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martes, 17 de enero de 2023

Las llaves de ese secreto


I. Otoño  en Nueva Inglaterra (Provincetown, octubre de 1970)

-Sé cómo afectó tu vida pero nunca me contaste cómo empezó todo.

La miré fingiendo pensar en algo muy serio, hondo y profundo –acorde con la inminente revelación- pero solo me proponía contemplarla antes de contestarle, porque la respuesta iba a ser larga, en muchas partes, con muchas pausas.

Ella a su vez me miró con sus ojos verdes, extraordinariamente profundos que eran tan diferentes a toda aquella otra oscuridad que yo tenía para contarle, ahora que nos encontrábamos finalmente solos. Estaba interesada en lo que iba a decirle y ese gesto la embellecía todavía más. Sentía que por ese momento era nada más que  para mí, porque solo estaba atenta a mis palabras.

Su cabello negro y ondeado era como un mar en la noche, meciéndose pausadamente, en una cadencia solo de ella.

La boca roja y diminuta se contraía levemente y sus manos se extendieron hacia el manillar del sillón mientras se incorporaba, expectante, irguiendo su espalda, abriendo levemente su boca y haciendo sus ojos aun más profundos.

Fuera, los tonos rojizos, ocres y tornadizos de las hojas de los árboles en el otoño de Nueva Inglaterra se abrían plácidamente.

Por un momento mis ojos se detuvieron en el Ford Gran Torino en el camino de entrada al garaje de la casa y recordé, en idéntico lugar pero en nuestra casa de California aquel Packard Club Coupe que tenía aquella mañana del 17 de diciembre de 1941 en que el teléfono sonó.

-Te contaré como fue.

 

 


sábado, 14 de enero de 2023

Las llaves de ese secreto, por Jorge Dietsch

 



LAS LLAVES DE ESE SECRETO de Eduardo Balestena

 

(Más que un análisis crítico de la obra, que en realidad no estoy capacitado para hacer, se trata de las reflexiones a que me ha llevado este libro.  Para ello le he pedido ayuda, como me suele pasar, a mis amigos poetas y escritores que, aunque en su mayoría no están en cuerpo, están tan presentes en sus libros.  Por eso escucharán ciertas citas, que son palabras que ellos, desde el otro lado de la vida, mandan en mi auxilio).

Los paseos de la mañana con mi perrito Merlí, pensando un poco en el libro de Eduardo Balestena, me han hecho, si no lo hicieron antes los griegos, como con casi todo, inventar una palabra, “cinotecnia”.   Cinotecnia sería algo así como la técnica de los perros o técnica canina.  Cino, recuerdan, significa perro, de ahí los cínicos, los seguidores de Diógenes a quien apodaban el perro; “cinofobia”, fobia a los perros, cinorexia, hambre desmedida sin saciedad, como suelen hacer ellos.

Bien, “cinotecnia” sería una forma de comentar algo dando vueltas alrededor, antes de llegar al núcleo.  Observen como hace un perro cuando ve a otro perro, que parece que pasara de largo y da la vuelta para encararlo desde otro punto de vista.  O para la caza, como los lobos, o lo coyotes, o los perros cimarrones.

            Esto que sigue me lo contó mi amigo Enrique Pianzola: a un hombre sencillo, de campo, le preguntaron un día si podía decir quién era para él, el hombre más inteligente que había existido.  El dijo, sin dudarlo, “el que le puso nombre a las cosas.  Al perro, perro, al árbol, árbol, a la casa, casa, y no se equivocó nunca.” 

            Borges, en su poema “La luna”, dice en una estrofa algo parecido.  Dice:

“El poeta es aquel hombre que

como el rojo Adán del Paraíso

impone a cada cosa su preciso

y verdadero y no sabido nombre.”

            Claro, Borges se refiere al poeta, no necesariamente al hombre más inteligente.

            Es decir que ambos nos están diciendo que, para notar su existencia, las cosas deben ser nombradas.

