viernes, 11 de marzo de 2011

Una sociedad de opuestos


-El espacio emergente-
El mapa social argentino parece marcado por oposiciones.
Por un lado, los recursos informáticos prometen un acceso ilimitado a un saber que sigue la conformación de la imagen: algo que fluye permanentemente sin detenerse ni profundizar en nada. Por otro, asistimos a un declive del poder instituyente del ámbito educativo.
En una sociedad signada por los procesos de fragmentación, ruptura de ejes de sentido comunes y una fuerte movilidad descendente, en una dinámica de exclusión y polarización, aparecen claramente dos fenómenos contrapuestos: la segregación espacial de una minoría –countries y barrios privados- y el uso del espacio público como ámbito de protesta –los piquetes-, en un fuerte proceso de crisis de la representación.[1]
Ambos fenómenos significan el abandono de un sistema de significados común para el conjunto de una sociedad que aparece estratificada en capas, sin otro vínculo posible que la calle, escenario de la indiferencia o la violencia.

Ejes y espacios
Distintos trabajos dan cuenta primero de la dinámica de la exclusión social ya sea en lo habitacional como en la formulación de distintos modos de percibir lo social[2], que implican sistemas de sentido distintos[3], modos de significar y de tener a las cosas por objetivas.
De este modo, categorías como la exclusión social[4] son indicadores de una dinámica que no encuentra resistencia desde los hábitos de consumo, produce franjas poblacionales que están por fuera de toda acción institucional, y que esta categoría tiende a ser naturalizada, convirtiéndose en algo invisible en el paisaje urbano.
De este modo, se cuestiona o percibe menos, que la exclusión no es una categoría inherente a lo social sino el producto de políticas, del flujo del sistema económico; ni que ello implica que el excluido se socializa, por decirlo así, en la “intemperie”, que en el ámbito de la calle adquiere códigos posibles dentro de otra lógica, y que se encuentra destinado a vivir la vida como una experiencia no social, sino inherente al ámbito de los pares.
De este modo, hay franjas poblacionales que viven sin instituciones, “en banda”, a la deriva, sin escuelas productoras de ciudadanía, sin un Estado protector. Es el “declive de las instituciones en tiempos de fragmentación”[5]
Este declive está más allá de las poblaciones carecientes: si en ellas la institución educativa no puede formar subjetividades ni racionalidad, tampoco eso parece posible en la otra parte de la pirámide, donde impera la lógica individualista, desvinculada de todo lo otro y cuyo proyecto es ella misma.
En la paradoja de la globalización, mientras los bienes simbólicos les son negados a muchos circulan en la aldea global, donde sin embargo impera una lógica individualista.

Modos de ciudadanía
Es llamativo que dos formas opuestas de territorialización y organización hayan ido desarrollándose casi paralelamente, como si fueran cara y contracara del proceso de retiro del estado y de instauración de la lógica excluyente del neoliberalismo. Señalan Maristella Svampa y Sebastián Pereyra a propósito del fenómeno piquetero:

“Como hemos dicho, el inicio del proceso de descolectivización estuvo marcado por un repliegue en el lenguaje privado y un llamado a la subjetividad pura, en el cual se fundían un cúmulo de sentimientos negativos, como la culpa, la impotencia y el desarraigo; todos ellos vividos a contramano del clima de euforia neoliberal que atravesaba otros sectores de la sociedad argentina” (Svampa, Maristella; Pereyra, Sebastián: “Parte III Mundo Popular y transformaciones del peronismo”, de Entre la ruta y el barrio: La experiencia de las organizaciones piqueteros Edit. Biblos, Bs.As., 2009, 3ra. Edición, pág. 53)

El fragmento no podría ser más claro: la sociedad, en la dinámica neoliberal, carece de un sentido colectivo y se repliega en subjetividades: en un caso, la euforia de los que ganaron, que están más allá del resto y que no pueden compartir sus mismos sentidos, por otro, la construcción de una subjetividad nueva en un sujeto desinvestido: el desocupado.
La ciudadanía patrimonialista y la no ciudadanía.

Los que ganaron
La película Una semana solos (Celina Murga, 2009) evidencia el “estilo de vida puertas adentro” de los countries: un ámbito total, testimonio de un mundo privatizado, marcado por una valla (adentro-afuera) que es un sistema de sentido signado por la capacidad de consumo y por la disposición de los otros.
Uno de los elementos que señala Maristella Svampa en su exhaustivo estudio Los que ganaron: la vida en los countries y barrios privados (Edit. Biblos, Sociedad, segunda edición 2008) residen en la capacidad de negociación que desarrollan los countries para presionar a distintos municipios por mejores condiciones tributarias. Otro está dado por la formación de un proletariado de servicios, anónimo y flexibilizado, que pasa por la “creación de fuentes de trabajo”, objeto de un permanente control, que impone a los pueblos vecinos y a sus habitantes, proveedores de los “puestos de trabajo”, un modo de vida que gira alrededor del country[6].
Otra cuestión, claramente marcada en la película de Celina Murga, es la de las reglas, la “legalidad puertas adentro”. El countries es un espacio extremadamente reglado, en normas destinadas a ser desobedecidas, en parte porque quienes se encuentran encargados de hacerlas cumplir, son empleados de quienes la inflingen.
Pero, en lo que hace al aspecto que más interesa recalcar en contrapartida al fenómeno piquetero, es en el concepto de la “ciudadanía patrimonialista”:

“ ‘Frente al mundo privatizado’ se pregunta Amándola (2000: 44) , ¿cuál es uno de los riesgos? El riesgo es que el Estado comienza a retirarse y se transforma en el Estado para los otros. El Estado no es para todos. Algunos se autorregulan, y para los demás está el Estado. En efecto, el proceso de privatización que se opera en todas las dimensiones de la vida social genera una serie de consecuencias mayores que ponen de relieve la reconfiguración de las relaciones entre lo público y lo privado…En primer lugar, es necesario reconocer que los nuevos modos de habitar se expanden y van articulándose en nuevas estructuras reticulares, que tienden a concertar aquellas funciones que antes garantizaba el Estado” (“Las nuevas relaciones entre lo público y lo privado; los costos de la ciudadanía patrimonialista”, en “De la ‘Comunicad Organizada’ a la ciudadanía patrimonialista”, Cap.5, pág. 188, Los que ganaron…)

El retiro del Estado no sólo implica exclusión sino también (o quizás más que nada) privatización, en este caso produciendo mundos autónomos que reproducen las funciones del Estado pero no el sentido de ciudadanía.
Si en el Estado inclusivo la ciudadanía, como vestigio del sistema de pertenencia de la polis, era una cualidad inherente al ciudadano, en el mundo privatizado la ciudadanía se encuentra configurada por una riqueza tal que sus atributos están dados por la posibilidad de segregación espacial –crearse un mundo diferente para ser habitado con los iguales- y por el disponer de los demás a partir de una situación de dominio dada por esa riqueza y el concepto de “ciudadanía” que entraña.

Entre la ruta y el barrio
El fenómeno piquetero, como muchos movimientos sociales, es complejo y resulta de varios elementos.
Sus vertientes son las puebladas de provincias del norte, en busca de la solución de conflictos, y los reclamos de desocupados en el conurbano.
De este modo, se inscriben en una ruptura de la cultura del trabajo: los primeros cortes de ruta, en Cutral-Co y Plaza Huincul son ante la pérdida de puestos de trabajo de trabajadores petroleros, algunos pertenecientes a una tradición de operarios de ese rubro: generaciones socializadas en el marco de la estabilidad y del empleo.
Marcan, a su vez, una ruptura con el sistema de representación formal y de lucha sindical, al resultar un testimonio de la pérdida de operatividad del aparato sindical para hacer frente a los nuevos reclamos.
De este modo, los trabajadores enfrentaron la realidad de la flexibilización laboral con una única arma: exponer su cuerpo en las rutas. Acuñó un término hecho en esa exposición e indicativo de la movilización: piquetero. No ya desocupado, un término que denota la pasividad. Protesta en la que participaron familias enteras, lo que en algunas oportunidades frenó a la represión y que en otras la hizo más encarnizada
Sin embargo, este “éxito” hizo a la formalización y fragmentación del movimiento, ya que, para hacerle frente, el gobierno dispuso la entrega de montos en concepto de planes sociales. De este modo, la opción consistió en el sentido principista de seguir la lucha por la obtención de puestos de trabajo, o insertarse en la lógica de una acción estatal paliativa.
Antes de abrir un espacio nuevo que reformulara al aparato clientelar peronista hubo un período en que se hizo evidente la necesidad de una nueva estrategia.

“Así, los años de oro del menemismo muestran a los barrios recluidos en la cuestión más reivindicativa, abandonados por los sindicatos y con la estructura punteril peronista en plena expansión, sin mayores competencias a la vista. No fueron pocos los militantes sociales y políticos que recordarían el período como una suerte de lenta travesía por el desierto, en medio de un espacio social que mostraba a una población ya pobre, pero cada vez más pauperizada…” (Maristella Svampa, Sebastián Pereyra Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras, “Parte II El eje territorial del movimiento piquetero, el surgimiento de las oranizaciones a) las primeras movilizaciones en el conurbano bonaerense, pág. 38, Edit. Biblos, 2008)


Es evidente que uno de los primeros significados de la emergencia de este fenómeno fue la incapacidad de resistencia de las estructuras tradicionales ante el establecimiento del nuevo modelo neoliberal. La tácita aceptación, el silencio. La lucha emergió, en el sentido más literal, de la calle.
Queda por establecer si a la larga habrá una cooptación de este movimiento, capaz de procesarlo como uno más de los obstáculos al capitalismo salvaje, o si se impondrá como estrategia de resistencia en lo que tiene de genuino.
Algo es cierto, la sola ruptura de la cultura del trabajo –al pretender ser atenuados mediante la entrega de sumas sin contraprestación laboral- el Estado inclusivo, la posibilidad de acceso a bienes (materiales, culturales, simbólicos) son parte de un mundo que sólo existe en el plano moral y en el histórico.
La única esperanza es, como dice Saskia Sassën, que nada es eterno, que todo lo que se establece termina por desaparecer.





