domingo, 30 de mayo de 2010

De la letra a la imagen




El conjunto de ensayos que componen el volumen De la letra a la imagen Narrativas posfranquistas en sus versiones fílmicas (Marta Ferrari, editora, EUDEM, 2007) instala una reflexión múltiple: acerca de la relación entre literatura y cine, entre la de novelas y filmes que abordan la Guerra Civil Española y la posguerra, en tercer lugar sobre los mecanismos de las narraciones en sí mismos, y en último sobre los modos de transitar o construir la memoria.
De este modo, los trabajos “‘Recordar olvidando’: cine y narrativa en la España posfranquista”, de Marta Ferrari; “Sujetos de la memoria: ¿Quién narra hoy el pasado bélico?, de Laura Scarano; “Volver del olvido. Sombras legendarias en Luna de lobos, de Julio Llamazares, de Gabriela Genovese; “Sobre éxitos y derrotas: El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán”, de Marta Ferrari; “La lengua de las mariposas de Manuel Rivas y de José Luís Cuerda: dos formas de narrar el pasado”, de Diego Rubiolo, en primer lugar nos deparan una paradoja: el cine no es una expresión subalterna y la literatura no es el centro del mundo de las narraciones, pero entre un 80 y un 85 por ciento de los filmes provienen de obras literarias.
Una exploración de códigos
La relación letra-imagen es compleja y elusiva. No hay para ella una fórmula ni una sola respuesta. Un filme puede ser fiel a una lectura y a las posibilidades expresivas de un texto sin serlo a su literalidad, o tomar elementos de una novela y trabajar en un campo de significado propio; o por el contrario ser fiel a la letra y asumir todas las posibilidades de un texto desde un lenguaje visual autónomo capaz de valerse de ese texto para ser imagen.
Esta imagen es intraducible, tanto como el texto es múltiple. Una no puede ser reducida a las palabras y otro no puede renunciar a la ambivalencia entre el sonido y el sentido.
No obstante ser un medio autónomo, en general, cuando las películas se apartan del sentido de una novela, sufren esa pérdida aunque valgan como lenguaje visual en sí mismo.
Marta Ferrari cita las palabras de Jean Jaques Annaud, director de la película El nombre de la rosa, quien se refiere a la historia como a un palimpsesto en el cual sobre las huellas de una escritura anterior se superpone otra. Las primeras, raspadas y suprimidas, o bien de algún modo subsistentes, son el sostén de otro texto. Pareciera que la propia literatura es eso: escribir sobre huellas borradas por el tiempo y rescatadas por la memoria. Sin huellas previas no hay escritura. En el caso de letra e imagen, lo que queda de la letra son los significados que la letra dejó, que subsisten aunque ellas ya no estén, cuando se han convertido en diálogos, escenas y espacios concretos: “…cuando un lector lee un texto lo que hace es imaginar la historia que se le cuenta, lo que equivale a decir que ‘pone en imágenes’ el mundo ficcional narrado. Toda transposición resulta así una versión, una visualizacion y una interpretación posible entre muchas otras” (pág. 15). Un filme es una lectura, pero una capaz aportar su propia impronta.
La historia y la Historia que terminan mal
La transición española, que se volcó a subvencionar muchas producciones que implicaron llevar a la pantalla versiones de clásicos literarios, no dio cuenta del pasado violento ni de la represión. Este silencio parece haber suscitado distintos modos de pensar y resignificar ese pasado.
En Soldados de Salamina, de Javier Cercas son citados los versos de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. Las historias, es decir las peripecias individuales que merecen ser contadas, son las de los que perdieron la guerra y ganaron el anonimato.
La narración trabaja en el cruce entre dos de los muchos relatos individuales y la guerra como hecho total, que involucra y suscita a todos.
Así, sin revisión del pasado, aunque pasen los años, aunque desfilen nuevas realidades sociales, no habrá un contenido de verdad. “Los felices ochenta transcurrieron sobre un suelo sembrado de cadáveres”, señalaba un antropólogo que participa de excavaciones de tumbas colectivas en España.
La novela –y la película a la que es transpuesta- se apoya en construir la memoria desde dos historias individuales que se oponen pero transcurren una en función de otra, y que, como la de España, también, a la larga terminan mal.
En el caso de Sanchez Mazas (cuya peripecia al sobrevivir a un fusilamiento da inicio a la obra) termina mal al ser confrontada al agotamiento de aquello en lo que se creyó, y la otra (la de Miralles, que pudo ser quien le salvó la vida) al llevar irremisiblemente unidos el heroísmo, la pérdida y el anonimato: el mundo por el que se luchó sólo depara el olvido y la pérdida de las ilusiones, entonces ¿por qué se luchó?
Laura Scarano señala que la narración bélica, vista como antagonismo de vencedores y vencidos, es una especie de código de la narración de la especie, pero en este caso, se trabaja desde las semejanzas que tienen esos opuestos.
El relato incluye entrevistas, testimonios, documentos, diálogos: todos los modos de excavar el pasado son a la vez medios legítimos para la narración y borran las fronteras formales de cómo narrar, o subsumen el narrar en el recodar y en el investigar. Al hacerlo, lo más mínimo se convierte en una gesta ignorada, verdadera épica del anonimato, la búsqueda de olvido y de sentido y el encuentro final con un interlocutor válido que es quien nos presenta la historia que de algún modo nos estaba destinada: mientras no la olvidemos, el sacrificio no habrá sido en vano.
Los registros de la narración también son distintos en cada espacio: primero es el relato de investigación por parte del narrador, de pronto inmerso en develar los pasos de un personaje oscuro –Sánchez Mazas- , fundador de la falange, cultor de la violencia, pero él mismo un cobarde. No obstante, es en la introducción del escritor chileno Roberto Bolaño (que en la película se pierde) cuando fluye una historia más inesperada, captada en un tono más emocional, uno que da cuenta de un relato que nunca había sido contado: la de aquellos que al retirarse de la España republicana terminaron peleando en la Segunda Guerra Mundial, y a quienes nadie recuerda. Dice Miralles, ilustre derrotado, verdadero protagonista inesperado de la novela de Cercas:”Cuando salí hacia el frente en el 36 iban conmigo otros muchachos…como yo; muy jóvenes, casi unos niños…Ninguno de ellos sobrevivió…¿Sabe? Desde que terminó la guerra no ha pasado un día sin que piense en ellos…Ninguno probó las cosas buenas de la vida: ninguno tuvo una mujer para él solo, ninguno conoció la maravilla de tener un hijo y de que su hijo, de tres o cuatro años de edad, se metiera en su cama, entre su mujer y él, un domingo por la mañana, en una habitación con mucho sol” (Javier Cercas, Soldados de Salamina, pág. 197/198, Tusquets, 2009). Instalar la voz evocativa de quien no tuvo voz en la historia, de quien, a diferencia de Sánchez Mazas, ninguna calle llevará su nombre, además de abrir un capítulo de la historia oral (Miralles no escribe para la Historia, sólo habla con el narrador-periodista) que plasma su historia individual, olvidada, y hace que ese pasado sea visto como algo que, silenciosamente, está debajo del presente, uno en el que las personas ignoran la gesta de ex soldados como Miralles, victorioso y perdedor al mismo tiempo: victorioso porque sobrevivió y porque estuvo en el bando de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, y perdedor en su patria y porque nadie lo reconoció a él ni a los que murieron. El punto de vista parte desde un presente que ignora al pasado, hasta la revelación del pasado que se impone como sentido de un presente que no volverá a ser el mismo.
El lápiz del carpintero y el sol de los muertos
La cuestión formal singulariza a las novelas y relatos elegidos, como La lengua de las mariposas, de Manuel Rivas y su novela El lápiz del carpintero (Antón Reixa fue el director de la película). En este último caso, la formulación novelística está dada en que el vector de la narración es un lápiz que el carcelero Herbal toma del pintor a quien mata para que no sea mutilado por el grupo falangista que va a fusilarlo: “Propiedad original de un carpintero, Antonio Vidal, que llamó a la huelga por reclamar ocho horas de trabajo, fue regalado a otro carpintero, Pepe Villaverde, libertario y humanista, que a su vez se lo dio a un amigo sindicalista, el carpintero, Marcial Villamar, que se lo regaló al pintor.” (De la letra a la imagen, pág. 36). El pintor dibujó con ese lápiz el Pórtico de la Gloria, con los rostros de sus compañeros de cárcel.
La muerte resignifica a ese lápiz y lo convierte en una suerte de memoria que transita de uno en otro personaje: contiene ese paso y la presencia de aquellos a los que perteneció; ello coincide además con la aparición de la voz del pintor que le habla a Herbal y le revela la presencia del color, de las escenas y de algún modo le enseña a ver.
Como el lápiz (que termina en poder de una trabajadora del sexo indocumentada), como las leyendas orales, como los trazos de personajes plasmados por anécdotas, el tiempo también fluye. Avanza, retrocede, evoca y afirma la presencia de aquello que ya no está. En la novela, como en el relato La lengua de las mariposas, bajo la prosa despojada y lírica, queda constancia de la temprana represión que hubo en Galicia apenas producido el levantamiento de los rebeldes. Luna de Lobos, la novela de Julio Llamazares (quien, junto con Julio Sánchez Valdéz, su director, fue co-guionista de la película) propone una perspectiva diferente: rescatar la tradición oral de relatos de aquellos que, al final de la guerra, se ocultaron en la cordillera cantábrica y en la profundidad de sus bosques. A partir de allí, su identidad, como las marcas del tiempo, se diluye y pasan a ser (en una verdadera resonancia Rulfiana) una suerte de espectros que en las noches emergen de la profundidad de la mina donde se ocultan y visitan las que fueron sus casas. La supervivencia es una especie de limbo donde transitan como fantasmas, bajo esa luna que es el ·”sol de los muertos”. “Ahora, ahí arriba, debe estar anocheciendo. Quizá el sol retrocede lentamente ante el empuje de las nubes, hinchadas de noviembre. Quizá ahora mismo algún pastor está cruzando sobre el lomo inescrutable de la mina. Aquí abajo, sin embargo, siempre es noche. No hay sol ni nubes, ni viento ni horizontes. Dentro de la mina, no existe el tiempo. Se pierden la memoria y la consciencia, el relato interminable de las horas y de los días. Dentro de la mina, sólo existe la noche.” El relato bélico se reduce a los términos de una cacería y a un universal: el bien y el mal. El mal que reina, la inocencia acorralada y a la vez desplazada: de sus lugares, de su identidad, de su historia y de su proyecto.
Las palabras y las cosas
Los ensayos terminan siendo un modo de pensar un horror tan hondo que sólo caben para aprehenderlo distintos modos de narrar, en novelas muy diferentes entre sí, y en su transposición a imágenes, también muy diferentes entre sí y a veces con respecto a las novelas y relatos. Todo este conjunto nos hace pensar que los modos de acceder a las historias y a la Historia son siempre insuficientes.
También son el acto de asumir que la resignificación del pasado y su exploración (y explotación) editorial, son selectivos: valga para ello pensar que los mismos aparatos editoriales que consagraron y construyeron estos “éxitos” estuvieron cerrados para otras historias, como la del exilio infantil en la Guerra Civil Española, tal como lo narró César Payá Valera, un exiliado que escribió además series de artículos, en un libro editado por El Colegio de Jalisco, que varias editoriales españolas rechazaron. Como los personajes de Luna de Lobos, se les negó el lugar, el regreso, luego los beneficios sociales (reconocidos tras una larga lucha) y también la memoria
Quizás, después de todo, termine siendo la industria la que nos diga qué recordar, cuándo y cómo.