            Ahora bien, ¿cómo nombraríamos un hecho histórico?  ¿Cuál sería la manera, la mejor manera para comprenderlo, de acercarnos a ese hecho? 

            Parece que Aristóteles ya hablaba en su Retórica, de la manera racional de acercarnos a los hechos, el logos, y la emocional, el pathos.  Uno podría entender que la Historia, sería el Logos, la búsqueda racional de estudiar y describir un acontecimiento de la historia. 

            Pero hay otra manera de acercarnos que es la ficción.  En ésta interviene más el Pathos, la emoción.  Y seguramente, como es ficción, permite abordar con cierta profundidad, temas que de otro modo no podríamos tratar.  Permite acercarnos a la historia, en el caso de la novela histórica, con cierto atrevimiento para poner en la imaginación y el juicio, aquellos hechos que de otro modo no podrían ser nombrados.

            Siempre me gusta mencionar una hermosa conferencia que dio Borges en la Universidad de Belgrano en 1978 sobre el libro.  Decía allí que “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro.  Los demás son extensiones de su cuerpo.  El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; el arado y la espada, extensiones de su brazo.  Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.” 

            Podríamos decir también que una obra de ficción histórica, abarca estos dos campos, la memoria y la imaginación. 

            (No vamos a hacer conjeturas sobre aquello de que “la historia la escriben los que ganan, o los poderosos, y la “ficcionalizan” a su conveniencia, porque eso nos llevaría largas horas de análisis y discusiones.  Pensemos en que hay honestidad en quienes la escriben).

            Pongamos como ejemplo, tal vez grosero ejemplo, el de un escritor Premio Nobel, que escribió un extraordinario artículo, y luego un libro, sobre “la verdad de las mentiras”.  Es decir, cómo se puede arribar a la verdad a través de la ficción, y muchas veces con más profundidad que con la historia.  Ese escritor frecuentemente pone en práctica su ensayo: dice mucha verdad en sus ficciones, y en su discurso real dice mentira.

            Un querido maestro de la medicina, el Dr. Francisco Maglio, nos decía que cuando creíamos haber inventado algo, que volviéramos a los griegos.  Seguro que ellos ya lo habían inventado.  Y en estos días, leyendo el Fedro de Platón, encuentro que dice, por boca de Sócrates: “Pues en los tribunales a nadie interesa lo más mínimo la verdad sobre estas cuestiones, y sí, en cambio, lo que induce a persuasión.  Y esto es lo verosímil.”  Y más adelante: “Así que, cuando se habla, se ha de perseguir por todos conceptos lo verosímil, mandando mil veces a paseo la verdad, ya que eso es lo que, al mostrarse a través de todo el discurso, procura el arte en su totalidad.”  No sé si será una mala traducción, o una interpretación equivocada mía, pero parece que quiere decir que lo más importante no es la verdad sino lo que puede ser creíble, verosímil, capaz de persuadir a alguien de algo.  Es probable que aquellos que integraron esa Comisión Presidencial para investigar lo ocurrido en Pearl Harbor hayan leído a Platón y seguido sus consejos.  En beneficio de Platón y de Sócrates, digamos que hablaban en realidad del arte de la oratoria, aunque como en todo, puede interpretarse según cada uno proyecte su pensamiento.   

            Bien.  Me he preguntado el por qué de EB para escribir sobre un hecho histórico que en apariencia nos es tan lejano en el tiempo y en el espacio.  Y digo en apariencia.  Porque a medida que uno va profundizando en ese hecho, va comprendiendo las similitudes con otros hechos que, estos sí, nos son más próximos. 