[1] Whortman, Ana Nuevos intermediarios culturales Colección becas de investigación. FLACSO, 2007
[2] Políticas Sociales y Estrategias habitacionales, Grillo, Lacarrieu, Raggio, Espacio Editorial, 1996.
[3] Bouirdieu, Pierre El sentido práctico, siglo XXI, 2007
[4] Villarreal, Juan La exclusión social, Grupo editorial Norma, 1996
[5] Duschatzky, Silvia, Corea Cristina Chicos en Banda. Los caminos de la subjetividad en el declive de las instituciones. Colección Tramas sociales. Paidós, 4ta. Edición, 2997
[6] Recuerda al artículo que años atrás, en la década menemista, escribió Noé Jitrik en Página 12, acerca de un pueblo donde había un castillo, de propiedad de Hugo Anzorregui. La vida del pueblo, como en el feudalismo, giraba alrededor de las necesidades del castillo.

jueves, 3 de marzo de 2011

En busca del tiempo perdido
















“Y de pronto se me ha aparecido el recuerdo. Ese sabor era el del trocito de magdalena que el domingo por la mañana, mi tía me ofrecía después de haberlo mojado en su infusión de té...cuando no subsiste nada de un pasado antiguo: después de la muerte de los seres, después de la destrucción de las cosas, solos, más débiles pero más vivaces, el olor y el sabor siguen durante mucho tiempo, como espíritus, recordando, esperando, sobre la ruina de todo el resto, soportando sin doblegarse, sobre su gotita casi impalpable, el inmenso edificio del recuerdo..”
Marcel Proust “En busca del tiempo perdido”.








Lo primero que oí sobre juzgados fueron los cuentos de mí Papá sobre el Juzgado de Paz de la calle Belgrano donde él habla entrado a trabajar en 1945.
Eran personajes e historias como mitológicos. Conocidos esos compañeros a quienes él evocaba, no parecían tener con la evocación, mas que un lazo tenue e imaginario.
En esa época mi papá no podía festejar su cumpleaños, que caía el mismo día de la muerte de Eva Perón. El ordenanza iba a los actos a controlar que todos fueran llevando el luto, aunque le concedía que festejase en su casa, con la ventana cerrada. Mi mamá tuvo que afiliarse al partido para trabajar de mucama un verano.
Luego trabajó en los Juzgados civiles, en la Villa Paz donde funcionaron desde 1955 hasta 1970: allí conocí a su jefe, en 1959, un escribano con nombre de pájaro a quien en mis cuatro años llamé por el apodo que le daba mi papá.
Había despachos en los baños, expedientes en las bañaderas y un juez con un despacho en una Sala China -nadie podía decirme que años después seria mi suegro-. En 1962 pasó al Tribunal de Menores donde yo iba siendo chico. Impresionaba la gente desfilando en la casa vieja con goteras. Un hombre mató a su esposa una tarde, en el patio, de tres tiros.
Fui practicante en los tribunales de provincia -un Juzgado Civil- hasta que entré al Federal en 1974, cuando se abrió. En ese entonces pensaba que había sido una suerte porque pese a haber hecho el curso en la escuela de capacitación: en provincia nombraban a cualquiera.
Igual que la colonización de Australia, parecía que en la nave de los condenados habían embarcado a ex presidiarios para darles una oportunidad más. La mujer fatal de la secretaria penal tenía en el pecho un prendedor que decía “beer”. La otra que tiene, le preguntó alguien.
El día que fui a anotarme había un oficial primero que vestido con un sobretodo negro escribía en una mesita. En la pared había una alfombra enrrollada.
Los oficiales primeros eran como dinosaurios a punto de entrar al museo pero que no se deciden a dar ese último paso. Con un corpus de muletillas, mañas y métodos de averiguación, como por ejemplo decirle a un cartero imputado de violación de correspondencia que de las cartas quemadas podía leerse el contenido -había sólo una cosa más absurda que decir eso: creérselo-.
­El Juzgado tenía algo pueblerino que fue desapareciendo, pero por debajo, las reglas siempre fueron las mismas.
Eran tiempos de la “lucha contra la subversión”, los porros de marihuana y los ravioles.
Luego vino la dictadura militar con sus hábeas corpus sistemáticamente desestimados mientras jueces y funcionarios iban a Europa y Miami o conseguían entradas para el Mundial en el recién inaugurado estadio.
En Mar del plata se obligó -en un tiempo exiguo y perentorio- a obtener la ciudadanía por ejemplo a los viejos músicos de la banda y de la sinfónica –no importaba la música que hacían, sino la nacionalidad que debían elegir-. A los chilenos obligados a nacionalizarse les decían en el consulado que eran traidores a la patria y que cuando ganaran la guerra -que era inminente- los pondrían prisioneros en el estadio-.
El mundo se dividía en patriotas y subversivos.
Habla infinidad de formularios de orden de allanamiento que sólo se usaban de borrador para escribir en el reverso.
En 1983 vino la llamada democracia: todo se multiplicaba pero sobre la misma estructura y usando los mismos criterios por parte de los mismos jueces y había que cuidarse de los mismos militares que estaban pero en otros cargos.
­Ese año tuve que ascender a notificador para no truncar mi carrera pero apenas ascendí -tras cinco negativas fundadas- la Cámara cambió su criterio de la carrera judicial y todos siguieron ascendiendo.
Por suerte dios es argentino y volví al Juzgado.
De la notificación puedo decir que me hizo conocer a los litigantes cara a cara; me demostró que si se sale de un circuito es difícil volver por más que no hayamos deseado salir. Se quemo mi auto notificando, me mordió un perro, me caí de la moto y me aficioné a la bicicleta.
Cuando volví a la secretaría penal -en 1986- sin embargo sentí que nunca me había ido. Seguía cumpliéndose sin embargo la multiplicación de causas. A las nuevas, se sumaban las de los años 70, en pre archivo en pilas que juntaban pulgas y arañas. Una vez se tomaron exámenes de aspirantes -era necesario mantener las apariencias- y se presentaron cientos de personas: era el relevamiento de una sociedad diferente, subempleada, destinada a ser absorbida, a que sus discursos debieran amoldarse.
De un poco antes de esa época eran las causas de los derechos humanos. Nadie sabia muy bien qué hacer con ellas. Se les daba trámite, por supuesto, citando y citando a testigos. Coincidían con aquellos viejos hábeas corpus archivados diez años antes luego de librar dos o tres oficios. Los testigos, en los delitos de significación social y moral, son los únicos a quienes realmente se les pregunta. No para saber la verdad sino para construir con partes de esa verdad, otra más aceptable.
El resto es historia.
El juzgado era, en aquellos días, como una película de Almodóvar: secretarías funcionando en el mismo lugar, personajes como Gloria Swanson en “El ocaso de una Estrella” en medio de historias de desaparecidos, robos de línea telefónica y tenedores de porros.
Nunca llegaba tarde, no faltaba: acabada mi carrera ya no pedía licencia por examen. Pero en abril de 1987 coincidieron la presentación -en la Feria del Libro- de mi primera novela, que había ganado un concurso, con la cremación de los restos de mi madre. Necesitaba un día más de los dos previstos mensualmente por motivos particulares. Entonces me fue negado el de la cremación aduciendo el Juez que podía volver al trabajo luego de la “diligencia”. Le contesté que puesto que madre hay una sola cremación de madre y presentación de libro difícilmente volvieran a coincidir -sin saber entonces que publicar sería mas difícil que tener dos madres-.
Las personas que han tenido la fortuna de sufrir menos y que por ciertos azares, adquieren una dosis de poder, tienen ante la vida y el sufrimiento de los demás una actitud de insensibilidad y soberbia que parece salir de ese mismo poder, como si todo fuese eterno -y casi lo es para ellos porque no han sufrido- y les perteneciese. Ese día, luego de una experiencia imposible de poner en palabras, sólo vagué por la ciudad como un extraño y, menos de ciertas frases antiguas, ruidos e imágenes de ese día, perdí la conciencia de todo lo demás.
Nadie se pregunta por todo lo que nos queda por ejemplo en esa presión de los turnos y los detenidos. Pero basta que algo escape de la letra de un reglamento para que la puerta que se abre para unos se cierre para otros.
Por más detallada, la crónica de aquellos años siempre seria incompleta.
Pero faltaba lo peor.

Los Ángeles al desnudo
De pronto llega el momento en que, inesperadamente, algo nos coloca en la trastienda, en ese espacio donde se revelan los secretos y desde donde, de un modo u otro, ya no se puede volver.
Las cosas nunca serán iguales.
En 1994 dejé la primera instancia y entré a un cuerpo colegiado, donde en 1997, descubrí que faltaba dinero secuestrado en expedientes. Primero fue uno, luego otro y luego otro. Por más que buscaba en los efectos de otras causas, el dinero no aparecía.
Era dinero que no debería haber estado allí. Su custodia correspondía al secretario, pero pese a todo, pese a que los otros tenían acceso al material, fui suspendido.
Sucedió un jueves.
Fue una sensación imposible de poner en palabras, lo que se debe sentir en un naufragio, o por ejemplo, en otra escala, lo que pudo sentir Dreyfus cuando lo acusaban de traicionar al ejército en el que había servido toda su vida.
Una red de amistades y fidelidades empezó a funcionar, una red de carreras con personas interesadas en cargos, que no podían verse responsabilizadas por nada al precio de perder esos cargos. Todos tenían algún vínculo.
Aquel jueves, cuando me lo dijeron, al par que no entendía la utilidad de una suspensión preventiva dictada para recolectar una prueba que ya existía, tuve una visión que me perseguirá siempre.
Sentí que me habían colocado en un mecanismo, inmutable, lento, frío y rechinante.
Era no lo que se suponía que había hecho –la sensación kafkiana de que nos constituyan responsables de un hecho inexistente-, sino lo que me hacían. Sentí que esa situación duraría años, que no importaría lo que dijese, que nada podría conmover a ese mecanismo que además, ignoraba la historia.
Se abrió un sumario y se nombro a un instructor.
Era un camarista –ahora retirado- que había sido abogado de sindicatos. Todos le temían.
Fue famoso. No porque hubiera escrito o publicado libros, sino por las cosas que decía a las empleadas, por el dinero que gastaba, por cómo actuaba como juez y por la galería de proezas que se adjudicaba en la más antigua actividad existente entre el hombre y la mujer .
Rápidamente, muchos de aquellos con los que había trabajado por años, se excusaron y las corridas fueron tantas que todos optaron por la sana actitud de no hacer nada para ver qué sucedía.
Muchos de mis viejos compañeros, me llamaban.

