lunes, 23 de diciembre de 2024

Gentleman Jack, una mirada retrospectiva a la cuestión de género


 

Anne Lister  nació en Halifax, Inglaterra, el 3 de abril de 1791 y murió en Kutaisi, Georgia, el 11 de agosto de 1840. En 2019 la miniserie Gentleman Jack –creada y dirigida por Sally Wainwrite- basada en los diarios de Anne Lister- dio a conocer parte de su vida.

La acción de la miniserie comienza en 1832 y toma un período bastante limitado en el tiempo de la vida de una mujer aventurera en todo el sentido de la palabra; incansable en sus estudios, viajes, aventuras amorosas e insaciable sed de vivir. La versión fílmica –con Suranee Jones y Sophie Runtle en los papeles protagónicos- nos la muestra pero queda mucho más por ver.

Un hallazgo en Bath y otro en Shidben Hall

En la época en que la miniserie fue estrenada hubo numerosas entrevistas a Sally Wainwrite –que se refirió al rescate del diario en Shibden Hall, el hogar de Anne Lister, en el cual transcurre la mayor parte de la filmación, y a su personalidad y  relevancia en las cuestiones de género.

The Manor House es  una casa que ocupa uno de los extremos de Royal Crescent, un edificio de departamentos del siglo XVIII, de estilo georgiano construido en un gran semicírculo, en Bath, Inglaterra. La gran casa está restaurada como la residencia del siglo XVIII que fue y a lo largo de sus ambientes hay escenas con hologramas de personajes que representan los momentos de la vida cotidiana de una familia adinerada, sus discusiones y los temas de la época. En la cocina, un sistema interactivo cuenta las vidas de los sirvientes de la casa. Fue al final de ese viaje en el tiempo que, en la tienda del museo, encontré el libro de Angela Steidele Gentleman Jack a biography of Anne Liste, lectura que me deparó muchas sorpresas y reflexiones.

John Lister tenía siete años cuando su padre heredó Shibden Hall, donde vivió desde 1854. Cuando él mismo se hizo dueño de la propiedad comenzó a  revisar cartas y documentos; fue así como descubrió los 24 tomos de los diarios de Anne Lister. Estaban cuidadosamente encuadernados –lo que da una idea de la importancia que tenían para ella- pero también advirtió que parte de la escritura se encontraba cifrada por un código muy elaborado de letras en griego, números y símbolos desconocidos.  

Anne Lister había sido una personalidad relevante en la vida social, cultural, pública y comercial del lugar y fundadora de la Sociedad Literaria y Política de Halifax. Los diarios eran un testimonio muy detallado e importante de la vida y actividad de la época y John Lister publicó, entre 1887 y 1892, 121 extractos de ese texto en el periódico Halifax Guardian. Junto con Arthur Burrell, un anticuario amigo, comenzaron a estudiar el complejo código de cifrado del diario en la regularidad con la cual las distintas claves se repetían. Tras mucho esfuerzo lograron su propósito y comprobaron que los fragmentos en clave respondían a los encuentros sexuales que Anne Lister tenía habitualmente con distintas mujeres, descriptos descarnada y meticulosamente. No solamente le impresionó la cantidad de amantes sino el hecho de que su sexualidad no fuera para ella motivo de ningún conflicto, así como el orgullo que sentía acerca de su capacidad de seducción.

Burell le aconsejó quemar los tomos pero en lugar de eso John Lister los ocultó tras unos paneles de madera en la biblioteca y dejó de publicar fragmentos  de interés público en el periódico. A su muerte, la casa fue convertida en museo y los diarios fueron encontrados. Edward Green, el bibliotecario de Halifax fue quien  halló los tomos y desconcertado por los pasajes cifrados pidió al anciano Arthur Burrell las claves. El código fue guardado por la hija de Green con la advertencia de que el material no debía ser difundido.

Fue solo entre 1994, 1998 y 2003 que fueron publicadas ediciones completas de los diarios.

Luces y sombras

Con un par de excepciones, la biografía está estructurada por capítulos y años que indican las amantes de Anne Lister en distintas épocas y las etapas de su vida, por ejemplo: Eliza 1791-1810; Isabella 1810-1813; Mariana 1813-1817 y así sucesivamente. La biógrafa intercala fragmentos de los diarios en su propio texto, con lo cual tenemos la versión de la cronista y la de la propia Anne Lister de los hechos. Este recurso confiere al relato inmediatez y la sensación de algo vivo.

Sin embargo, el relato de tales vínculos es nada más que una parte de la  biografía, en sí una rica mirada a la vida social en el temprano siglo XIX y a las costumbres de la clase social a la que Anne Lister perteneció  y de aquellas otras a las cuales se vinculó. En una época en que a la mujer le estaba vedado el acceso a muchos conocimientos, Anne Lister se las arregló para estudiar literatura, lenguas clásicas y ciencias, temas que le apasionaban.

El mundo griego, con la sensualidad de muchas de sus historias, era un enorme escape al estado de sometimiento de la mujer y la estrechez en la vida cultural. Si pensamos que en esa época pudo dominar latín y griego a grado tal de leer a los clásicos en su lengua de origen, tendremos una idea de aquello en lo que fue una mujer de avanzada, con su intelecto ávido de desafíos y experiencias nuevas.

La lectura nos suscita varias reflexiones: la primera es que pareciera que ciertas libertades y posibilidades obedecían a la condición social de algunas mujeres; un ejemplo de ello son los viajes que muchas emprendían en compañía de otras a destinos remotos (pensemos lo que significaban los viajes 200 años atrás). Otro aspecto es que el vínculo con los hombres estaba dado en relaciones formales, destinadas al matrimonio, lo que abría a la posibilidad de otro tipo de experiencias de las cuales obtener aquello que los lazos formales no podían ofrecer. A juzgar por los relatos de la biografía las relaciones entre mujeres no parecían –dentro de un plano sumamente privado y en esa clase social- algo muy fuera de lo común.   