            Hay, al menos en los libros de Eduardo que conozco, una afinidad por lo épico.  “Cita en Lasal del Varador”, “En el centro del desierto”, “Las puertas del cielo”, y el muy reciente ensayo “La metáfora del pájaro pintado”, sobre Patria, el libro de Fernando Aramburu.  Claro, en su vida hay afinidad por la acción; sólo saber de su amor por las motos, y de sus viajes al sur, a Lago Puelo con su Honda NC 700.  Y de ser piloto de avión y apreciar la obra de Saint Exupéry, no sólo por la calidad de lo escrito, sino también porque él era además, aviador y aventurero (“Vuelo Nocturno”, “Tierra de hombres”, “Correo Sur” y el mismo “Principito”).

            Dice Leopoldo Marechal en su novela “Megafón o la guerra”: “Qué haría yo, como poeta, sino atender a mi función de inexorable memoria en la ciudad alegre de los olvidadizos”.  Tal vez de eso se trate.  De, con cierta “cinotecnia” empleada por Eduardo, arribar a similitudes que nos incluyan de manera más cercana. 

            Un lindo poeta mexicano, Jaime Sabines, dice en un pequeño texto que tituló “Sísifo” lo siguiente:

            “Voló desde su vida apacible hacia la luz recién encendida y su cadáver minúsculo cayó sobre esta hoja de papel en que escribo. 

            Retiré la taza de café pensando que su contacto en mis labios sería molesto, y que una lluvia de meteoritos invisibles podría empezar a descender desde el foco, por los espacios siderales, hasta la mesa.

            De pronto el cadáver se agitó, dio vueltas torpemente, movió las alas cada vez más ligeras, y emprendió el vuelo de retorno.  ¡Qué alivio y qué alegría!  Sísifo de la luz, lo vi ascender en giros concentrados, veloz y decidido, hacia la gloria abundante de un nuevo encuentro con la muerte.”

            ¿No es acaso ésta, la historia humana?  ¿No somos Sísifo llevando, cada vez, la misma piedra hacia lo alto para volver a caer, o volando hacia la luz para calcinarnos, caer y volver a subir?  Pero ¿volamos al menos hacia la luz como las mariposas nocturnas, o buscamos la oscuridad y la muerte?

            El libro de EB nos hace reflexionar sobre las motivaciones de una política que no tuvo en cuenta la vida humana sino justificar el ingreso a una guerra que ocasionaría sólo muerte y dolor.  

            (Hoy en Ucrania volvemos a verlo).

            A veces pienso que el ser humano fue puesto en el mundo, crudo, que le faltó una horneada.  Y que pasarán unos cuantos miles de años antes de que se complete.  15 o 20 mil.

            En fin, se trata del ocultamiento de la verdad.  La Comisión Presidencial que debía investigar y no lo hizo o lo hizo mal; la acusación a los menos responsables, evitando a los máximos.  Las maniobras que se repiten en la historia de los EEUU (Lincoln y Fort Sumter, provocando la guerra civil del siglo XIX), y en las historias de todo el mundo, incluso en la nuestra (Informe Ratenbach, sobre Malvinas, con el mantenimiento del secreto y la adulteración de algunas páginas.  Recordar que Rattenbach firmó en disidencia; la complicidad de los medios de comunicación: “¡Vamos ganando!”, y los casi niños muriendo de hambre, de frío y de balas).

            Hay también en este análisis ficcionalizado de la historia, una historia de amor.  Es como oponer el eros al tanatos.  Es como decir que puede haber otra historia.  Que los seres humanos, aunque débiles, incompletos, sometidos muchas veces por tristes y oscuras pasiones, podemos también volar hacia la verdadera luz que no nos queme y nos abrace.  (De abrazar).

 

 

 

jueves, 21 de julio de 2022

Un acto de amor

 





                

           

“[…] persona conocida en todo París como el genio culinario más grande de  su tiempo, que- sorprendentemente- ¡era una mujer!, ´y en efecto´, había añadido el coronel Gallifet, ´esta mujer está convirtiendo una cena en el Café Anglais en una especie de aventura amorosa…¡en una aventura sentimental de esa noble y romántica categoría en la que uno ya no distingue entre el apetito  corporal o espiritual y la saciedad!