Eduardo Balestena


viernes, 28 de mayo de 2010

La novela


Mientras la escritura del ensayo es el proceso de limar las aristas de las palabras para atrapar la idea, mientras que la escritura del comentario musical es captar la impresión y asociarla a la forma, la escritura de la novela es el acto de poner palabras a un sufrimiento y a la vez hacer que las palabras abran una región nueva, explorar su resonancia y luego detenerse en el resultado para ver objetivado lo innombrable y a la vez asistir a una revelación.

Sin intensidad no hay novela, sin algo contra lo cual luchar no hay intensidad.

Como la música, la novela es inseparable de la forma y requiere algo para decir y una forma de decirlo.

Cada palabra que lucha es un paso que nos aleja de la nada y nos devuelve al poder de decir. Una novela entonces es algo en lo cual la deliberación existe pero es relativa. Una novela es inevitable pero al mismo tiempo exige un convencimiento que nos haga luchar por ella. Una novela, es parte de nuestra vida o quizás, es lo que está por debajo de nustra vida a la vez que la proyección a lo alto.

martes, 27 de abril de 2010

Los niños de Morelia: el exilio infantil en la Guerra Civil Española


La guerra de los inocentes
Explorar el tema del exilio infantil en la guerra significa percibirla desde el punto de vista no de la política ni de los acontecimientos sino de las vidas infantiles que atravesó con su cicatriz, cruel e imborrable.
En la Europa de los años 30, la Guerra Civil Española fue un conflicto que se internacionalizó rápidamente. Muchos de los niños a los que les tocó vivirla debieron atravesar luego los avatares de la Segunda Guerra Mundial (el caso por ejemplo de exiliados en Rusia, que vivieron los primeros meses del sitio de Leningrado durante el invierno de 1941-42).
Durante la contienda murieron 138.030 niños –sobre el total de 275.000 bajas de adultos por muertes violentas- y se produjo una caída de la natalidad de 557.185 nacimientos. Los hogares rápidamente se deshicieron al incorporarse los adultos a la guerra, haber sido prisioneros o fusilados, y al producirse súbitos desplazamientos de población por el rápido avance de las tropas franquistas. Hubo 564 colonias de niños en España, de las cuales 158 eran colectivas, que acogían a 45.248 niños arrancados de sus hogares. La velocidad del conflicto significó el hacinamiento y la pérdida del objetivo con el que habían sido creadas por el gobierno republicano (las cifras constan en la página web de la Fundación Largo Caballero).
Una película vasca (con Carlos Elorriaga) cuya acción transcurre inmediatamente después del ataque a Gernika –26 de abril de 1937- da cuenta de un embarque de niños vascos, en ese caso, a campamentos en Inglaterra (el primero de los contingentes de exiliados se embarcó el 20 de marzo de 1937 con destino a Francia), proceso que se acentuó tras la caída de Bilbao y del gobierno vasco. El exilio de un total de 30.000 niños se produjo a partir de ese año. Los países receptores fueron Inglaterra, Francia, Bélgica (que facilitaron luego el regreso) Rusia, que recibió un total de 3000 exiliados, y México, habían colaborado con el gobierno republicano y luego no tuvieron relaciones diplomáticas con el franquismo, con lo cual, el regreso sólo fue posible, en el caso de exiliados a Rusia, por mediación de la Cruz Roja Internacional en los años 50. Hubo grupos pequeños que fueron a Suiza, Holanda y Dinamarca.
Rusia puso una gran dedicación en educar a los exiliados, formándolos especialmente en carreras técnicas. Sin embargo, tras la victoria franquista, fueron vistos con recelo y menospreciados en su tierra y en muchos casos, optaron por volver a Rusia.
Los niños de Morelia
Morelia, fundada en 1524, antigua Capital del Virreynato de Nueva Sevilla, hoy, cabeza del Estado de Michoacán, es una ciudad bellísima; ha sido declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO; un acueducto de piedra del siglo XVIII –que la abasteció de agua hasta los años 40- la cruza como una fantástica divinidad representando al tiempo que pretende reivindicar la ciudad para sí y que lo logra. Sus edificios, son de piedra rosada (su catedral Barroca, Gobernación, Palacio de Justicia y tantas otras muestras de su riqueza arquitectónica) y la restauración de su casco antiguo le ha devuelto un esplendor sencillo y plácido que invita a caminarla por la Avenida Madero sin detenerse nunca, a conocer sus mercados o a tomar un café en la primera casa de la ciudad, hoy centro de exposición y venta de artesanías, a comer tacos en los puestos y a hablar con la gente.
Hasta allí llegaron, durante la presidencia del General Lázaro Cárdenas, 264 niños y 162 niñas. Contaban entre cinco y catorce años. Habían salido de Burdeos en el vapor Mexique y arribado al puerto de Veracruz el 7 de junio de 1937, pasado por ciudad de México y llegado a Morelia el 10 de junio. Emeterio Payá Valera, uno de aquellos niños, en su libro Los niños españoles de Morelia, el exilio infantil así lo recuerda:”Una abigarrada muchedumbre esperaba la llegada de los niños españoles en la vieja estación moreliana: arribaban los huéspedes de la ciudad. Había allí representaciones obreras y campesinas; una pasarela humana, formada por policías y soldados, los niños de todas las escuelas citadinas y el pueblo…Desde la estación hasta la escuela y a lo largo de todo el recorrido por la Avenida Madero (antigua Calle Real) todo el mundo volcado en una actitud que ninguno de nosotros ha podido olvidar nunca”
Habían ido con una valija de cartón, pensando que estarían unos meses y que volverían luego de que se ganara la guerra.
Fueron alojados en dos antiguos seminarios, transformados en Colegios para niños y niñas. Una caricatura de la época muestra a Lázaro Cárdenas sosteniendo en sus brazos a un refugiado mientras otro niño mexicano, hambriento, tira de sus pantalones. En cierto sentido fue así: mientras los niños de Morelia recibían buena comida y ropa, había una gran pobreza en el México de los años 30. Se generó entonces un sentimiento doble hacia los refugiados: por una parte el pensar que venían de hogares deshechos por la guerra y por otra, que eran privilegiados. La disciplina cuartelaria, mezcla de internado e ideales comunistas, parece haber ayudado poco y aumentado la desconfianza con que los residentes españoles veían a estos hijos de la República, que blasfemaban, entonaban cánticos de barricada y odiaban a curas y monjas.