Una mirada distinta 

            La miniserie –cuyo título responde al apelativo dado a Anne Lister en Halifax, debido a sus ropas siempre negras, de corte masculino- hace foco en la independencia del personaje, su sexualidad y episodios con sus arrendatarios y los hermanos Rawson, con quienes se encontraba en conflicto debido a que le robaban carbón de sus yacimientos.

            Sin embargo, uno de los capítulos más interesantes de la biografía es el dedicado a las damas de Llangollen (The Ladies of Llangollen, 1822, pág. 89).

            Lady Eleanor Butler y Miss Sarah Ponsonby eran originarias de Irlanda y vivieron en un autoexilio durante unos 50 años. Una fría noche de marzo de 1778 habían intentado huir juntas, pero fueron sorprendidas cuando escapaban; no es posible saber si las unía un vínculo amoroso o una amistad y simplemente temían ser obligadas a casarse con alguien a quien no amaban. Luego de dos meses de negociaciones sus familias les permitieron irse pero dándoles muy pocos recursos. Ya en Llangtollen (Gales) alquilaron una sencilla casa y luego se mudaron a una cabaña que habían comprado en  las afueras, a la que llamaron Plas Newydd. Llevaron una vida austera pero muy intensa, dedicada al estudio de idiomas, literatura y geografía. Llegaron a tener una importante biblioteca. Ellas hacían real el ideal romántico de un mundo inspirado en el pensamiento de Rousseau, de fidelidad a sus propios intereses y de libertad; así, despertaron el interés de numerosos intelectuales y distintas personalidades y su paraíso personal se convirtió en lugar de visita para poetas como Shelley, Byron o Worsword.

Eleanor Butler murió el 2 de junio de 1829 a la edad de 90 años. Sarah Ponsonby murió dos años después el 9 de diciembre de 1831, a los 76 años.

Una década más tarde –época en la que transcurre la miniserie- Anne Lister haría arreglos en Shibden Hall inspirados en los jardines de Plas Newydd.

Anne Walker

Anne Lister había heredado Shibden Hall de su tío, quien la consideró –entre varios herederos posibles- la persona más idónea para manejar la propiedad. Sin embargo sus recursos económicos no eran cuantiosos; probablemente por esa razón, se fijaba en la situación económica de sus amantes y tenía en cuenta qué podía obtener de ellas.

Fue en parte debido a ello que buscó la vinculación con Anne Walker, que pertenecía a una rica familia de Lighcliffe, muy cerca de Shidben Hall y se propuso seducirla. Miniserie y biografía coinciden en algunas de las alternativas del comienzo del acercamiento. Interés económico y necesidad de una relación estable y duradera fueron lo que la decidió a buscar a una mujer doce años menor que ella, con quien vivió hasta su muerte.

            Luego de muchas contingencias en las vidas de ambas, el 10 de febrero de 1834, asistieron a un oficio religioso y cada una dio a la otra un anillo, fue el modo que eligieron de formalizar su unión. 

            Angela Steidele refiere que Emily Brönte se encontraba en Haworth, a 12 millas de Halifax, trabajando como maestra en Law Hill School, en noviembre de 1838, cuando una fuerte  tormenta de nieve azotó la región con temperaturas de extremadamente bajas y sostiene que la escritora conocía distintas circunstancias de los problemas de la herencia de Anne Walker y la personalidad de Anne Lister, y que los usaría más tarde (1848) como material de su gran novela Cumbres Borrascosas (Wuthering Heigths). Valga ello como referencia de las numerosas dificultades que hubieron de sobrellevar juntas.

            En 1839 emprendieron un viaje a Moscú –nuevamente pensemos en lo que significaban aquellas distancias y las contingencias de los viajes en esa época- . De allí fueron al Cáucaso y luego de muchas alternativas a Kutaisi donde Anne Lister contrajo tifus o malaria, no es posible determinarlo con exactitud, y murió el 11 de agosto de 1840.

            Gracias a las circunstancias mencionadas al comienzo conocemos esa gran aventura que fue la vida de Anne Lister: “Nuestro tiempo en el mundo es limitado” dice una línea de Suranne Jones en la miniserie y por eso el propósito de cumplir con nuestros objetivos y deseos sea tan crucial y valga la pena la lucha. Probablemente en esta idea resida su mayor legado.

           

 

 

Eduardo Balestena

21/22 de diciembre de 2024.

 


domingo, 15 de diciembre de 2024

Mucho más que una crónica



Gabriela Urrutibehety, Monstruos. Vinilo Editora, Buenos Aires, 2024, 92 páginas.

La crónica del juicio a “los rugbiers” por el asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell el 18 de enero de 2020, es indiscernible, para Gabriela Urrutibehety,  de una serie de observaciones –breves, agudas y muchas veces escépticas- sobre varios motivos que podríamos pensar como capas del texto, que se sitúan a partir de un centro geográfico:

Vivo en una ciudad que tiene el inverosímil nombre de Dolores. Como si la hubieran condenado a sufrir desde el bautismo. (pág.5)

            El centro geográfico lo es no sólo de la jurisdicción de los tribunales sino de su propia autopercepción como periodista y escritora. Pareciera que la pura crónica de algo no puede ser separada de todo aquello que conforma su escritura (ella como sujeto que percibe y es en su escritura, sus experiencias y expectativas).

            Concisión, agudeza, y la precisión de metáforas siempre originales son rasgos de una escritura marcada precisamente por lo judicial –el encierro, el crimen, lo injusto- que muestra en obras como La banda de los seguros (discreta geografía criminal) (Ciccus, 2011) donde los hechos de una extensa operatoria homicida son narrados no desde la acumulación de datos sino desde su selección.

