miércoles, 1 de febrero de 2023

Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos (1956), capítulo del libro de ensayos sobre Marco Denevi


 

III. La consolidación y ramificación de una tópica

III. I Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos (1956);

Primero de los títulos de volumen 1 de cuentos de las obras completas[1] editadas por Corregidor (1984)[2], es también fundacional en muchos aspectos de su narrativa.

III. I a El cuento es clave para la obra de Marco Denevi en el plano de lo formal, en la constitución de uno de sus motivos esenciales: la tentativa frustrada por superar el cerco de la soledad, y el manejo de la escritura que cumple una función paradojal: desaparece y al mismo tiempo es lo más importante.

Desaparece porque el mecanismo de la intriga nos lleva a reparar más en la acción que en la escritura y es lo más importante por el modo de plasmar la distorsión y restricción de las sensaciones visuales que son una de las claves del texto.

También es paradigmático en el manejo de la forma cuento. Veremos las razones.

 

III. I b Lo más saliente es que el cuento abre con la voz de un narrador con en segunda persona (recurso que habrá de utilizar nuevamente en Un pequeño Café); no obstante, la gran diferencia es que éste no se limita a narrar la historia sino que se erige en una instancia de permanente interpelación al personaje, constituyéndolo como como un personaje careciente.

Podemos decir que se trata de un narrador con porque no tiene acceso a la interioridad del personaje, sino que se limita a verlo desde afuera y a subrayar todo aquello por lo cual su estado de angustia se manifiesta.

El narrador, entonces, no está destinado a comprender ni a abrir un espacio para la empatía con el personaje, sino que permanentemente lo dirige,  regaña y  disminuye.

El narrador de Luisilda es hostil hacia ella; tanto así que la primera palabra es precisamente reproches, como si hubiera hecho algo malo, facultándose a sí mismo para juzgarla. Esta que parece una cuestión sólo formal es mucho más que eso.

Asistimos de este modo a una suerte de desdoblamiento: la actitud del narrador es una pero la del lector es otra. Estamos ante un narrador que suscita algo por oposición. El efecto del cuento es precisamente ese: la angustiosa espera de que suceda algo que reivindique a Luisilda y le permita salir del cerco que el narrador no hace más que evidenciar y reforzar todo el tiempo y que, como lectores, deseamos que pueda romper.

            La función central del narrador es la de mostrar negando, la de constituir el no como único rumbo posible. El presente que muestra es uno de antemano clausurado. Su llave son unos anteojos a los que el personaje se propone renunciar porque es preferible la vaguedad de las formas, único modo en que algo parece posible. Vaguedad-posibilidad se opone a nitidez- soledad. Los dos pares del cuento que, como fuerzas, luchan por imponer algo sin forma, pura sensación: el perfume, el brazo que la ciñe, el cuerpo.

            Ella es acepada “a prueba” dentro de un ámbito incierto de formas –porque el personaje del joven que la invita ignora que usa “anteojos de solterona”-, uno que es estrecho y del cual no puede salir pero tampoco manejarse.

            Esta narración se articula en cuatro núcleos.

            Veamos.

 

III. I. c Luisilda ha ido a un baile y conocido a un joven con el cual bailó y que luego le dio cita en la Confitería del Molino. Como él la conoció con un antifaz que al quitarse reveló la belleza de sus ojos, ante el temor del rechazo, decidió salir hacia la cita sin sus anteojos, sin los cuales ve nada más que formas borrosas.

  

Pero por Dios, Luisilda, cómo va a salir sin anteojos. Ya se lo dijo su madre y ahora se lo digo yo y se lo diría cualquiera que tenga dos dedos de frente. Dejemos mientras camine por la calle, a pleno sol: la luz del sol le corrige el defecto de la vista, ya estoy enterado. Pero después, cuando tome el subterráneo, ¿no tiene miedo de tropezar, de caerse? ¿Y cómo se las arreglará en la confitería, en una confitería a la que va por primera vez? De todos modos él se dará cuenta, así que no sé qué gana cometiendo esta locura.

(Marco Denevi. Obras Completas 2. Cuentos volumen 1, “Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos”, Corregidor, Buenos Aires, 1983, pág. 33)

 

            La primera operación del narrador es confundir su naturaleza con la de un personaje (“ya se lo dijo su madre y ahora se lo digo yo”) estableciendo la convención de que se trata de una voz que Luisilda puede escuchar. Es decir, que el personaje habrá de escuchar al narrador y hacerse eco de sus reproches, que no hará más que reafirmarla en su condición de careciente (de afecto, de agudeza visual, de compañía).

            ¿Quién es entonces este narrador establecido por la convención literaria de que el personaje habrá de estar escuchándolo? ¿Por qué el autor no eligió otro narrador posible?

            En las respuestas a estas preguntas reside gran parte del efecto del cuento: un narrador en primera o tercera persona se hubiera limitado a dar cuenta de los hechos pero uno de naturaleza más ambigua y fuertemente activa puede hacer dos cosas: potenciar el efecto de frustración y “empequeñecer” al personaje.

            En el plano de lo formal el narrador comienza a contar la historia a medida que establece la naturaleza del personaje: sabemos que Luisilda acude a una cita en la cual será esencial la actitud del otro, del joven entrevisto confusamente, ya que ella no podrá distinguirlo.

            Hay un primer núcleo introductorio donde se producen las operaciones iniciales: el reproche del narrador y la salida de Luisilda, podemos llamarlo el núcleo constitutivo.

            III. I. d El narrador despliega luego el segundo núcleo de la narración (baile/encuentro con el joven/invitación) y va presentándolo en un orden inverso, lo dosifica como algo que los lectores iremos armando:

 

No sea cabeza dura, Luisilda. Si él la quiere de veras, la querrá también con anteojos. Y si no la quiere con anteojos es porque no la quiere.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág. 33)

 

            Esta, que parece una observación más, es sin embargo muy importante: el solitario sólo puede vincularse con los demás por medio de una situación falsa (lo vemos por ejemplo en Un Pequeño Café).

            Este primer núcleo es constitutivo de la narración: como primera medida establece la primacía de signo negativo, lo que no se es, la carencia (“se lo digo yo…”) y también la primacía de la acción: como es planteada ya desde el comienzo el narrador necesita intercalar –por medio de al menos dos recapitulaciones- los pasajes explicativos y las circunstancias que la determinan.

            Comienza con la salida de Luisilda sin anteojos, en el presente de la narración y, plantea las razones de ello:

 

Hágame caso, llévelos  por lo menos dentro de la cartera o en el bolsillo, por las dudas. ¿No? Y por qué no, veamos. Porque tiene miedo de que, a la primera dificultad, se los ponga y no se atreva a quitárselos. Además, ha notado que cuando se quita los anteojos luego de un rato de tenerlos puestos, la mirada se le vuelve fea, se le hinchan los párpados, está horrible. En cambio así, sin los anteojos, desde el primer momento, se conserva linda. Que idea. No pienso discutir eso con usted.  

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág.33)

 

            El narrador debe suministrar una explicación al lector acerca de las razones de Luisilda, que él parece adivinar o escuchar de ella, con lo cual la potestad de la voz narrativa se despliega siempre en referencias negativas.

            Luego del presente introductorio del primer núcleo el narrador nos ubica en un tiempo pasado que se extenderá hasta el comienzo del tercer núcleo en presente.

            Necesita explicar los momentos anteriores a la cita.

Igual que en Ceremonia Secreta, el narrador nos instala en el carnaval, momento en que los controles de la vida habitual ceden, se camuflan, dejan su paso a algo más que es inhabitual y a lo cual no se podría tener acceso en circunstancias normales.

            El carnaval sirve, como acertadamente lo señala su biógrafo Juan José Delaney,  a un motivo central de Denevi: la sustitución de identidades, que en este caso se limita a la apariencia, a la belleza y la espontaneidad que surgen precisamente cuando ceden los controles.

 

La culpa la tuvieron sus amigas. También, la ocurrencia de ir las cuatro disfrazadas de lo mismo y para colmo con antifaces…Debió de hacerles comprender que usted no podía usar antifaz ¿Cómo iba a colocarse el antifaz? ¿Encima de los anteojos? Muy linda iba a quedar. ¿O primero el antifaz y arriba  los anteojos? Mejor todavía. Usted no protestó y ahora está pagando las consecuencias. Se lo tiene merecido por débil.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág.34)

 

            Varias son las funciones del narrador en la secuencia: la más evidente  es el suministrar la explicación acerca de las razones de estar sin anteojos. La otra es la de transitar desde el sentido, desarrollo e interrogantes de la historia –código hermenéutico- al movimiento, lo que constituye el uso del movimiento tendiente a una acción –código proairético- como constitutivo de la significación y del desarrollo –código semántico-. En tal sentido, el movimiento es más una constante de negación que un desplazamiento por el escenario de la narración a fin de lograr el encuentro anhelado.