Los habían esperado con frutos que jamás habían visto y dado la mejor comida, platos que desconocían, a ellos, que venían hambreados y que ya habían visto a personas matando a personas, a hileras de fusilados en el suelo al salir de la escuela, y que huían aterrorizados cada vez que pasaba un avión. La muerte fue para los niños algo cotidiano ya desde el comienzo: en su libro de memorias, Maria Luisa Miaja, hija de un general republicano que enfrentó a los rebeldes en Jarama (febrero de 1937) y llevó a cabo una ofensiva, en Brunete, que penetró las líneas rebeldes (julio de 1937), encarcelada, a sus seis años con su familia en Melilla cuando comenzó la sublevación, veía desde su celda retirar prisioneros para su fusilamiento (una forma, además, de saldar deudas y resolver enconos).
No obstante, desvanecido el entusiasmo inicial, fue en el internado donde realmente comenzaron a extrañar a sus familias, padres, madres y hermanos a quienes, en la mayoría de los casos, nunca más volverían a ver.
La convivencia no fue fácil. En una serie de notas para la revista Claridades, de Michoacán, Emeterio Payá Valera recuerda vívidamente las peripecias de aquella vida puritana. El director del Colegio, Lamberto Moreno, fue destituido tras la muerte accidental de un niño. Terminado el sexenio de Lázaro Cárdenas, en 1940, la ayuda del gobierno mermó; en diciembre de 1943 la escuela cerró sus puertas y fueron repartidos en casas hogares, y conventos –algunas de las niñas- y quedaron librados a su suerte, crecieron como pudieron, trataron de regresar o se afincaron definitivamente en México.
No soy de aquí ni soy de allá
Llevaban grabada a fuego a una España que ya no existía y ese fue su mayor exilio, refranes, cantos, el recuerdo idealizado de sus familias.
Cuando finalmente algunos pudieron volver, no encontraron lo que tanto habían extrañado. Ellos eran hijos de la República y para los de allá, hijos de la derrota y en México, en muchos casos, seguían siendo exiliados (a quienes no adoptaron la ciudadanía en la presidencia de Lázaro Cárdenas, les fue muy difícil hacerlo después)
Dorotea Pascual, Dorita, maestra republicana, nacida en Asturias hace 98 años, era uno de los pocos adultos que viajaban en el Mexique. Tenía entonces 29 años y se había ofrecido, junto con su novio, como voluntaria para acompañar el contingente. Una vez desembarcados, las presiones del sindicato de docentes morelianos, no les permitieron ejercer: recién casados, estaban sin trabajo en un país desconocido pero lograron unas clases en la Universidad Obrera y ella, un trabajo en una escuela en Tepito. Sólo volvió a España en los años 50. Hoy, aún porta un llavero con la bandera tricolor de la República
Aurora Correa tenía 11 años cuando fue embarcada con los demás niños, con quienes, más allá de las diferencias de orígenes y de regiones, construyeron una suerte de pequeña España, más unida y solidaria y más española que la que habían dejado. Cuando el resto de su familia pudo huir del franquismo, en 1947, el reencuentro fue también el quiebre de esas ilusiones, ya que, luego de extrañarlos por once años, descubrió que eran incompatibles en todo. Lo mismo le sucedió a Antonio Aranda, de 10 años en 1937, que luego de haber vivido como mendigo en las calles de Morelia, y trabajado en una panadería de Coyoacán, donde muchos pequeños exiliados iban a ganarse duramente unas monedas diarias, pudo regresar a una España gris y desconocida. Aun en la casa de su madre, estaba fuera de lugar. Optó entonces por salir clandestinamente hacia Francia, y volver a México en un carguero, por cinco dólares diarios (de Marcados con fuego, nota de Jacobo García en la Revista Día Siete, nro. 197, México).
Sorprenden sus rostros, marcados tanto por la adversidad como por la fuerza. En ellos se lee lo que pasaron pero se lo lee desde la fuerza que necesitaron para pasarlo.
Mágicos escombros
El cineasta Juan Pablo Villaseñor (Morelia, 1956), ha hecho, sin apoyo oficial y sin presupuesto, un documental tomando la vida de los refugiados que aún viven en Morelia
Busca entender la experiencia de aquellos que han sufrido una guerra que ha fracturado brutalmente y para siempre la vida y creado un estado de destrucción perpetua habitando el alma, y la sensación pavorosa de que vivir es sobrevivir a partir de lo que queda: Escombros, mágicos escombros capaces de dar otra vida posible, de poner distancia, de construir un refugio y crear otra estirpe que viva más allá, en un espacio nuevo y libre.
Como si semejante fractura fuera poco, debieron seguir su lucha y sobrevivir a todo, transitar la vida, el olvido, la indiferencia –en España, por ejemplo, nunca se los reconoció.
Se dio la paradoja –señala- de que mientras el gobierno republicano, y los subsiguientes gobiernos mexicanos, se desentendieron de ellos y los dejaron a la deriva, aquella sociedad, de clara filiación franquista que primero los vio con recelo, fue la que más terminó ayudándolos.
La historia es inabarcable: no hay modo ya de dejar testimonio de lo que en verdad fue, porque, como estrellas en la enorme noche del tiempo, esas luces transitaron la vida muchas veces para perderse: eran hijos de pescadores, campesinos y carpinteros devenidos en combatientes y pasados los primeros años debieron librar otra guerra, dura, silenciosa y quizás inacabable.
Nada que no sea el tiempo, parece capaz de detener a las injusticias cuando se encadenan, indeclinablemente, unas tras otras hasta que ya no es posible volver a lo que había antes de ellas y entonces sólo queda lo que esté por delante. La ruptura de un estilo de vida, la destrucción de un sistema de significados y la irrupción del odio inmanejable, la separación, el sentir que sin que hayan hecho nada, les ha pasado todo.
Pero el tiempo también se detiene en el olvido y en la indeferencia y es ahí donde debemos luchar otra guerra más, igual de silenciosa, esta vez por la memoria y así dar un sentido a sus vidas.

(Un especial agradecimiento a la gente de Morelia que aportó este material: César Payá, Luz María Morales Salazar; el columnista Tocamal, del Diario La Voz, de Michoacán; Alejandro Páez, subdirector de la Revista Día Siete, de México, Jacobo García, Jacqueline Pisano y María Luisa Miaja Isaac)

2004
Eduardo Balestena

martes, 20 de abril de 2010

El exilio como raíz




Los Niños de Morelia, el exilio infantil en la Guerra Civil Española. (I)

A Emeterio Payá Valera (1930-2003) por su lucha incansable a favor de la memoria y de los derechos de los niños de Morelia