            Si La banda… es la ficcionalización de hechos reales y se encuentra en esa zona intermedia entre ficción y realidad, Monstruos es una crónica que tiene rasgos de novela: no en lo ficcional sino en aquello de significancia para la escritura y que constituye su propio sustrato. En otras palabras: se trata de la narración de una escritora en el rol de periodista elaborando una crónica que no le significa renunciar a su condición de escritora sino precisamente que, a la inversa, le permite elaborar una escritura que solo externamente tiene los rasgos del texto periodístico pero que es esencialmente literaria.

            Las capas de un texto

            Aunque objetivo en lo que cuenta, no se trata para nada de un texto lineal sino de uno elaborado a partir de varios elementos: ella como sujeto que enuncia, el clima opresivo de un tórrido verano de sequía, y la reflexión permanente sobre dos cosas: el modo social de percepción de las noticias y el ejercicio del periodismo. También lo es sobre la justicia.

            Así:

Hace mucho calor este enero. La Niña reseca los campos y las cuentas del Banco Central. La cosecha se pierde, los incendios arrasan […] siento que el cerebro se me derrite y me gana el mal humor (pág.5)

            El calor impide pensar, hace más intenso el hacinamiento en la sala de audiencias y es la época donde no sucede nada o suceden cosas que desbordan a la ciudad, como el asesinato del fotógrafo José Luís Cabezas el 25 de enero de 1997 –y el consiguiente juicio- que Gabriela Urrutibehety cubrió como periodista. Las épocas se superponen y hay algo en común: la invasión de los medios masivos capitalinos que todo lo inundan y desplazan y la permanente reflexión: sobre lo político en un caso y lo social y periodístico en el otro.  

            El clima es una realidad, un marco y un símbolo: la injusticia es igual de opresiva; todo parece un escenario fantástico del que no es posible salir:

El viento levanta tierra y la ciudad parece envuelta en una nube de smog que no puede tener porque no hay fábricas, solo campo seco alrededor. Algunos días se escucha tronar, promesas vacías. (pág.74)

            Los tribunales y la sala de audiencias son mostrados de un modo realista y simbólico a la vez: la madera oscura lustrada y su techo ornamentado contrastan con mamparas de material barato y escritorios metálicos estrangulados por cables puestos provisoriamente para siempre. El edificio, de un perdido esplendor, responde a otra época, “serán estos los tiempos de la justicia”, se pregunta. Se trata de una imagen poderosa planteada como al pasar: las cosas superan a la justicia. 

            Hay otra realidad en el centro geográfico: la sequía y la pobreza, que nadie registra, ocupados como están todos en el juicio y los personajes mediáticos: se ha secado el pozo de Mónica, empleada doméstica, casada con un jubilado que cobra “la mínima”. No tienen dinero para una nueva perforación y menos para conectarse a la red de agua corriente: un vecino les da agua por medio de una manguera.

            El periodismo como actividad es otra de las capas: de concebirlo dentro de un código elaborado de escritura, con sus convenciones, como la de nunca usar adjetivos en los titulares en pos de una noticia expuesta objetivamente, las  noticias se convierten en un reality show donde reina la imagen, pero una desinvestida de toda solidaridad: Nadie hizo nada durante la agresión, dice la testigo que le hizo a la víctima maniobras de respiración; todos filmaban pero nada más.

El juico es ponerle palabras a las imágenes del ataque. La crónica es una reflexión tan aguda como desesperanzada:

Hoy la prensa  reproduce ad infinitum la verdad filmada. Todo a la vista, como si fuera un reality show en loop permanente […] las redes claman en el segundo previo a que otro video reemplace al anterior […] Se vive para ser filmado. Se muere en vivo. (pág.33)

La narradora se vive como ajena a ese mundo de la imagen vertiginosa sin contenido, se siente –en lo que resulta una constante en la obra- ser de otra época.

             La descripción de los imputados como un sujeto múltiple y silencioso donde no es fácil distinguir uno de otro, ya que tienen el mismo corte de pelo y llevan barbijos y responden a un pacto de silencio, con las resonancias espurias de la palabra “pacto” es otra de las capas del texto.

            Impresiona su insensibilidad y la violencia de la que son capaces –que se muestra en las imágenes de la agresión y en las de lo que sucedió después- pero al verlos en la sala de audiencias señala que los imaginaba mucho más grandes. Uno de ellos informa a los demás lo que había sucedido con la víctima: “caducó”, dice escuetamente:

                        Apabulla la eficacia de la palabra (pág. 65) 

            Es cierto, apabulla porque refleja la total insensibilidad.

            Los monstruos son necesarios, reflexiona de manera repetida, porque permiten colocar al mal absoluto en un solo lugar pero la sociedad misma es monstruosa y casos semejantes al de Fernando Báez Sosa –como lo detalla en la enumeración del final- suceden todo el tiempo, solo que este pudo galvanizar en un solo lugar la imagen del mal en estado puro y hacer de eso un reality show                         

            Las referencias a todos lo que el juicio implica son muchas y todas están dichas de manera breve y contundente. Monstruos, es un libro cuya eficacia también apabulla

           

En el mismo lugar

            El texto no sería el mismo si estuviera despojado de la subjetividad de la cronista-narradora; una subjetividad atravesada por los juicios que le tocó vivir –el de Cabezas, el de Báez Sosa y aun el de la banda de los seguros, que no aparece mencionado en el Monstruos, y también por el modo en que se vive a sí misma a lo largo de esa larga historia:

Nos volvemos a encontrar varios de los que estábamos en esta misma sala veintitrés años atrás […] Ellos han avanzado en sus carreras. Yo estoy en el mismo  lugar: dejé  hace años de soñar con ser periodista famosa, con dar clases en la universidad, con escribir libros que se tradujeran a varios idiomas. Algunos días tengo cierta nostalgia de esos anhelos. (pág.20)              

            El pasaje recuerda a uno de la novela Los puentes del condado de Madison, en el cual el personaje dice casi lo mismo: “tuve grandes sueños y no se cumplieron, pero que  suerte que los tuve”. 