            La vaguedad importa que nada sea reconocible y que en el marco de la fiesta Luisilda pueda hacer cosas que tampoco son reconocibles, ni propias del personaje. Carnaval y vaguedad son un estado excepcional donde todo parece permitido y resulta factible, precisamente, porque nada es como es sino una posibilidad en la que tanto el personaje puede quedar fijado en el equívoco como acceder a aquello que es inaccesible en la nitidez y fuera del ámbito de una fiesta.

            Es un ámbito en el que se permanece renunciando al contorno del mundo, a la inútil claridad y que lleva a la idea de que, al menos por una noche, como cenicienta, se vive en una suerte de hechizo destinado a romperse y que la puerta de esa entrada y de esa ruptura son los anteojos.

            No es que Luisilda no ve y piensa que los otros tampoco la ven, sino que la frontera que divide el mundo de la realidad y del deseo ha desaparecido por un momento.

            El narrador sigue del otro lado de la frontera, mientras que de éste imperan las sensaciones que son desconocidas más allá de esa frontera:

 

¿No le bastaban los papelones que hizo la otra noche, en el baile del club? Acuérdese. Como no distinguía  claramente a nadie, como todos, a su alrededor eran  siluetas sin facciones reconocibles, usted cometió un tremendo error de raciocinio: le pareció que a usted tampoco nadie la veía con claridad, que también usted era una especie de fantasma. Y entonces se desató […]

                        (Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos,pág. 34)

            En esta ausencia de la legalidad del mundo los fantasmas son los demás pero en la legalidad cotidiana el fantasma es Luisilda.

 

III. I. e El tercer núcleo –de la pura sensación- que comienza en:

 

                        Hasta que el muchacho se acercó, la tomó entre sus brazos y se pusieron a bailar. Cara con cara, usted le distinguía los rasgos. Un joven muy buen mozo, según usted (¿está segura?, ¿no lo habrá visto, así, borrosamente, mejor de lo que es?) alto, bien vestido.

                        (Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág. 35)

 

            Marca el segundo plano de la censura del narrador en favor del primero de las sensaciones puras y la sensualidad, que relegan a lo visual porque tienen su propia intensidad:

 

Su mano izquierda, la suya, Luisilda, apoyada en el hombro del muchacho, sintió bajo la yema de los dedos el roce de una tela fina y después, cuando la mano se deslizó hacia la espalda, percibió los músculos, el rosario de las vértebras, el pelo sobre la nuca […] Tenía unos brazos duros, firmes, que sin embargo la ceñían con delicadeza, como si usted fuese una niña que él había alzado en sus brazos para guiarla, para protegerla. Y usted se dejaba conducir, usted, increíblemente, le adivinaba los movimientos, los pasos, cualquier giro del cuerpo y bailaba como si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa que bailar. ¿De dónde sacó, quiere decirme, esa habilidad? Por lo visto usted, sin anteojos, es otra mujer.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pp. 35/36)

 

            Fuera del confinamiento que sufren, los personajes de Denevi son otros, contienen una posibilidad inexplorada, rechazada, imposible, pero que es su verdadera y profunda naturaleza.

            ¿Quién les impone ese confinamiento: es la sociedad, son ellos mismos,o por el contrario se las impone la necesidad de la narración de trabajar precisamente sobre este par antitético de la posibilidad-imposibilidad; necesidad de salida-confinamiento?

            La dinámica de la narración funciona sobre esta base: el tímido que vive todo con una gran intensidad que demanda llevar a cabo actos de amor que en la realidad no pueden llevar a cabo por algo que está más dentro de ellos mismos que en el exterior, pero que tienen, en lo más profundo, ese don (“¿De dónde sacó, quiere decirme, esa habilidad?”).

            Este sería el motor de la literatura Deneviana: la entrega imposible, el goce también imposible y la hostilidad de lo externo, que va cerrando, más y más, el círculo de confinamiento.

            El fugaz reinado del deseo es inesperado, momentáneo y requiere convertirse en otro o, más propiamente, permitir que ese otro que ya estaba tome el lugar de aquel para el cual el deseo es inaccesible.

            La realización es momentánea, como si ese otro encerrado pudiera entrever una liberación que las circunstancias normales, una vez que se restablezcan, le negará.

 

Su madre tiene razón: el tango es una indecencia. Porque mire que bailaron apretados, ustedes dos, y mire que enredaron las piernas, y sus pechos, Luisilda, se aplastaban contra el tórax del joven, y él respiraba en su oreja, y hasta hubo un momento en que unieron los vientres y el muslo de él se introdujo en los suyos, Luisilda, y usted no se resistió, claro, porque usted no era usted sino otra, un fantasma, la mujer invisible. En cuanto a él, dejémonos de errores: era bien de carne y hueso. Pero no era del barrio. Así que usted se sentía libre por partida doble. Más que libre: irresponsable. Resumiendo: desatada […] El carnaval da para todo.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág. 36)

 

            El narrador invierte la imagen como en un espejo: no es en el instante de sensualidad donde el personaje es un fantasma sino en el otro, en el de la realidad de los contornos nítidos donde cada cosa ocupa su lugar.

            Todo parece desplazarse y hacerse posible en ese desplazamiento: el muchacho era de otro barrio, ella era otra, y la realidad también era otra. Se trata de otra metáfora deneviana que encontraremos luego, en Un pequeño café. Hay un ámbito donde todo es posible y en el cual no existe la voz del narrador ni los perseguidores ni la imposibilidad.

              El segundo núcleo tiene un punto de inflexión:

 

A medianoche todo el mundo se quitó las caretas y  los antifaces. Usted también. Lo miró de frente […] Y ahí empezó la cantinela sobre sus ojos […] los ojos más lindos del mundo, los ojos más dulces. Toda una serie de cursilerías hasta más no poder, pero usted se sentía halagada, tan halagada que si le quedaba algún rastro de timidez se le disipó […] pasó que ante el disfraz, el estigmatismo, la miopía y la felicidad de que por fin un hombre la cortejase, usted se transformó  en una especie de actriz […]

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág. 36)

 

            Hay un doble orden de imposibilidad y un mandato de prohibición: en la vida ordinaria nadie se fija en Luisilda y en la legalidad de la fiesta el encuentro con alguien está limitado porque los sentidos no pueden consumarlo y se encuentra signado por la limitación en el tiempo –durante la fiesta- y por la falta de percepción total del encuentro.

            El solitario es alguien a quien siempre le falta algo. Su soledad no es elegida, no lo colma, necesita salir y no puede.

            Para el narrador éste es no sólo un orden natural de las cosas sino un orden moral y transgredirlo la convierte en una deschavetada, una “coqueta” (cosa que nunca podrá ser porque su propia “naturaleza” se lo impide) que asume un carácter que no es el suyo porque se convierte en una actriz, es decir alguien destinada a representar algo que no es y hacerlo creer, un hacerlo creer limitado por las inapelables fronteras de la realidad.

            Aquí se presenta otra cuestión: que hay como una realidad objetiva de la cual el narrador es portavoz, que le impone ese estigma: Luisilda es la solitaria, asumiendo de este modo una “naturaleza” del personaje, es decir, algo que el personaje es y no puede dejar de ser. Sin embargo, como lectores, hemos visto la posibilidad de ese mismo personaje de seducir a otro, lo cual cuestiona esa otra “naturaleza” que se le impone. ¿Quién se la impone, ella misma fuera de la legalidad de la fiesta y del carnaval, el narrador, la propia realidad?

Es decir que se plantea un concepto de naturaleza que debemos cuestionar, y allí reside parte del efecto del cuento, en esperar que pase algo que permita hacer triunfar el concepto que el lector tiene, que es distinto al del narrador. El orden de imposibilidades que plantea la realidad no significa, por sí mismo, una limitación sustancial del personaje, ya que Luisilda puede hacer algo que esa “naturaleza” le negaría.

La naturaleza de algo es la respuesta a la pregunta acerca de qué es ese algo. Asumir una naturaleza significa que ese personaje es algo y no puede ser otra cosa, pero en algunos momentos el personaje puede ser aquello que no era, lo cual niega el propio concepto de naturaleza.

            Me extiendo en esto porque se trata de una característica de los personajes confinados en Denevi, los solitarios, los tímidos, lo que representan un papel o cumplen una misión, los que tienden a ser aquello que no son  pero que sin embargo pueden ser.

            Aquel ámbito donde todo puede ser es a la vez uno donde nada puede llegar a ser:

 

Después fueron a la confitería del club, se sentaron a una mesa (él la llevaba del brazo y así usted pudo caminar sin temor de confundirse), tomaron bebidas heladas y charlaron hasta por los codos. Usted la primera, usted que en cualquier reunión suele permanecer muda tras los enormes anteojos, mirando todo el tiempo a los demás con esa mirada de alucinación que le dan los cristales de aumento. Pero la otra noche lo miraba a él, siempre a él, mientras a su alrededor la confitería era una ronda de vagas imágenes. Lo miraba luciendo los ojos más hermosos del mundo […]. Él  la mató, confiéselo:

-Por favor, no me vaya a esconder esos ojos detrás de algunas horribles gafas de solterona.