En 2004 nos ocupamos, en un artículo, del exilio infantil en la Guerra Civil Española. No obstante, los aportes de dos libros: Un capítulo de la memoria oral del exilio. Los niños de Morelia, de un equipo de investigación de la Universidad Michoacana San Nicolás de Hidalgo y la Comunidad de Madrid (Consejería de Artes de la Comuna de Madrid-Secretaría de Difusión Cultural de la Universidad Michoacana, 2002), así como Los niños españoles de Morelia. El exilio infantil en México (El Colegio de Jalisco, tercera edición, 2002), de Emeterio Payá Valera (uno de aquellos niños) significan dos aportes decisivos para el tema, a los que podemos agregar el testimonio de Rosa Laguarda (Experiencias, 2003).
Vamos a abordar esta historia primero desde la cronología y el desarrollo de los hechos, y luego desde su significación y desde quienes los vivieron. El relato de Emeterio Payá es muy valioso desde este aspecto, y la segunda parte de Un capítulo de la memoria… transcribe numerosas entrevistas. Personalmente llegué a hablar con uno de los exiliados, quien, por motivos enteramente circunstanciales, no quiso ser entrevistado.
El 10 de junio se cumplen setenta años de la llegada de los niños españoles a Morelia. Por distintos motivos, que trataremos de ver, su experiencia fue muy diferente a la del resto de los exiliados.
México y la Guerra Civil Española
El filme Morir en Madrid (1963) de Fredèric Rossif (Montenegro, 1922-París, 1990) permite tener una idea del aislamiento en que quedó la República Española luego de la rebelión del 17 de julio de 1936, y de la crudeza –que surge de la mirada terrible y poética del documental- de un conflicto que fue el preanuncio de la Segunda Guerra Mundial, y cuyos alcances futuros, muy pocos pudieron ver entonces.
Tanto las democracias europeas como Estados Unidos dieron la espalda a la República bajo la forma de un comité de no intervención formado en septiembre de 1936 por 27 países. Roosevelt, tan evocado como un gran demócrata en distintos filmes, no sólo negó la entrada a Estados Unidos al buque Saint Louis, en 1939, sino que tampoco contribuyó en nada a frenar el avance del fascismo sobre España, antesala de la escalada europea. El Saint Louis llevaba a 937 exiliados judíos alemanes, salidos del puerto de Hamburgo, a quienes no se les permitió obtener refugio en Estados Unidos, con lo cual debieron volver a Europa, donde la mayor parte murió durante la Segunda Guerra Mundial (la película El viaje de los condenados –The Voyage of the Damned-, de 1976, dirigida por Stuart Rosemberg, abordó este hecho histórico). Mientras tanto, Italia y Alemania intervenían activamente en la guerra civil. Leonardo Sciascia (Sicilia, 1921-1989), el gran escritor italiano, rememora ello en su relato “El antimonio”, evocativo de la circunstancia de que Mussolini envío a España a pelear a los desocupados de Italia. Campesinos contra campesinos. Mineros contra milicianos. Pobres contra pobres.
Muchos gobiernos pronto reconocieron a los sublevados. En América lo hicieron varios países, como Perú, Uruguay y Costa Rica. México, en cambio, apoyó a la República, material y diplomáticamente, y rechazó la representación ofrecida por el gobierno rebelde con asiento en Burgos. Ello significó a la gestión del presidente Lázaro Cárdenas (1895-1970, que participó de la Revolución Mexicana en 1913) abrir un frente interno, ya que vastos sectores de la sociedad mexicana estaban de parte de los sublevados.
El apoyo diplomático se materializó, entre otras cosas, en las gestiones llevadas a cabo en la Liga de las Naciones, donde la República Española carecía de representación. Gracias a ello se frustró la iniciativa del gobierno chileno tendiente al retiro de las legaciones extranjeras tras el asalto a Madrid, así como la iniciativa uruguaya de formar un comité de mediación iberoamericano, que habría reconocido las aspiraciones de los golpistas.
La Guerra Civil no sólo significó la instalación violenta de un gobierno surgido de las armas ante otro legítimo y un millón de muertos sino también el aniquilamiento, a favor de los sectores agrario y militar, así como de los intereses vinculados al extranjero, de las reservas materiales y financieras y la infraestructura, e implicó la disminución de la población activa y el nivel de ingresos.
El exilio infantil antecedió a la diáspora que se produciría a partir de 1938 –la “Operación inteligencia”- que significó el virtual vaciamiento de la intelectualidad española, y su exilio en México y Argentina, países beneficiados con tal aporte.
Las razones del exilio infantil
No es posible establecer dónde se originó la iniciativa para el traslado del contingente de niños a Morelia. No fue del Comité Mexicano, organismo que desarrollaba distintas actividades de apoyo a la República, fundado por la esposa del presidente Lázaro Cárdenas, junto con esposas de ministros y miembros del Gobierno. Posiblemente el proyecto haya sido concebido por el Ministerio de Sanidad y Acción Social republicano, ya que el primer registro es la solicitud de este organismo al Comité de México para el traslado de huérfanos de guerra.
Una razón para ello fue el bombardeo sistemático a poblaciones civiles -por la Legión Cóndor, de la Luftwaffe, formada en octubre de 1936 como apoyo a Franco-, con el objeto de desmoralizar a los republicanos, lo que significó el consiguiente desplazamiento a otras poblaciones, y a centros de refugiados. El rápido avance de las tropas rebeldes hizo que las autoridades tratasen de limitar la incidencia del conflicto en la población infantil, para ello se creó el Departamento de la Infancia Evacuada. Acontecimientos como el bombardeo de Guernika, el 26 de abril de 1937, la derrota de Brunete, en julio, y la caída de Bilbao en junio, con el consiguiente dominio rebelde en el País Vasco son contemporáneos de la partida del contingente.
Pero la razón de más peso era propagandística ante la opinión pública internacional, pues la iniciativa serviría para evidenciar el aislamiento de la República ante el embate del fascismo.
La organización y el viaje
El Misterio de Sanidad republicano y la embajada de México en España comenzaron con la organización del embarque en Valencia, sede del gobierno, en 1937. Los costos serían sufragados por México.
El gobierno español lanzó una convocatoria masiva por medio de anuncios, y en Valencia y Barcelona pudo reunirse una cifra cercana al cupo de 500 inicialmente pensado.
Hubo varios problemas en la negociación debido a que, sin consulta con el gobierno, el embajador De Negri aceptó las condiciones de los negociadores españoles, por las cuales el gobierno mexicano se encargaría del pago de los salarios de los docentes y personal médico que acompañarían a los niños. Otro problema fue que dejar la península desde el puerto de Valencia significaría pasar el estrecho de Gibraltar, en poder de los rebeldes, por lo que se decidió la partida desde Francia. Una posibilidad para el traslado era la Hamburg Amerika Line, desechada porque la Alemania nazi apoyaba a los rebeldes, por lo cual se optó por la Compañía Trasatlántica Francesa
El contingente de 464 niños fue reunido en Barcelona, desde donde salió el 20 de mayo en tren hasta Port Bou, y desde allí hasta Cerbere, en Francia. El 21 de mayo llegó a Burdeos, y el 26 se embarcó en el vapor Mexique (hundido durante la Segunda Guerra Mundial), que, tras hacer una escala en La Habana, donde el régimen de Batista no permitió bajar a los exiliados, desembarcó en Veracruz el 7 de junio. El contingente, que recibió una bienvenida apoteótica, se trasladó al Distrito Federal y de allí a Morelia, donde llegó el 10 de junio. Se había dispuesto día festivo en la ciudad cabecera del Estado natal de Cárdenas, y el recibimiento fue un gran acontecimiento masivo.
Las divisiones en la sociedad
Los diarios conservadores Excelsior y El Universal atacaron la iniciativa. Este último señalaba “estos pobres niños son simplemente carne de publicidad para poder decir ¡Mira, los huérfanos fabricados por Franco!”. De la serie de entrevistas realizadas en Veracruz por la periodista Magdalena Mondragón, de El Universal, surgió que la mayor parte de los niños no eran huérfanos. El debate sirvió para instalar los ataques a la gestión cardenista respecto a la república y acentuar el resquemor con que los sectores más tradicionales asumían a llegada de estos niños. No obstante, otros señalaban que el aporte de sangre blanca, estaría destinado a mejorar la raza.
Uno de los planteos era la clase de educación que se impartiría. La colonia española en Morelia quiso hacerse cargo de los niños, iniciativa rechazada por el Gobierno.
La Escuela Industrial España-México
Hoy en día ya no existe la antigua escuela España México. Allí se alza el populoso mercado de San Juan. En 1937 ocupaba los inmuebles de dos antiguos colegios religiosos que habían sido expropiados un año antes. El más grande, que había correspondido al Colegio María Auxiliadora, albergaría a las niñas. El otro, del colegio de Salesianos de Morelia, a doscientos metros, a los niños.