(Isak Dinesen El festín de Babette Nordica Libros, 10ª edición, Madrid, 2007, pág. 87)

 

            La película La fiesta de Babette (dirigida por Gabriel Axel, 1987) está basada en una nouvelle de Isak Dinesen, seudónimo literario de Karen Blixen (1885-1962).

            La historia es en apariencia llana: Babette llega a la pequeña aldea de Berlevaag, donde viven Martine y Philippa, hijas de un deán luterano, huyendo de la feroz represión de la Comuna de París, en 1871.

El deán hizo que sus hijas se dedicaran a él, diciendo que ellas eran sus manos y que nadie podía despojarlo de ninguna de ellas.

           

En la película y la nouvelle el tiempo se organiza de este modo: 1883/Martine y Philippa jóvenes/1854/1855/1871 y 1883 (que es el presente de la narración). Todo lo que sucede en ese lapso está marcado por lo no dicho, por las diferencias y los lazos, por el encuentro forzoso entre dos mundos y por lo que cada habitante de cada uno de esos mundos puede captar o no sobre el otro. Podemos dividir al texto en tres partes: la presentación del mundo narrado y sus personajes, la cena y el cierre.

Habrá sin embargo un mágico puente capaz –al menos en parte- de atravesar las diferencias entre esos dos ámbitos: la comida.

Este universo narrado entra en funcionamiento con la llegada de Babette  durante una lluviosa noche de 1871; precedida por la aparición de dos personajes, el general Lorens Löewenhielm y el cantante Achille Papin. Si bien ellos son centrales en la organización narrativa el elemento nodal  es Babette.

 

El amor de Martine  

Lorens Löewenhielm era un joven oficial que había contraído deudas de juego. Su padre lo envía entonces a pasar un mes con su tía en su casa de campo de Fossum, muy cerca de Berlevaag, para que meditara sobre sus costumbres. Al ver a Martine en uno de sus paseos a caballo es deslumbrado por su belleza y se enamora de ella. Las veces que se vean será en casa del deán y Lorens permanecerá siempre en silencio ante la hermosa muchacha y la belleza pura y absoluta que representa, hasta finalmente despedirse para siempre. Ante ese ideal de pureza él se siente ser nada.

Desde entonces llevará una vida ejemplar que a la larga le significará el triunfo y el acceso a la realeza, algo que hará de él un hombre de mundo, aunque introspectivo y consciente de la banalidad de ese mundo en el que vive.

Casi treinta años después, antes de salir para la fiesta se dirige al joven teniente que una vez fue y le dice que ha  conseguido en la vida todo lo que ese joven deseaba, pero que se trata de cosas fútiles y se pregunta en qué sentirá al ver a Martine de nuevo durante la fiesta. (Babette 7)

Al despedirse le dirá que ha pensado en ella cada día de su vida y que habrá de recordarla y estar con ella espiritualmente por el resto de días que le sean concedidos.

 

El amor de Philippa

            Achille Papin, un famoso cantante que había cantado en la Ópera Real de Estocolmo, llega a Berlevaag en busca de paz y silencio, sintiendo que comienza a envejecer y que su carrera se acerca al ocaso, pero al entrar en la capilla donde se celebra un oficio escucha cantar a Philippa: de pronto se siente lleno de esperanzas y rejuvenecido al encontrarse ante la revelación de una voz excepcionalmente dotada, que contiene las cumbres nevadas, los prados y las flores silvestres;  un instrumento capaz de llevarla a lo más alto del arte lírico. Pide permiso para darle lecciones de canto. Sin embargo, luego de cantar ambos la escena de la seducción de Zerlina, de Don Giovanni, a cuyo final él la abraza y besa su mano, Philippa le indica a su padre que haga saber a Monsieur Papin que ya no quiere recibir sus lecciones.

            Desolado, Papin parte en el primer barco que salía de Berlevaag.