La idea de la periodista de pueblo atraviesa esta escritura pero la calidad de dicha escritura desmiente la idea del sueño incumplido al menos de dos maneras: el hecho de poder concebir el texto es por sí mismo una muestra de solidez literaria, una que encuentra en las imágenes y la agudeza de observaciones y reflexiones un universal, donde la categoría periodista de pueblo resulta falsa: el propio texto la desmiente. La otra es que la escritura en su propia meta y que el ”éxito” no es una categoría literaria.

Monstruos es un libro tan breve como certero y rico y lo es por gran capacidad de Gabriela Urrutibehety por extraer una reflexión profunda, que obedece a su sensibilidad y talento como escritora.  

 

Eduardo Balestena

martes, 3 de diciembre de 2024

Amores que duran para siempre



  

Un orden secreto

Debe haber algún orden secreto en el azar, que, como dice el personaje que interpreta Max Von Sydow en Cae la nieve sobre los cedros (Snow falling on  cedars), todo lo gobierna, menos el amor.

Por azar nos enamoramos (¿por azar o debido a algo más intrincado que está por debajo?) y también de ese modo suelen llegar las cosas hasta nosotros; en este caso fue la película Vidas pasadas (Past lives), de Celine Song, a quien pertenece también el guión, que llegué a ver precisamente por casualidad. Una obra con algo de autobiográfica, sensible, sencilla y profunda al mismo tiempo.

Si algo sucede entre dos personas, un sentimiento, un roce, un contacto fugaz, es que en una vida anterior hubo un secreto vínculo entre ellas (eso se llama In Yun): un amor, un encuentro, un episodio lejano e inaccesible, dice Nae Yong (el personaje que magistralmente interpreta Greta Lee).

Desde los doce años Nae y Hae están enamorados y lo que suceda en más, también acontecerá en intervalos de doce años. 

 

La historia me impacta porque mi amor de niñez es algo que –aunque lo intenté- nunca pude dejar atrás. La pregunta es si se trata de un amor verdadero o falso: ¿responde a un ser real o a la pura imaginación?

Hoy tengo la respuesta: no corresponde a un ser real sino a una impresión infantil, pero me marcó de una manera muy real. Todavía siento un beso que, aunque quedó muy atrás, fue inesperado y único.

 

 

¿Quiénes son?

En el comienzo de la película vemos a tres personajes en la barra de un bar. Dos de ellos –una pareja- son asiáticos, el tercero es norteamericano. Una voz en off especula: se trata de una pareja asiática y de un amigo; pero el posible amigo está en silencio porque la pareja habla entre sí; o puede que la pareja sea la otra, la de la mujer asiática y el americano, pero entonces por qué no hablan con él; o puede que los de la pareja asiática sean hermanos, o probablemente se trate de viajeros y el americano sea el guía, pero siendo las 4 de la mañana eso es poco probable.

Ese narrador, de tan breve y decisiva intervención, uno que no sabemos quién es, sin embargo hace una observación decisiva.

Quizás la historia pueda explicar eso. Quizás no.

La secuencia termina con la imagen de Nae mirando hacia la cámara y hacia ese narrador: es verdaderamente hermosa y en su rostro se refleja algo muy profundo que siente y que adivinamos que es imposible de poner en palabras ¿pero qué es lo que en verdad siente?

 

Un amor con comienzo pero sin final

Nae y Hae (también magistralmente interpretado por Teo Young) han vivido un amor de infancia marcado por el exilio: la familia de ella decidió dejar Corea para radicarse en Canadá (“cuando algo se pierde algo se gana”, dice la madre de Nae enunciando la curiosa y poco comprobable ecuación que justifica el exilio).

Lejos de haberla olvidado, Hae la busca incesantemente por ese universo de posibilidades, laberintos, falsas esperanzas y hallazgos que conocemos con el ubicuo nombre de “las redes”. Ella ha cambiado su nombre por el de Nora, pero él puede encontrarla porque el padre de Nae ha sido director de cine y eso le permitió rastrearla a partir de sus películas.

Doce años más tarde –el eje temporal se fragmenta en períodos de esa duración en que alternan el presente y las instancias del pasado- se reencuentran y se comunican a través de sus pantallas. Lo que sucede es extraño: aquello que los separó a la vez subsiste; el vínculo no puede materializarse pero sobrevive vaya a saber por qué razones, unas que será necesario investigar. Pronto comienzan a depender de esos diálogos y a plantearse alternativas de vida que no podrán concretar.

Sin embargo, ella renuncia a toda posibilidad de encuentro porque sólo le será posible viajar a Seúl en un año y medio, no obstante, vive buscando vuelos a esa ciudad y decide, un buen día, interrumpir las llamadas –lo que virtualmente destroza a Hae, incapaz de poder vivir otras relaciones comparables a esa-  no obstante, luego de un  nuevo intervalo de otros doce años,  la comunicación es nuevamente reanudada hasta el encuentro: él viajará a Nueva York, donde Nae vive con Arthur, su marido. Los amigos de Hae le preguntan para qué viajará si ella está casada y él les asegura –aunque su mirada diga otra cosa- que solamente irá a Nueva York de vacaciones.

Lo que sucede entonces es imposible de encasillar ni de definir.

Un amor puede marcar a alguien para siempre, aunque no tenga posibilidades de ser explorado gozado o vivido.