Se rieron los dos. Pero usted bruscamente cortó la risa y se puso triste. Entonces él la miró como no la había mirado en toda la noche, le tomó la mano y se la estrujó entre las suyas.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos,  pp 37/38)

 

            La convención del cuento es a la vez la imposibilidad: ella no puede confesarle que usa anteojos y que nos los lleva en esa ocasión.

            El elemento cumple un doble cometido y es a la vez el punto de inflexión del cuento: a partir de este punto ella ya no puede aparecer ante él con anteojos, con lo cual él tampoco puede ser un personaje entero sino un vago contorno del cual se desconocen los rasgos que lo definen.

           

¿Qué supone, Luisilda? ¿Qué ahí fue cuando él comenzó a enamorarse de verdad? Quizá.

                        (Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág.38)     

 

            El amor que parece haber surgido lo es bajo la base de una apariencia.

            Con esa pregunta concluye el tercer núcleo.

 

       III. I. f El cuarto y último núcleo –el desplazamiento-frustración-regreso- retoma, a partir de la mención de la cita que le dio el joven, cuyo nombre ignoramos, la acción del primero.

            Aquella vaguedad de todo, producida por la falta de anteojos, que fue la puerta de entrada a la posibilidad –segundo núcleo-, se convierte en angustia –cuarto núcleo- acechanza del entorno e ignorancia acerca de lo que en realidad sucedió, dejando sin resolver la incógnita sobre si el joven acudió o no a la cita.

            El largo pasaje no sólo descansa en la vaguedad del entorno sino que marca la diferencia entre la legalidad de la fiesta y la de lo real. En la fiesta de carnaval la vaguedad es aquello posible, pero pasada la fiesta se convierte en ansiedad, incertidumbre y angustia.

Ahora salga de su casa. Su pobre madre la acompaña hasta la puerta, todavía con la zozobra de que usted se anime a salir sin anteojos. Despídase rápido y recorra las dos cuadras hasta la boca del subterráneo. ¿Ninguna dificultad? No se envalentone, Luisilda. Hay sol, estas dos cuadras le resultan tan familiares que podría caminar con los ojos cerrados. Ahora descienda lentamente por la escalera. ¡Cuidado! ¿Qué le dije?

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág.38)

 

            El narrador recupera la potestad del primer núcleo. No sólo niega al personaje y subraya su carácter de careciente sino que establece un sistema de órdenes que se enmascara bajo la apariencia de una guía.

            En el segundo núcleo, en cambio, en narrador parecía retroceder ante las puras sensaciones del personaje, limitándose a un cuestionamiento moral (“el tango es una indecencia”, “una deschavetada”, etc.).

            Nuevamente es dable señalar que la opción para la voz que lleva la historia hubiera podido ser la de registrar las sensaciones del personaje desde su interior o desde el exterior, pero dicha elección recae en una voz que condena, reafirma al personaje como careciente durante todo el tiempo y le ordena cómo desplazarse.

            Un texto es planteado y desarrollado a partir de un código semántico común, donde los movimientos son llevados a cabo desde determinados supuestos – percepciones, sensaciones, movimientos- que hacen que el texto avance hacia el aquello que la acción busca desplegar y que ello sea algo común con el lector. En este caso, hay una ruptura y un aprovechamiento de ese código que significa que la narración se apoye en una deprivación sensorial y lo que ella implica y a la vez establezca un mecanismo de intriga que podemos percibir en dos niveles: el de los recursos del narrador para narrar desde esa deprivación y el interrogante por saber qué sucederá.

            En otras palabras, la potestad del narrador se consolida a medida que la angustia del personaje se hace más intensa y desesperante. Cuánto más avanza el desarrollo más se reducen las posibilidades de una solución que saque al personaje definitivamente de su encierro, lo abra al amor y a esa otra “naturaleza” aprisionada por el mundo real o por el propio personaje.

            En lugar de una marcha hacia su liberación todo se convierte en una marcha a su encierro.

                       

            Unos minutos más y desde las tinieblas avanza la guirnalda de luces y ruidos […] Recuerde: debe bajarse en la sexta parada. Cada vez que el tren se detiene en una estación, una salvaje avalancha de pasajeros la arrastra hacia el interior del coche. Usted trata de resistir, se aferra  a uno de esos barrotes metálicos que unen el techo con el piso, pero es inútil: la correntada la empuja sin ninguna consideración.

            ¿Qué le pasa ahora? ¿Perdió  la cuenta de las estaciones y no sabe si anda por la cuarta o por la quinta? Pregúntele a algún pasajero cuantas estaciones faltan para llegar a Callao. Vaya, se lo pregunta justamente a aquella señora de antes. La señora debe de creer que usted la persigue y le contesta de mal modo:

            -La que viene después de Pasteur.

            (Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág.39)

 

            Buscar la liberación sobre la base de un equívoco conduce a internarse más y más en un mundo sin salida, donde todo es hostil y parece una pesadilla diurna y real, de la cual no se puede despertar. Cada intento de superar un obstáculo no sólo reafirma el obstáculo sino que conduce a otro:

 

Son cuatro cuadras, por Callao, hasta la esquina de la confitería donde él la espera. Primero deténgase y arréglese un poco la ropa y el peinado. Ahora camine. Antes de  atravesar las bocacalles aguarde a que lo haga otra persona […] Qué barbaridad: en Bartolomé Mitre el desconocido resulta ser un jovencito imprudente que corre en las propias narices de os automóviles […] Y usted también tiene que correr como una despavorida, uno de los guardabarros la golpea, hay grito y bocinazos por todas partes. ¿Se da cuenta, Luisilda? Estuvo a punto de morir atropellada por un automóvil. ¿Teníamos o no razón, su madre y yo?

Está asustada, el corazón le late con fuerza, transpira. Bien, tranquilícese.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos,  pág.40)

            El narrador subraya a cada momento el carácter de careciente del personaje, privado de las habilidades de circular por un mundo que requiere exigencias y que se cierra violentamente sobre quien no las cumple.

            Hay de este modo un plano físico y uno simbólico que el físico expresa: no hay lugar para quien no está seguro de sí mismo y tiene las habilidades que el medio, como una selva, demanda.

            Sin embargo, la “guía” del narrador lleva a una serie de equívocos a los cuales puede deberse el fracaso de la cita:

                       

Pero usted se acerca y se acerca y no lo distingue, nadie viene a su encuentro. ¿Qué hará, Luisilda? ¿Seguirá caminando? ¿Dará una vuelta a la manzana? No, ahí está él. Sí, es él. Usted se sonríe, a salvo. Sí, es ese de traje azul, ese que fuma, apoyado en la pared, mirando para otro lado. Vaya directamente hacia él […] Dios mío, Luisilda, qué papelón. No es él. Es un señor de edad que la mira sorprendido.

                        Camine. Camine, le digo. Rápido. No importa en qué dirección.

                        (Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág.40)

 

            Se produce la primera ruptura de las coordenadas del encuentro. Luisilda, en lugar de disculparse, sigue las órdenes del narrador y se aleja del lugar de la cita para luego entrar en la confitería.

Todas las secuencias que se suceden hasta el final están marcadas por la confusión de lugares, la urgencia y la ansiedad, que consumen el tiempo destinado a la cita, a grado tal que no sabemos si el joven estaba allí o no.

 

Ahora siéntese a una mesa. Obedézcame. Allí tiene una desocupada, en un rincón contra una pared […]

Así está mejor. Ahora tranquilícese. Le hago notar que le tiemblan las manos y que tiene una cara de susto, que si no la cambia, va a terminar por llamar la atención. Ya sé que quedaron en que se encontrarían afuera, en la vereda.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág. 41)

 

            Coordenadas y acuerdos de los personajes condenados –hora, lugar preciso de la cita, tiempo prudencial de la espera-  van siendo consumidos por la dinámica del confinamiento, en virtud de la cual nada de lo que haga el personaje podrá impedir el confinamiento.

            Esta falta de cumplimiento de la condición pactada para encontrarse se lleva a cabo por el propio personaje bajo la admonición y “guía” del narrador. Es ese personaje quien crea las condiciones para que el encuentro no se produzca o se somete a las que le impone el narrador. Nuevamente se trata de la disyuntiva entre la forma y la significación, que podemos enunciar como una pregunta ¿es el personaje el que, inadvertidamente o no, arruina el encuentro o es lo la necesidad de desarrollo de la narración?

            En el primer núcleo y en el último la acción trabaja bajo la forma de circunstancias apremiantes que es imposible solucionar y que, una tras otra, van desviando al personaje del propósito y la posibilidad de concretar la cita. El cuento va socavando, indeteniblemente, las condiciones “normales” por las cuales dos personas pactan un encuentro y convirtiéndolas en obstáculos imposibles de enfrentar exitosamente:

 

Beba. ¿No? ¿El té está muy caliente? Espere, entonces. Espere que se enfríe un poco. Y mientras tanto cálmese, le repito. Él no se irá. Cualquier hombre sabe, de antemano, que debe aguantarse un plantón de por lo menos un cuarto de hora porque las mujeres son impuntuales, les gusta hacerse esperar. Bueno, sí, tome su bendito té con leche aunque le queme la garganta. ¿No comerá ninguna masita? ¿No? ¿No tiene apetito? Me imagino qué pensará el mozo: que usted está loca […] Ahora llámelo, páguele y salga. Son las seis y veinte.