Las cosas que pasaron son tantas, tan extensas, tan variadas, tan perturbadoras, tan sin regreso, nos han invadido de un modo tal y sucedieron durante tanto tiempo, que no pueden ser resumidas.
Sí puedo rescatar algunas sensaciones, mientras pienso en un tapiz del siglo XVI que vimos en la Granja Real de San Ildefonso y cuyo título era “El triunfo del tiempo y la verdad”, una variación del tema medieval de la verdad, que a la larga, triunfa.
Primero fue despertarse, día tras día, en medio de ese mar sin fondo, flotando a la deriva. El encargarme de las cosas de la casa, atender a mis hijos –que tenían cinco y dos años-, responder sus preguntas, luego de haber trabajado siempre, todas las mañanas, desde 1974.
Recuerdo esos otros padres a la salida de la Escuela, yendo a buscar a sus hijos, saliendo de sus trabajos, recuerdo a los vecinos, los compañeros, verme en esas horas de forzosa inactividad y me recuerdo haciendo presentaciones y presentaciones, con tantos argumentos que me tranquilizaba el leer las cosas puestas así. Recuerdo el presentarlas, una tras otra y el transcurrir de los meses sin que fueran atendidas. Y recuerdo el pánico al teléfono y su contestador, a la novedad, al siguiente día...
El día antes de la suspensión me llaman para pedirme un currículum. Es por un premio que recibiré. Días antes de una junta médica, un año después, recibiré otro. Cúanto los hubiera disfrutado de estar en otra situación.
Sesenta días se puede estar suspendido, pero yo lo estuve siete meses y durante tres, sin sueldo, sin que mis presentaciones fuesen escuchadas y sin que nada avanzara, después, las cosas comenzaron a virar –una medida disciplinaria facultativa, más poderosa que el derecho al trabajo, el acceso a la salud, el cuidado de los niños...-. Empezaron a virar, pero, a no engañarse, siempre que las cosas cambian es por la extraña ecuación mental de alguien que no es malo, sino que es el mal. Alguian a quien todos respetan que es como decir que le temen. Temor y respeto son lo mismo. Hacen las veces de la virtud y del amor y se confunden con ellas.

También recuerdo cuando me enviaban de nuevo a aquel lugar, a pedido de sus autoridades –las sorpresas irrumpían en los momentos más inesperados, dando a las cosas el carácter de una eterna acechanza-, y el informe de mi terapeuta sobre el daño que acarrearía semejante cambio y más que nada ¿Cómo podría olvidar la junta médica a la que tuve que ir?.
En esa época trabajaba en la biblioteca.
No fue tanto las dos materias que perdí en esas semanas en que tuve que viajar a Buenos Aires, tres veces en un mes, en plena época de exámenes : fue conocer ese lugar.


Es un edificio de arquitectura fascista, con grandes y descoloridos murales cantando al progreso.
Es como aquellos hospitales construidos en el furor de algún gran programa de bienestar luego olvidado, y, más lejanamente, que al Estado en realidad, nunca le había interesado ese bienestar al que sólo rememoran esos antiguos símbolos. Ahora, de aquel proyecto, sobrevive un descascarado recuerdo: enormes pasillos, atestados y lentos ascensores crujientes con puertas herméticas y baños con las ventanas rotas.
En el enorme hall late un mundillo que me es completamente ajeno: litigantes, abogados, gente que trabaja allí pero yo no trabajo allí, me han sacado de la biblioteca que, luego de trece años de Prosecretario, es mi parcela de desarraigo y me encuentro ajeno. Es horario de trabajo, pero yo estoy allí, compareciendo ante unos médicos.
Me viene a la memoria cuando de Oñati me invitaron a un workshop sobre migración y la ponencia que hice –confiando que en los meses que faltaban, algo se resolvería, algo que, pese a los meses transcurridos, no se resolvió, y yo no pude ir-, en medio de esa marea, como para encontrar una raíz donde asirme.
Que sensaciones contrapuestas, que mientras del País Vasco, donde mi historia realmente comenzó, me invitaran precisamente a un workshop sobre migración y que, al par que podía hacer mi ponencia, era un descastado y aquel que debería encontrarse en mi lugar era promovido a juez....pero eso ya sucedió y ya se perdió en alguno de aquellos abismos del bosque wagneriano donde aún se libra una batalla silenciosa que dura cuatro años de indefinición, mientras un tratado consagra el derecho a un pronunciamiento judicial rápido....
En esa atmósfera sacada de Brasil, la película de Terry Killian, encuentro finalmente el lugar.
Se trata del más lejano de los pasillos, en uno de los últimos y menos concurridos de los pisos. Hay una inquietante calma a comparación del escenario bullente que late más abajo. Como adormiladas, varias personas parecen rezar en unos banquitos de madera y alguien está sentado en un sillón de dentista que, insólitamente, aparece como plantado en medio del pasillo.
Pensaba que lo había visto todo pero no, me doy cuenta de que ese escanio es lo más bajo, que en el poder judicial no debe haber nada más subterráneo –pese a estar en un piso más alto que el resto, y que esta contradicción de un abismo en el punto más alto, lo hace todo aun más fantástico- que este escenario surrealista que es una parte de mi propia pesadilla, aquella de la que no puedo despertar a fuerza de argumentos ni a fuerza de sufrimientos ni a fuerza de tiempo que pasa y pasa.
Tres idas en insomnes trenes y ansiosos colectivos, mañanas y tardes de vagar en el edificio surrealista desde cuyas entrañas emergen fantasmales empleados.

Ellos eran como debe haber sido el politburó, o los miembros del comité de actividades anti norteamericanas que en las viejas películas, repiten obstinadamente a gritos las mismas preguntas sin oír las mismas respuestas, con aquel poder de señalar a una persona que perdería su trabajo, o sus privilegios, o como yo, su tranquilidad.
Si hubiéramos hablado distintos idiomas, la diferencia no hubiera sido mayor. Habituados a “pacientes” –qué oscuras razones constituirían a unos en pacientes y a otros en examinadores- que no podían volver a trabajar, no comprendían que yo estuviese trabajando ni las razones por las que no podía regresar al tribunal.
Les cuento, no me escuchan; les presento papeles, no los reciben; les hablo de mi médico, uno de ellos se ríe; les digo que soy piloto, que estuve ocho meses sin volar, me ignoran. A la larga determinarán que puedo volver pero impugnaré el dictamen de estos “agentes de la salud”.
Una mujer de ojos inflamados llora emocionada porque le han prorrogado la licencia por depresión.
Aquel limbo donde vagaban penitentes, fue un inesperado potro de tortura que era también ciego, porque mientras se consagraba la impunidad me obligaban a ver las manchas de Roschach, a contar mi vida, a dibujar un árbol, una casa y una figura y a construir una historia (qué fácil hubiera sido sencillamente investigar).
Y también recuerdo que las citaciones, invariablemente, sobrevenían en época de exámenes o de proyectos o de viajes. Luego de años de impasse, volvieron a la carga los nuevos fiscales que, ellos sí, comenzaban a investigar para otros lados.
Trabajaba en un seminario sobre Marco Denevi, armaba mi ponencia y de pronto me volvían a citar, en medio del seminario que coordinaba, a una nueva declaración y deberían resolver justo el día de nuestra partida, sólo que ninguna notificación llegó y debimos vivir así el viaje, las navidades, el fin de año, con una incertidumbre que sólo se aclaró después –las citaciones sólo son urgente cuando nos convocan para esa galería de diligencias serias y únicas, como por ejemplo responder al delito de enviar una nota al Procurador general, y son lentas, lentísimas, a la hora de notificarnos algo bueno-.
El juzgado era el mismo y era otro. Aquella escalera, las paredes grises, los lugares por los que anduve años y años y que ahora me recibían con desdeñosa indiferencia, poblados de nuevas caras. Rostros conocidos y rostros nuevos que, democráticamente, me trataban como a un preso. Mi historia, mis tardes, mis mañanas y mis turnos, ya estaban olvidados.
Pienso en Dreyfus purgando –sólo por ser dedicado, hablar idiomas, y además ser judío- las culpas de Esterhazy, que fue absuelto, pese a que el alto mando del Ejército sabía la verdad; en Picquart, que descubrió a Esterhazy y a quien se arrestó y se le ordenó callar, en Esterhazy, finalmente suicidándose, en Emìle Zola, condenado por injurias por desenmascarar al Ejército.
Pienso en Nixon acusando a Alger His, que perdió su carrera y su trabajo en el Departamento de Estado, que fue encarcelado durante cinco años, entre 1950 y 1955 –en la caza de brujas que dio lugar al Maccarthysmo-, para acabar el propio Nixon, veinticinco años más tarde, renunciando a la presidencia por espionaje. O al fiscal que “investigó” a Preston Tucker – a quien absolvieron pero cuya corporación fue acabada- y que en 1973 fue el primer magistrado preso por fraude bursátil.
Siempre el triunfo de la verdad, pero antes, una vida destruida.
Así también, la verdad, lenta y tenuemente, alcanzó a mis perseguidores, aquel que llegó a juez, aquel fiscal cuestionado por su actuación en la época de la dictadura...aunque no tuvieron que pagar un precio tan alto como el mío.


­Era después del peronismo, la dictadura y la democracia, esa otra nueva cara, un modelo diferente del Judicial en la sociedad caníbal –que curioso, Zola llamó caníbales a quienes lo condenaron por injurias: qué poco cambian las cosas en apenas cien años- y como los que antes habían tenido un porro o habían tocado en la sinfónica o eran chilenos, yo me había convertido en una víctima más.
Desde antes sí, pero más que nada desde entonces, se hizo carne en mí algo que hemos charlado con Elías Neuman: que en esa mesa infernal del edificio del castigo, lo más sincero son los presos.
Ahora trabajo en la Oficina de Jurisprudencia de la Cámara Federal –un nuevo espacio ganado desde la negación y la nada-: desde el lugar de la informática, de la circulación del conocimiento y de la elaboración, he podido completar un sentido, abrir un campo de intereses nuevo, y pensar, que no es fácil pensar en estos contextos. Lo demás, está en estas páginas.

Recuerdo aquel día en que el oficial primero me anotó en su mesita. Entiendo que estaba en el lugar equivocado, pero ya es tarde: igual que el poema, no nos ha unido el amor sino el espanto.
Quiero recordar a dos compañeros: Mercedes Pando -1955.1982- y Alberto Sordelli -1960.1998- .
Yo pude, ellos no.
El sistema estuvo impreso en sus vidas y en sus muertes.
Recordarlos y decirles silenciosamente que un mundo de rocío es un mundo de rocío, pero quizás, quizás...