 

Un espacio a donde no se puede entrar

“Sabes que cuando sueñas hablas en coreano” dice Arthur (John Magano), el esposo de Nae –que ha cambiado su nombre por el occidental Nora- y agrega que hay un mundo en ella al cual él no puede llegar y se pregunta por el azar que los ha reunido; se interroga acerca de que hubiera pasado si en lugar de a él ella hubiera conocido a  otro en la residencia de escritores donde se vieron por primera vez, luego de lo cual se muraron juntos para ahorrar un alquiles y se casaron para que ella pudiera  obtener la residencia en Estados Unidos; quizás ese otro  podría ocupar su lugar, o si la vida que ella tiene a su lado –en un pequeño departamento de East Village- es la que había soñado. Es la que vivimos, es lo real, le dice ella ambiguamente.

Los amores imposibles tienen la medida de aquello que pudo haber sido, de las posibilidades frustradas y de lo que brinda una elección basada en el amor intenso pero cabe la pregunta: ¿podría ese amor resistir la prueba de la vida cotidiana?

“Tuviste que irte para ser tu misma y la razón por la que te amo es porque eres tú misma” le dice Hae;  ella le contesta que “la niña que recuerdas ya no existe, la dejé atrás contigo”, pero sus miradas desmienten haber dejado ese antiguo amor en otra vida.

Las palabras son pocas, puntuales, delicadas; es en ellas y en las imágenes y los tonos de voz donde todo reside.   

Nae y Hae se ven varias veces en Nueva York y el día previo a la partida de él, ella lo conduce a su departamento, le presenta a su marido, van a cenar y luego a un bar.

Igual que cuando tenía doce años, ella se refiere a él como alguien varonil. Es así, alguien varonil, pero de una mirada profunda, nostálgica y triste. Nada que no sea ese amor termina de colmarlo y ese amor está muy lejos de colmarlo, pero es imposible renunciar a él.

Más tarde, en un bar, con Arthur que en silencio los mira sin entender lo que dicen, Hae se pregunta cómo hubiese sido su vida juntos si el exilio no los hubiera hecho separarse, o si él hubiera ido a Nueva York doce años atrás.

Por fuera de los requerimientos de la vida cotidiana, el amor imposible sigue vivo en toda su intensidad, en todas sus preguntas y en toda su frustración.

La realidad nos quita un sueño o nos hace renunciar a él pero a la vez nos brinda algo que debemos valorar, porque allí reside la otra verdad: la del desafío de construir una vida con otro.

Ese mensaje podría ser la moraleja de la historia si no fuera porque algo muy importante de esa historia quedó fuera de ella y, en última instancia, nunca se conocerá la respuesta.

Antes eran niños, luego hablaban por medio de dos pantallas, pero ahora son seres reales y algo muy poderoso hay entre ellos.

En la despedida, él se pregunta por el In Yun, y se dice que este presente puede ser una vida pasada y que, probablemente, serán otros seres en el futuro y quizás su amor sea entonces posible.

 

            Un paisaje bello, neblinoso y nevado

            El poder inexplicable de un amor que subsiste pese a la imposibilidad de su realización y que ello sucede por imperio de las circunstancias, pero más que nada por la voluntad de alguien que toma una decisión irrevocable que implica dañar a otro, me condujo al recuerdo de otra película: Cae la nieve sobre los cedros, (Snow falling on  cedars) de Scott Hicks, sobre la novela de David Guteson.

            De un preciosismo en las imágenes muy poco frecuente en el cine, el lenguaje visual trabaja a partir de la permanente fragmentación del eje temporal, que nos lleva desde los años de 1930 a 1941 y luego a 1950, época en  que comienza la narración y en la cual, en medio de una fuerte tormenta de nieve, se lleva a cabo un juicio en el pueblo de San Pedro, en la parte norte de las costas del Océano Pacífico. El cambio en los tiempos de la narración e imágenes que corresponden a distintas épocas y a distintas circunstancias, van llevando la historia.

            Los escenarios alternan entre los buques pesqueros en un paisaje tan bello como hostil, las plantaciones de frutillas, el pueblo, las granjas, la guerra y los campos de confinamiento para los japoneses y los ciudadanos norteamericanos descendientes de japoneses. 

            La lluvia, siempre la lluvia, se desliza sobre los cuerpos como si los besara y abrazara; todo lo hace más intenso y Hatsue e Ishmael niños, se refugian en la cavidad de un enorme cedro y es posible ver los largos hilos formados por las gotas de lluvia caer desde las ramas más altas. Es en el bosque donde viven primero un amor infantil y luego uno de adolescencia y de juventud, prohibido más que nada por el mandato materno de Hatsue, que prohíbe a su hija mezclarse con los blancos.

            El amor es tan secreto y vedado como intenso; pero sobreviene el ataque a Pearl Harbor y la guerra y de pronto los japoneses y sus descendientes –que antes eran vecinos y amigos- de un día para otro son asumidos  enemigos, aunque no hayan hecho nada.

            Como sucede en determinadas circunstancias extremas, toda racionalidad y toda solidaridad desapareen y sobrevienen el odio y la intolerancia. Los cursos que encauzan ese río que es la vida normal se desbordan, los diques se rompen y algo oscuro todo lo anega y arrasa con lo que encuentra a su paso.

            Hatsue (Yuki Kudo) y su familia con confinados en los campos de concentración destinados a los ciudadanos de ascendencia japonesa y a los japoneses; pierden sus propiedades y pertenencias más íntimas y les son arrebatadas las cosas que conservaban del viejo país.

 

            Son conmovedoras las fotos que de estos campamentos sacó Dorothea Lange: se muestra a los niños confinados con la bandera norteamericana en sus pequeñas manos.

El de la injusticia es el verdadero tema de la película.

            Es en este paisaje de pesadilla en que Hatsue rompe violentamente su vínculo con Ishmael porque la madre de ella ha descubierto el romance.