Fácil de decir, querida, llame al mozo, páguele, salga. Pero ¿dónde está el mozo? Usted mira a su alrededor y lo único que distingue es un desorden de formas y colores. Líneas que se multiplican, a cada lado, en líneas paralelas.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos, pág.42)

 

            El código cultural, o de referencia, opera de un modo en que requiere un mínimo de enunciación y en él hay un imaginario apenas esbozado, o tácito, y otro, respecto al cual bastan ciertos juicios sociales acuñados pero al mismo tiempo elusivos. El narrador lleva a cabo, desde su propia opinión, juicios que resultan verosímiles pero que no sabemos si se verificarán en el caso (los hombres saben que las mujeres son impuntuales, pero no sabemos si el joven lo piensa en este caso pero no son siempre impuntuales, sería la objeción al aserto). La ficción copia a la realidad, adopta de ella hasta los lugares comunes que no sabemos sin son ciertos o no; el narrador opera a partir de ellos y los da como ciertos.

            El cuento descansa en gran medida en el imaginario de la solterona, en la imposibilidad de que alguien se fije en ella, en el tiempo que puede abarcar una espera a partir de la consideración vaga e indemostrable que enuncia que los hombres saben que las mujeres son impuntuales.

            Este imaginario difuso, indemostrable, que niega la espontaneidad ante las costumbres sociales que el narrador parece encarnar, es una malla sin la cual la acción del cuento no sería posible.

            Pagar al mozo y salir son dos tareas de pesadilla: por la dificultad que entrañan y por el tiempo que  demandan:

 

Y siguen pasando los minutos, le advierto […] ¿Piensa quedarse hasta que cierren las puertas? Chiste, así, al tuntún […] Entonces déjele el dinero sobre el mantel […]

Dios mío, Luisilda, qué le ocurre ahora. No recuerda dónde está la salida. Camine por entre las mesas, al azar […]

Al fin. ¿Ve? Ahí las mesas ralean, dejan sitio a una especie de corredor entre vitrinas. Sí, son vitrinas con masas y postres. Tome por ese pasillo. Se cruza con dos  hombres de blanco que llevan algo como enormes bandejas sobre la cabeza. ¿Qué cree? ¿Qué se equivocó? ¿Qué está yendo para el interior de las cocinas? No me extrañaría nada. Pero no: al extremo del pasillo una cosa gira. Un golpe de aire fresco le da en el rostro. Es la puerta, Luisilda. Es la calle.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos,  pág.43)

 

            Fuera del contexto donde el personaje conoce bien su lugar y distingue las formas, aquel en el cual obedece a su “destino” se encuentra perdido. Lo que para los demás es un tránsito común se transforma en una reafirmación: la de su propia naturaleza.

            El código cultural, como siempre lo será en Denevi, resulta central: sus personajes se encuentran acorralados por una serie de limitaciones y juicios y su vida es el tratar de refugiarse de ellos y subsistir, pero al precio de seguir siendo condenados.

La maestría narrativa está en función del desencuentro, la angustia y el confinamiento.

            Fuera de la legalidad ficticia de la fiesta todo es imposibilidad:

 

Usted, palpando las paredes como una ciega, se va hasta su dormitorio, enciende la luz, abre el cajón de la cómoda, encuentra el estuche con los anteojos.

Colóqueselos, Luisilda. Verá como instantáneamente el mundo se ordena en una geometría lúcida donde ningún muchacho está esperándola.

(Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos,  pág.44)

            La presencia del otro es accidental, pasajera y todo se cierne sobre un confinamiento que comienza en el propio personaje y su certeza de tal imposibilidad.

            Quedará para siempre, sin explorar, sin realizar, todo aquello que el personaje lució y brindó en el momento de la seducción: sus bellos ojos, su momento de dicha, sus pasos de baile, sus sensaciones; todo lo que forma parte de algo sin nombrar, algo a lo cual el narrador implacable no tiene acceso y que, poco a poco, irá secándose dentro de los confines de un mundo nítido que se desliza, inaccesible, más allá del par de anteojos. 

 



[1] Publicado por primera vez en la revista El Hogar (1956).

[2] En la indicación previa al cuento se informa “de El emperador de la China”, no obstante, de ser una edición de sus obras completas, el volumen de referencia estaría integrado solamente por este cuento, con lo cual evidentemente nos encontramos frente a una edición de obras escogidas y no completas. Si bien es el más grave, es uno más de los defectos de esa edición.

El capítulo dedicado a Un pequeño café, del libro de ensayos que estoy escribiendo sobre obras de Marco Denevi

 

 

            V. Un pequeño Café (1966)


            Al abordar esta trilogía de obras surgen básicamente dos cosas: Como primera medida, el protagonismo del lenguaje, pese a las diferencias en su uso: en Rosaura el lenguaje trabaja sobre el habla de los distintos personajes; en Ceremonia Secreta opera para plasmar a los personajes centrales, uno a cada lado de un círculo, y en Un pequeño café por medio de una segunda persona encuentra un modo diferente de presentar y desarrollar al personaje de Adalberto Pascumo.

En segundo término, el lenguaje trabaja sobre un código, el que corresponde a un personaje condenado que pone en marcha el referido código: el personaje se encuentra inmerso en una situación que no puede controlar y de la cual no puede salir. Todo lo que sucede escapa a su voluntad pese a que ésta hubiera tenido cierta incidencia al principio. Ello acontece –por ejemplo- cuando Leónides Arrufat sonríe a Cecilia –momento en que sella el pacto- o Camilo Canegato decide inventar a Rosaura.

El código pone en acción a un personaje débil y voluble enfrentado a circunstancias que lo dominan y a otros personajes cuya influencia no puede contrarrestar; todo lo que lo rodea es hostil  e ingobernable y  también responde a este estereotipo que impone el código.

Este esquema rige –en más o en menos- la trilogía, las peripecias de los personajes condenados; regula la dinámica de la novela y concluye en una ruptura con el mundo hasta entonces regulado por ese código y significa un cambio absoluto para el personaje.

Sin embargo, hay algo más que sucede en Un pequeño café: el aislamiento no sólo se refiere a la intimidad del personaje sino al ámbito social y laboral, donde surge un elemento nuevo: la crítica a la burocracia.

 

V. I  Adalberto Pascumo, el personaje central, es el narrador en segunda persona;  no se dirige a un lector sino a alguien que tampoco es un personaje sino una presencia circunstancial.

La convención pide creer que el personaje habrá contar la acción mediante un lenguaje literario, posible de encontrar en la estructura pero no en el nivel oral. No parece haber motivos de estilo que abonen el uso de una alternativa  que sólo hace más evidente el carácter convencional de ciertos recursos de la novela.

Los elementos del código narrativo aparecen potenciados y utilizados puntualmente en Un pequeño café : en los primeros dos capítulos se plantea –no como accidente circunstancial sino como rasgo propio- la falta de voluntad del personaje, que no sabe decir nunca que no y que acepta, en consecuencia, situaciones ante las cuales interiormente se revela, sin ninguna posibilidad de éxito.

Capaz de “sostener” con igual énfasis posturas opuestas, según quien fuera su interlocutor, el personaje se encuentra siempre pendiente de las reacciones de los demás y vive en un estado de permanente tensión.

Tales son los rasgos invariables que sustentan la construcción del personaje y la historia que se desarrollará cuando conoce a Isabel Lacolla.

La imposibilidad de enfrentar, sostener una negativa o una posición propia, destinada a evadir cualquier conflicto, pone en marcha un triple mecanismo de tensiones que es peor que cualquier conflicto que el personaje pudiera enfrentar con una negativa: la primera tensión reside en la mentira,–aquello que inventa para pretender algo que no es- lo que genera un equivoco cuyo develamiento posible es materia de tensión; la segunda es ante el medio en el que trabaja y la tercera ante sí mismo.

Hay en la narración un nivel claro y manifiesto y otro que, en un segundo plano, es sin embargo central.

El primero es el de la acción de los personajes, esquemáticos, que son como una suerte de parodia de determinados tipos humanos, en situaciones que también semejan una parodia: es donde transcurre la acción primaria, en un texto con numerosas convenciones en las cuales el narrador nos pide creer para sostener el pacto de lectura.

El segundo es el funcionamiento de la burocracia. Es en este plano donde el carácter de la escritura resulta diferente; comparte del de la acción primaria la tensión y el menosprecio del que siempre es objeto Adalberto Pascumo. No obstante, está construido por la visión de la burocracia desde adentro y por notas intercaladas en el curso de la narración primaria que sin embargo sólo participan en cierto grado del mismo carácter paródico que las circuntancias propias de esta última.

Ambos planos están expuestos en partes y se cruzan en dos puntos nucleares de la novela: la circunstancia en la cual Adalberto Pascumo e Isabel Lacolla se conocen y la huelga.