 

            Babette Hersant

            Sofocada a sangre y fuego la rebelión de La Comuna de París, muertos su esposo y su hijo, Babette huye para salvarse y trae a Berlevaag una carta de Achille Papin que refiere lo que ella ha debido sufrir, apelando a Martine y Philippa como buena gente capaz de darle abrigo, y a la vida sencilla como algo más verdadero, muy diferente de la gloria mundana que lo ha abandonado. Termina su carta transcribiendo los dos primeros compases del dúo de Don Giovanni y Zerlina.

            Babette se ofrece a trabajar sin recibir nada a cambio. Se convertirá en una presencia fuerte y silenciosa, pero algo en ella, una fuerza, la hará la conquistadora de los corazones de los habitantes de la aldea y así habrían de transcurrir los años, hasta que algo  sucede.  

           

Vida callada

Martine y Philippa asociaban a Babette con la idea del lujo y el derroche franceses, pero renunciaron a catequizarla en los principios luteranos, por no estar muy seguras de su francés y por pensar que, más que hablar, debían  predicar con el ejemplo. Babette se hace un lugar en la aldea, regatea con los vendedores en los mercados, examina las mercancías, se gana el amor de pobres y enfermos como si tuviera un poder desconocido.

Sólo las hermanas le veían un rasgo misterioso y alarmante: nunca hablaba de su pasado, aceptaba todos los quehaceres pero su presencia era sólida, firme y enigmática.

 

Y ocurría que cuando Martine o Philippa le hablaban a Babette, no obtenían ninguna respuesta, y se preguntaban si oía siquiera lo que ellas le decían. La encontraban en la cocina, con los codos en la mesa y las manos en las sienes, enfrascada en el estudio de un libro que sospechaban que era un devocionario papista. O permanecía inmóvil en la silla de tres patas de la cocina, con sus fuertes manos en el regazo y sus ojos negros muy abiertos, enigmática y fatal […]. En esos momentos se daban cuenta de que Babette era profunda; y en los sondeos que hacían de su ser notaban pasiones, y que había recuerdos y anhelos de los que no sabían nada en absoluto.

Un frío estremecimiento las sacudía […]

(Isak Dinesen, obra citada, pp. 42/43)

 

            El sencillo mundo parece estar separado por una silenciosa e imaginaria barrera: ¿Será así?

            La suerte de Babette

            Dos elementos marcan el paso de la primera a la segunda parte: el festejo por el  centenario del nacimiento del deán y el premio de lotería que gana Babette, quien, año a año, renovaba su billete.            

            Primero la carta y luego el anuncio de que había ganado la lotería produjeron una sorpresa tan grande en las hermanas que no pudieron pronunciar palabra alguna por un minuto entero. Pensaron que Babette regresaría a París porque los pájaros vuelven a sus nidos.

            Entonces sucedió algo: ella les pidió que le permitieran preparar una cena francesa para la celebración del centenario del natalicio del deán.

            La vida de renunciamiento que su fe imponía a las hermanas hizo que no les gustara la idea, pero Babette insistió, les dijo que durante doce años no les había pedido nada y sus ojos eran tan suplicantes que Martine y Phillippa terminaron por aceptar.

            Les solicitó entonces permiso para ausentarse durante unos días a la capital para encargar los elementos para la cena. Aquella ausencia fue vivida como un preanuncio de la definitiva.

            Al cabo de diez días Babette regresó: su sobrino, que era tripulante de un barco que iba a París, había conseguido todos los ingredientes necesarios para la cena y pronto los recibiría.

           

             La tortuga y el himno

            Las hermanas, vivían la inminencia de la llegada de la comida francesa como una invasión profana.

            Sin embargo, cuando primero llegó una carretilla cargada de botellas y luego otra con un bulto indefinido, que resultó ser una enorme tortuga, Martine quedó literalmente horrorizada e maginaba que la celebración tan importante amenazaba con convertirse en un aquelarre.