            Arthur Campbell (Sham Sheppard) padre de Ishmael es el director Island Review, el diario del lugar y como periodista, ante lo que sucede, escribe argumentando que con el criterio impuesto, los italianos y los alemanes también podrían ser considerados enemigos igual que los japoneses y sobre el deber de todos de actuar de un modo que, una vez terminada la guerra, pueda ser calificado de honorable. Es amenazado e insultado debido a sus palabras y las suscripciones del diario son canceladas. En determinadas circunstancias, la solidaridad, los principios y la verdad son las primeras víctimas.

 

            Hay veces en que la propia humanidad es juzgada  

            Hatsue se ha casado con Kazuo Miyamoto, un pescador y luego de un accidente en el que muere otro pescador, Carl Heine (Daniel von Bargen), Miyamoto es imputado por el homicidio –sobre bases débiles, puramente circunstanciales y prejuiciosas - y llevado a juicio. 

            Más allá de ciertas debilidades del argumento, queda claramente presentado el motivo central de la película: el prejuicio y la injusticia que implica.

            La nieve parece haberse llevado el paisaje y puesto en su lugar una imagen velada de él, como si fuera irreconocible.

            De regreso de una de las sesiones del juicio la camioneta de la familia de Hatsue se sale del camino e Ishmael los lleva en el Chrysler Airflow que había sido de su padre. Hatsue parece despreciarlo, le reclama que, como hubiera hecho su padre de haber vivido, debería escribir sobre la injusticia del juicio. Él le contesta que sí, que debería escribir sobre la injusticia con que unas personas actúan contra otras.

Al disponer un receso luego de la audiencia del día, el juez Fielding (James Cromwell) recuerda que al día siguiente se cumple el noveno aniversario del ataque a Pearl Harbor, pero que esa circunstancia es ajena al juicio y no debe ser tenida en cuenta.

            Ishmael ha perdido un brazo luchando en la guerra, en un momento visita nuevamente el cedro donde se amaban con Hatsue y al verla intenta acercarse a ella –que siempre lo rechaza- y le pide que lo abrace y que luego de eso no volverá a verla. Hatsue de nuevo lo rechaza, le dice que ella le ha hecho algo muy malo y que él debe olvidarla.

           

            Precisamente, una de las debilidades del argumento es que, en su propósito de escribir un artículo sobre la tormenta de nieve y buscar antecedentes de otras tormentas de parecida intensidad, Ishmael revisa los informes del guardián a cargo del faro y advierte que a la hora del accidente un buque perdido en la niebla pasó justo por el canal donde estaba el barco pesquero de Heine, y que la muerte se produjo porque el pescador cayó del mástil debido al golpe sobre el suyo del otro barco y, atrapado en sus redes, se ahogó. Todos los indicios coinciden y explican el hecho.

            La pregunta es cómo la investigación policial pudo llevar un caso a juicio sin analizar estas circunstancias.

            Sin embargo, Ishmael –que al principio quiere convencerse de la culpabilidad de Miyamoto- no revela enseguida su hallazgo. Solamente lo hace cuando, luego de los alegatos, el jurado está deliberando.

           

            Es el prejuicio el que construye la historia y produce versiones sobre lo que pasó, sin que sea posible indagar la más simple de las explicaciones.

            Max von Sydow, en su personaje de Nels Gudmunsen, el defensor de Miyamoto dice en su alegato que el que se está llevando a cabo parece un simple juicio en un pueblo perdido, pero que no es así, que hay veces en que la humanidad es sometida a juicio, y la integridad y la dignidad, y ciudadanos corrientes son convocados para evaluar y calificar a la humanidad.

 

            En el final, el juicio es desestimado ante la nueva evidencia, una de la cual surge que nunca hubiera debido ser llevado a cabo.

            La verdad se impuso al prejuicio pero por un hecho circunstancial.

            En la última escena es Hotsue quien cruza una calle blanca de nieve hacia la figura solitaria de Ishmael, que se aleja rumbo a su auto y ella lo abraza. Kazuo Miyamoto ve al periodista de lejos y ni siquiera lo saluda.

            El amor de Ishmael subsiste. Subsistirá para siempre, él es el amor que siente por alguien que no termina de saber si lo ama o lo desprecia.

 

            Una certeza y muchas preguntas

            A veces pienso si la fuerza de un amor tan absoluto reside precisamente en la imposibilidad de alcanzarlo, y que obedece a la necesidad de anhelar algo para no poder conseguirlo, algo que es eterno, que resiste  la prueba del tiempo y que acaso no podría resistir la de la vida diaria ¿o sí? nunca lo sabremos.

Mae y Hae e Ishmael tienen ese amor lejano como una certeza de la cual no es posible salir; una certeza y muchas preguntas que los personajes se formulan y para Ishmael será siempre una herida abierta. Su propia vida es una herida.

Lo único cierto parece ser que es posible seguir sintiendo un beso inesperado que nos marcó para siempre y que para siempre nos dejó la sensación de algo inconcluso.

            Los amores son una certeza solo que a veces son una falsa certeza.

           

 

           

           

 

 

 

Eduardo Balestena, 1/3.XII.24  

lunes, 4 de noviembre de 2024

Así suelen suceder las cosas



Humphrey Bogart, El motín de Caine, 1954


                                                 Kiefer Sutherland, El motín del Caine, corte marcial (2023)

En el asiento que está a mi lado hay una señora mayor muy simpática pero que no deja de moverse, pone y saca cosas de una bolsa que acomoda en el piso para luego levantarla y sacar aquello que había puesto antes, o algún otro objeto, al hacerlo me clava el codo en las costillas. En el asiento del otro lado una mujer duerme y el respaldo del de adelante súbitamente se reclina y el libro que estoy tratando de leer –apoyado en ese respaldo- se me viene encima. No son las mejores condiciones para leer.

