martes, 26 de agosto de 2025

Tras los pasos de John Steinbeck


             Concebida desde el imperativo por testimoniar la vida de personas y situaciones, su innata curiosidad por temas que lo apasionaban y por responder a profundos interrogantes filosóficos, la obra de John Steinbeck (Salinas, California, 27 de febrero de 1902- Nueva York, 20 de diciembre de 1968) siguió los pasos de una vida itinerante, aventurera y de sus muchas alternativas.

Desde el retrato de los habitantes de Salinas y Monterey, al diálogo con los guerrilleros zapatistas, al testimonio de la migración de los “Okies” a California, las crónicas del frente en la Segunda Guerra Mundial o a la necesidad de mostrar una visión de los Estados Unidos de su tiempo, su literatura tiene la aptitud de plantear en términos muy sencillos interrogantes muy hondos.

 

Itinerarios

2022, la pandemia comenzaba a ceder y las restricciones iban haciéndose menores y entonces, de pronto, emprendí mi primer viaje en moto a Santa Cruz; llevaba el libro Travels with Charley (in serch of America) (“Viajes con Charley, en busca de América”).

Corría el año 1960; el escritor se planteaba haber escrito sobre muchas cosas, pero que sin embargo existían aspectos de su país que no conocía y había decidido explorarlos en un viaje de diez mil millas en compañía de su perro Charley. Elegía para hacerlo un vehículo autoportante: una flamante camioneta Chevrolet V 6 sobre cuya caja, diseñada exclusivamente para él, iba su vivienda, equipada con todo lo necesario. Llamó al vehículo Rocinante, en homenaje al caballo del Quijote.

El libro me fascinó de forma tal que escribí un largo artículo cruzando episodios de su largo viaje con el mío –diez mil millas contra humildes seis mil kilómetros- y me dije que alguna vez iría a Salinas a ver a Rocinante. En julio/agosto de 2025 los astros se alinearon y en el curso un largo derrotero por Estados Unidos pude cumplir, entre otros, con ese propósito.

 

Salinas

Mis destinos, en esa etapa del viaje, eran el National Steinbeck Center y la casa natal del escritor.

Salí de Three Rivers, el pequeño pueblo a la entrada del Sequioa National Park y Kings Canyon, que había recorrido durante varios días y cubrí las más de doscientas millas hasta Monterey; las distancias son muy largas y el tránsito por las autovías muy intenso, pero el manejo es mucho más distendido que en nuestras rutas. Cerca de Monterey había un gran embotellamiento que me demoró bastante y allí comencé a sentir cierto cansancio, pero apenas llegado y registrado en el hotel salí rumbo a Salinas.

A medida que me aproximaba la emoción era mayor. Una tranquila calle de casas victorianas y dos anchas avenidas con antiguos edificios, que brillaban con el mismo esplendor que cuando fueron construidos, me salió al paso y de pronto, allí estaba el National Steinbeck Center. Le dije a la persona que me atendió sobre mi interés por entrevistar a algún voluntario del centro y hablar sobre la obra de Steinbeck y que había escrito dos mensajes al centro que no habían sido respondidos y me dio la dirección electrónica de la archivista, a quien escribí ese mismo día.

El recorrido comienza con una película documental sobre el escritor y sigue en otro pabellón donde no solo es posible ver sus manuscritos y objetos personales sino también los afiches de las películas basadas en sus novelas o aquellas otras cuyo guión escribió. Su relación con  el cine fue muy extensa y uno de los elementos decisivos en su consagración.

Allí estaba una réplica de un vagón de ferrocarril con una pantalla donde eran proyectadas escenas de East of Eden (“Al este del edén”, 1954), de Elia Kazan, sobre la novela (1952) que el escritor consideró una de sus obras más importantes.

En otro recodo, una pantalla proyectaba escenas de The grapes of grath (Viñas de Ira, 1940) de John Ford.

Caminé algo más y de pronto allí estaba Rocinante, tras un vidrio y el gran mapa de ese viaje, desde Nueva York, a Maine y luego a la costa oeste, para seguir hacia el sur. Estaba ilustrado con escenas de las situaciones narradas en el libro. Entré en una suerte de trance que me hizo estar largo rato allí y perder la noción del tiempo. En una pantalla, Henry Fonda leía fragmentos del libro, que iban desde el contacto con los migrantes canadienses para la cosecha de papas en Maine a las enormes carreteras y a la descripción de un país donde ya todo era estandarizado y masivo y los grandes supermercados avanzaban sobre las pequeñas tiendas.

