Concebida desde el imperativo por testimoniar la vida de personas y situaciones, su innata curiosidad por temas que lo apasionaban y por responder a profundos interrogantes filosóficos, la obra de John Steinbeck (Salinas, California, 27 de febrero de 1902- Nueva York, 20 de diciembre de 1968) siguió los pasos de una vida itinerante, aventurera y de sus muchas alternativas.
Desde el retrato de los habitantes de
Salinas y Monterey, al diálogo con los guerrilleros zapatistas, al testimonio
de la migración de los “Okies” a California, las crónicas del frente en la
Segunda Guerra Mundial o a la necesidad de mostrar una visión de los Estados
Unidos de su tiempo, su literatura tiene la aptitud de plantear en términos muy
sencillos interrogantes muy hondos.
Itinerarios
2022, la pandemia comenzaba a ceder y
las restricciones iban haciéndose menores y entonces, de pronto, emprendí mi
primer viaje en moto a Santa Cruz; llevaba el libro Travels with Charley (in serch of America) (“Viajes con Charley, en
busca de América”).
Corría el año 1960; el escritor se
planteaba haber escrito sobre muchas cosas, pero que sin embargo existían
aspectos de su país que no conocía y había decidido explorarlos en un viaje de
diez mil millas en compañía de su perro Charley. Elegía para hacerlo un
vehículo autoportante: una flamante camioneta Chevrolet V 6 sobre cuya caja,
diseñada exclusivamente para él, iba su vivienda, equipada con todo lo
necesario. Llamó al vehículo Rocinante,
en homenaje al caballo del Quijote.
El libro me fascinó de forma tal que
escribí un largo artículo cruzando episodios de su largo viaje con el mío –diez
mil millas contra humildes seis mil kilómetros- y me dije que alguna vez iría a
Salinas a ver a Rocinante. En
julio/agosto de 2025 los astros se alinearon y en el curso un largo derrotero
por Estados Unidos pude cumplir, entre otros, con ese propósito.
Salinas
Mis destinos, en esa etapa del viaje,
eran el National Steinbeck Center y
la casa natal del escritor.
Salí de Three Rivers, el pequeño pueblo a la entrada del Sequioa National Park y Kings Canyon, que había recorrido
durante varios días y cubrí las más de doscientas millas hasta Monterey; las
distancias son muy largas y el tránsito por las autovías muy intenso, pero el
manejo es mucho más distendido que en nuestras rutas. Cerca de Monterey había
un gran embotellamiento que me demoró bastante y allí comencé a sentir cierto
cansancio, pero apenas llegado y registrado en el hotel salí rumbo a Salinas.
A medida que me aproximaba la emoción
era mayor. Una tranquila calle de casas victorianas y dos anchas avenidas con
antiguos edificios, que brillaban con el mismo esplendor que cuando fueron
construidos, me salió al paso y de pronto, allí estaba el National Steinbeck Center. Le dije a la persona que me atendió
sobre mi interés por entrevistar a algún voluntario del centro y hablar sobre
la obra de Steinbeck y que había escrito dos mensajes al centro que no habían
sido respondidos y me dio la dirección electrónica de la archivista, a quien
escribí ese mismo día.
El recorrido comienza con una película
documental sobre el escritor y sigue en otro pabellón donde no solo es posible
ver sus manuscritos y objetos personales sino también los afiches de las
películas basadas en sus novelas o aquellas otras cuyo guión escribió. Su
relación con el cine fue muy extensa y
uno de los elementos decisivos en su consagración.
Allí estaba una réplica de un vagón de
ferrocarril con una pantalla donde eran proyectadas escenas de East of Eden (“Al este del edén”, 1954),
de Elia Kazan, sobre la novela (1952) que el escritor consideró una de sus obras
más importantes.
En otro recodo, una pantalla
proyectaba escenas de The grapes of grath
(Viñas de Ira, 1940) de John Ford.
Caminé algo más y de pronto allí estaba
Rocinante, tras un vidrio y el gran
mapa de ese viaje, desde Nueva York, a Maine y luego a la costa oeste, para
seguir hacia el sur. Estaba ilustrado con escenas de las situaciones narradas
en el libro. Entré en una suerte de trance que me hizo estar largo rato allí y
perder la noción del tiempo. En una pantalla, Henry Fonda leía fragmentos del
libro, que iban desde el contacto con los migrantes canadienses para la cosecha
de papas en Maine a las enormes carreteras y a la descripción de un país donde
ya todo era estandarizado y masivo y los grandes supermercados avanzaban sobre
las pequeñas tiendas.