El vuelo será largo: once horas desde Río de Janeiro –donde el avión hizo una etapa técnica- hasta Londres.

 

Hago lo que nunca en los aviones: comienzo a recorrer en la pantalla que está casi encima de mi cara los títulos de las películas, casi todas de aventuras, comedias baratas y cosas así, hasta que de pronto me detengo en una cuyo título me suena conocido: El motín del Caine – Corte marcial y de pronto me doy cuenta de que se trata de una nueva versión de El Motín del Caine, con Humphrey Bogart, José Ferrer y van Johnson, de 1954.

 

Siendo muy chico vi a José Ferrer haciendo de Cyrano de Bergerac y desde entonces sentí por él algo que no he sentido por otros actores y cuando tenía unos 16 años me encantaba seguir un ciclo de películas de Humphrey Bogart, más que nada por los autos que aparecían y también sentí por él algo muy diferente a lo que sentí por otros actores: digamos que los dos, por un motivo u otro, tienen un lugar especial en mi casillero mental destinado a actores y películas.

 

El afiche de esta nueva versión es una imagen de Kiefer Sutherland, quien hace el papel del Capitán Queeg que encarnaba Humphrey Bogart en la anterior y comienzo a ver el tráiler. Por el momento, la señora de la butaca contigua se queda quieta.

Ya en los primeros minutos la película se ha posesionado de mí y apenas termine el tráiler me propongo verla en la estrechez de mis actuales condiciones.

Apenas la señora comienza a dormitar me pongo a ver la película.

 

Todos los caminos conducen a Roma

No recuerdo en qué momento vi la primera versión, la de Edward Dmytryk, que se basa en la novela de Herman Wouk, pero me impresionó de manera tal que en mi novela Las llaves de ese secreto hay una cita oculta de la película. Esta segunda versión, de 2023, está dirigida por William Friedkin, quien aparece como coautor del guión junto con  Herman Wouk.

Un fuerte tifón amenaza seriamente la seguridad del barreminas Caine y, al juzgar que las órdenes del capitán son equivocadas y pueden conducir al naufragio de la nave, el teniente Maryk lo releva del poder y se hace cargo del comando del buque.

Al momento de la narración, tiene lugar una corte marcial donde el teniente Maryk es juzgado por amotinamiento, una falta extremadamente grave. En la versión de 1954 parte de la acción transcurre en el barco y en dependencias navales antes de la corte marcial; en la de 2023  lo hace casi íntegramente en la sala de audiencias; al final hay otro escenario donde la trama es resuelta y la película concluye.

Las dos versiones expresan lo mismo pero de diferente manera: no hay un solo camino para algo que es el centro de todo sino diversas vías y cada realizador las explota de una manera singular. En una hay diversidad de escenarios y de tiempos en  el desarrollo de la acción, en la otra hay unidad de tiempo y lugar: todo sucede durante la corte marcial y las circunstancias van siendo descubiertas a lo largo de los distintos testimonios. La palabra y no las imágenes son las que aportan los hechos relevantes de la narración.

En la película de 1954 la personalidad y salud mental del capitán surgen a partir de los hechos que se presentan en las escenas en el buque; en la de 2023 van surgiendo durante la audiencia.

 

 Nudo y desenlace

Hay una circunstancia que primeramente aparece como algo lateral pero que será muy relevante: ningún abogado militar quiso hacerse cargo de la defensa del teniente Maryk y Gremwald -José Ferrer –en la primera versión y Jason Clarke en la segunda- han debido asumir la defensa en contra tanto de su voluntad como de sus convicciones, ya que la única línea defensiva posible es poner en tela de juicio la aptitud mental del capitán Queeg; es decir que la deslealtad y el ataque acaso injusto son las únicas posibilidades de éxito de la estrategia destinada a eximir de culpa a alguien que acaso sea culpable.

 

E.G. Marshall es el fiscal en la versión de 1954 –el gran actor que personifica al coronel Bratton en Tora, Tora, Tora- y Mónica Raymund desempeña el mismo papel en la versión de 2023.

 

Las alternativas que se suceden son numerosas y no me propongo contar la película sino aludir al conflicto moral que contiene.

Como muchas de las circunstancias, el final es el mismo en las dos versiones. La de 2023 lleva la acción a la actualidad y los escenarios son los de los conflictos presentes: no importan las circunstancias, la historia es siempre algo que se repite, cambian los decorados y las circunstancias pero en el fondo todo es lo mismo.

Ambos defensores ponen toda su habilidad al servicio de su misión, aunque no sea noble, porque es lo que deben hacer: surge así la pregunta acerca de si es correcto moralmente hacer algo malo para cumplir lo mejor posible un cometido que nos ha sido impuesto, o si debemos traicionar ese cometido para no hacer algo malo.

Esa será la cuestión central que hará que el final sea lo que es.

 

Pasta o pollo

De pronto una joven azafata surca el pasillo como un duende. Es de baja estatura y sus grandes ojos, que parecen más blancos en contraste con su piel y su cabello oscuros, iluminan un gesto de simpatía. La señora a mi lado se  empeña  en hablarle en español, que ella no maneja, y le pide cubitos de hielo, que ella no le puede traer porque arrastra un carrito con bandejas calientes y el hielo allí se derretiría, intenta explicárselo en un inglés que la señora no quiere entender, hay gente que tiene el poder de generar problemas de la nada en nombre de algo que para ellas es importantísimo pero que es intrascendente en sí mismo.

Hago un receso en la audiencia de la corte marcial y disfruto de un vino tinto español y del pollo. En un vuelo largo la comidas son grandes acontecimientos que nos hacen matar el tiempo, “la esencia que nos da la vida”. Con el vino tinto me vuelve el alma al cuerpo. Cierro los ojos y trato de pensar. Daría cualquier cosa por tener algo para escribir.