Tensión y angustia son el clima de esos planos. No obstante, hay un ámbito propio, el Pequeño café que da su título a la novela, donde angustia y tensión desaparecen y que es un espacio propio del personaje. 

 

V. II El sometimiento

La acción principal de la novela: las alternativas de la relación de Adalberto Pascumo con Isabel Lacolla y su obligado vínculo con el padre, Próspero Lacolla[1],  sólo conduce a dos cosas: la degradación y el sometimiento que, al quebrar el mundo del personaje condenado termina significando su liberación a un espacio incierto donde no hay amenazas, pero donde tampoco hay nada.

 

V  III Las catacumbas

“El Ministerio” es de por sí una imagen vasta y poderosa capaz de connotar a todo lo publico y presentarlo como una maquinaria ciega que se lleva a sí misma y que, como la referencia inicial lo plantea, se divide en un plano inferior y uno superior.

El Archivo es el subsuelo de esa maquinaria: su superficie la abarca por entero pero allí todo está muerto:

Sí, yo trabajaba en el Archivo. El edificio del Ministerio es una torre de veinticinco pisos. Pero el Archivo está en el segundo subsuelo. Las catacumbas, lo llaman  los empleados de las demás oficinas. No hay luz natural, la ventilación es pésima, la humedad se filtra a través de las paredes. Por la noche, millares de cucarachas crepitan entre los expedientes archivados […]

Los ascensores no llegan hasta ese ominoso subterráneo. Es necesario descender por una escalera en caracol.

(Un pequeño café, pág.423)

 

Desde el comienzo, se plantea una imagen doble: la inacción, la inutilidad y el circuito donde los movimientos transcurren y la imagen de muerte y confinamiento es concebida como la de una pequeña ciudad. Una ciudad muerta:

 

Entre estantería y estantería, una especie de pasadizo o callejuela. Estas callejuelas se cortan perpendicularmente unas con otras, en damero, y forman algo como un ordenado laberinto geométrico, como una ciudad en miniatura.

(Un pequeño café, pág. 424)

 

            Lo mismo que un cementerio, la configuración de la muerte copia aquella otra en la cual la vida transcurre, con la diferencia de que allí no existe la posibilidad.

Depositados allí igual que los expedientes, los empleados parecen no estar destinados a circular. Sólo circulan aquellos para los cuales el Archivo es una simple estación:

 

                        […] Ese es el sitio  donde he trabajado durante veinte años.

Durante veinte años. ¿Se da cuenta? Los demás se sucedían, se jubilaban, se morían, eran trasladados a otra oficinas. Yo no. Yo siempre en el mismo lugar, como un expediente archivado más. Se comprende: era el único que dominaba las tareas a la perfección, el único que conocía todos los precedentes, las reglamentaciones, los plazos de archivos, los vencimientos de las reservas, la ubicación de cada legajo, de cada papel.

                        (Un pequeño café, pág. 424)

 

El Archivo genera un saber específico que es inútil en cualquier otro sitio y el dominio de ese saber no independiza a quien lo tiene sino que lo fija a ese lugar, el único en el cual significa algo, mientas otros obtienen los beneficios:

 

También los jefes se sucedían vertiginosamente. En veinte años no tuve menos de viente jefes. Al Archivo eran destinados, o los que había que castigar, o los que debían hacer méritos antes de ascender a mayores alturas. O, en fin, viejos servidores a punto de jubilarse y a los que se regalaba, como una extramaunción, aquella jefatura que nadie quería […] Cada empleado tiene a su cargo uno de esos resortes, y la maquinaria funciona gracias a todos. Pero nadie puede pretender dominar, él solo, la totalidad de los engranajes. Por eso los jefes son esclavos de sus inferiores. Lo único que manejan a la perfección es la técnica para que la burocracia se mueva como una máquina de dar y conceder favores. No sé cómo hacen. He conocido a jefes recién ingresados en el Ministerio, jóvenes que jamás habían visto un expediente y que un año después seguían sin saber redactar una simple providencia, pero que a las veinticuatro horas eran amigos de los demás jefes, eran amigos de sus superiores jerárquicos, daban y pedían recomentaciones […]

(Un pequeño café, pp. 424/425)

 

            Un saber es ajeno al otro y está divorciado de él. El saber-poder hace a las reglas de la circulación por la burocracia y está divorciado del saber- hacer porque no se circula por la institución gracias a este último. Eso es lo que la novela plantea.

            El plano de la sumisión y el de las catacumbas son un espejo de dos caras. Ambos participan de la misma realidad: el destino aceptado que no se puede cambiar y la inmovilidad-  pero en el segundo hay algo más: el modo directo de plantear el funcionamiento institucional como una línea de transacciones y un ejercicio del poder y la inhumanidad de un sistema ciego.

            Para que unos circulen otros deben estar fijados al suelo de la institución y hacer que funcione, pero son invisibles. La vida del personaje, fuera del Archivo, parece seguir las mismas reglas:

 

Y en tanto los jefes y los empleados desfilaban por Archivo, yo continuaba ahí, firme, como una raíz enterrada en el suelo para que pudieran florecer, allá arriba, las flores de los jefes, para que un poco más abajo verdeciera el follaje inútil de los auxiliares que pasaban el día rascándose.[2]

-Che Pascumo, vos que tenés buena memoria, buscane el expediente tal.

Y yo iba y lo buscaba […]

Y cuando después, gracias a mí el jefe era felicitado, era trasladao o era ascendido, yo corría el primero, la mano tendida, a presentarle mis congratulaciones.

Yo, Adalberto Pascumo, raíz de Archivo.

(Un pequeño café, pág. 426)

           

El personaje se define como una raíz en un sitio muerto.

                       

            V. IV Ambos planos –el del sometimiento y las catacumbas-  trabajan alternadamente en el texto, pero sus registros son diferentes.

            El narrador desarrolla ambos con detenimiento.

            El capitulo I plantea la naturaleza del personaje, el II el ámbito donde trabaja –como dos piezas que calzan y permiten contruir a dicho personaje- .

            El primer cruce se produce en el capítulo III.

            Isabel Lacolla ha llegado al Archivo luego de haber peregrinado por distintas dependencias en busca de un expediente. Un ámbito de negación –el exterior-  y otro –el Ministerio- se cruzan allí.

            Como siempre sucede en las descripciones del Ministerio, una situación particular es relatada a partir de una referencia general acerca de la naturaleza de la Administración Publica:

 

-Entre allí y pregúntele al señor Pascumo.Él le dirá donde está el expediente.

Después siguieron hablando entre ellos, lo más pimpantes, como si estuvieran solos, como si una señorita tímida y azorada no siguiera allí, mirándolos sin saber qué hacer, malditos empleados públicos para los que, de pronto, un recurrente, un postulante deja de ser una persona viva y se convierte en un fantasma, una cosa, en nada. Y en realidad no es así, no es que lo olviden ni dejen de verlo: lo ven y muy bien […] mientras el otro suda de impaciencia, creen esos miserables, ejercer la cuota de poder que les corresponde […]

(Un pequeño café, pág. 428)

 

El narrador ya no dice “fingieron no verla” sino que para los empleados públicos una persona (cualquiera) deja de ser una cosa viva.[3]

En este terreno, el narrador siempre avanza un paso más allá de la historia y concluye en una observación general a partir de una particular.

Al presentar a Isabel Lacolla lo hace por medio de dos matices: es delicada, pálida y casi transparente, como Norma Shearer, y a continuación refiere que se trata de una Norma Shearer madura, vestida humildemente que le recuerda a las tías solteronas de la infancia.

Allí comienza el equívoco que es la pieza que desata el mecanismo de la novela. En ese punto arranca el mecanismo de la acción propiamente dicha: ubicado circunstancialmente en el despacho del jefe del Archivo, quien se ha ausentado encomendándole estudiar un expediente allí y atender el teléfono, sentado en su sillón, Isabel Lacolla cree que es el jefe y Adalberto Pascumo, quien con absoluta seguridad pudo establecer el paradero del legajo que ella buscaba, permite sostener esa mentira:

-Si usted fuera tan gentil, señor…Busco este expediente…sus empleados me dijeron…

Se da cuenta? Sus empleados. Y yo  comencé a dejar correr esa confusión de ella, primero, aquella mentira mía, después.

[…] 2820, de Liquidaciones. Sí, pero desgraciadamente no lo tengo yo.

En eso no había engaño. Siempre decía así: yo. Yo significaba: Archivo.[4]

[…]

Me miró (y descubrir que padecía aquel estrabismo me pareció, fíjese las cosas que tenemos los tímidos, me pareció que creaba entre ambos una especie de simpatía, de hermandad.