El gobierno intentó llevar a cabo una experiencia modelo, de acuerdo al programa aprobado por la Secretaría de Instrucción Pública en 1935, que, de conformidad al art. 3 de la Constitución, tendría un carácter socialista y laico. El establecimiento fue dotado de un presupuesto mayor al de las restantes escuelas estatales. Contaba con seis talleres: electricidad, carpintería, mecánica, costura y zapatería, con menor interés hacia contenidos teóricos, lo que no impidió que la prensa criticara el carácter marxista del modelo.
La embajada de España protestó por el rechazo del gobierno mexicano de las condiciones inicialmente pactadas por De Negri, distinta de las experiencias de contingentes enviados a otros países, y la educación de los niños fue confiada a maestros mexicanos. Sin embargo posteriormente se incluyó a parte de los maestros españoles en el personal educativo, con sueldos pagados por la República, posiblemente por las dificultades en la disciplina, y con mayores contenidos teóricos y de cultura española. Más tarde, ante la inminencia de la derrota, la República dispuso repatriar a los docentes, lo cual no pudo llevarse a cabo por falta de fondos. Aunque permanecieran en el país, debieron dejar la escuela España-México. En muchos casos, el estallido de la Segunda Guerra Mundial frustró el regreso.
“Comenzaba de este modo la difícil adaptación de estos primeros refugiados a la realidad mexicana” (Un capítulo de la memoria…, pág.44).
Ciertamente, fue una experiencia difícil por varias razones: una de ellas era la heterogeneidad de las edades del contingente, otra, probablemente la incapacidad de verbalizar el trauma de la guerra y del desarraigo, lo que se traducía en una mayor agresividad, y otra, la actitud de los docentes, que no estuvieron a la altura de la situación.
El apedreamiento de varias iglesias, el hecho de entonar canciones contra el clero con el puño izquierdo en alto fueron rápidamente sobredimensionadas por la prensa y generaron un clima hostil con la sociedad moreliana. Ello, unido a los cuestionamientos sobre el propio modelo educativo, motivó a llevar a cabo una campaña a favor del proyecto y a inspeccionar la escuela.
Gonzalo Sánchez Vela, Secretario de Educación, junto con Roberto Reyes Pérez, Jefe del Departamento de Educación Obrera, hicieron la inspección, acompañados por periodistas de los diarios Excelsior y El Nacional. Reyes Pérez la rememoraba de este modo: “fuimos sorprendidos súbitamente por una rabiosa pelea entre dos jovenzuelos, alumnos del plantel, que parecían dispuestos a aniquilarse…el propio Sánchez Vela…tuvo que intervenir para apartar a los luchadores…a poco caminar, una amplia terraza ocupada por una maestra y varias niñas distrajo nuestra atención…invitando a las niñas…a cantar algunas coplas de su país…ellas (…lo…) hicieron con toda desenvoltura ¡ y era cada coplita de un sabor tan picaresco! que mal entonaba con los pocos años de sus actorcillas” (ob.cit, pág.49). Ello, y la muerte accidental de uno de los niños en el mes de agosto, provocaron la destitución del director Lamberto Moreno, y el propio Reyes Pérez se hizo cargo de la dirección. Sus primeras medidas fueron dividir a la población por edades y nivel de conocimiento y despedir a gran parte del plantel de maestros mexicanos. Se estableció una disciplina militarizada y un plan educativo de carácter técnico.
La disciplina se consiguió al precio de tolerar el alto grado de arbitrariedad del “comité disciplinario” formado por los alumnos mayores, hacia los niños de menos edad, siendo que los más conflictivos eran precisamente los mayores. Asistimos así, a algo absolutamente presente siempre en la vida institucional: la consolidación de situaciones injustas con el dominio de quienes las producen, en nombre de ese orden que se debe sustraer al control. Orden y sometimiento son inevitables en este contexto, ya que las instituciones nunca protegen al débil, sino que lo sacrifican.
El fin de la experiencia
Distintas variables comenzaron a jugar en este punto (1940/41): el fin del gobierno de Cárdenas, y la consiguiente asfixia presupuestaria de la escuela; el crecimiento de los alumnos, a quienes se destinó a las Casas-Hogar, en unos casos, y al Convento de Trinitarias de Puebla, en el de muchas niñas; así como el fin de la Guerra Civil y distintos pedidos de repatriación, por parte de familiares y del gobierno franquista. No se accedió en éste último caso por la resistencia que ello generó en la propia sociedad mexicana. La colonia española terminó aceptando a los niños, independientemente de la ideología, y en muchos casos ellos recordaron haber hecho distintas salidas de fin de semana por invitaciones de miembros de esa comunidad. Ésta también se ofreció a sufragar los gastos del regreso, mas el destino incierto de una repatriación en masa, frenó esta alternativa. Otros, con la ayuda de la propia colonia española, directamente se fugaron de la escuela.
Finalmente, los niños que no habían concluido la escuela primaria, fueron trasladados a la Escuela Madrid, de la capital mexicana, y la Escuela España-México se cerró.
Se marcan, con este cierre, el fin de la experiencia educativa, el de la infancia y el de la guerra, y la experiencia pasa a discurrir en otros escenarios. Ya no existía un ámbito aglutinante y dador de sentido, sino la propia lucha por sobrevivir.
Las Casas-Hogar
En 1938 ya se había dispuesto separar a los niños mayores y más problemáticos, enviándolos al internado España-México nro.2, en el Distrito Federal, la ciudad capital de México. Ese es el primer antecedente de las Casas-Hogar, el del internado que, inicialmente concebido para funcionar como escuela secundaria, sólo lo hizo como una residencia conde los jóvenes comían y dormían. De este modo, paulatinamente fueron abandonándolos para buscar en la calle otros medios de vida.
El fracaso del Internado España-México nro.2, hizo que otros contingentes fueran derivados a distintos centros educativos, en Oriozaba y Coatzacoalcos (Veracruz), Tepic (Nayarit), Zamora (Michoacán) y Ciudad Lerdo (Durango), con lo cual, el grupo fue atomizándose, se perdieron lazos identitarios, y se multiplicaron, en los restantes centros educativos, los efectos del fracaso del internado España-México 2.
Con el tiempo, perdida la guerra, con sus familiares en campos de concentración en Francia, o prisioneros del franquismo, ignorados por los refugiados que llegaban a México, con una nueva administración, la de Ávila Camacho, sin el mismo interés que la de Cárdenas, quien seguía ocupándose del grupo de manera personal, y que tuvo un importante papel en la fundación de las Casas-Hogar, subsistieron con las estrategias adaptativas que pudieron encontrar, la mayor parte de las veces subempleándose, y en casi todos los casos librados a sus propios medios, siendo objeto de explotación en empleos no calificados, que perdían al ser frecuentemente despedidos por sus empleadores, por la explotación de que eran objeto, y también debido a su carácter rebelde.
La concentración de muchos jóvenes en el Distrito Federal y las condiciones en que vivían motivó que las autoridades republicanas debieran finalmente ocuparse de ellos, a la vez para tratar de evitar la intervención –y consiguiente administración- por parte del gobierno mexicano de los fondos del gobierno de la república, uno de cuyos organismos, terminó por financiar parcialmente las Casas-Hogar, que lo hacían, además, con el aporte de los jóvenes que trabajaban.
Las Casas-Hogar fueron seis: cuatro de varones y dos de mujeres. Al frente estaban maestros del primitivo contingente, jóvenes docentes que vivían en una situación bastante precaria, y que buscaban insertarse en el sistema educativo mexicano.
A diferencia de la Escuela España-México, no contribuyeron a reforzar los lazos identitaros, pero sí a mantener unido al grupo.
Son muy distintas las distintas evocaciones de esta experiencia: las jóvenes la recuerdan con un sentimiento hogareño y de gratitud. Los jóvenes lo evocan, en mayor grado, negativamente.
Una de las causas que marcó el fracaso del proyecto fue el problema de la indisciplina, que terminó haciendo que docentes preparados y con la mejor buena voluntad terminaran renunciando, vencidos además por las limitaciones presupuestarias. No obstante, lo peor fue su cierre repentino, tres años después de su creación, por el gobierno republicano, lo que dejó a los jóvenes que vivían en ellas en la calle y librados a sus propios medios.
Este fue uno de los momentos más duros, ya que se trataba del mismo gobierno republicano que los había sacado de España, y que en general usó de los fondos para ayudar a los exiliados que llegaron luego de la guerra a instalarse en México, y se desentendió de los niños.
Ello y la falta de reconocimiento por España, que recién les adjudicó una pensión gracias a la lucha de Emeterio Payá Valera (quien no llegó a cobrarla), hacen que el exilio infantil sea en si mismo una herida, que a 70 años, no ha podido cerrarse.