Todo esto, sin embargo no fue nada ante lo que vendría después.










viernes, 4 de febrero de 2011

Un derecho para gobernarlos a todo (reglas, razón y fuerza como presupuestos de la penalidad)



Capítulo de La Fábrica Penal, B de F, 2006)



“Salta a la vista, a juzgar por la confusión en que se encuentran estas gentes a la hora de enmendar sus cálculos, aun cuando lo haga el mismo hombre que los ha llevado a cabo, así como por los absurdos argumentos a que recurren para ello y el desorden en que están sumidos al respecto, que sólo por la Providencia...no existen en la navegación más desventuras y contingencias” ( Samuel Pepys, Diario de viaje a Tánger, 1693)

I. El arte de la navegación.-
Como los viajes en el mar hasta el advenimiento de la medición exacta del tiempo para determinar la longitud, el ejercicio de la penalidad está guiado por la Providencia que debe abrirse paso entre unas artes de navegación cuyo atributo más grande es que no sirven para navegar.
En efecto, las artes de navegación deben poder enfrentar las contingencias -tempestades, vientos, derivas-. Justamente, es para esas circunstancias que debieron desarrollarse y en ellas cuándo más deben servir y no al revés.
En determinados casos, no es que sean desconocidas la longitud y latitud de los clientes inamovibles de la penalidad, sino precisamente porque se las conoce y se las fija, como un navegante fija sus coordenadas, el libro de viajes del diarista inglés Samuel Pepys, puede ser leído –exitosamente- desde un punto de vista socio-jurídico.
Según los casos, las reglas se usan, estiran, ignoran, manejan, abren o cierran y si es posible llegar a puerto, ello no ocurre gracias sino a pesar de ellas.
Es justamente cuando el meteoro arrecia que las formas y el poder son menos útiles a aquellos que podrían legitimarlos. Entonces, las mejores teorías, los mejores autores y aun las mejores intenciones, sólo sirven para hacer agua.
Pensemos si es realmente posible navegar en estas condiciones o a quién resulta útil el curso. En ese caso, quizás no quede más solución que bajar a tierra y abandonar un navío tan poco confiable.

II. Estado, participación y legalidad.-
Al comienzo de su tan conocida saga de El señor de los anillos –que escribió entre 1937 y 1950- , J.R-.R. Tolkien coloca un epígrafe:

“Tres anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.
Nueve para los hombres mortales condenados a morir.
Uno para el señor Oscuro...
Un anillo para gobernarlos a todos. Un anillo para encontrarlos...”.

Si hacemos una somera referencia de aspectos de tres casos públicos –El de María Soledad Morales, María Marta García Belsunce y Arminda Martínez, podremos concluir que el derecho es como los anillos de Tolkien: uno para los seres comunes, otro para los poderosos, y ningún derecho hay capaz de gobernarlos a todos.
Pensar estos casos expone a lo que el derecho debería poder regular: precisamente la igualdad, el reparto –de responsabilidades, de competencias, de obligaciones, de restricciones, de facultades- para mostrar crudamente, por medio de sainetes de entregas diarias, que lo único importante es la posición que los imputados detentan socialmente y la disponibilidad de medios de aquellos a quienes supuestamente regula el mismo derecho.
Adjudicar o limpiar de esas culpas, convierte a los expedientes judiciales en engendros donde se hace evidente la lógica ilógica de los procesos.
Parece que existieran dos derechos: uno que se piensa e interpreta y otro que se utiliza y que en este último, se habla de pericias –por peritajes- testigos y careos como de las alternativas de un guión o como esas herramientas por las cuales ese otro derecho –el que se piensa, ese que no sale en las cámaras pero se entrevé en las opiniones autorizadas de los entrevistados- hará que se constituyan los responsables como tales.
Así, se banaliza la racionalidad por la cual deben adoptarse las resoluciones judiciales, siempre desfasadas de las expectativas de la audiencia. De este modo el derecho se vuelve lo que en realidad es: algo que nunca está íntegra y efectivamente donde y cuándo se lo necesita, algo que llega tarde, algo que se debe a reglas de juego poco claras, administradas por operadores que para eso se valen de rituales arcanos en los cuales manejan un poder que nadie parece poder controlar y del cual no parece posible pedirles cuenta y que nunca es transparente.

En el de María Soledad Morales, joven violentamente asesinada por miembros del poder político feudal de la Provincia de Catamarca, el cerco de presiones, en cuyo seno se produjo y ocultó el crimen, fue quebrado por una participación popular desconocida hasta entonces. El juicio fue una pugna entre esta participación popular –que busca la verdad- y el circo forense.
En el de M. Marta García Belsunce, una socióloga asesinada en un country, la posición de los involucrados en el hecho pone de nuevo en escrutinio al poder pero desde un nuevo lugar: la ocultación y las presiones entre bambalinas.
Arminda González, por su parte, es madre de seis hijos y fue abandonada por su marido golpeador. Su hijo menor –un bebé de meses- recibía atención en un centro de salud que fue cerrado por falta de presupuesto. La gravedad del cuadro y la falta de atención ocasionaron la muerte del niño, de la cual fue imputada la madre, quien pasó meses en prisión. El resto de sus hijos le fue entregado a un tío, que se niega a devolverlos porque percibe un subsidio de ciento cincuenta pesos.


III. El Estado soy yo.-
Además de omisión, el Estado es varias cosas: el enunciado de una igualdad que lo define como tal, un objeto de apropiación, un ejercicio, una malla de disposiciones y un conjunto de prácticas que se materializan siempre en un tratamiento desigualitario. Es decir que hablamos de una legalidad que se niega como tal en el acto de ser ejercida y en la cual, lo que se busca es precisamente la detentación de los medios del poder.
El Estado termina siendo la posesión de las prerrogativas originalmente destinadas a sostenerlo ante los embates de quienes tienen poder, para que le sea posible asegurar algo para aquellos que no lo tienen. Un Estado que cede al poder no puede dirimir conflictos en los cuales fatalmente se impondrá quien lo tenga.
En el caso de María Soledad Morales, el cerco feudal es roto por la participación popular, en el de María Marta García Belsunce, el Estado se repliega a los límites de un country hasta evidenciar que dentro de sus paredes protegidas es donde discurren los entretelones de esa parte privada de lo estatal que tiene una repercusión pública, porque habla de su retiro: se ha retirado de las calles para localizarse en un barrio privado, lejos de todo escrutinio.
En el de Arminda González, el ámbito público es ese otro poder vuelto sobre personas con un alto grado de vulnerabilidad, que responsabiliza a una víctima que se construye por aquello que el propio Estado debió hacer.
No hay la idea del Estado como de un marco previo, moral, garantizador y estable del cual las normas penales sean formas y medios: aquello capaz de hacer que la idea moral –preexistente y autónoma- se haga efectiva.
Al contrario, el Estado parece un territorio liberado donde, abiertamente, sin sujeción, sin moralidad previa, sin cuentas a rendir, sin poder alguno de exigibilidad –porque ya no hay una idea de corrección ni un poder para corregir- se agrupan, reagrupan y ejercen fuerzas.
La fuerza parece ser aquello capaz de reformular las reglas de juego y establecer otras sin legitimación, dando por tierra con una idea y una práctica del Estado, que pasa a residir en una práctica de fuerza que deslegitima la propia idea de Estado.


IV. El Señor de las moscas.-

“El criminal produce además el conjunto de la policía y la justicia criminal, fiscales, jueces, jurados, carceleros, etcétera; y estas diferentes líneas de negocios que forman igualmente muchas categorías de la división social del trabajo, desarrollan diferentes capacidades del espíritu humano. La tortura, por ejemplo, dio surgimiento a las más ingeniosas invenciones mecánicas y empleó muchos artesanos honorables en la producción de sus instrumentos” (Karl Marx, Historia Crítica de las Teoría de la Plusvalía, México, Fondo de Cultura Económica, 1945, pág. 217)

IV. I William Golding (1911-1993), nació en Saint Columb Minor, Cornwall. Fue maestro de escuela hasta alistarse en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial, profesor de Oxford, donde impartió seminarios de lengua inglesa, premio Nobel de Literatura (1983). Publicó en 1954 la novela El señor de las moscas (Lord of the flies) que se considera su obra cumbre.
La novela de Golding es una alegoría que cuenta la historia de un grupo de niños que –por circunstancias que no se aclaran- llegan a una isla desierta [1] : sus tópicos nos servirán para pensar al Estado, el Poder y la maldad del hombre, en un enfoque socio jurídico porque se refiere a situaciones donde aparece negada la idea de progreso moral de ciertos grupos, de efectividad de las normas y la posibilidad de existencia de una moralidad operativa.[2]
Con la necesidad de sobrevivir, surge la de generar el autogobierno de la sociedad que se ha creado espontáneamente. Se trazan reglas y objetivos y se constituye un liderazgo.
La legitimación siempre parece falible –depende más que de los modos por los cuales se eligen los líderes, de la corrección de los instrumentos que empleen y del carácter igualitario de las reglas que dicten y apliquen- . Si el sistema de aplicar normas no es legítimo –porque pese a que existan reglas, estas se administran por el uso de la fuerza- ni tampoco encuentra su basamento en la educación, las garantías o la igualdad, lo que surge son los impulsos más primitivos e interesados, el oscurantismo, las conveniencias y la fuerza como los principios reales que rigen socialmente.
La novela coincide con los casos que mencionados, que obedecen a un conjunto de relaciones donde el valor de aquello que se ha vivido y aprendido antes –moral, ética y valores- se hace más y más relativo. No son reglas legítimas sino relaciones lo que finalmente se impone[3]. Podemos vivir sin reglas que sean para todos si existe el poder de imponer otras.


IV. II La novela –que desde su primera línea muestra a Ralph, el personaje principal, arrojado a la isla, donde pronto se encuentra con Piggy- [4], produce desde el principio, la sensación asfixiante de un mundo cerrado donde no existen valores sólidos a los cuales aferrarse o de los cuales valerse, ni formas de comportamiento racional; donde tampoco existe una explicación de las cosas que vaya más allá de las circunstancias más inmediatas, en un mundo implacable que desconoce las mínimas gentilezas.[5]
Los casos señalados producen algo parecido: Sensaciones crudas y primitivas más vinculadas a impulsos oscuros que a un avanzado sistema jurídico.
Ralph encuentra una caracola[6]. Piggy piensa que si Ralph puede hacerla sonar soplándola, otros niños desperdigados en la isla podrán acudir a su llamado.
Sin embargo, se necesitan destrezas tanto para sacar la caracola del agua como para hacerla sonar. Ralph aparece como líder destinado a llamar al resto. Sin embargo, tanto la idea de llamar a otros, como de hacer sonar la caracola y el proceso de simbolización que tiene lugar, así como el hecho del posterior liderazgo de Ralph, vienen tácitamente de Piggy.
Sólo a partir de la relación entre Ralph y Piggy la caracola es encontrada, rescatada y se constituye como símbolo.
Efectivamente, otros niños acuden al llamado. Un grupo liderado por Jack Merridew, que trae consigo la irrupción de la fuerza, el concepto de clase, la división de tareas y la idea del liderazgo como concesión –para mantenerse en buenos términos con Jack, Ralph no duda en ridiculizar a Piggy, a quien, de un modo u otro, debe su “poder” porque fue quien obtuvo la caracola y pensó en hacerla sonar [7].
Ralph emerge como líder por medio de una votación donde se ha tenido en cuenta que él es quien usó por primera vez la caracola y quien la tuvo desde el principio en su poder.
El líder no debe tener grandes cualidades[8], es elegido casi sin razón pero a esa elección debe el hecho de detentar la posesión de los símbolos. A su vez, es líder en parte porque ya los detentaba con lo cual, el poder aparece como un proceso cerrado sobre sí mismo, sin legitimidad posible porque no interesa que sea legítimo. Mas bien se basa –como el liderazgo carismático de Max Weber- en un dominio escénico que nada tiene que ver con las ideas.