(Un pequeño café, pág. 431)

              

Las novelas de Denevi de esta trilogía y Asesinos de los días de fiesta,  presentan el equívoco como punto de partida de la acción, luego de una secuencia introductoria de introducción al mundo narrado y los personajes. El equívoco se vincula a alguna particularidad física y al carácter de los  personajes:

 

Tres minutos que me conocía, y ya me hablaba así. Con otro habría permanecido muda. Pero conmigo no. Ella también me había reconocido […] Si conoceré esas reacciones de los tímidos! […] Los demás comúnmente se plantan frente a nosotros como fieras salvajes. Inútil hablar, inútil pretender domesticarlas. Pero en cuanto descubrimos a uno de los nuestros, nos precipitamos a la otra punta, enseguida le hacemos confidencias […]

 

            El narrador desecha cualquier otra posibilidad de diálogo entre los personajes que no sea la de consolidar el rasgo central: la timidez, la insignificancia y la hostilidad de lo externo. Nunca hay diálogo posible sino un intento de superar distintas situaciones.

            Tales son los elementos asociados a la acción que comienza en este punto, precisamente a partir de un equívoco y un vínculo viciado por él.

 

V. V  Sobre la base del equívoco inicial de que Adalberto Pascumo es el jefe del Archivo se produce –en el capítulo IV- el siguiente avance en la acción de la novela –la resolución del expediente de Próspero Lacolla- que potencia el referido equívoco, ya que tanto Isabel Lacolla como sus padres suponen que el  legajo en cuestión fue resuelto debido a la influencia del personaje. El agradecimiento de Isabel Lacolla –sólo alguien más débil que él puede mostrarle agradecimiento y tratarlo gentilmente- suscita por primera vez las  fantasías sexuales de Adalberto Pascumo: los tímidos, sostiene el narrador, tienen una cara oculta y perversa o simplemente otro aspecto desconocido que surge apenas sienten vencidos los obstáculos por los que se sienten aprisionados e inhibidos.

Sin embargo, pese a ese sesgo de la narración, es en ese momento donde decide llevarla a su pequeño café.

 

V. VI El café –descripto en el capítulo V- significa una pausa en la ansiedad de la narración y un lugar presentado desde una magia peculiar: ¿es la del propio ámbito y su atmósfera o el modo en que lo percibe el personaje? no lo sabemos.

Significa también una suerte de muro o puente levadizo, que separa a ese reducto protector de las amenazas y la vida ordinaria.

El discurso del narrador varía absolutamente: antes el texto se detenía en las particularidades del personaje y la presión de un  mundo hostil, en una dialéctica de: acción-presión-reacción para tratar de resolver la presión-nueva presión- que, en el desarrollo narrativo, no tine fin. De hecho, la novela concluye con la ruptura de esta dialéctica: es decir que no puede funcionar si el citado dinamismo se interrumpe: se trata de la esencia de la acción. En cambio, al presentar el escenario del café, por única vez, el narrador abandona toda tensión y toda ironía para detenerse en lo contemplativo y la pura imaginación,dandole a  ese ámbito la cualidad de ser un refugio para ponerse a salvo de lo otro (la dialéctica: acción-presión-reacción…)

Desde el inicio, el Ein Kleines Kaffee remite a otros luges, inaccesibles, física y simbólicamente, donde impera el refinamiento, la distinción y el detalle y no el menosprecio y la rudeza y por eso se convierte en un refugio destinado a convertir en extranjeros y exiliados a todos quienes lo habitan.

El café tiene el poder de detener el tiempo y convertir a la luz en una penumbra acuática.

Lo define como un lugar minúsculo, una cajita de música, y describe detalladamente, uno a uno, a sus clientes habituales: todos han sido expulsados de alguna parte: de un país, de algún lugar o del cualquier posibilidad de bienestar.

 

Sí, yo he ido allí todos los días a la salida del trabajo. No necesito explicarle por qué me sentía a gusto. Allí la amabilidad aristocrática de la ex baronesa y la respetuosa cortesía del ex mayordomo me convertían en alguien. Y la compañía de los seis parroquianos que le describí me incorporaba a una especie de logia. ¿No estaba en un café de refugiados? ¿No era yo también, un hombre perseguido, expulsado y que busca asílo? Claro que, para no desentonar, quise copiarles hasta las causas de la expulsión. Fingí ser europeo […] Y así fue  como, cierto día de lluvia, sostuve con la baronesa una conversación en francés […]

En cambio con mis seis cófrades jamás intercambiamos una palabra. Esa era, al parecer, una de las reglas de la orden. El silencio. Pero nos conocíamos. Le diré más: a cierta hora las parejas de enamorados desertan, por la calle no se ven ya peatones, se diría que la ciudad se ha marchado lejos. Nos quedamos, nosotros nueve, solos en nuestro templo bajo tierra. La luz de las lámparas  es una herida en la retina y nada más, una luz ya apagada que  sobrevive ilusoriamente en el fondo de los ojos. El silencio se coagula […] El mundo nos ha olvidado. Los hombres que nos persiguen se han dormido. Es la hora de la tregua. Respiramos, momentáneamente libres. Algo dentro de nosotros parece despertar, desperezarse, gira, se da vuelta, y nos hallamos delante de nosotros mismos.

(Un Pequeño Café, pp 452/454)

 

            El silencio se coagula pero una vibración lo surca.

Establecida la frontera entre el mundo de afuera y el de adentro, el del café, que está algo más bajo que la vereda y desde el cual se ve pasar a los transeúntes y la calle como si se los mirara desde el suelo, surge un motivo poderoso: se han dormido nuestros perseguidores[5] y es la hora de la tregua, una donde aflora algo. La vida es concebida como una amenaza perpetua de la cual es posible sustraerse breve pero profundamente y el modo de hacerlo es la imaginación, que sustituye a la comunicación real y que trabaja como un sistema de sobreentendidos, de aquello no explícito, que el personaje toma por el código de una logia.

                       

Y sí, sí, en aquel silencio nos hablábamos. De mesa a mesa corría como una vibración, como una onda, diálogos imperceptibles para el oído que mi alma (y la de ellos, también la de ellos, estoy seguro) captaba nítidamente, sin equivocarse […]

                                   (Un pequeño Café, pág.455)

             

Esta es, sin embargo, la única vez que que el pequeño café es presentado de este modo.

El personaje levanta un muro para vivir dentro de sus confines. Lo dota de una autonomía simbólica y de una insalvable distancia: alude a lo que siempre está más allá: escenas de caza y grabados de viejas ciudades medievales, cosas que provienen de un lugar al cual no habrá de pertenecerse nunca.

Pero aun ese recinto, luego de que el personaje debiera correr durante la represión de la huelga, será invadido:

 

Corría por el aire […] Resucité dentro de un cine […] Salí a la calle. La ciudad subsistía, aparentemente intacta. Hombres y mujeres caminaban lo más tranquilos. El recuerdo de mi pequeño café me asaltó como el recuerdo de  un lugar muy lejano, como la evocación de mi infancia. Me dirigí allí con una impaciencia dichosa y voraz.

La baronesa me saludaba:

-Bon soir, monsieur […] y yo bebía mi café y saboreaba mi wiener strudel. Todo se mantenía igual. Nada se había alterado. No existían huelgas. No se conocían motines, carros de asalto, bombas lacrimógenas. No, yo no había participado de ninguna manifestación […]

-Gestapo ¡ Gestapo! Gestapo!

Inopinadamente, un golpe brutal se descargó sobre mi calidoscopio y lo hizo pedazos. Isabel y don Próspero Lacolla aparecían en el café […]

-Dos exprés- grunó Don Próspero, y yo quería morirme.

(Un pequeño café, pp. 515/516)

 

V. VII El plano del sometimiento, en el cual transcurre la historia principal, está guiado por el equívoco, el engaño y en Isabel Lacolla el personaje de Adalberto Pascumo encuentra a alguien a quien engañar y a quien doblegar por medio del equívoco.

La aceptación permanente, la incapacidad de negativa, son los motores que conducen a la situación sin regreso.

La lleva al pequeño café pero pretende ser un hombre de mundo, liberándose de la humillación cotidiana al inferírsela a ella, haciéndole creer que ha viajado largamente por Europa y es alguien respetado. No obstante, es ella quien conduce la situación a un terreno diferente en el cual el mecanismo ingresa en otra etapa, la de avanzar sobre la base del equivoco para llevar al personaje a una situación a la cual no deseaba llegar pero que acepta.

La novela puede ser leída desde la “psicología” de lo que ya asumimos como personajes llanos y esquemáticos que actúan sin voluntad propia pero impone ser abordada pensando a estos “comportamientos” como piezas necesarias de la narración. En ello encontramos la explicación de que Adalberto Pascumo se empeñe en “conquistar” a Isabel Lacolla pese a que la considera “dehauciada” e inferior a él, y que ella se aferre al personaje para no quedarse sola.  

Una sola cosa es esperable del equivoco: que se resuelva dolorosa y violentamente.

Este es, en rigor, todo el mecanismo de la novela, que actúa con el agregado de distintos elementos que ponen en marcha estas fuerzas, de ellos el más importante es el del suboficial Prospero Lacolla, padre de Isabel. Sobre este modo de funcionar se inscriben distintos episodios que aumentan paulatinamente la tensión:

 

Y entretanto pensaba que mientras aquel energúmeno permenaciera en cama yo no corría peligro. Y que ahora debía seguir adelante con la comedia. Ahora, porque después…

(Un pequeño café, pág.475)

 

            El efecto se apoya en un equívoco y en una intención de aparentar que es el motor de lo que sucede: precisamente esa es la convención pretender demostrar algo a alguien al mismo tiempo que se lo considera un inferior. Fuera  de ese ámbito –que desprecia- siente que todo el mundo se burla de él y lo humilla.

