dirigido a alguien que lo recibe.

El diccionario Salvat nos dice que  es un “Estado  en que se encuentra una persona  cuando coinciden sus deseos con lo que la vida le ofrece”.

Luego pasa revista al concepto según las épocas: sentimiento de satisfacción con uno mismo (Boecio) y, ya en la edad moderna, lo asocia a la sensación de placer e individualismo.

Podemos aproximarnos la idea de lo que la felicidad es considerándola un estado de armonía entre nuestro interior y nuestra vida, un estado en que de pronto se hace significativo no aquello que está más lejos, es más externo y a lo cual difícil llegar, sino precisamente lo opuesto, lo que está más cerca, lo que nos es más preciado, lo que hace a lo que somos interna y profundamente y que la felicidad consiste precisamente en descubrirlo y valorarlo. Ser feliz es de pronto percatarse de algo  y poder sentirlo hondamente. Es conocimiento y es la alegría del conocimiento.

En una frase de Los puentes de Madison el personaje de Robert Kincaid dice “Tuve grandes sueños, no se cumplieron, pero que bueno que los tuve.”

Más que cumplir los sueños se trata de la posibilidad se soñar, de procurarnos esa felicidad que nada nos garantiza y que nunca debemos dejar de buscar.

Después de todo, no sabemos si se trata de un estado duradero o de simplemente un sentimiento de luz que aparece de pronto, lo que sí sabemos es todo lo que implica hacer para sentirla y que ese esfuerzo nunca se puede detener.

 

Eduardo Balestena

27/29 de noviembre de 2023

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