            Confió sus temores a los hermanos de la congregación; como las intenciones de Babette eran buenas y sinceras y nada malo podría provenir de ellas aunque la comida fuera algo pecaminoso, acordaron no decir nada sobre lo que comían y pasar la cena como una prueba.

            Se dieron las manos y, llegado el día, cantaron un par de himnos.

           

Las diferencias

            Mientras que en el texto literario la cena transcurre enteramente en el comedor de la casa, en la película el escenario principal es la cocina: ese lugar es el verdadero escenario donde Babette se muestra como quien verdaderamente es.

            Al llegar el trineo con el general y su tía el cochero es invitado a la cocina, donde el sobrino de Babette la asiste y sirve primero el vino  amontillado y luego la cena, con sus todos sus platos y sus vinos y champagne, en una mesa especialmente decorada por Babette.

            Es en esa cocina con sus fuegos, en los rostros, en los claroscuros, en el trabajo de la chef donde el milagro verdaderamente transcurre y se desata la alquimia mágica capaz de unir –al menos en ese instante-  aquellos mundos diferentes.

            Es allí que Stépane Audran compone lo mejor, lo más auténtico de Babette: en la forma de indicar los vinos, disponer la cristalería y, después de la sopa de tortuga, elaborar primero el Blinis Demidoff, y luego las Cailles en sarcophage, además de disponer el orden de los vinos: el amontillado del comienzo, el champagne Veuve Cliquot de 1860 o el vino Clos Vougeot, 1846.

            El general Löeweinhielm asiste maravillado y sorprendido a ese festín que le recuerda al Café Anglais y refiere la historia de la chef de ese lugar. Maravillado, hace comentarios a otros comensales que le responden con referencias totalmente desvinculadas de dicho comentario y de los platos y los vinos.

            El punto más desafortunado de ambos, el texto literario y el filme, es que el general se marche sin pedir ser presentado a quien preparó aquella cena como las del Café Anglais, y conocer y felicitar a la chef, o que ella no sea presentada a los comensales: quizás debamos ver en ello que al artista no siempre, o no necesariamente, recibe algo a cambio de aquello que entregó poniendo su vida en ello. Después de todo, los mundos en los que la comida suscita sensaciones y eleva a algo donde no se puede distinguir el apetito terrenal del espiritual, no pueda, después de todo, terminar de unirlos.

            Es en este punto en que Isak Dinesen plantea que su texto no obedece a una clave de lectura realista sino que más bien es una suerte de fábula donde lo central, la deliberación de los personajes, permanece en el misterio: de allí el tono sencillo y al mismo tiempo la apelación a la virtud, a la verdad, a la sencillez.

            En la película los planos –cocina y comedor- se alternan y complementan: el cochero ayuda, muele café, prueba los manjares y los vinos y una alegría inusitada ilumina su rostro igual que los candiles, mientras Babette y su sobrino trabajan aceleradamente.

            Desde la llegada de los ingredientes las hermanas renunciaron a entrar a la cocina para no verlos y el lugar pasó a ser el ámbito de Babette, su reino, su escenario, el lugar de la magia: eso no es así en el texto.

            En el comedor, mientras las hermanas y los fieles se empeñan en renunciar al placer, ignorar la comida y hablar del deán, empiezan a ser atravesados por un sentimiento nuevo y ellos, distanciados por antiguas diferencias y viejos rencores, se los confiesan el uno al otro. Un hombre y una mujer, enamorados en la juventud, vuelven a besarse y el general da un discurso que nadie comprende, en el cual anuncia que “la misericordia y la verdad se han abrazado”. Lo pronuncia con un sentimiento desconocido en él.

            Dos planos, dos mundos y una magia pero los mundos no se unen. Cada uno vive la plenitud separadamente.