            Los padres de Isabel Lacolla son vistos como si fueran animales: “el andar plantígrado”, “la figura de un gallo de riña”, los “cacareos”.

            La descripción participa del grotesco.  

            Rápida e indeclinablemente, el personaje de Adalberto Pascumo va entrando en un lugar del cual no existe salida posible y que incluso penetra en su Pequeño café, quitándole la cualidad de un refugio donde impera la cortesía. Va siendo sometido por aquellos a quienes menosprecia; sólo ante ellos puede fingir ser lo que no es.

           

V. VIII Las dinámicas del sometimiento y de las catacumbas tienen dos registros diferentes y un eje común: la aceptación de todas las situaciones y la degradación. Los dos ámbitos anegan la vida del personaje primero y lo sumergen después. En ambos queda atrapado, en ambos se ahoga y en ninguno de ellos prima la cortesía.

Sin embargo, las diferencias están en el registro de la realidad: en el primer caso es por la metáfora-satírica y el grotesco y en el otro por las metáforas kafkianas y el tratamiento realista.

El registro del Ministerio y de sus funcionarios va del realismo descarnado a la visión kafiana.

 

V. IX El estallido de la huelga es el punto de intersección entre uno y otro nivel: la huelga pone en marcha el mecanismo que lleva al quiebre y a lo que comenzará luego y, tácitamente, divide la novela entre una primera y una segunda parte.

En la primera el retrato del personaje central es caricaturesco, así como las descripciones de los restantes y su ámbito. En la segunda las descripciones parecen kafkianas y surgen, nítidamente, aspectos de la lógica burocrática : el primero es el de las justificaciones de los “carneros” que no se plegan a la huelga y que trazan una frontera de edad:

 

[…] eran carneros porque no podían ser huelguistas […]

(Un pequeño café, pág. 500)

 

            Pascumo es el único joven entre ellos, lo cual lo singulariza doblemente. La huelga lo subvierte todo: instala el caos allí donde regía el orden pero ambos, caos y orden, degradan al personaje.

            Todo se subvierte. El espacio conocido parece otro:

El edificio parecía totalmente abandonado. Y así desprovisto de la multitud que habitualmente lo puebla, semejaba otro distinto, infinitamente más grande, el doble o el triple del verdadero, más frío, más lóbrego, inútil y absurdo como el decorado de un monstruoso teatro donde jamás se representará nada.

(Un pequeño café, pág. 499)

 

El Ministerio es una inmensa máquina detenida que revela que sólo está allí para representar algo que ha dejado de suceder. La propia denominación es en sí kafkiana: la palabra remite a un poder indiferente e indiferenciado, que es sin embargo vulnerable a la multitud de los huelguistas.

La descripción del ámbito burocrático y de quienes lo “animan” y son animados y construidos a la vez por él es doble: por un lado realista, al señalar, por ejemplo, a aquellos jefes que no saben redactar una simple providencia pero que a la semana ya son amigos de los otros jefes, y por otro lado alegórica, al plasmar al propio ámbito, en el cual el personaje, como si hubiera un narrador infrasciente, aparece aun más disminuido:

 

Las horas no pasaban nunca. El silencio era alucinante. Cuando sonó el timbre que señala el fin de la jornada de labor, me pareció que hacía un año que estaba enterrado en las catacumbas y que se habían olvidado de mí y ya no podría salir nunca más de aquel encierro.

(Un pequeño café, pág. 502)

 

            En la narrativa de Denevi siempre hay espacios vedados en los cuales a veces los personajes acceden, pero deberán pagar un precio por eso, porque no pertenecen a ese lugar. Otras veces (como en El autor de la casa del lobo, se escucha un rumor de voces pero es imposible encontrar el camino del lugar que conduce a ellas):

 

Entré al edificio del Ministerio. Ya le dije que entrábamos por una puerta que da a una calle lateral. Es la puerta normalmente reservada al Ministro y a los Directores Generales. La primera vez me produjo una rara impresión. El ascensor era otro. Las escaleras eran otras. Había mármoles, bronces, alfombras. Me pareció  que me había equivocado de edificio, que estaba profanando un recinto prohibido a un simple subalterno como yo, que alguien vendría a expulsarme. No sabía que camino tomar. Abría una puerta y veía un salón inmenso, con las paredes forradas, con sillones tapizados de cuero, con largas mesas ovoidales. Abría otra puerta y veía una galería de cuadros. El corazón me palpitaba. Me había perdido. Oía, lejos, un rumor acolchado de voces, de risas. Nunca sabré quienes eran los que conversaban y se reían y, seguramente, tomaban café. Di vueltas y vueltas y siempre me seguía, me precedía, aquel murmullo como el de un remoto banquete, ah, sí, del banquete que el Ministro había interrumpido una vez cuando vino a estrecharnos la mano […] Hasta que distinguí al señor Muniagurria que cruzaba uno de aquellos desiertos aposentos. Corrí hacia él […] y me preguntó:

¿Qué hace aquí, Pascumo?

Tuve que confesarle, ligeramente ruborizado, que me había perdido. Esperé su risa. Pero se limitó a contestarme:

-Venga, venga conmigo.

(Un pequeño café, pp.549/550)  

 

Todos los lugares parecen extraños. Los más hostiles crecen y se ramifican en algo inaccesible. Todo queda lejos y es imposible de discernir, de localizar y menos aun de acceder.

Por más absorbido que el personaje esté respecto a la institución siempre será ejeno a ella.

El Pequeño café permite al personaje ser aceptado por medio de dos llaves de acceso: la imaginación y el silencio. El personaje imagina las historias de los demás y que dialoga con ellos sin palabras, pero para que esa imagen sea posible debe guardar silencio: es decir que ni siquiera ese espacio parece acogerlo íntegra e incondicionalmente.

El personaje en sí mismo es una negación: su identidad está dada en negarle identidad propia y reducirlo a la pura adaptación en una vida en la que no hay ni búsquedas ni hallazgos y que es la nuda soledad. No es un personaje en el sentido realista sino un símbolo de la soledad, una construída desde la negación de todas las cosas.  

 

            V. X La huelga, más que el vínculo con el resto de los personajes, es el núcleo de la novela y plantea algo externo a la propia acción o, en todo caso, genera su propia acción.

            Es sorpresiva, subvierte las cosas pero termina consolidando las mismas relaciones de poder que antes.

            En su curso, suceden episodios que el personaje nunca hubiera podido concebir. La historia de las catacumbas termina absorbiendo a la del sometimiento.

            La huelga estalla de pronto, se desencadena por un pacto de señales tras el cual casi todos los empleados salen a la calle y Pascumo queda atrapado en ella. Es un choque entre la vida conocida y la irrupción de lo forzoso y desconocido:

 

Ya verme ahí, en plena calle, a esa hora que durante veinte años había sido mi obsesión (las doce, llegar antes de las doce, las doce como una guillotina […] Cuántas veces he corrido como un loco para que esa cuchilla no me decapitase […] He soñado que en mi casa me vestía a  trompicones y no encontraba la corbata […] eran las cinco de la tarde y las diez de la noche y yo siempre luchando con la ropa, rabiosamente) […] estar al filo del mediodía, en el umbral de una puerta cualquiera, al otro lado de la plaza, frente al Ministerio, alteraba a tal punto mis nociones y mis perspectivas, que de golpe me pareció que no era yo el que estaba allí […]

(Un pequeño café, pág.504)

 

            El movimiento subvierte las cosas, traza una frontera;  es autónomo y semeja a un animal y, animada mayormente por los jóvenes, parecía invencible:

 

Le digo, señor, que fue una cosa tremenda . Mas de mil personas atraídas por un imán, brotando de todas partes, se habían metamorfoseado en un solo organismo gigantesco y monstruoso, en ese animal temible que es la multitud. Y el animal reptaba por la calle haciendo repiquetear sus infinitos pies […]

(Un pequeño café, pág. 506)

 

            La multitud opera por la adhesión a una consigna que a la vez que enuncia destruye.

            La huelga acelera la degradación del personaje y las circunstancias invaden su pequeño café, lo pisotean, degradan su valor simbólico y ya no hay nada donde reconocerse ni guarecerse.

            Los perseguidores, finalmente, lo han alcanzado.

 

La huelga era, para mí, como una peste que se había declarado sobre la ciudad, que contaminaba el aire, que en cualquier momento podía alcanzarme y derribarne, pero cuyos signos visibles eran las ausencias […] las noticias de los diarios, siempre contradictorias, siempre imposibles de comprobar, eran como los partes de una guerra lejana.