Pensé en aquella vida, con trabajos
duros primero, en Nueva York y luego su regreso a Salinas y su consagración –en
gran medida gracias al apoyo de su padre, que le facilitó una cabaña de fin de
semana de la familia para que pudiera vivir y escribir y apoyo económico- hasta
la consagración que le llegó con Tortilla
Flat primero y con otra obras, como Of mice and men (“De ratones y de
hombres”) después. Su madre, una maestra irlandesa, lo acercó a los relatos
legendarios como el del Rey Arturo, que tanto lo apasionaron en los que acaso
esté la raíz de esa necesidad de contar una historia con una enseñanza, o narrar
algo que es a la vez ordinario y
trascendente.
Travels
with Charley
me acompaña de nuevo en este otro viaje y el video pasa una escena del libro
–el encuentro con los migrantes canadienses en un bosque- que estaba leyendo la
noche anterior: el mágico contacto casi sin palabras con aquellas personas que
cada temporada cruzaban la frontera para ese duro trabajo.
De pronto ya ha transcurrido gran
parte de la tarde y estoy muy cansado. Recorro el resto y la maravillosa
biblioteca del Centro.
He visto a Rocinante, ya puedo volver y descansar. Voy al estacionamiento en
busca de la Dodge Hornet con la que vinimos viajando primero con mi hijo desde
San Francisco y ahora, desde Los Ángeles, yo solo. Volveré mañana domingo y abrigo la
esperanza de que la archivista me reciba el lunes, pese a que el centro esté
cerrado.
A la salida caminé un par de cuadras
hasta la casa de 1897 en que John Steinbeck nació, el 27 de febrero de 1902. Su
padre, un respetado contador y administrador pudo dar a su familia un muy buen
pasar y él y su esposa alentar a sus hijos, brindándoles una cuidada educación
en la cual la música y la literatura tenían un papel central.
Un
peregrinaje literario
Después de deambular por la costa de
Monterey y el faro en el cual una vez estuvo Robert Louis Stevenson vuelvo a
Salinas a la hora en que el National
Steinbeck Center abre sus puertas y ahora sí, comienzo a recorrerlo con
todo detenimiento.
Luego de su libro In Doubious battle,(“En
dudosa batalla”) sobre una huelga de los
trabajadores de la factoría de Cannery
Row, que estableció su fama como un escritor serio, George West, editor del
San Francisco News le pidió recopilar
historias de la “Dust bowl migration”, la migración del polvo: aquella en que entre
300.000 y 500.000 granjeros, la mayoría de Oklahoma, víctimas de las tormentas
de polvo que diezmaron sus cultivos y de la pobreza, llegaron masivamente a
California entre 1935 y 1938 en busca de trabajo. Eran alojados en campos creados
por una agencia del New Deal, la
política implementada por Roosevelt.
Tom Collins, el encargado de Wheatpatch Camp, uno de aquellos campos,
sería un personaje clave en la vida de Steinbeck, quien allí recopiló historias
de vida que no solo le permitieron documentar aquella migración, sino ser la
base de su gran novela Grapes of Grath
(“Viñas de Ira”,1939). Tom Collins se convertiría en el personaje de Jim Rawley
en la novela. Tanto John Steinbeck como Tom Collins, lucharon por organizar a
los granjeros en sindicatos, defenderlos de los abusos de que eran objeto y
tratar de que se independizaran obteniendo tierras.
Tom Collins, que aportó a la novela –que ganó el premio Pulitzer- no
solo historias sino también el espíritu de injusticia, fue asesor de la
película que, según Darryl Zanuck, su productor, solo refleja una parte de la
crudeza de esa migración.
Una vez estrenada, Collins fue a “Los
Gatos”, la casa de Steinbeck quien, acabado de separarse de Caroll, su primera
esposa, que fue quien sugirió el nombre de la novela y mecanografió los
manuscritos, pero encontró la casa vacía. Steinbeck había dejado atrás el drama
de los “Okies” y él y Collins ya nunca más volverían a encontrarse.
Me quedo frente a la pantalla que,
además de lecturas de partes de la novela, exhibe fragmentos de la película de John Ford.
Solo estamos un matrimonio y yo.