IV. III A partir de allí, las reuniones serán convocadas haciendo sonar la caracola.
Vale decir que se establecen –inicialmente por consenso- los rudimentos de un poder simbolizado en un objeto, cuya posesión representa precisamente ese poder.
La caracola es entregada a quien tiene el uso de la palabra en las asambleas.
No obstante, Jack no permite hablar a Piggy aunque éste tuviera en su poder la caracola y un mensaje importante para decir, aduciendo que tenerla no vale en la cumbre de la montaña. Inútiles son las protestas de Piggy[9].
Durante la interrupción, Ralph dice que hay que tener más reglas y obedecerlas[10], así como que la caracola vale en el llano y en la montaña, no obstante, Piggy ha desistido de hablar y Ralph agrega que obedecer las reglas es lo que los diferencia de los salvajes.
Este acto de proclamar un derecho al par que se lo niega[11], o proclamarlo para quienes detentan la posesión de los símbolos antes que para todos o para aquel que tiene algo que decir, revindicando en una intervención llevada a cabo por la fuerza a su vez un respeto que no se tiene, parece inherente a todo ejercicio del poder, que siempre se refiere a una igualdad destinada a ser rota.[12]
También parece un atributo del poder el hecho de fingir que no existe ese ejercicio selectivo. De este modo, al par que se viola una regla se enuncia la necesidad de obedecerla con lo cual se establece una división entre aquellos que las enuncian y rompen y aquellos que siempre deben obedecerlas.
Hemos de retomar luego el especial papel de este proceso por el cual el poder legítimo se convierte en la detentación de objetos -símbolos, dispositivos, normas, la facultad de considerar que otros son infractores, etc.- que supuestamente lo representan.
El orden legítimo dado en la isla, puede ser desobedecido en momentos de crisis. Pensemos por un momento que cada caso que se hace público es planteado no como muestra de una conformación determinada sino como algo excepcional y se lo vincula a un estado de crisis. En ellos se evidencian las fallas en el poder pero al mismo tiempo, como son excepcionales, como sus circunstancias son únicas, el poder, a la larga, podrá resolverlos y todo volverá a ser como antes.
Piggy intenta plantear la necesidad de actuar para ser rescatados, construir refugios y dar al liderazgo un sentido racional[13].
El intento desordenado de hacer un fuego –cuya humareda podría avistarse desde el mar y posibilitar así el rescate- deriva primero en un fuego improvisado, voraz y sin humo y luego en un incendio.
Esto puede tomarse como una metáfora de los sistemas de justicia, que pueden consumirse improductivamente en lugar de indicar un camino si es que no son manejados a partir de los instrumentos de la autoevaluación y del rigor[14].

IV. IV Hay un elemento más: durante la asamblea un niño dijo ver una bestia como una serpiente, que viene por la noche. Pregunta a los demás si ella volverá. Es una bestia que puede venir del suelo o de los árboles y volver a ellos cuando es vista.
Ralph sonríe y trata de explicarle que no existe tal bestia, no obstante, la inquietud ante lo fantástico preocupa al grupo que no se tranquiliza con argumentos racionales o ante la circunstancia de que si la bestia vino de noche no pudo ser vista. Sumado a ello, el niño desaparece durante el incendio del bosque con lo cual, al proceso de simbolización, se añade el del mito.
Ambos articularán con el poder.
A partir de ahí, el poder necesita dar cuenta de los temores y poder manejarlos, cosa que no sucede –ni en la ficción ni en la realidad - más que en el nivel discursivo.
Jack y su grupo –el coro- se han adjudicado la caza y el cuidado del fuego: con el proceso de simbolización se genera el de la división de tareas.
Piggy, el más débil de los personajes -y quien la ha recogido del agua, -pág. 16- es erigido como guardián de la caracola y su significado. La caracola, ya no es un objeto para ser visto sin ser tocado, sino que se convierte en una posesión.[15]
Van confrontándose dos modelos de autoridad: el de Ralph y el de Jack . El primero se basa en la caracola y la necesidad de un fin general: ser rescatados, para lo cual se ha convenido mantener encendida una fogata en lo alto de la montaña. El segundo se vincula con la fuerza y la sumisión.
El liderazgo de Ralph pierde efectividad porque si bien las normas han sido legítimas, hacen a una finalidad –ser rescatados-, tienen un sentido pragmático –construir refugios, mantener encendida la hoguera- y se basan en el consenso, no existe un modo efectivo de hacerlas cumplir castigando su inobservancia. De ahí surge que la legitimidad necesita del poder, pero de un poder legítimo, y que el poder, al contrario, no necesita legitimidad.
Es decir que no es el fin general de la norma lo que puede asegurar su cumplimiento sino el castigo –con lo cual, se postula que no existe una conciencia grupal ni una responsabilidad porque si la hubiera, no sería necesario el castigo-.
Sin embargo, la finalidad puede ser legítima y el castigo no, en este caso, asistimos a un sentido paradojal de todo mecanismo coactivo, que es: 1. el imponerse independientemente de su legitimidad y –2.- tener una legitimidad que no pueda asegurar su observancia.
Sin esta conciencia y reconociendo en la coacción su mecanismo aglutinante, el grupo se disgrega y el propio Ralph debe ejecutar por sí mismo las tareas mientras que el resto –salvo Jack y Simon- se entregan a los juegos.
La bestia –que nadie ha visto- se ha constituido como lo innombrable y se hace presente en las pesadillas de los más chicos.
Del mismo modo, sin la cohesión de sus valores, basando la idea del castigo en la sola coacción, la sociedad se disgrega al esperar algo de instituciones a las que a su vez se intuye incapaces de responder a nada que sea socialmente importante, a nada que tenga que ver con la autoevaluacion o los valores, sino simplemente al reinado de la fuerza que se auto- justifica en esos valores que se saben íntimamente no respetados –libertad, igualdad, legalidad-.
Un caso público es esa doble confirmación: el sistema no sirve –ya sea porque generó esos casos o porque no sabe responder con eficacia ante ellos- pero sin embargo se espera algo de él (el sistema judicial, como el sistema político, es aquel capaz de hacer que el fracaso trate de superarse con mayores dosis de aquello que lo generó, lo cual nos lleva a poner en duda su racionalidad porque se constituyen en el orden inverso al de los oficios o la técnica, donde del error se llega al hallazgo de algo que sea efectivo).
A la larga, el grupo va olvidando la idea del rescate, lo cual o bien reafirma el proceso de deslegitimación de las normas o bien es su consecuencia, al perderse socialmente la conciencia de la finalidad, por una parte, y por otra, poniendo en tela de juicio que esa finalidad pueda ser alcanzada por medio de la aplicación de esas normas. Ello y la heterogeneidad del grupo –están los mayores (the biguns) y lo más chicos (the littlums), que juegan libremente y tienen sus propios intereses, más allá de la comprensión de las reglas, y del resto- hace a la pérdida de efectividad de liderazgo.
Avistan un barco pero comprueban que la hoguera se había apagado porque los cazadores, que debían vigilar el fuego, se sumaron a la cacería de Jack.
Jack y los cazadores formaron un círculo destinado a rodear al Jabalí. Sólo así pudo llevarse a cabo la caza.
De algún modo, la falta se “legitima” por este resultado, y el liderazgo de la fuerza es reivindicado: no son las ideas o las normas sino el poder, la magia y los instintos lo que se reivindica con ello.
Esta trasgresión es acompañada por la circunstancia de que los niños –que se habían pintado la cara para la cacería- inventaron una canción y una danza ritual.
Es decir que la autoridad racional se rompe por una falta, que a su vez produjo un resultado positivo y se encuentra rodeada por un rito que apela a la fuerza y lo irracional como manera –más allá de toda legitimidad y validez- de sentirse seguro y unido a un grupo, sin importar que exista un propósito más allá del propio vínculo.
Sucede luego una escena de violencia en la cual se rompe una de las lentes de los anteojos de Piggy –que eran utilizados para encender el fuego-, pero finalmente el festín de carne a medio cocer, ante el fuego, une al grupo.

VI. V En la asamblea que sucede a este hecho se plantean varias cuestiones: 1. el liderazgo con sentido pero con normas no coactivas, el de la fuerza -2-, que no tiene sentido pero que es coactivo y –3- la necesidad de todo liderazgo, para poder ser ejercido como tal, de capitalizar lo irracional.
Con la imposición de la fuerza se pierde la finalidad –que dejará de ser el rescate para ser la caza-.
De este modo, el lazo social aparece dado en aquello que el propio liderazgo presenta como más urgente, haciendo de esa cuestión su fin, sustituyendo el problema de la legitimidad por el de la utilidad inmediata. Ésta tiene que ver con el puro ejercicio del poder que así, se encuentra desvinculado de un fin mediato, general y legítimo.
Esta confrontación entre dos modelos de liderazgo trae a un primer plano el perfil de los líderes, su poder, su capacidad de producir cohesión, y colocan en segundo plano el problema de los fines, las prioridades y los valores.
Pensemos en los modos por los cuales los sistemas adolecen del mismo vicio. Se colocará entonces a la verdad en un segundo plano, o se la hará jugar conforme a las necesidades de las luchas facciosas por parte de quienes detentan, o aspiran a detentar, el poder institucional, con su inmensa posibilidad de disponer y nombrar, de hacer, de omitir, de interpretar, de seleccionar, de condenar, de absolverse, de señalar, de no pensarse como parte de un problema, un equilibrio de poder o una línea de negocios.
Desde el liderazgo de Jack, las reglas son palabras y desde el de Ralph, Jack está rompiendo las reglas. [16]
Uno tiene el poder de dictar reglas y otro el de cazar. Si se impone el poder de cazar, no existirán reglas ni tampoco una finalidad más allá de la propia cacería.
El miedo a la fiera dispersa a la asamblea.
Si Ralph hace sonar la caracola y nadie acude, significará que la sociedad que han creado habrá perdido sus reglas y será otra clase de sociedad y ya nada tendrá el mismo sentido.
Simon señala que la bestia son ellos mismos, mas el grupo se ríe de él cuando habla; los demás se burlan de su idea y la burla produce alivio –de algún modo, Simon es portavoz de aquello que todos saben pero nadie dice-.
Al final del capítulo 5, ya sumida la isla en la oscuridad, se oye un gemido remoto y espectral, el de un niño que había soñado con la bestia y que, interpelado por la Asamblea, sólo se identificó como Percival Gemís Madison, de la vicaría de Hartcourt St.Anthony, cuyo teléfono no recordaba.