Pensé en aquella vida, con trabajos duros primero, en Nueva York y luego su regreso a Salinas y su consagración –en gran medida gracias al apoyo de su padre, que le facilitó una cabaña de fin de semana de la familia para que pudiera vivir y escribir y apoyo económico- hasta la consagración que le llegó con Tortilla Flat primero y con otra obras, como  Of mice and men (“De ratones y de hombres”) después. Su madre, una maestra irlandesa, lo acercó a los relatos legendarios como el del Rey Arturo, que tanto lo apasionaron en los que acaso esté la raíz de esa necesidad de contar una historia con una enseñanza, o narrar algo que es a la vez  ordinario y trascendente.

Travels with Charley me acompaña de nuevo en este otro viaje y el video pasa una escena del libro –el encuentro con los migrantes canadienses en un bosque- que estaba leyendo la noche anterior: el mágico contacto casi sin palabras con aquellas personas que cada temporada cruzaban la frontera para ese duro trabajo.

De pronto ya ha transcurrido gran parte de la tarde y estoy muy cansado. Recorro el resto y la maravillosa biblioteca del Centro.

He visto a Rocinante, ya puedo volver y descansar. Voy al estacionamiento en busca de la Dodge Hornet con la que vinimos viajando primero con mi hijo desde San Francisco y ahora, desde Los Ángeles,  yo solo. Volveré mañana domingo y abrigo la esperanza de que la archivista me reciba el lunes, pese a que el centro esté cerrado.

A la salida caminé un par de cuadras hasta la casa de 1897 en que John Steinbeck nació, el 27 de febrero de 1902. Su padre, un respetado contador y administrador pudo dar a su familia un muy buen pasar y él y su esposa alentar a sus hijos, brindándoles una cuidada educación en la cual la música y la literatura tenían un papel central.

 

Un peregrinaje literario

Después de deambular por la costa de Monterey y el faro en el cual una vez estuvo Robert Louis Stevenson vuelvo a Salinas a la hora en que el National Steinbeck Center abre sus puertas y ahora sí, comienzo a recorrerlo con todo detenimiento.

Luego de su libro In Doubious battle,(“En dudosa batalla”) sobre una huelga de los trabajadores de la factoría de Cannery Row, que estableció su fama como un escritor serio, George West, editor del San Francisco News le pidió recopilar historias de la “Dust bowl migration”, la migración del polvo: aquella en que entre 300.000 y 500.000 granjeros, la mayoría de Oklahoma, víctimas de las tormentas de polvo que diezmaron sus cultivos y de la pobreza, llegaron masivamente a California entre 1935 y 1938 en busca de trabajo. Eran alojados en campos creados por una agencia del New Deal, la política implementada por Roosevelt.

Tom Collins, el encargado de Wheatpatch Camp, uno de aquellos campos, sería un personaje clave en la vida de Steinbeck, quien allí recopiló historias de vida que no solo le permitieron documentar aquella migración, sino ser la base de su gran novela Grapes of Grath (“Viñas de Ira”,1939). Tom Collins se convertiría en el personaje de Jim Rawley en la novela. Tanto John Steinbeck como Tom Collins, lucharon por organizar a los granjeros en sindicatos, defenderlos de los abusos de que eran objeto y tratar de que se independizaran obteniendo tierras.

Tom Collins, que aportó  a la novela –que ganó el premio Pulitzer- no solo historias sino también el espíritu de injusticia, fue asesor de la película que, según Darryl Zanuck, su productor, solo refleja una parte de la crudeza de esa migración.

Una vez estrenada, Collins fue a “Los Gatos”, la casa de Steinbeck quien, acabado de separarse de Caroll, su primera esposa, que fue quien sugirió el nombre de la novela y mecanografió los manuscritos, pero encontró la casa vacía. Steinbeck había dejado atrás el drama de los “Okies” y él y Collins ya nunca más volverían a encontrarse.

Me quedo frente a la pantalla que, además de lecturas de partes de la novela,  exhibe fragmentos de la película de John Ford.