 (Un pequeño café, pág. 536)

 

            La narración parece trasponer un límite al referirse a la huelga y todas las imágenes operan para poner de relieve un centro: el de la propia huelga, que es también el de la novela, en una visión realista, destinada a revelarnos lo que las instituciones en realidad son:

 

Un día el propio Ministro apareció sorpresivamente ante nosotros. Era la primera vez que lo veía, así, en persona. Muy alto, muy grueso, de anteojos de carey, impecablemente vestido, nimbado de perfume, luciendo  gemelos de oro, reloj de oro, cadena de oto […] los zapatos como dos relámpagos negros, seguido de una tropa de secretarios con apariencia de maniquíes de sastrería […] el Ministro me impresionó como siempre me han impresionado los  pocos, poquísimos jerarcas del poder público que he logrado conocer en mi vida […] cuando condescienden a reunirse con nosotros, los hombres comunes, se diría que atraviesan nuestro tiempo y nuestro espacio, desplazándose según una órbita propia. Bloqueados en el punto de intersección afectan estrecharnos la mano, hablarnos, oírnos. Pero usted mírelos bien. Con el rabillo del ojo están buscando la huella de aquella curva por la que deben seguir moviéndose y que los rescatará de entre nosotros para conducirlos de vuelta a su mundo […] Nos miró a cada uno a los ojos, apenas un instante, levemente estupefacto, como si alguien le hubiese dicho: Señor, existen, y él no lo hubiese creído y ahora comprobase que sí, que existimos […]

(Un pequeño café, pp.538/539)

 

              Construida por estratos, las instituciones tienen un sentido de circulación donde las órbitas discurren en cada nivel para cruzarse excepcionalmente cuando la más alta, por alguna razón puntual,  desciente hacia las otras, sólo para volver a subir apenas satisfecho su requerimiento (“Bloqueados en el punto de intersección”). Las inferiores, a su vez, aspiran a cruzar alguna vez esa frontera tan bien delimitada.

            Sin embargo, el espacio se ramifica: el personaje de Adalberto Pascumo (el único “carnero” que ha quedado luego de la deserción de los demás) es amenazado por los huelguistas para que les pase información.

            El cerco sobre el personaje crece y –ante el temor de ser descubierto por sus jefes- lo asfixia cada vez más.

            La huelga es como la peste, dice el personaje. Allí aflora lo mejor y lo peor. El mismo que lo amenaza para que pase información se declara vencido, le pide disculpas y revela una capa antes inimaginable: es inherente a las instituciones, se nos dice, que ante aquello que no se puede clasificar, aquello inesperado, se rompa toda solidaridad y las ideas –que justificaron el movimiento- ya no rigen:

 

[…] Cuanto tuve que pegarte te pegué, y eso que yo jamás le puse la mano encima a nadie. Pero era necesario, pensé. Cuando vi lo que hacían con  Gutiérrez, cerré los ojos. Cuando les descubrí los enjuagues con los políticos, también cerré los ojos. Había que sacrificarlo todo para que el esquema se salvase. Y para que el esquema se salvase, de día sudaba la gota gorda vendiendo libros y de noche me jugaba la libertad, la tranquilidad, el pan de mi mujer y de mi hija. Pero ahora me desperté […] Demasiado tarde para reparar el mal que te he hecho […]

(Un pequeño café, pp.563/564)

 

            El ámbito público está definido por la ceguera, la aceptación en nombre de un orden que debe continuar (una maquinaria), pero el intento de destruir ese orden sigue las mismas reglas. El precio de subsistir es aceptar, no ver, asumir que el daño a los demás es inevitable y que, en nombre de esa finalidad de seguir,  no importa.

            Ambos personajes, el huelguista y Pascumo, que son opuestos,  tienen en común haber despertado y comenzar a vivir un estado de libertad donde no se asegura nada más que la ruptura con esa ficción que es lo público. De este modo, Adalberto Pascumo dirá:

 

Ahora lo veo todo distinto. Es como si habiendo sido miope toda mi vida, de pronto me hubiese colocado anteojos. Miro a mi alrededor, y ya nadie me apabulla, nadie me parece esa montaña que yo evitaba con largos rodeos, esa fatalidad de la que era imposible librarse. Qué montaña. Hormigas, éso es lo que ahora se me figuran. Pobres insectos invertebrados que se defienden como pueden, erizando sus púas, moviéndose como tarántulas, atacando, mordiendo, escondiéndose […]

(Un pequeño café, pág. 567)

 

            Es lo mismo, dentro y fuera, rigen las mismas cosas y en esta oportunidad se las expresa por metáforas animales: erizar, atacar, morder, es lo que lleva a subsistir e imponerse, del mismo modo que la madre de Isabel Lacolla tiene un andar plantígrado o su padre cacarea.

            Nada hay de humano, ni en la vida pública ni en la otra.

            No hay posibilidades de vida y para expresarlo la novela utiliza como medio a un personaje que participa de rasgos del absurdo, en un registro que contrasta con el realista con el cual aborda a la burocracia.

            Sólo le queda su pequeño café. Al invitar allí a su interlocutor de pronto descubre que el lugar, a una de cuyas mesas ve sentada a Isabel Lacolla,  ya no es el mismo para él. Le parece un lugar muerto, y sus asistentes momias embalsamadas:

 

Pobre Isabel. Pobre Isabel Lacolla. Está aguardando a un hombre, y ese hombre ha muerto hace unas horas. También ella es una cazadora de fantasmas. También ella ha quedado inmovilizada en una actitud única, siempre la misma, esa imagen de la mujer solitaria que espera a un hombre que jamás vendrá. Y yo no puedo reemplazar a esa hombre que espera porque yo soy otro.

(Un pequeño café, pág. 570)

           

El café ya no es un refugio sino un lugar donde se espera algo que nunca se producirá o se añora algo que no habrá de volver.

            La ruptura del personaje es total. Ya no puede volver porque es otro. No tiene nada más que esa nuda libertad a la que ha amanecido en la cual no puede contar con nada porque no tiene nada más que esa libertad.

            El pequeño café del título termina correspondiendo a una visión de la vida, una imaginaria y termina por ser no aquello que expresa al personaje sino aquello otro de lo que se ha liberado.



[1] Este personaje, opuesto a la naturaleza más pura y refinada que Adalberto Pascumo siempre añora y pretende poner en escena en su pequeño café,  está construido sobre un concepto aplicable a muchas personas que conocemos: “hay gente tan bruta que, por eso mismo,  ignora lo bruta que es y actúa como si los otros fueran los brutos”. No oye, no entiende razones, invade. Es la gran fuerza que impulsa el sometimiento del personaje en ambas instancias: su vida personal y su vida laboral.

[2] Este párrafo, sumamente revelador, inaugura la estructura que luego seguirá el cuento Variación del perro (1968) , al concebir a lo real como una configuración concéntrica de capas y pasajes: un nivel inferior no concibe lo que existe en un nivel superior porque no lo ve, su vida no está allí, pero sí percibe algo que quien está en un nivel superior no puede percibir porque su vida tampoco está allí.  Lo que escapa a uno y que otro puede ver, termina afectando a ese uno.

La metáfora habla de las flores que hay allá arriba: algo decorativo que representa la belleza, en contraposición a la raíz que está enterrada pero que hace vivir a aquello que no lo está. La raíz persiste pero al precio de estar enterrada.

[3] Probablemente sea en estas referencias puestas, en una suerte de plano secundario, para construir la novela, donde debamos buscar su verdadero motivo central y ensayar que la historia del personaje central discurre como un elemento que sirve para plantear a la burocracia en los términos kafkianos que son su verdadera naturaleza: personas y expedientes no son cosas vivas sino objetos a ser quemados como un combustible que alimenta una máquina deshumanizante. Tal es el verdadero sentido: nada allí esta vivo y el Archivo es la metáfora de eso.

[4] Hay un juego muy sutil que plantea esta ambivalencia: para Isabel Lacolla yo significa una cosa –que Adalberto Pascumo es el jefe del Archivo-  y para Adalberto Pascumo significa otra:  decir yo significa que el Archivo y el personaje son una sola y misma cosa: la identidad de este último se define por un ámbito donde es subestimado y utilizado, en el cual detenta el saber-hacer, muy diferente al saber-poder que se necesita para circular. El personaje “es” en un ámbito en el cual en realidad “no es”: se trata de una doble negación.

[5] Muchas veces, ante una enorme injusticia que nos aconteció y se prolongó por años, los viernes, luego de buscar a mis hijos, entonces pequeños, de sus actividades, volvíamos a casa, nos quedábamos allí juntos; yo me sentía por esos instantes a salvo y  pensaba en esta imagen tan poderosa: se han dormido nuestros perseguidores y estamos momentáneamente a salvo. Será breve pero es nuestro –sentía-  y nos refugiábamos en ese breve lapso entre el viernes y el lunes, donde nuestros perseguidores no podrían alcanzarnos con nuevas injusticias y arbitrariedades y el sufrimiento se detendría ante la vaga esperanza de dos días de tregua y un tiempo solo nuestro, hasta que, llegado el lunes, la persecución se reanudara, tan despiadada como siempre.