IV. VI La isla queda sumida en la oscuridad de la noche y nadie –porque todos se han dormido- advierte las luces que se desplazan a gran altura. Son combates aéreos. Del cielo cae un cuerpo en paracaídas y queda en la montaña.
A la madrugada, dos personajes –los mellizos Sam y Eric (the twins)-, que montan guardia en la hoguera, escuchan el sonido del paracaídas, cuyas cuerdas se tensan y aflojan al ritmo de los vientos y lo toman por la bestia.
Es interesante el modo de nombrar tanto a la bestia como al miedo. La versión de los mellizos no tiene nada que ver con la realidad y ellos mismos pueden referirse a la bestia pero no se atreven a nombrarla abiertamente
El grupo se organiza para subir al risco donde, en la oscuridad, ven la sombra del paracaídas meciéndose en el viento, con lo cual se demuestra la existencia de la bestia. Han llegado a la montaña casi de noche y su visión es muy escasa, pero aun sin posibilidad de corroboración ni una visión fiable, la toman por aquello que creían que era. Debemos preguntarnos por las veces en que sucede lo mismo desde el sistema penal, donde se toma a las cosas por lo que se dice que son[17], sin la posibilidad de verificarlas de un modo fiable: como primera medida, no se la tiene como lo que en realidad es: la consecuencia de un punto de vista selectivo que produce discursos de verdad.
Jack ha colocado la cabeza de un jabalí como ofrenda a la bestia. Supone que ello la aplacará y que así, ella no habrá de atacarlos[18].
Simon piensa que no existe ninguna bestia que venga a reclamar la cabeza –con lo cual, tampoco hay trato posible: no puede haberlo cuando una de las partes desconoce el carácter de la ofrenda, con lo cual ésta deja de ser ofrenda y pasa a ser sólo magia-. En cambio, la cabeza se cubre de moscas. Esta cabeza –que sostiene un imaginario diálogo con Simon que da a la novela su título-, con la mueca de una extraña sonrisa en sus colmillos, pasa a ser el símbolo de lo que se ha generado a su alrededor.
Simon trepa al risco y descubre el cadáver del paracaidista, una descompuesta y paródica imagen de la bestia. Se da cuenta de que no hay nada que temer.
Mientras se cierne un amenazante cielo de tormenta, Jack y los cazadores se han entregado a un festín del cual participan Ralph y Piggy.
Han cambiado la idea del rescate y los refugios por carne, dice Ralph –pag. 151- . Para superar el miedo a la tormenta, cantan la rudimentaria tonada que entonaron al matar al primer jabalí. Ralph y Piggy envidian a quienes pueden olvidarse de los miedos y los problemas reales por medio de ese frenesí. De pronto Simon aparece como una sombra desde los arbustos. Viene a decirles la verdad sobre la bestia, pero es muerto por el grupo que lo confunde con ésta. Mientras ataca frenéticamente a Simon, el grupo sigue entonando la misma canción, una y otra vez [19]. La tonada adquiere fuerza en la repetición y se pierde todo otro sentimiento distinto al de pertenencia.

Dice García Amado:
“Una expedición posterior siembra nuevamente el pánico al ver borrosamente el paracaídas. Todos, sin excepción, creen que allí está el monstruo. El nuevo líder idea un modo de aplacarlo. Cada vez que cazan un cerdo salvaje abandonan su cabeza cortada como ofrenda a la mítica fiera. De esta manera Jack tranquiliza al grupo mediante ese rito. Cuando uno de los niños descubre la verdadera naturaleza del misterio y baja a contarlo a quienes en la playa danzan tras un festín durante la noche, es confundido, por la alucinación producida por la danza ritual, con un nuevo animal y se le da muerte colectivamente. El misterio no se desvela y el grupo queda definitivamente ligado al mito. Hasta tiene ya sus propios sacrificios de sangre” (García Amado, ob.cit., pág.130)

Podríamos preguntarnos entonces por los mitos del sistema penal que se legitiman por un pacto semejante al del grupo. Estos pactos exigen dar otro sentido a los datos de la realidad y pagar el precio haciendo los sacrificios que el bienestar del conjunto impone, aunque no exista ninguna bestia que venga a llevarse ninguna cabeza, ignorando a la vez que la bestia está dentro de la sociedad misma.

Esta invocación a la sangre y a la violencia permite aliviar el miedo profundo a la certeza de encontrarse a merced del azar. Con ello se consagra un mecanismo selectivo donde algo se constituye en el garante del todo: algo que es invulnerable a las críticas y las acciones y que puede seguir siéndolo pese a no ser efectivo. De este modo, no se pugna por hacer efectivo el sistema sino por pertenecer a él y para eso, se repiten sus estribillos y propuestas de sentido.
Autoridad, poder y grupo han cobrado su víctima en un ritual que, igual que el sistema penal, sin descubrir ninguna verdad, sin tender a ningún fin, cumple la misión de explicar mágicamente la realidad, conjurar un peligro inexistente y utilizar a una víctima para mantener la cohesión.

IV. VII Una vez dividido el grupo entre los cazadores y los que tienen la caracola, los primeros se convencen de que fue la bestia lo que apareció en la tormenta. Para los segundos pasa a ser un tema del cual no se puede hablar.
Pensemos en cuantas veces se legitiman poderes y prácticas al precio de algo de lo que o se puede hablar o acerca de lo cual nada se puede hacer porque la parte que produce lo injusto siempre se coloca en otra agencia, a la vez que cada sujeto se convence de que él hace lo más honestamente posible y que el sistema sería peor sin él.
En su grupo, Jack reivindica la pura autoridad: amenaza y castiga, a la vez es capaz de conseguir carne. Sin embargo, para asarla necesitan el fuego, que sólo pueden conseguir robándoles violentamente las gafas de Piggy al otro grupo.
Se hace natural así tanto la presencia de la amenaza como la aceptación de un fin espurio –ser aceptado, ser alimentado- como si se tratase de una meta deseable e incuestionable. Aceptar ese fin significa a su vez ser intolerante para con los demás ya que el sistema funciona en base a la intimidación y a la apropiación de lo que es de otros.
Vemos así plasmada la raíz de todo ejercicio autoritario que no viene a ser otra cosa que esta intimidación y esta apropiación. En los sistemas se enmascara bajo la idea de igualdad, mas el presupuesto no declarado hace que todos sepamos que esta igualdad no es tal, a la vez que nos señala que es mejor que no intentemos cambiar las cosas porque terminaríamos como Simon.
Los cazadores se pintan el rostro. De ese modo se atreven a actuar de una manera más violenta y explícita y a la vez impersonal. No son ellos los que hablan, es la máscara. Esta pertenencia no tiene vuelta atrás, ya que de ser miembro a ser víctima hay un paso.
Piggy queda sumido en las tinieblas sin sus anteojos a los cuales les quedaba un solo vidrio[20]. En el enfrentamiento que sucede en el istmo que separa a la roca del castillo –el lugar donde están los cazadores- del resto de la isla, Roger mata a Piggy , se rompe la caracola y los mellizos Sam y Eric son tomados prisioneros.
Inútiles han sido las argumentaciones de Ralph y Piggy: nada producen los argumentos en un espacio donde el poder les niega sentido. Sin embargo, el poder se justifica a sí mismo por medio de argumentos.
El sistema penal parece desenvolverse en la misma contradicción: defiende en base a “argumentos” un poder selectivo, pero sus argumentos son de fuerza y generan cohesión porque la ganancia de estar adentro es mayor a la de estar afuera –como Ralph y Piggy, como María Soledad o como Arminda Álvarez-. En efecto, sin corruptelas, sin estiramiento en sus plazos, sin violaciones a las garantías de un debido proceso legal, sin valerse del puro poder ni de la inercia del castigo ¿qué quedaría del sistema penal si este debiera defenderse sólo por sus argumentos?
La apropiación de los símbolos implica el poder de decir que ya no sirven. También importa crear una violencia en la que debe creerse, independientemente de cualquier resultado.
Llegado este punto –la muerte de Simon y de Piggy por los cazadores-, sólo resta la eliminación de Ralph –que no puede demandar ayuda externa porque la hoguera destinada a convertirse en un llamado, se ha extinguido. Ralph se encuentra a merced de quien no concibe que exista nada más allá del grupo y que a su vez, ha frustrado la posibilidad de pedir ayuda externa (del mismo modo, en el sistema penal, el reconocimiento de la inocencia debe provenir de quien ha constituido a un culpable previamente captado y construido en una red de agencias). Jack le reprocha que ya no es el Jefe porque no tiene la caracola –que el mismo Jack y su grupo han roto al soltar la roca que aplastó a Piggy-.
La violencia institucional sigue un proceso idéntico: poner a alguien en un dispositivo “racional” que no atiende las razones –si las atendiera éstas cuestionarían su misma base-.
Ralph es perseguido –en el clímax de una verdadera cacería- y se refugia en un bosque. El bosque es incendiado para obligarlo a salir. Cuando están por darle alcance para matarlo, se encuentra en la playa con el oficial de un barco que ha visto el humo. Por detrás, sólo queda la isla devastada.
En esa última escena Percival Gemís Madison se presenta ante el oficial recobrando así su identidad ante la civilización. El oficial les pregunta si hay adultos, si hubo muertos y si son ingleses, para agregar que, por su aspecto, están muy lejos de parecerlo. Con ello se hace repentinamente evidente el choque del estado cruel y primitivo que, de una manera progresiva, había constituido y unido al grupo, con el que se evidencia en el acto del rescate por parte del mundo civilizado. También se opera la brusca ruptura de ese frenesí destructor que había pasado a ser lo predominante y aquello que se obedecía en esa comunidad inicialmente articulada alrededor de la caracola. De pronto, uno de los perseguidores de Raplh había pasado de ser un salvaje a ser solo un niño con las gafas rotas de Piggy en su mano.
Un estremecimiento sacude a Ralph, a quien de pronto se evidencia con toda su crudeza, la condición de la maldad del hombre y el fin de la inocencia.[21]


V. La propiedad de los símbolos.
V.I Hay varias cuestiones a pensar a partir de El Señor de las moscas sin entrar en la más visible que es la naturaleza de lo social y sus normas.
Con la participación en las asambleas viene el problema del orden de esa participación. Digamos que parece ser el orden –que equivale a igualdad porque está destinado a que todos puedan intervenir- el que legitima la participación o la participación la que legitima el orden. Si este se rompe, se pierde la finalidad colectiva con lo cual se deslegitima la norma.
Sin embargo, en el propio acto de constituir el orden, se acepta un presupuesto tácito: pese a que la caracola pueda ser accesible a todos, se sabe que se trata de una ficción, ya que el hecho de erigirla como símbolo se vincula con el de aceptar que ello no asegura el mismo rango para todos los que la tengan sino que los serán los líderes quienes ejerzan siempre el último poder de decisión porque su importancia en el grupo –aunque no se encuentre legitimada- es mayor.
El problema es que resulta imposible gobernar esa regla de orden que lo primero que nace es romper el orden: sabemos que ese poder no es legítimo y que será coactivo, pero carecemos de los medios efectivos para democratizarlo porque un postulado del poder es no ser democrático.[22]

A partir de que la caracola se constituye como símbolo –de ambos: orden y legitimación-, pasa a un segundo plano el hecho de lo que significa:

“la regla, que confiere y quita poderes y derechos, deja de verse, en su aplicación como resultado de una voluntad humana o como ejercicio de dominación y pasa a ligarse a símbolos que dan al ejercicio y aplicación de la regla una dimensión cuasimágica. De esta manera, el grupo social ya no se estructura tanto por lealtad a un poder personal, de carne y hueso, como por fidelidad a un símbolo” (García Amado, ob.cit. pág.124)

Al mismo tiempo, la caracola ya no es un objeto sólo para ser visto sin ser tocado sino, igual que el poder, se transforma en una posesión.
De este modo, el derecho y sus reglas, dejan de verse como un problema de consenso y legitimidad para verse como normas que rigen por el hecho de ser normas y que este hecho se independiza de la finalidad que las generó. Así, quien se encuentra en posesión de los instrumentos de la ley, puede manejarlos no desde su legitimidad sino desde su posesión.