Solo estamos un matrimonio y yo. Tenemos más o menos la misma edad y de pronto, mientras con un tono sensible hablan en voz baja, el hombre comienza a sollozar, primero quedamente y luego con más intensidad,  sacudido por una inmensa pena y su esposa lo calma. Imagino entonces que  los padres o abuelos de él pudieron haber sido parte de aquella migración y que sus relatos estarían desde siempre fijos en su memoria y en su vida. Me quedo inmóvil, sin saber qué hacer y, un rato más tarde siguen su camino hasta donde está Rocinante.

De pronto coincidimos delante de la inmaculada Chevrolet de John Steinbeck y, venciendo mi timidez, les pido que me saquen una foto frente a Rocinante; acceden gustosos y entonces sí, comenzamos a hablar, primero sobre las distintas partes de Travels... En un momento, Helen me confiesa que aquello vivido por los granjeros de Oklahoma ha emocionado mucho a Stephen, su esposo, que vivió aquella expulsión por parte de los dueños de la tierra ante la ejecución de las hipotecas como una enorme injusticia.

La charla va y viene por distintas obras de Steinbeck hasta que él, ya animado, me dice que en Moss Landing, a unas veinte millas de allí, está anclado en un muelle The Western Flyer el barco pesquero en que el escritor y su amigo Ed Ricketts hicieron el viaje por el Mar de Cortés, que da título al libro que refiere ese viaje oceanográfico. La fundación del mismo nombre, restauró completamente el barco y, como si eso fuera poco, hay un lugar cercano, The sea harvest, donde es posible comer los mejores mariscos de la región.

Les agradezco y les prometo ir allí apenas salga del National Steinbeck Center. Nos despedimos y al hacerlo Helen dice que el nuestro es un peregrinaje literario, lo cual es muy cierto. El peregrinaje nos lleva a seguir los pasos del escritor pero también las historias que fijó en la memoria colectiva por medio de su literatura.

 

The Western Flyer y Cannery Row  

Si gran parte de Monterey es totalmente masiva y turística Moss Landing es un conjunto de muelles de pescadores, un lugar de intenso trabajo con distintos establecimientos relativos a la industria y allí, en un solitario muelle privado está The Western Flyer , blanco e inmaculado.

Ed Ricketts, el gran amigo de John Steinbeck, era un oceanógrafo y filósofo y en él se basó uno de los personajes de The Cannery Row. Su vida no fue nada fácil y terminó trágicamente en 1948 cuando sufrió un accidente fatal; ello devastó a Steinbeck, quien, cuando el laboratorio de Ricketts fue destruido por el fuego, ya escritor consagrado, financió la construcción de un nuevo laboratorio. Aquel viaje de 1940 es un testimonio de todo aquello.

Me acerco de a poco y veo a una mujer trabajando en el barco y pese a ser un muelle privado me aproximo cautelosamente. De pronto me mira de manera inquisitiva y nada cortés, tomo el concepto de Helen y le digo que se trata de un peregrinaje literario. Emite una especia de gruñido y sigue en su tarea sin invitarme a subir a bordo; me pregunto que si el buque tiene un valor histórico y no se encuentra destinado a la pesca qué trabajo puede estar haciendo la mujer allí, al mismo tiempo en que reflexiono acerca de que ni en el National Steinbeck Center ni en el muelle parece interesarles el peregrinaje de un más que oscuro y entusiasta escritor argentino que llegó hasta allí por amor a la literatura e imagino que de estar en este lugar, la actitud de Steinbeck habría sido muy distinta a la de ellos y comenzaría por preguntarme la historia de mi vida.

Las ostras empanadas de The Sea Harvest me quitaron el sabor amargo.

 El Aqcuarium de Monterey está justamente en The Cannery Row, el mismo escenario de la novela. De la década de 1930 solo quedan algunos edificios y restos de maquinarias de aquella envasadora que, durante décadas, trabajó sin descanso día y noche, hasta que las sardinas, su recurso central, dejaron de llegar a la bahía de Monterey.

Hoy, una estatua de John Steinbeck y los personajes de su novela, tienen un lugar central en lo que se convirtió en un atestado un paseo de turistas.

           

La casa y las zonas azules

El lunes, mi último día en Monterey y ya habiendo perdido toda esperanza de obtener una respuesta de la archivista del National Steinbeck Center y con el centro cerrado, volví a Salinas a visitar la casa natal del escritor y la tienda de regalos.