Eduardo Balestena
ebalestena@yahoo.com.ar

El exilio como raíz


Los Niños de Morelia, el exilio infantil en la Guerra Civil Española. (II)
En el artículo interior hicimos una aproximación a la cronología del exilio infantil a Morelia, que sirve como breve marco de algo que, en la pluralidad de historias de vida documentadas en Un Capítulo de la memoria oral del exilio, los Niños de Morelia (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo-Comunidad de Madrid), es muy profundo, y tiene tantas resonancias como actores.
Una cosa es narrar esa cronología y otra muy distinta detenerse, aun someramente en lo que significó la experiencia en quienes la vivieron.
Significados
Es difícil poner en palabras algo en lo cual sentimos que todo lo que pueda ser dicho es incompleto y relativo. Intentaremos, en ese camino, tratar de establecer una tópica del exilio y dividirlo en varios “tropos”, o motivos, que lo atraviesan.
Basta, por ejemplo, entrar en la página altavozdelfrente, que Juan Laguarda, uno de los exiliados, residente hoy en Estados Unidos, me indicó, para darse cuenta de que el exilio es la pérdida de un mundo y una utopía, que aquella España republicana, idealizada y añorada, es muy distinta a la actual, y a la real, y que la experiencia del exilio se origina precisamente en el derrumbe violento de ese mundo, que la película Morir en Madrid tan claramente plasma.
La propia experiencia, la identidad, la nacionalidad, el regreso, son otros de los motivos, y todos tienen que ver con esa pérdida primordial, y con los lazos que pudieron ser constituidos a partir de ella.
La experiencia
Emeterio Payá Valera viajó con sus otros tres hermanos. Fue el destino de muchos a quienes bajo la consigna “o todos o ninguno” sus padres buscaban proteger de la guerra, esperando reencontrarse con ellos tras un exilio de un año, o hasta que la guerra terminara. Cuesta pensar en esa posibilidad en una contienda ya por entonces tan adversa a la causa republicana. En Los Niños españoles de Morelia. El exilio infantil en México (El Colegio de Jalisco, tercera edición, 2002) Emeterio Payá Valera recuerda la despedida en Barcelona: “un chiquitín de escasos cinco años se aferraba a las piernas de su padre, hombre humilde. Transido de dolor y con el rostro angustiado; húmedos los ojos por la impotencia, era incapaz de convencer a su hijito de la necesidad de una separación que él mismo no alcanzaba a comprender…Arrancado de las piernas de su padre por manos piadosas, se aferró entonces a un pilar, asiéndose desesperado a su casa, a la patria, al amor paterno…’¡Que no se vayan mis hijos…que no se vayan’ Mi padre, que se había mantenido estoico, estalló finalmente en sollozos” (pág.33). Los hermanos Payá Valera jamás volverían a ver a su padre, muerto de pulmonía en un campo de concentración alemán en 1941.
Quizás no pueda pensarse una ruptura más absoluta y violenta que separarse de los hijos. Seguramente, si algo dio sentido a esas vidas fue la posibilidad de un reencuentro que no siempre se produjo o que al producirse significó una desilusión.
El internado
La escuela fue el hogar de los niños durante más de seis años el escenario que los mantuvo cohesionados, y un ámbito significativo en su identidad. Sin embargo la experiencia distó mucho de la formulación teórica con la que había sido concebida.
Eran dos viejos edificios, en uno de los cuales había habido un cementerio que debió ser pavimentado para transformarlo en patio de juegos, ya que era frecuente encontrar huesos en tumbas ruinosas. Emeterio Payá Valera recuerda los grandes dormitorios colectivos, con ventanales sin vidrios en sus extremos, por donde entraban murciélagos, las plagas –pulgas, piojos, ratas- y la desatención sistemática del personal, que tenía mejores sueldos que el del resto de las escuelas públicas.
Ellos poco hicieron ante el trauma de la guerra, que sufrían niños que habían visto asesinatos, o cómo eran extraídos cadáveres de las cloacas, y para quienes el paso de un avión era algo terrorífico. En muchos, este trauma se evidenció en agresividad, en otros, en enuresis, lo cual los convirtió más que en objeto de ayuda, en blanco de castigos medievales y escarnio.
Quizás lo más desafortunado hayan sido los directores. En el caso de Lamberto Moreno, por su hispanofobia y por la desatención en cuestiones básicas, y en el de Reyes Pérez por el autoritarismo que lo llevó a poner en práctica la idea de que los alumnos más conflictivos pueden ser neutralizados dándoles poder.
Generalmente se menciona una muerte, la primera, la de Luís Dáder García, de 5 años, que costó su cargo a Lamberto Moreno. Sin embargo, Emeterio Payá Valera, hace una cronología de todas las muertes de niños entre cinco y trece años, que fueron unas ocho, debido a la negligencia de las autoridades, tanto por enfermedades como por accidentes evitables. Ello es tan terrible como el hecho de los secuestros, las separaciones y la acción de pandilleros sin ningún control, pese a la disciplina militar. Sin embargo, tanto Rosa Laguarda como Emeterio Payá Valera, recuerdan los cuidados que recibieron en la enfermería del internado cuando estuvieron enfermos de fiebre tifoidea.
Payá Valera, que enumera el listado completo de los exiliados, su origen, sus ocupaciones y destinos posteriores, señala que si bien la convocatoria fue para niños de entre seis y doce años, había menores y mayores de esa edad. En el segundo caso, por lo que sucedió en el internado, daba la impresión de que los padres de estos últimos, habían aprovechado el llamado para sacarse a los hijos problemáticos de encima (Los niños Españoles de Morelia… pág.81). Los más pequeños debían soportar a los mayores que robaban, mantenían aterrorizados al resto, y los agredían, a veces con navajas.
Si bien la aceptación de la colonia hispana fue difícil en un principio, por el apedreamiento de iglesias y los cánticos hostiles al clero, los niños fueron luego aceptados y cuidados incluso por hogares franquistas. En muchos casos, esta acción fue más allá, porque parte de esta colonia buscó redimir a los “rojos”, por ejemplo secuestrando a las niñas para internarlas en conventos. De este modo, al 23 de septiembre de 1938 hubo: 4 niñas perdidas, 21 niños entregados a familiares, 16 al cónsul de España, 42 enviados a la Escuela España-México nro.2, 7 fugados que se refugiaron en esta escuela, 3 entregados a particulares en Morelia, una alumna casada y 4 muertos. (Los niños españoles de Morelia… pág.110). Es decir que había niños que eran entregados, contra la oposición de sus familias, a quienes eran enemigos de ellas. De ese modo, muchas veces los hermanos, confiados unos al cuidado de otros, eran separados.
Había una suerte de organización para sustraer niñas que, escondidas en casas de familias españolas reaccionarias, terminaban luego en conventos en Puebla y el Distrito Federal. Hubo la adopción de una niña sin el consentimiento de sus padres, y un grupo fue enviado a un convento por haber ido a bailar a la casa de una familia.
En otros casos las condiciones de vida en la escuela eran tan duras que los niños escapaban para buscar refugio en cualquier casa que los recibiera (ob.cit. pág.114).
Rosa Laguarda, no obstante, tiene un registro distinto, tanto del internado como posteriormente de la Casa-Hogar en la que vivió (Experiencias, 2003).
El vínculo con nativos mexicanos, ya fuera en las vacaciones, o en épocas de clase, fue profundo e imborrable, favorecido ello con la afluencia a la escuela de niños mexicanos. También lo fue el establecido con los maestros de taller, obreros como la mayoría de los padres de los niños.
Un punto de inflexión
El fin de la guerra significó que aquel exilio “por un tiempo” sería más extenso, o acaso definitivo. Se produjo entonces el pedido de repatriación por el franquismo, y la negativa por parte de sectores de la sociedad mexicana, que llegaron a medidas de resistencia activa, ya que niños refugiados en Francia, habían terminado en asilos y seminarios españoles tras su envío a España por los nazis.
Esto es marcado por otra experiencia: el envío a las Casas-Hogar, en el DF, manejadas por autoridades del gobierno republicano en el exilio, con una disciplina diferente, con muchas privaciones, pese a que contaban por ejemplo con agua caliente y otras comodidades de las que carecían en el internado. Sin embargo, era muy fácil ser expulsado de ellas, de las cuales salían para trabajar, las más de las veces, en condiciones de explotación.
No todos tienen el mismo recuerdo de las Casas Hogar, que fueron repentinamente cerradas a los tres años por el gobierno republicano en el exilio, dejándolos en la calle. Emeterio Payá Valera señala que algunos niños mexicanos fueron con ellos a las Casas Hogar, y que ante la extrañeza de un director, por su tez morena y el acento, le dijeron que eran marroquíes. Ello evidencia que no hubo siempre una posibilidad efectiva de control.