 

            Un genio encerrado

            La línea del Ecuador  es una novela corta. La escribí en 2014 y narra el encuentro de Mariana y Aritz, dos amigos que se reúnen a cenar en el Restaurante del Golf Club de Playa Grande, en Mar del Plata. En esa antigua casa de diseño inglés, con la vista del enorme ventanal que da a la zona Este de la ciudad que, desde a loma en la que está emplazada la casa, permite una vista que parece infinita: hacia las luces de la avenida de la costa, el cielo, el mar y el puerto; en ese marco el relato de las vidas de ambos fluye al calor de la comida y del vino.  

                       

El aroma nos envolvía: al arroz, a los mariscos, agolpados allí, como si una marea los hubiera dejado varados en esa especie de arena densa y diferente.

Probamos ese primer bocado: los aromas habían estallado en nuestros sentidos, nos daban sensaciones que borraban todo lo demás y saboreamos ese momento lo mismo que ese primer contacto con los sabores.

Un hilo de humo, muy tenue, se elevaba de los platos, nos abrazaba con su calidez.

            (La línea del Ecuador, Cap. III, pág. 49 “La pintura de Vermeer”, Edit. Mis Escritos, Buenos Aires, 2015, pág. 49. Edición digital, 2022)

 

            La comida abre puertas recónditas que conducen a recuerdos, a conversaciones que rememoran  posibilidades frustradas, posibilidades cumplidas, cuentas pendientes, anhelos y amores.

 

La  señora Marta apareció con los platos acabados de calentar. El arroz parecía haber rejuvenecido, era más brillante y los mariscos parecían haber resucitado, como si estuvieran por tratar de salir abriéndose paso en esa especie de arena en la que habían quedado varados y fueran a desplegar vaya a saber qué habilidades desesperadas, todo en pos de una salvación imposible. El hilo de vapor también había resurgido y se elevaba de nuevo hacia nosotros, impregnaba nuestros sentidos y luego la textura, diferente a la de antes, como con otra personalidad, nos decía ese mensaje intraducible pero muy importante, inolvidable que nos dirigen todas las comidas elaboradas o aquellas que simplemente más nos gustan, porque las asociamos a escenas, imágenes, olores, voces, lugares. Un mensaje sólo nuestro, no destinado a nadie más.

También el vino renacía; el aire había despertado todo eso que reposa en una botella y que se despliega, nunca se sabe si por gracia del propio vino o de lo que nosotros sentimos y descubrimos con él. El vino contenía un genio encerrado que venía de muy lejos y traía sabores a tierras lejanas, a especias, a frutos rojos, a madera de roble y nos envolvía en su misterio, en ese que es cuestión no de un momento o de una botella sino que no es el mismo de sorbo en sorbo, como si ese genio hubiera decidido ser cambiante, transformarse para sorprendernos y  nunca acabara de sorprendernos del todo.

                        (La línea del Ecuador, Cap. V “Hilo y cañas”, pág. 49)

            El espíritu de una comunard podría tener lugar allí y ser una de las historias, porque la magia es la misma.

            Del mismo modo:

De lo que ocurrió más tarde nada puede consignarse aquí. Ninguno de los invitados tenía clara conciencia de ello. Solo recordaban que los aposentos habían estado llenos de una luz celestial, como si diversos halos se combinaran en un resplandor glorioso. Las viejas y taciturnas gentes recibieron el don de lenguas; los oídos, que durante años habían estado casi sordos, se abrieron por una vez. El tiempo mismo se había fundido en eternidad. Mucho después de la media noche, las ventanas de la casa resplandecían como el oro, y doradas canciones se difundían en el aire invernal.

(Isak Dinesen, obra citada, pp. 92/93

           

            La artista

            Terminada la cena, luego de que el general y su tía fueron conducidos por el cochero de vuelta a su casa campestre y los hermanos de la congregación formaran en la calle un círculo tomados de la mano, Martine y Philippa fueron a la cocina a agradecer a Babette.

