viernes, 10 de septiembre de 2010

Amistad líquida


Cuánto nos hace pensar el libro La vida líquida, de Zygmunt Bauman.
Hoy nada es sólido. Todo es fluido; apenas nos toca desaparece: las cosas, las personas, las expectativas. Nada es firme ni nada es para siempre.
Otros defienden esta realidad fluyente: ya no hay familias ni clanes, ya no estamos atados a vínculos pesados, hereditarios ni forzosos y cumplimos un ciclo, volvemos a circular. Llegamos a orillas, las tocamos, dejando a los cantos rodados atrás, siempre atrás y el ciclo se desenvuelve, una vez y otra y cada una con algo nuevo.
Para siempre es mucho tiempo. Vivimos hoy. Mañana deslizaremos nuestra caricia por una nueva rivera y pasado, por otra, sin historia, sin adherencia, sin compromiso, sin lastre y otras aguas nos tocarán a nosotros y desaparecerán para llegar hasta otros.
La amistad ¿sigue estas mismas reglas? Si es que son reglas, quizás en el mundo líquido no haya reglas, ni para la amistad ni para la vida porque todo es tan espontáneo como superficial.
Quién era en realidad ese amigo para siempre, el que sentíamos como el mejor pero que terminó siendo el compañero de una etapa de la vida; o aquel otro con el cual tenemos una afinidad intelectual, pero con quien no podríamos contar.
¿Es la amistad una frecuencia, como las de radio? En qué momento o el emisor o el receptor cambio su frecuencia y nosotros que pensamos que estábamos comunicándonos estamos en realidad incomunicados. Es amigo pero no llama, no contesta, no escribe, no acepta estar con nosotros y al unir esas y otras líneas entendemos que la frecuencia ha cambiado, o que quizás no existió nunca, que lo que pensábamos comunicación era un extraño eco, el de aquello que deseábamos oír o que nos imaginábamos que existía, que nos hacia pensar que ese amigo era el que deseábamos tener. Yendo más lejos, quizás en realidad nunca nos comunicamos y esa presencia entrañable era una onda fantasma, un eco, un reverberancia o, igual que una estrella lejana, el brillo de un mundo que ya no existe.
Mientras, otro, con quien ya no compartimos nada, daría su vida por nosotros, y nosotros por él. Como un tren, la amistad siguió. Dejó atrás la primera estación y pasaron tiempos, regiones y países y ahora estamos lejos pero seguimos y el lazo no se podría cortar aunque en el presente nada nos una, nada más que la historia confrontando al mundo líquido.
Es una realidad que cada vez me cuesta más estar con quien no estoy a gusto y que me vuelvo más selectivo con los amigos, quizás les pida una solidez que hoy ya no es condición de existencia en el mundo. Pero en esa búsqueda de solidez, paradójicamente, encontramos que lo que fluye y hace que todo se aleje y que nos alejemos de todo, trae a nuevos amigos que en algún caso son sólidos.
Después de todo, como cantaban los buitres en esa inolvidable canción de la película El libro de la Selva, “eh, compadre, no es la amistad lo principal/ amistad, amistad, es lo principal/Si solo estás, quién viene a ti…la mano amiga que se extiende sin pensar, eso es la amistad”.
¿Es la amistad una constelación del momento que pensábamos eterna, o es simplemente una mano que se tiende sin pensar?
Quizás sea así, y se trate de algo que sólo hay que sentir.
Uno quisiera que el territorio de la amistad fuera como el de un país: se es de allí y de ningún otro lugar; pero en el mundo líquido no somos de ningún país, todo es más fácil y menos comprometido pero no pertenecemos a nada ni nada nos pertenece.
Es cierto que la amistad es lo principal, y lo es a tal grado que debemos resignarnos al hecho de que amigos verdaderos, al cabo de una vida, podremos tener alguno. El problema será reconocerlo antes de que sea tarde y ser concientes de que quizás en algún momento hayamos cambiado una frecuencia en la que deberíamos haber seguido.
Hay que saber descubrir y dejar atrás; pero también hay que saber que en el momento menos pensado, incluso en este mundo líquido, una mano se tenderá sin pensar.




Eduardo Balestena
http://lapalabrainconclusa-literatura.blogspot.com

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