V.II El poder se legitima por enunciarse como un instrumento por el cual la sociedad humana puede procurar justicia y seguridad a todos.
Esta aspiración existe porque no se puede vivir socialmente sin ella.
Ninguna sociedad parecería poder existir si se tuviera plena conciencia de que realmente el poder no garantiza un reparto igualitario de castigos y responsabilidades y que atravesar las instituciones del sistema penal es cuestión de azar, vinculación y oportunidad.
Es en este punto en el cual la sociedad legitima el poder, no desde sus resultados sino desde el hecho de que este poder se enuncia como un modo efectivo de luchar contra el temor irracional que depara una sociedad a la que en alguna parte percibimos como lo que en realidad es: una selva o una isla donde sólo impera la fuerza.
En la sociedad real, sin embargo, la frontera no parece tan clara como aquella que demarca el liderazgo de Jack del de Ralph.
En efecto, los casos de referencia nos permiten pensar que la misma sociedad que se vale de herramientas racionales y de instituciones formales, usa de ellas de una manera irracional, informal y selectiva, para imponer el poder de la fuerza –la bestia que somos nosotros mismos-.
En el caso de María Marta García Belsunce, el fiscal y las fuerzas del orden se constituyen en la escena del crimen, asisten al velorio de la víctima y aun, dejan rastros de sangre que se superponen con los existentes en un lugar que más parece un escenario de farándula que la escena de un crimen. El imputado negocia su entrega y los testigos pasan a parecer el elenco de una novela de entregas diarias mientras alguien dice “si estos vivieran en Villa Constitución y no en un country, ya estarían todos presos” –o los que van presos en Villa Constitución no deberían haber sido detenidos o los otros debieron serlo pero están libres.
No obstante, en la entrega diaria por capítulos, donde se aguarda la novedad de cada día – todo puede parecer decisivo aunque el conjunto resulte confuso-, lo que se espera es que los culpables finalmente sean aprendidos. La bestia debe ser dominada porque de otro modo, todos los sacrificios que impone el sistema habrán sido en vano.
El circo forense debería revelar lo que en realidad es: que el sistema sólo produce lo que se espera que produzca y aquello que es posible de ser producido y no la verdad –nunca termina de saberse que es lo que realmente sucedió-. Como esta idea es incompatible con la de la bestia, se opta por la de renovar la apuesta y conformarse con lo que el sistema es capaz de dar y así, se reproducen las relaciones que lo generaron. Esta malla sólo puede hacerse evidente por la participación pública, la misma que genera en su seno, la propia idea de la bestia.
Si la justicia se constituye en un barrio privado y alterna con imputados o testigos y aun vicia la obtención de pruebas, es que debería poder constituirse en todo lugar, alternar con todo el mundo e interesarse en todas las pruebas o no constituirse en ningún lugar, no alternar con nadie ni viciar la obtención de ninguna prueba.
De este modo, se evidencian estamentos –un sistema político, una clase social, el Estado-, que detentan reglas de orden que no sirven para generar orden, es decir, para investigar aquello que –desde lo privado- involucra a sujetos públicos, con lo cual se evidencia que el poder que la penalidad detenta –inmunidades, obediencia- no se usa para establecer esa verdad sino para someter a quienes no tienen el poder de detentación de los símbolos.
Los casos públicos devuelven dos cosas: una mirada que, pareciendo venir de la verdad, sólo refuerza el mito, y la idea de una participación popular que hace que la justicia se vuelva efectiva.
Simon descubre la verdad y no puede transmitirla. La opinión pública equivale a la mirada de Simon, pero no puede descubrir toda la verdad porque a la larga está destinada a reforzar el mito: la justicia trabaja y enjuicia a los culpables, ergo, termina siendo efectiva. Sólo requiere sus tiempos. El problema es que en el resto de los casos, el sistema trabaja como en aquellos que son públicos antes de que llegaran a serlo.
Recordemos que en Catamarca se produjo un cerco de encubrimiento que aún no se investigó. A la larga, la producción de un resultado, sepulta las dudas iniciales –¿quien ocultó, cómo, qué presiones hubo, quién las ejerció , por qué no se investigo antes, etc?

V. III. Del mismo modo que la novela, lo que el poder postula es que, pese a que la existencia de la bestia sea improbable, no lo son los efectos de la creencia de que la bestia existe. Son ellos los que justifican las ramificaciones capilares del poder y los llamados a legitimarlo.
Tanto en el caso de María Soledad Morales como en el de María Marta García Belsunce, el poder se escinde en dos divisiones: aquel que ha manipulado los hechos y aquel otro que dice que aclarará las cosas –sin embargo, como ciudadanos, creemos en el uno y no en el otro-, como si ambos tuvieran una raíz distinta.
De este modo, lo que se postula no es el hecho de que exista un sistema judicial que se inutiliza a la hora de volverse contra aquellos que lo han diseñado, poblado y ejercido, sino que, aun tardía, parcial y mediatizada, a la larga la verdad es posible. Pero, si es una verdad que llega a las perdidas, a la larga y por influencia de la opinión pública: ¿es verdadera o al contrario, ha dejado muchas preguntas sin responder, muchas no verdades, a lo largo de ese largo camino por medio del cual se llegó a un resultado tardío?
Se acepta la idea de una verdad que no es verdadera, una verdad negociada, pactada, producida, pero no cierta. Una verdad que deja, entierra y exhibe cosas espurias que no tienen que ver con la propia idea de verdad. En suma, una verdad demasiado dudosa para ser creída y que evidencia a otra verdad inaceptable: el sistema es en esencia un conjunto de pactos y una relación de fuerzas.
Por un lado, se evidencia que la verdad y el resultado de un proceso, tienen que ver con la posición social de los autores, lo cual bastaría para deslegitimar a ese proceso, dudar de sus resultados y suponerlo inútil en un contexto de investigación seria, igualitaria y efectiva. No obstante, como en la novela, este sistema se enuncia como aquello capaz de dar cuenta de la bestia. Aunque –igual que en el texto - la bestia sea lo innombrable –por ejemplo la violencia creada por la exclusión, el retiro del Estado, etc.-, es esta autoridad no democrática lo que se presenta como aquello que puede controlar a la bestia y luchar contra ella y aquí es donde se rompe el liderazgo democrático, aquel dado en nombre de ese fin que está más allá. Se rompe a favor de aquel otro que, precisamente, se apropia de los símbolos y rompe las reglas.

V. IV No parece posible escindir del sistema penal los polos de Jack y Ralph: El Estado salvaje versus el Estado Racional.
Hay una línea en que –casi imperceptiblemente- el Estado deja de ser racional para ser salvaje. Una vez traspasada, la parte racional pasa a convertirse en un discurso de justificación para aceptar aquello que produce su parte salvaje.
Al contrario de los otros –donde en alguna de sus agencias, el Estado es de los imputados o los imputados son el Estado o influyen sobre éste-, en el caso de Arminda Álvarez, el Estado se invierte: produce una situación y una víctima.
En un caso las reglas siguen a los hechos y se adaptan a la situación que se supone que deben regular. En el otro, existen principios básicos que no se cumplen.
Cuanto más evidente es la responsabilidad también se hace más invisible y así el proceso pasa a radicarse en sus efectos: es esta la irrupción del estado salvaje de Jack: nunca preguntarse ni por las causas ni por los fines, simplemente seguir la lógica del trámite, de la manera más formal, más ritual y menos urgente ya que el cliente del sistema penal es culpable por el hecho de haber llegado allí.
Cuando el sistema es sobrepasado por la gravedad de una situación que debe regular, se acepta tácitamente el estado salvaje: es un retiro, del mismo modo que también lo es el hecho de que el mismo sistema sea ineficiente para romper de por sí, tanto el poder feudal de una provincia como penetrar en los muros de un country.
Hugo Damián, el bebé de seis meses de Arminda Álvarez, había nacido prematuramente y a los seis meses, pesaba casi lo mismo que cuando nació. A diario, ella debía caminar 4 kilómetros hasta un centro de Salud. Luego del cierre de este centro de salud, el pediatra más próximo se encontraba a 25 kilómetros. Al momento de nacer, su hijo fue registrado como un caso de riesgo en el Hospital Schestakow, de Mendoza, donde pasó a depender de un programa federal por el cual recibía leche maternizada y atención médica. La atención médica cesó cuando el Estado dejó de pagar el sueldo del médico pediatra. Cuando el bebé tuvo convulsiones, tampoco había una ambulancia para trasladarlo. Un vecino pudo finalmente llevarlos en una vieja camioneta. El bebé murió en el camino y cuando llegó al Centro de salud se lo arrebataron de los brazos y la detuvieron.
Fue enterrado lejos de su domicilio y con otro nombre. Cuando su ex concubino fue a visitarla a la cárcel, no lo responsabilizaron por lo sucedido –por ser un sujeto golpeador, y haber abandonado a sus hijos- porque habría sido necesario contar con un análisis de ADN. La lógica salvaje se presenta como un discurso de verdad, donde se aceptan argumentos semejantes y violencias extremas –como los siete meses de cárcel de Arminda Álvarez- y a la vez se ignora la violación del Estado las leyes y convenciones sobre violencia doméstica, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Convención Interamericana de Derechos Humanos y el Convenio sobre la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la mujer.
Cuando las vallas de contención se rompen, nada detiene esta irrupción de violencias encadenadas entre sí: simplemente son de tal magnitud que es más fácil coronar a una víctima con lo cual, nuevamente asistimos a la génesis del sistema penal, que no es otra cosa que la cobertura legal de las ceremonias por las cuales las culturas, siempre han expurgado “el mal” [23] con el propósito de circunscribirlo en alguien que pueda ser inmolado en pos preservar simbólicamente el conjunto.