Los niños tienen de algunos directores, como Adolfo Sánchez Vázquez o Martín Navarro Flores, un recuerdo imborrable. En otros casos cristalizan en ellos el descontento de su abandono por parte de las autoridades republicanas.
Las niñas tienen un mejor recuerdo de las Casas Hogar, no hablan de la indisciplina sino de la familiaridad y del sentido de hogar.
Todos viven como terrible el hecho de que, con una anticipación de sólo días, hayan quedado en la calle con la suma de cincuenta pesos cuando el gobierno republicano en el exilio decidió cerrarlas. Funcionaron desde mediados de 1943, a mediados de 1945.
“No vinimos, nos trajeron"
El internado España-México no sólo fue un ámbito físico, sino también simbólico, que unió lo individual, lo colectivo, el acervo común, y “los referentes de hogar, amigos, escuela” (Un capítulo de la memoria oral…pág. 62).
Los Niños de Morelia fueron los primeros exiliados, pero dejaron de serlo cuando llegaron quienes huían del franquismo, al fin de la guerra, período en el cual el internado se encaminaba hacia su cierre. Existe una línea divisoria entre unos y otros exiliados. Los primeros fueron utilizados, primero por la República, y luego por el franquismo, y por profesores y políticos, que buscaron acceder a los fondos republicanos. Los segundos, llegaron como defensores de la democracia, luchadores que aun en la derrota conservaban la sensación de una victoria moral.
“Este sentimiento de haber sido utilizados y abandonados por todos se extiende a casi todos los niños de Morelia” (“Un capítulo…”, pág. 76)
Un ochenta por ciento del total de exiliados tenía menos de catorce años (ob.cit., pág.79). Es decir que para esta población, de aproximadamente diecisiete mil personas, el exilio se produjo en un momento de formación de la identidad y de su mundo circundante. En el caso de Los Niños de Morelia, ello se agrava por varias razones: ellos debieron separarse de sus padres, fueron puestos bajo cuidados ineficientes en los cuales naufragaron las buenas intenciones con las que se los llevó a México, para terminar por ser librados a su suerte.
Ello, unido a un proyecto educativo en el cual no les fue posible ni dar importancia al papel del saber en la determinación de su proyecto de vida, ni a su formación integral, los confinó a la dimensión de un eterno presente.
En efecto, cuándo volverían, qué encontrarían si efectivamente pudieran volver, qué harían si no pudieran volver. Llegaron por un período breve, que se prolongó irremediablemente. Sujetos a esta dimensión del tiempo, su única certeza fue el puro presente, la peripecia cotidiana, la supervivencia, más allá hay un marco invencible de incertidumbre. A la posibilidad incierta del eterno retorno, se contraponía un ir quedándose.
Por detrás, el naufragio de un proyecto, el de la República, la pérdida de contención, afecto y cuidado. Por delante la incertidumbre, dada en parte por el hecho concreto de que nadie se había preocupado seriamente por ellos. Emeterio Payá Valera, pese al recuerdo agradecido a Lázaro Cárdenas, que tanto hizo por los más postergados, y su esposa, señala el lugar lateral que el tema ocupó en sus memorias al ser publicadas luego de su muerte, en 1970.
Ellos vivieron la dimensión de la pérdida: la de lo conocido y la de lo posible. No es así uno, sino varios exilios: del hogar, de un sistema de sentido, y de uno de cuidados.
“Una de las frases que suelen repetir mucho para que se les entienda es la de: ‘No vinimos, nos trajeron.’ “ (ob.cit., pág.79).
El regreso
El regreso es otro de los nudos discursivos y está implícito en la idea de exilio: la ilusión siempre presente de volver a aquello que violentamente se había dejado, y reencontrarse con un contexto, familiar y social, que se había perdido. Sin embargo, pocas veces el regreso implicó esta recuperación.
En muchos casos se produjo por repatriación, por medio de las autoridades portuguesas, que representaban al gobierno franquista en México. Varios niños regresaron en la década de 1940. Otros no regresaron, en gran parte aconsejados por sus propios familiares, dado que en algunos casos estaban presos o exiliados, y que las condiciones de vida de la posguerra eran muy duras.
A diferencia de los otros exiliados, los niños no dependían de amnistías, no habían tenido un papel activo en la guerra y sólo habían sido víctimas. No obstante, fueron objeto de distintas represalias, como persecución policial y hacerles hacer el servicio militar. En otros, encontraron un país distinto al que habían dejado, sus padres habían tenido otros hijos, y ellos se convertían en extraños en su propio hogar y en su propio país, con lo cual, algunos optaron por regresar a México. En otros casos, fueron familiares quienes emigraron de España para vivir en México con sus hijos.
No obstante, quienes pudieron regresar, aquellos de los cuales no existen ya registros, pudieron recuperar el sentimiento de su nacionalidad española, que permaneció dividido en el resto, aquellos que mantienen la idea de España no como central, sino como un origen remoto, y parte de aquello que también son, ya que lo nodal lo tienen en México.
Emeterio Payá Valera relata en su libro (pág. 253) el llanto incontenible que se apoderó de él al sentir, en 1976, el anuncio de que el avión en que viajaba aterrizaría en instantes en Barcelona, y lo que le significó la recuperación de los lugares de su primera infancia. No obstante, por su propio derrotero y por razones ideológicas, había hecho su vida en México.
“Soy del exilio como de un país”
Mario Ruzzo, un querido profesor de Sociología en Servicio Social, decía, refiriéndose precisamente a los exiliados de la guerra civil española, que “habían salvado, como dice el criollo, sólo el pellejo”. Lo decía al hablar de cultura, aquello que, en la clásica definición de Ralph Linton, es lo que queda cuando todo lo demás ha desaparecido. Esos exiliados no tenían nada más que a sí mismos, a su bagaje, a sus valores.
En los Niños de Morelia hay una especie de segundo exilio (“Un capítulo…”, pág.81) por ser privados del país, y por estar en una etapa de formación, donde no existen referentes poderosos para mantener la identidad: “Los Niños de Morelia, por su parte, tuvieron que cargar con sus pocos y raquíticos recuerdos y enfrentarlos en un medio hostil, sin la ayuda, experiencia y consejos de nadie. España es un deseo que atrae porque significa no sólo patria y origen colectivo sino las raíces individuales, los padres, el hogar. Sin embargo España suscita al mismo tiempo un cierto rechazo”, el del abandono, el de la destrucción que se dejó atrás. Es allí donde a la dimensión colectiva se suma la dimensión individual. Es allí donde se han desplazado las raíces, donde el sujeto ha pasado a ser él mismo pero dentro de un grupo de pertenencia producido por el propio exilio.
Ellos no habían podido formar ese “pellejo” que fue lo que muchos exiliados sólo pudieron salvar. Su “pellejo” fue el propio exilio, el que los definió como grupo.
El lenguaje los revelaba como españoles y a la vez como mexicanos, por ser reconocibles los modismos de uno y otro idioma, fijándolos en un territorio limítrofe del cual es un indicador la documentación. Llegaron con una ficha, muchas veces con errores, y muy pocos tramitaron documentación mexicana, con lo cual, transitaron la vida en una suerte de limbo.
Es desolador sentir que aquello que a nosotros nos ha atravesado, marcado y cambiado la vida, aquello que se ha llevado muchos de los mejores momentos; que ese tiempo que la adversidad nos ha robado (como aquella exiliada que dijo a Emeterio Payá “me han robado cuarenta años de mi vida”) no signifique nada para los demás. Es lo que sucede en una España que no tiene casi ningún registro de los Niños de Morelia. Aquella patria que los exilió, luego los abandonó y más tarde los ignoró.
Ello hace que la historia no haya podido cerrarse, que hayan vivido fijados a un pasado al cual evocan como una verdadera dimensión existencial, y que quienes los vemos desde afuera, los veamos más que por lo que son como personas, por aquello que les sucedió. Se los ha conceptualizado no como sujetos de su historia, sino como objetos de la historia. No obstante, pese a todo eso, siguieron sus vidas y dejaron algo que va más allá de la circunstancia que los llevó a México.
“Nos decía José de la Colina: ‘Me acuerdo de unas líneas de Saint Exupèry: ‘Yo soy de mi infancia como se es de un país’ y las he hecho mías parafraseándolas: Soy del exilio como se es de un país’ “ (“Un capítulo de la memoria”…pág.89)
El exilio es no sólo ser apartado, sino saber que aquello de donde antes éramos puede seguir sin nosotros, sin percatarse siquiera de que nos hemos ido, o sin que le importe. Pero también es no rendirse y afirmarse en la adversidad de esa carencia de referentes, apoyarse en las acciones propias, y sostenerse en ellas.
Esa es la dimensión vital de un exilio donde se vive como en un país, pero valga, al mismo tiempo la enseñanza de otros que nos han demostrado que se puede vivir pese a ello.