Tenemos más o menos la misma edad y de pronto, mientras con un tono sensible
hablan en voz baja, el hombre comienza a sollozar, primero quedamente y luego
con más intensidad, sacudido por una
inmensa pena y su esposa lo calma. Imagino entonces que los padres o abuelos de él pudieron haber
sido parte de aquella migración y que sus relatos estarían desde siempre fijos en
su memoria y en su vida. Me quedo inmóvil, sin saber qué hacer y, un rato más
tarde siguen su camino hasta donde está Rocinante.
De pronto coincidimos delante de la
inmaculada Chevrolet de John Steinbeck y, venciendo mi timidez, les pido que me
saquen una foto frente a Rocinante;
acceden gustosos y entonces sí, comenzamos a hablar, primero sobre las
distintas partes de Travels... En un
momento, Helen me confiesa que aquello vivido por los granjeros de Oklahoma ha
emocionado mucho a Stephen, su esposo, que vivió aquella expulsión por parte de
los dueños de la tierra ante la ejecución de las hipotecas como una enorme
injusticia.
La charla va y viene por distintas obras
de Steinbeck hasta que él, ya animado, me dice que en Moss Landing, a unas veinte millas de allí, está anclado en un
muelle The Western Flyer el barco
pesquero en que el escritor y su amigo Ed Ricketts hicieron el viaje por el Mar
de Cortés, que da título al libro que refiere ese viaje oceanográfico. La
fundación del mismo nombre, restauró completamente el barco y, como si eso
fuera poco, hay un lugar cercano, The sea
harvest, donde es posible comer los mejores mariscos de la región.
Les agradezco y les prometo ir allí
apenas salga del National Steinbeck
Center. Nos despedimos y al hacerlo Helen dice que el nuestro es un
peregrinaje literario, lo cual es muy cierto. El peregrinaje nos lleva a seguir
los pasos del escritor pero también las historias que fijó en la memoria
colectiva por medio de su literatura.
The Western Flyer y Cannery Row
Si gran parte de Monterey es
totalmente masiva y turística Moss
Landing es un conjunto de muelles de pescadores, un lugar de intenso
trabajo con distintos establecimientos relativos a la industria y allí, en un
solitario muelle privado está The Western
Flyer , blanco e inmaculado.
Ed Ricketts, el gran amigo de John
Steinbeck, era un oceanógrafo y filósofo y en él se basó uno de los personajes
de The Cannery Row. Su vida no fue
nada fácil y terminó trágicamente en 1948 cuando sufrió un accidente fatal; ello
devastó a Steinbeck, quien, cuando el laboratorio de Ricketts fue destruido por
el fuego, ya escritor consagrado, financió la construcción de un nuevo
laboratorio. Aquel viaje de 1940 es un testimonio de todo aquello.
Me acerco de a poco y veo a una mujer
trabajando en el barco y pese a ser un muelle privado me aproximo
cautelosamente. De pronto me mira de manera inquisitiva y nada cortés, tomo el
concepto de Helen y le digo que se trata de un peregrinaje literario. Emite una
especia de gruñido y sigue en su tarea sin invitarme a subir a bordo; me
pregunto que si el buque tiene un valor histórico y no se encuentra destinado a
la pesca qué trabajo puede estar haciendo la mujer allí, al mismo tiempo en que
reflexiono acerca de que ni en el National
Steinbeck Center ni en el muelle parece interesarles el peregrinaje de un
más que oscuro y entusiasta escritor argentino que llegó hasta allí por amor a
la literatura e imagino que de estar en este lugar, la actitud de Steinbeck
habría sido muy distinta a la de ellos y comenzaría por preguntarme la historia
de mi vida.
Las ostras empanadas de The Sea Harvest me quitaron el sabor
amargo.
El Aqcuarium
de Monterey está justamente en The
Cannery Row, el mismo escenario de la novela. De la década de 1930 solo
quedan algunos edificios y restos de maquinarias de aquella envasadora que,
durante décadas, trabajó sin descanso día y noche, hasta que las sardinas, su
recurso central, dejaron de llegar a la bahía de Monterey.
Hoy, una estatua de John Steinbeck y
los personajes de su novela, tienen un lugar central en lo que se convirtió en un
atestado un paseo de turistas.
La
casa y las zonas azules
El lunes, mi último día en Monterey y ya
habiendo perdido toda esperanza de obtener una respuesta de la archivista del National Steinbeck Center y con el
centro cerrado, volví a Salinas a visitar la casa natal del escritor y la
tienda de regalos.