VI El velo de la ignorancia.-
Con la novela de Golding podemos plantear la idea de un contrato que constituye a sujetos de derecho en el acto de constituir una sociedad que será justa si existe un reparto equilibrado de obligaciones y cargas regida por principios que todos puedan consentir.
No obstante, sabemos que el consenso no es de por sí fiable, puede existir en cuestiones que sean reprobables jurídicamente.
Debe haber entonces estándares mínimos en lo que se refiera a derechos y garantías, de otro modo, no existe legitimidad alguna. Pero ¿qué sucede si el propio Estado es incapaz de garantizar la trasgresión de dichos estándares básicos o si, una vez verificada, es incapaz de detenerla o si sencillamente las produce ?

“Para que los principios así sentados, resultado de ese contrato social originario, puedan tenerse como racionales, es decir, puedan considerarse como aptos para alcanzar el consenso de todos, incluidas las generaciones futuras, se requiere que no se vean como producto del egoísmo de los sujetos contratantes, sino como resultado de un proceso imparcial cuyo sujeto es el sujeto humano genérico, no el concreto individuo puramente autointeresado. Los sujetos del contrato social rawlsiano[24] son individuos autorinteresados, pero desconocen sus circunstancias personales concretas, no saben cuál es su inteligencia, su fuerza, su sexo, etc.; e ignoran incluso el momento y la generación en que les tocará vivir en esa sociedad que fundan. Eso es el ‘velo de la ignorancia’ “ (García Amado, ob. cit, , pág.119)

Esta universalidad –el ser legítimamente destinada a generaciones futuras o a un otro generalizado, así como el hecho de responder a valores deseables[25]- parece el parámetro apto para determinar si estamos ante la detentación y uso de los símbolos del poder o ante el ejercicio de un poder legítimo.
En qué medida responde el sistema penal a este reclamo por la universalidad o en qué medida simplemente es una construcción –deliberada o no deliberada- de población vulnerable, parece estar bastante a la vista.
En ese caso, el velo de la ignorancia estará en quienes sigan esperando algo de él.











[1] El excelente trabajo Las reglas, la razón y la fuerza. A propósito de El Señor de las moscas, de William Gildong de Juan Antonio García Amado, Revista Jurídica de la Universidad de León, 1997, permite extraer los ejes de regla, razón y fuerza de nuestro análisis.
[2] “Parece la novela dar la razón indirectamente a las teorías de la maduración moral filogenética, tal como recientemente han sido sostenidas por Kohlberg o Habermas. Según estas teorías, lo que Mead llamó la perspectiva del otro generalizado, es decir la perspectiva del interés general como parámetro de la norma y el comportamiento justos, sólo puede darse en sociedades maduras que han alcanzado cierto desarrollo básico y que han superado las fases del interés puramente individual y grupal...en situaciones tales la norma no sirve y se acata como un valor en sí mismo” ( García Amado, Juan Antonio Las reglas, la razón y la fuerza. A propósito de El Señor de las Moscas, de William Golding. Universidad de León, 1997, pág. 121.)
[3] Dichas relaciones no constituyen en sí objetivos deseables.
[4] “The boy with fair hair lowered himself down the last few feet of rock and began to pick his toward the lagoon” –pág.7, Perigee Books. New York.
[5] Todo acto de fuerza conduce a un mundo sin salida. En un sistema legal, existe la creencia en reglas y principios que, en determinadas condiciones –por ejemplo ante las violaciones a un debido proceso-, se vuelven ilusorios. Si pensamos en la novela 1984, de George Orwel –seudónimo de Eric Blair- , existe un sistema deliberado de control; mas en las sociedades supuestamente gobernadas por la razón y las reglas, este control deviene en la selectividad de sus agencias, con lo cual, aunque no se advierta a primera vista, el mecanismo asfixiante –oculto en la creencia en valores como la razón, la justicia y en mecanismos como las reglas- también existe cuando la “razón” es sólo una cobertura de la fuerza.
[6] Lord of the flies – Cap. 1 “The sound of a Shell”, pág. 15, ob.cit.
[7] También en las agencies del sistema penal el poder es una concertación, una trama de relaciones, un conjunto de posibilidades y de estrategias: se necesita conceder para tenerlo o –bajo determinadas circunstancias- se puede usarlo sin fundamentación.
[8] “None of the boys could have found good reason for this; what intelligence had been shown was traceable to Piggy while the most obvious leader was Jack. But there was a stillness about Ralph as he sat that marked him out: there was his size, and attractive appearance; and most obscurely, yet most powerfully, there was the conch. The being that had blown that, had sat waiting for them on the platform with the delicate thing balanced on his knees, was set apart”. Pág. 22. El símbolo se ha constituido como tal para los otros y su portador, aquel que primero había tenido la habilidad de hacerla sonar, es investido del poder de conducir a los otros.
[9] pág 42, cap II “Fire on the Mountain”, con ello se marca el carácter desigualitario de reglas enunciadas como soporte de una legitimación
[10] Es un rasgo de la inefectividad de las reglas el pensar en multiplicarlas como modo de lograr eficacia. Esta eficacia se vincula con las condiciones de igualdad que efectivamente tenga la sociedad que produce las reglas.
[11] Dice Carlos Cárcova (Teorías Jurídicas Alternativas, en Sociología Jurídica de América Latina, Oñati Proceedings, 1991) “El derecho es una práctica de los hombres que se expresa en un discurso que es más que palabras, es también comportamientos, símbolos, conocimientos...como discurso ideológico elude pero también alude. Al ocultar, al disimular, establece al mismo tiempo el espacio de una confrontación. Cuando promete la igualdad ocultando la efectiva desigualdad, instala además un lugar para el reclamo de la igualdad” –pág..41/42-. Las reglas son igualdad que se rompe en las prácticas. Esta ruptura remite de nuevo a la igualdad de la regla y a la ruptura de la práctica. Las ideas están pero las prácticas no son sus herramientas sino que son las herramientas de la desigualdad y del poder que necesita de esa ruptura. Así, el sistema judicial es esta paradoja de aquel reconocimiento de lo que nunca será reconocido.
[12] “I got the conch-‘ Jack turnet fiercely. ‘You shut up !’…We ought to have more rules…Piggy opened his mouth to speak, caught Jack´s eyes and shut again…I agree with Ralph. We´ ve got have rules and obey Them. After all, we´ re not savages. We´ re English, and the English are best are everything” –pág. 42-
[13] “How can you expect to be rescued if you don´t put first things first and act proper? –pág.45-
[14] Balestena, Eduardo Preguntas sobre la racionalidad en la teoría y la práctica del castigo – segunda parte- Los valores, objetividad, jerarquía y función” www.redjurista.com
[15] “Now the shell was no longer a thing seen but not to be touched”, pág. 16
[16] Podemos vincular esta cuestión al desarrollo del concepto de racionalidad en Max Weber. En la racionalidad con respecto a valores existe la creencia en el valor absoluto de una conducta, prescindiendo del resultado y de las consecuencias, y la racionalidad con respecto a fines, que busca realizar fines socialmente aceptados. Ejemplo de la primera es, dice Weber, el del bonzo que se inmola en defensa de sus creencias. Ejemplo de lo segundo, es el diseño burocrático del Estado.
[17] Recordemos al personaje encarnado por Henry Fonda en “Doce hombres en pugna”, que comienza dudando del juicio que se había celebrado, precisamente porque todos parecían demasiado seguros, creyendo en una versión preconcebida de los hechos.
[18] Se erige así un símbolo opuesto a la caracola, vinculado a la magia y lo irracional y también a aquello que no puede ser interpelado.
[19] “Kill the beast! Cut his throat! Spill his blood!”, pág.152
[20] En ello hay una nueva alegoría en la que podemos asociar la pérdida de la visión de un fin, paralelamente al poder de hecho que va ganando la facción autoritaria.
[21] “And in the middle of them, with filthy body, matted hair and unwiped nose, Ralph wept for the end of the innocence, the darkness of man´s heart, and the fall through the air of the true, wise friend called Piggy”. Pág. 202.
[22] “Una decisión judicial...tiene un proceso de formación, descomposición y recomposición en el cual intervienen otros discursos que, diferentes por su origen y función se entrecruzan con él. Entre el proceso de formación y el producto final formado, hay una ruptura, una distancia, una brecha. Este resultado no es una operación deductiva que descubre significados ya presentes en la norma como esencia. Tampoco es una ‘creación’ judicial que pueda ser interpretada como decisión individual. En todo caso la decisión refleja la relación de fuerzas en pugna” . Carlos María Cárcova, ob. cit., pág.37/38: el judicial es un poder jerárquico cuyas decisiones son producto de una ideología y una organización de fuerzas que sesga sus decisiones.
[23] Balestena, Eduardo Ceremonias de Expiación www.redjurista.com/docpenal
[24] John Rawls
[25] ver “Razón y valores en la Era Científico-Tecnológica”, de Nicholas Rescher. Paidós, 1999
de La fábrica penal, Eduardo Balestena edit. B de F, colección memoria criminológica, 2006

Libros y mercaderes


En 1999 firmé un contrato de edición con Fabiola Aldana y Alfonso Mallo, encargados de la edición y distribución de un libro.
Me había llevado siete años poder editarlo.
Hace días recibí un llamado informándome de que en un garage había once cajas con esos libros, que debían haber sido vendidos y distribuidos, tal como lo estipulaba el contrato.
En lugar de eso, estuvieron tirados en un garaje durante once años. Es una diferencia demasiado grande; es la que testimonia el valor que tienen las cosas para un lector y para un escritor y el que tienen para un editor.
Ese número de libros conforma -de haberse cumplido con las estipulaciones del contrato- una gran parte de la tirada.
No supe nada de esto hasta ahora, cuando alguien me dijo que debía apresurarme a recogerlos como el trasto que son para quienes los hicieron.
Ocuparme yo, tratar de venderlos, me dijo.
No soy bueno en eso, no soy vendedor de libros sino escritor.
Cuantas ilusiones entraña un libro, y que inexpresable es la dicha cuando finalmente podemos verlo publicado. Cuantos desvelos quedan atrás (¿quedan atrás?). Cuantas nuevas miradas se abren a eso, que es parte de nuestra vida cuando lo hemos escrito con la sangre.
Un libro es una época, es un dolor que pide salir, es palabras, formas, lucha, es finalmente el testimonio de lo que fue una vida. Cada libro es algo que no se repite.
Es eso y también un trasto.