(Agradecimiento: a Luz María Morales Salazar, César Payá, y Rosa y Juan Laguarda)

Eduardo Balestena
ebalestena@yahoo.com.ar

lunes, 19 de abril de 2010

El día en que la Argentina voló al espacio


a Pinche Dory


Por un problema de tolerancia de la realidad sólo leo dos revistas, la española Motor Clásico —el magazín actual del auto y la motocicleta de colección— y Aviation Heritage. Al lado de la angustia cotidiana me parecen paraísos de perseverancia, ingenio, soluciones mágicas y sencillas y aventuras tan inverosímiles como las del corazón.
Aviation tiene secciones fijas: historias de marcas, modelos y líneas aéreas, biografías, efemérides, travesías, rarezas... Fue en estas páginas, o más bien en una subsección —Joke Oddities— que encontré lo que hoy me desvela.
En Joke Oddities estaba la historia del carnicero volador —The Flying Butcher— quien en una bicicleta con alas y con cohetes a sus espaldas, había pretendido volar. Un súbito desequilibrio acabó con él en el piso incendiándosele el trasero, tal como lo documenta una vieja película.
Más abajo había una fecha y esta inscripción: "Argentine rocket 'Spacial Rastrojero' reached the moon" —argentine navigator lost in space in the early eighties— se titulaba. La firmaba un tal Nan Siegel y se contaba una historia que desconocemos aquí.
Según la revista, a principios de los años 80 había llegado un cohete argentino a la Luna pero el fracaso de la expedición hizo que no se hablase más de ella y fue ignorada hasta que un alumno de una escuela técnica había investigado el fallido proyecto. Pero el alumno luego desapareció, así como sus notas.
En la historia de la aviación hay muchos relatos con un lado de misterio, por ejemplo Paul Redfern, perdido en Brasil, que habría sobrevivido en la selva; o Amelia Earhard —que cayó el 2 de julio de 1937, con Frederick Noonan, su navegante, hombre valiente, afecto tanto a volar como a beber—: algunos dicen haberla visto prisionera en Japón. Su bellísimo Lockheed Electra nunca fue encontrado. Tienen ese final abierto e intrigante.
Esta nota no era la excepción, sólo destacaba que la nave había sido construida con partes de varios F-86 de rezago de la guerra de Corea que el gobierno argentino había comprado pagándolos a razón de dieciocho veces más el valor que tenían.
Sobre los aspectos "políticos" no se abundaba demasiado —en realidad se dedicaba a la nota un recuadro en la penúltima página, al lado de los clasificados.
Para salir de la curiosidad escribí a Nan Siegel.
Semanas más tarde me respondió. Un volovelista argentino —Claudio "Pinche" Dory, que cruzó los Andes en planeador— le había referido la historia y mandado un cuaderno de notas del alumno desaparecido, del cual Siegel transcribía algunas frases. Pinche tenía miedo de tener semejante material encima pero deseaba que el mundo se enterase —los que desean cambiar las cosas son los que no pueden y viceversa.
En síntesis la historia era ésta:
El gobierno militar había concebido el plan de llegar a la Luna. Eso daría mayor credibilidad a la Argentina a los ojos de los inversores internacionales y uniría al pueblo en una empresa común dando una sensación de logro como nunca antes. Posibilitaría además tanto nuevas licitaciones como privatizaciones y concesiones. En este terreno, todo lo terminado en "ción" parecía bueno y redituable.
Fue diciendo y haciendo.
Se ultimaron todos los detalles: el lugar de lanzamiento —en La Rioja—, la fecha estimada, lo referido a la televisación y la ceremonia inaugural.
Faltaban algunas cuestiones de tipo técnico: conceptos aeronáuticos a emplear, propulsores, diseño y configuración de la nave, materiales, pruebas, coeficientes...
Se pagaron millones a una consultora y se dedicó una partida sacada del fondo educativo para el soporte económico del proyecto en sí: lo de los materiales, planos, y todo eso. Los técnicos de la fuerza aérea aprendieron lo que Robert Goddard había averiguado en los años 20 y 30 en Rosswell, Nuevo México: que los cohetes explotan, se caen, queman —si uno los toca o está muy cerca de donde caen, lo cual es muy frecuente— y que, en fin, son algo más bien difícil de manejar, por no decir imposible. Apelaron, igual que los americanos, no a Goddard sino a algún nazi importado —como Von Braun que había hecho experiencia diseñando bombas para la Luftwaffe. Pero sólo encontraron en Argentina a capataces de campos de exterminio y no a técnicos, que vivían en Estados Unidos y que lo último que deseaban era venir. Esto fue focalizando la búsqueda centrada ahora en las ferias de ciencias de las escuelas técnicas del interior, tanto como para no levantar mucha polvareda.
Los resultados fueron desalentadores hasta que la Reserva Naval americana sacó a subasta un lote de F-86 que en los años 50 habían peleado contra los temibles Mig rusos en Corea: se destinó un par de unidades al Weeks Air Museum de Miami. Como no había lugar para las restantes se ofrecieron al tercer mundo en el contexto de un plan de entrenamiento para pilotos —cuyos nietos volarán algún día los Tomcat que hoy surcan los cielos.
Esto, dice Nan Siegel, dio aire al gobierno argentino que pensó en este concepto: el motor de turbina, en lugar del cohete, con desempeño en otro escenario bajo un mínimo suministro de oxígeno proveniente de ventiladores laterales en el cuerpo de la nave. Estarían montados a partir de un generador de flujo de aire —14 turbinas de Citroën trabajando en serie y solidarias por medio de cadenas de bicicleta. El suministro iba a ser suficiente para el empuje en una condición de escasa resistencia al avance, lo que facilitaría el desempeño y la economía operativa de los propulsores en una densidad menor y en un medio distinto, aunque haría lento el despegue. Confiabilidad por velocidad —en aeronáutica, como en la vida, se gana a costa de lo que se pierde, aunque pensándolo bien, creo que en la vida, después de todo, siempre se pierde.
Diseño probado por diseño experimental. Fidelidad por ligereza. Lento pero seguro. Pobre pero honrado.
Esta idea fue la que definitivamente ganó la confianza de los mandos a quienes se había encomendado el proyecto. Era, dijeron, una cuestion de idiosincrasia con el ser nacional.
Cuando este concepto ganó la calle estaba próxima la fecha de lanzamiento: vendrían grandes figuras del espectáculo, políticos, deportistas...
Así, el grupo responsable argumentó que debían obtenerse los motores de F-86 a cualquier precio, que se trataba de la última posibilidad de concretar la empresa por lo cual el trato con la Naval debía llevarse a cabo en los términos que se exigiesen.
Los motores fueron recibidos y ni siquiera se le pidió boleta al gobierno americano, a quien se hizo figurar como responsable no inscrito, IVA exento o algo así. También se aprovechó el instrumental, que aunque no sirviese de mucho vestía bien la nave. A esta altura, la gente en las calles miraba al cielo y decía "lo vamo a reventar" en abierta alusión a las otras superpotencias que se disputaban el dominio del espacio —en realidad a las superpotencias ya no les interesaba el espacio por el que habían rivalizado en los años 60, pero acá eso no se sabía.
No fue hasta que la fecha estaba próxima que empezaron a "meterle pata". Como no hubo tiempo para hacer unas instalaciones adecuadas, igual que en Locura en el Oeste, se hizo una especie de pueblo de madera pintada, imitando hangares y laboratorios ya que sólo se verían las fachadas desde lejos. Se pasó un momento angustioso cuando el viento derribó una fachada pero la cámara rápidamente se desvió.
En cuanto al regreso, se pensó que si podía despegar de la Tierra podría hacerlo de la Luna, donde la gravedad es menor. El problema sería que los motores se detuviesen, ya que no podría dárseles pala como a un Piper. Eso, y el traje presurizado —un mameluco de hule pintado y un casco de zorro gris con estrellas—, se perfilaban como las fallas potenciales del proyecto que contaba sin embargo con otro seguro: una estampita de la Virgen del Valle en la carlinga.
La navegación fue otro problema. Se optó por otro criterio tradicional: navegar por las estrellas que, incluso, estarían más cerca. Si vascos y vikingos habían llegado al Nuevo Mundo por ese método, por qué no pensar, mil años más tarde, que los argentinos podríamos ganar el espacio del mismo modo.
Se dijo que el astronauta había sido elegido entre miles de postulantes. Lo cierto es que se trataba de un soldado de infantería a quien le habían dicho "soldado, un paso al frente"; se le dedicaron, eso sí, varias horas de simulador en juego electrónico.
Pronto los medios especularon con las instalaciones que podrían construirse en la Luna argentina: estadios deportivos, paseos de compras, restaurantes...
Nan Siegel no describe la ceremonia de lanzamiento, que deberíamos buscar en los archivos de Gente o Siete Días, pero debe haber sido una fiesta argentina.
Fue un suceso del que los medios hablaron durante semanas. Sacando que los motores no encendían y que hubo que apelar a una manivela, un alambre y una caja de fósforos, no hubo mayores complicaciones.
Durante los primeros días se siguieron los avatares del transbordador —parecido al Challenger pero más pequeño y de cinc corrugado, con los colores azul y amarillo de la Fórmula Uno. Cuando se hizo evidente la pérdida de contacto ya había fecha para el Mundial de Fútbol. Pronto, nadie habló más del proyecto en ese secreto compartido que no se menciona nunca y cuya ausencia termina por ser una verdad silenciosa. Esa idea de la Argentina como un lugar donde no se puede preguntar y donde no se puede explicar, donde no se puede denunciar y tampoco se puede volar, me pareció muy congruente.
Algunos me dicen que no es posible pero yo le creo a Nan Siegel y la historia del cohete trucho. Dónde apoyo esta verosimilitud es lo que constituye, hoy por hoy, uno de los motivos de mis desvelos.
Los argentinos acatamos esos pactos de silencio donde se asume como verdad sólo a una mentira que cierra, ya que como verdad es humilde e intolerable y nosotros no somos ni humildes ni tolerantes.
El otro motivo de desvelo es que, en un país donde nadie responde por nada, donde las víctimas son culpables y los culpables son los que arman el escenario para crear víctimas que purgan sus culpas de poderosos, en un lugar así no me siento tan seguro como viviendo en un valle donde llueven cohetes.
Me gustaría un destino como el de Goddard: construir saetas que arden en el medio de la nada. Sé que él también se refugió en alguna parte, que sólo un monolito recuerda su trabajo —a Von Braun, sin embargo, todos lo conocen. Me gustaría partir a ese lugar para ser un olvidado, sí, pero más que nada para estar seguro, sin ilusionarme por nada —aunque a ese destino ya llegué, porque, por más que tratase, ya no puedo, ni podría, ilusionarme absolutamente con nada. Al menos, Goddard creía en su trabajo.
Deseo más que nada estar lejos, muy lejos y sólo sentir la abierta posibilidad del cielo bañando mi rostro vuelto hacia arriba y esa intraducible proposición que susurra el sol en nuestra piel besándola como unos impalpales labios, mientras pienso en ese solitario astronauta a quien enviaron a un abismo helado con materiales de rezago (su muerte se habrá "investigado hasta las últimas consecuencias").
Qué será ahora de aquellos que lo mandaron: traficarán armas, serán gobernadores o parlamentarios con fueros e inmunidad.
Como agregaría Nan Siegel: everything is possible.
PD. Cualquiera que desee consultar a Nan Siegel sobre esta historia, igual que yo, puede escribirle a 741 Miller Dr. E, Suite C-1 Leesburg VA 20075, e-mail: mailto:aviationhistory@thehistorynet.com