En la tienda no solo hay fotografías e
imágenes –del escritor, de su familia, de Salinas- sino primeras ediciones de sus obras, las más
conocidas y las otras, así como una réplica a escala de la casa que al artista
que la hizo le tomó 17 años construir: varias paredes pueden ser abiertas para
ver interiores construidos al detalle.
La conversación con las damas que
atienden el lugar es muy amable y enriquecedora. Una de ellas me muestra el
mapa de los escenarios de las obras y la foto de los manuscritos que Steinbeck
escribía con una marca especial de lápices –cuyo trazo no se corría- con una
goma en el extremo que podía deslizarse hacia afuera a medida que se gastaba.
Era el único modo en que escribía y, tal como lo dice en Travels…siempre llevaba un gran surtido de hojas y cuando se le
acababan escribía aun en los bordes de los diarios o en cualquier papel que
encontrara a mano. Luego su esposa Caroll pasaba los manuscritos a máquina.
Cuando me despido, una de ellas me
muestra el menú del restaurante y me recomienda qué pedir.
Con ansiedad espero entrar en la casa. Al
morir los padres de John Steinbeck en la década del treinta, la casa fue
vendida pero en 1971, The Valley Guild
, una asociación integrada por ocho mujeres con conciencia social , que
compartían el interés por cocinar con la producción del Valle de Salinas,
presididas por Betty Gheen, compró la casa, con el aporte de personas de la
diócesis, para convertirla, restaurada a su esplendor original, en el centro del
refinado trabajo culinario del grupo; a juzgar por los precios, tal actividad no
tiene otro fin de lucro que el de mantener la casa y dicha actividad en sí
misma.
También las damas que la atienden son
muy amables y me detallan la disposición de las habitaciones, del lugar en el
que John y su hermana recibían lecciones de piano y del living de la familia,
en el cual se destaca una famosa fotografía que John tomó en 1919 con una
cámara que era activada con retardo, “la
primera selfie” dice la señora, antes de sacarme una fotografía en ese mismo
lugar.
Una de las damas me cuenta que trabajan con ingredientes cultivados en
la zona, de manera natural y conforme al Blue
Zone Proyect, entonces entiendo de que se trata y le menciono haber visto
la miniserie en la que Dan Buettner recorre distintos lugares del mundo donde
las personas son muy longevas –The blue
zones- y estudia sus actividades y hábitos alimentarios. Hacemos una breve
síntesis de esos lugares y me confirma que su actividad forma parte de ese
proyecto de las zonas azules que ha sido implementado en distintos lugares de
Estados Unidos.
El pequeño ramo de flores de la mesa
se recorta contra la ventana de una saliente de la casa, es esa atmósfera calma
y placentera la imagen que me llevo de esta visita a la casa en que John
Steinbeck nació y en cuya biblioteca hizo sus primeras lecturas.
Cuando cubrí la distancia entre Moss
Landing y Monterey el navegador me llevó no por la autovía sino por extensos
campos y viñedos y pensé que aquel paisaje sería el mismo de “Los Okies” y John
Steinbeck; me llevaba esa imagen, una cantidad de libros que había comprado y
que ostentaban el sello del lugar y la conversación con damas que,
desinteresadamente, me brindaron todo aquello que deseaba saber y todo aquello
que sentí al estar en ese lugar.
En 1962 le fue otorgado a John
Steinbeck el Premio Nobel de literatura por su compromiso en defensa de los
valores éticos –por su novela The Winter
of discontent (“El invierno del descontento”)- y de la injusticia social.
Sin embargo, en su país fue objeto de crítica por no encarnar ese optimismo
norteamericano y en parte por el final de The
graps of grath, (“Viñas de Ira”, considerado escandaloso y nunca volvió a
escribir una literatura de personajes, de ficción o no ficción.
De la vida itinerante y aventurera de
John Steinbeck había podido asomarme solo a los primeros pasos y eso para mí ya
era una gran conquista (una vida enorme, itinerante y aventurera contra otra
pequeña, anhelante, deshauciada, sin esperanzas ni recompensas).
Cerraba esa etapa –o quizás acababa de
abrirla- y al día siguiente me aguardaba otra, pero, más allá de cualquier
consideración, había podido ver a Rocinante.
Eduardo Balestena
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