En la tienda no solo hay fotografías e imágenes –del escritor, de su familia, de Salinas-  sino primeras ediciones de sus obras, las más conocidas y las otras, así como una réplica a escala de la casa que al artista que la hizo le tomó 17 años construir: varias paredes pueden ser abiertas para ver interiores construidos al detalle.

La conversación con las damas que atienden el lugar es muy amable y enriquecedora. Una de ellas me muestra el mapa de los escenarios de las obras y la foto de los manuscritos que Steinbeck escribía con una marca especial de lápices –cuyo trazo no se corría- con una goma en el extremo que podía deslizarse hacia afuera a medida que se gastaba. Era el único modo en que escribía y, tal como lo dice en Travels…siempre llevaba un gran surtido de hojas y cuando se le acababan escribía aun en los bordes de los diarios o en cualquier papel que encontrara a mano. Luego su esposa Caroll pasaba los manuscritos a máquina.

Cuando me despido, una de ellas me muestra el menú del restaurante y me recomienda qué pedir.  

 Con ansiedad espero entrar en la casa. Al morir los padres de John Steinbeck en la década del treinta, la casa fue vendida pero en 1971, The Valley Guild , una asociación integrada por ocho mujeres con conciencia social , que compartían el interés por cocinar con la producción del Valle de Salinas, presididas por Betty Gheen, compró la casa, con el aporte de personas de la diócesis, para convertirla, restaurada a su esplendor original, en el centro del refinado trabajo culinario del grupo; a juzgar por los precios, tal actividad no tiene otro fin de lucro que el de mantener la casa y dicha actividad en sí misma.

También las damas que la atienden son muy amables y me detallan la disposición de las habitaciones, del lugar en el que John y su hermana recibían lecciones de piano y del living de la familia, en el cual se destaca una famosa fotografía que John tomó en 1919 con una cámara que era activada con retardo,  “la primera selfie” dice la señora, antes de sacarme una fotografía en ese mismo lugar.

   Una de las damas me cuenta que trabajan con ingredientes cultivados en la zona, de manera natural y conforme al Blue Zone Proyect, entonces entiendo de que se trata y le menciono haber visto la miniserie en la que Dan Buettner recorre distintos lugares del mundo donde las personas son muy longevas –The blue zones- y estudia sus actividades y hábitos alimentarios. Hacemos una breve síntesis de esos lugares y me confirma que su actividad forma parte de ese proyecto de las zonas azules que ha sido implementado en distintos lugares de Estados Unidos.

El pequeño ramo de flores de la mesa se recorta contra la ventana de una saliente de la casa, es esa atmósfera calma y placentera la imagen que me llevo de esta visita a la casa en que John Steinbeck nació y en cuya biblioteca hizo sus primeras lecturas.

Cuando cubrí la distancia entre Moss Landing y Monterey el navegador me llevó no por la autovía sino por extensos campos y viñedos y pensé que aquel paisaje sería el mismo de “Los Okies” y John Steinbeck; me llevaba esa imagen, una cantidad de libros que había comprado y que ostentaban el sello del lugar y la conversación con damas que, desinteresadamente, me brindaron todo aquello que deseaba saber y todo aquello que sentí al estar en ese lugar.

En 1962 le fue otorgado a John Steinbeck el Premio Nobel de literatura por su compromiso en defensa de los valores éticos –por su novela The Winter of discontent (“El invierno del descontento”)- y de la injusticia social. Sin embargo, en su país fue objeto de crítica por no encarnar ese optimismo norteamericano y en parte por el final de The graps of grath, (“Viñas de Ira”, considerado escandaloso y nunca volvió a escribir una literatura de personajes, de ficción o no ficción.

De la vida itinerante y aventurera de John Steinbeck había podido asomarme solo a los primeros pasos y eso para mí ya era una gran conquista (una vida enorme, itinerante y aventurera contra otra pequeña, anhelante, deshauciada, sin esperanzas ni recompensas).       

Cerraba esa etapa –o quizás acababa de abrirla- y al día siguiente me aguardaba otra, pero, más allá de cualquier consideración, había podido ver a Rocinante.

    

 

Eduardo Balestena

  

 

 

  

No hay comentarios:

Publicar un comentario