            La encontraron, entre sartenes, cacerolas y platos, casi igual de extenuada que aquella primera noche de lluvia en que llegó a Berlevaag.

            Se atrevieron entonces a preguntarle cuándo volvería a París:

-No- dijo Babette- ¿Qué haría yo en París? Todos han desaparecido. Los he perdido a todos, Mesdames.

[…] Al final de otro largo silencio, Babette les sonrió súbitamente y dijo:

                        -¿Cómo iba yo  a regresar a París, Mesdames? No tengo dinero.

                        (Isak Dinesen, obra citada, pp. 102/103)

 

            Es entonces que se enteran de que Babette ha gastado todo lo que tenía en esa cena porque una cena como esa, para doce personas, en el Café Anglais hubiera costado diez mil francos.

            Ahora serás pobre para siempre, le dicen y ella contesta que un gran artista tiene algo de lo que los demás no saben nada, tiene el don de hacer feliz a la gente  y  nunca es pobre.    Las hermanas argumentan que entre esa gente a la que hacia feliz estaba el general Gallifet, quien asesinó a su marido y a su hijo, entre muchos otros comuneros. El arte puede hacer felices a personas que no merecen esa felicidad porque son crueles, sería la moraleja, si es que la hay.

            El acto de amor es puro pero también solitario y triste y debe ser capaz de bastarse y de consolarse a sí mismo, porque nada que esté más allá de él podrá hacerlo en su lugar.

            Es quizás en estas últimas líneas donde se produce la unión entre esos dos mundos, el de las hermanas y el de Babette.

Philippa se acercó a Babette y la rodeó con sus brazos. Sintió el cuerpo de la cocinera contra el suyo como un monumento de mármol, pero se estremeció y tembló ella misma de pies a cabeza.

Durante un rato no pudo hablar. Luego susurró:

-¿Sin embargo, esto no es el fin!

Tengo la impresión Babette, de que esto no es el fin. En el paraíso usted será la gran artista que Dios quería que fuese. ¿Ah! Añadió, con las lágrimas corriéndole por las mejillas-. ¡Ah, cómo deleitará a los ángeles!

(Isak Dinesen, obra citada, pág. 109)

 

            No obstante, la propia Philippa renunció al don de la voz excepcional, capaz de contener cumbres nevadas, prados y ríos: todo es y no es al mismo tiempo. Los personajes piensan que son libres pero viven encerrados y quienes tienen un don terminan renunciando a él.

            No es fácil, después de todo, encontrar la moraleja a esta suerte de fábula que se convierte así en una parábola abierta: un don debe soportar las circunstancias de la vida y ser siempre capaz de abrirse paso, podemos pensar eso o simplemente tomar la historia como es. La escritora no nos da un cierre sino que nos impone un interrogante.

            Los personajes asisten a una suerte de revelación pero son al mismo tiempo silenciosos y frustrados y la luz de un momento especial parece iluminarlos poderosamente y hacerlos felices, pero sólo en un lugar y por un instante.

            Quizás, después de todo, la única moraleja posible es que un acto de amor es algo que puede ser efímero y subsistir como el recuerdo de un instante privilegiado, o ser  hondo y misterioso.

            De aquello que no se puede dudar es que en ocasiones muy especiales algo despierta y por un momento reina en toda su luz.

 

Eduardo Balestena

 

https://www.youtube.com/watch?v=H5w9skKcdnA

 

https://www.misescritos.com.ar/index.php?paj=2&libro=458

Vínculo a la novela La línea del Ecuador

 

 

La fiesta de Babette (1987 Gabriel Axel) reparto de  los personales centrales del texto en la película.

Babette: Hersant: Stéphane Audran

Philippa: Bodil Kjer/ joven: Hanne Stensagaard

Martine: Birgitte Federspiel/ joven: Vibete Hardstrup

General Löwenhielm: Jarl Kulle / joven: Gudmar Wiveson

Achille Papin: Jean-Philippe Lafont