  

El concepto de lo justo

En esta estrechez he encontrado un fuerte estado de felicidad, aunque esté encerrado mi mente es libre, pero no del todo, porque está puesta en la sala de la audiencias de la corte marcial.

Herman Wouk fue marino durante la Segunda Guerra Mundial y sabe de lo que escribe, por eso en la película la sensación de la verdad es tan poderosa, pero cada uno tiene la suya. El tribunal deberá encontrar la otra verdad, la que está por encima de las demás, de eso se trata, pero el problema es si lo hará o si llegará a una solución que no sea justa solo porque es la única posible, la única a la que se puede llegar.

En la versión de 1954 la sala de audiencias es pequeña, cada uno dice su parte, la cámara sólo se mueve para acercarse a Humphrey Bogart en el que ha sido uno de sus mejores papeles. E. G. Marshall y José Ferrer –que llena la pantalla con su presencia y su profunda voz, porque de algún modo es el personaje central- intervienen a su turno; la defensa sostiene una cosa y la fiscalía la impugna, la corte cuestiona al defensor por el modo en que introduce circunstancias destinadas a minar la credibilidad del capitán y destruirlo en aquello que es más importante para él: su carrera, su aptitud de mando, su credibilidad.   

En esta nueva versión, la sala de audiencias es tomada desde ángulos siempre cambiantes. La cámara se acerca, capta gestos, matices y hace de ese escenario una obra de teatro donde cuentan presencias, inflexiones, los matices más mínimos, cada gesto.

Como fiscal, Mónica Raymund –en el papel de Challee- es una presencia poderosa: parece corporizar la idea de lo que es bueno y correcto; es enérgica, y más que inteligente es brillante; en un momento parece comenzar a rendirse pero en su alegato final se sobrepone con una fuerza abrumadora.

Greenwad, el defensor –Jason Clarke-, en su alegato final, vuelve sobre la cuestión de que ha debido intervenir en el caso porque no había otro abogado disponible para hacerlo.

La fiscal  ha pedido una sanción para él por el modo innoble en que apoyó su defensa, y que tal sanción conste en sus antecedentes.

Otra de las presencias de gran impacto es la del juez Blankey –Lance Reddick- quien rechaza esta última moción porque la estrategia por la que el defensor ha optado es algo con lo que deberá cargar toda la vida y su conciencia será su mayor castigo.

 

Hay algo más, relativo a otro personaje, que se introduce en el desenlace, pero no lo voy a mencionar para no arruinar la expectativa.

 

Por un segundo he entrado en otra dimensión donde ningún codo se clava en mis costillas ni hay un respaldo que me oprima y abro los ojos y veo el bello y alegre rostro de la azafata y esa visión me alegra; ella me ofrece un café que acepto y de pronto una idea se presenta fuertemente y viene a dar forma a algo en lo que venía trabajando y de alguna manera lo cierra.

Escribí un ensayo sobre El Tercer Hombre –la película de Carol Reed y la novela de Graham Greene- y esperaba seguirlo con Matar al ruiseñor, (la novela de Harper Lee y la película de Robert Mulligan) como un modo de abordar –desde la forma narrativa- las relaciones entre el texto literario y el de la imagen, pero de pronto me doy cuenta de algo que antes no había visto: esas obras y otras sobre las que me proponía trabajar tienen en común algo, precisamente el concepto de lo justo.

Lo justo en determinadas circunstancias es injusto en otras; lo justo para uno es injusto para otro y al final suele haber algo que viene a mitigar en algún grado los efectos de una injusticia, pero lo justo nunca encuentra su realización en nada. Lo justo nunca se materializa enteramente, como si fuera llevado hacia un punto de fuga donde hay un vórtice que siempre lo impulsa violentamente hacia afuera. De pronto lo veo todo muy claramente: no se trata de las diferencias entre una película y una novela o una película y una obra de teatro, sino de lo justo, de cómo se presenta y luego es expulsado y se aleja para desaparecer.

En El tercer hombre, Holly Martins está enamorado de Ana Schneider pero ella lo está de Harry Lime, un ser inescrupuloso y asesino y dice “pobre Harry”: eso es injusto para Holly –y también para los afectados por la penicilina  que robaba, adulteraba y vendía Lime para ganar dinero-.

 

En Matar al ruiseñor Tom Robinson, condenado por un delito que no existió, y a quien todos sabían inocente, encarcelado de manera arbitraria y absolutamente injusta, decide hacerse matar porque no soporta esa injusticia. Ewell, su acusador, a quien todos sabían un hombre violento y el verdadero culpable, es muerto por Boo Radley cuando aquel pretende atacar a Scout, la hija de Atticus Finch, el defensor de Tom Robinson en el juicio.

El concepto de lo justo esta encarnado en la mirada infantil de los hijos de Atticus y en la moral inquebrantable del abogado, aquella que no puede imponer al jurado. Ewell pagó con su vida el haber ocasionado un terrible mal, pero eso no sirve para nada.

 

Lo justo es arrastrado siempre –en la vida y en la ficción- hacia ese punto de fuga que lo impele y lleva y de pronto, como una revelación, me aparece el concepto central y el título de ese libro que había empezado a concebir: El Punto de fuga (la idea de lo justo en la literatura y en el cine).

 

Luego de una eternidad el avión aterriza en el aeropuerto de Heathrow, nos reunimos con mi esposa –a quien le había tocado otro asiento-. En la puerta de salida está la azafata y la saludo agradecido. Tomamos el tren subterráneo de la línea Elizabeth con nuestras valijas y bajamos en Tottenham Court Road, a pocos metros del hotel St. Giles.

Ni bien llegamos me apresuro a anotar en mi diario de viaje el título que me propongo y pienso que es precisamente así, repentina y casi subrepticiamente, como suelen suceder las cosas, las revelaciones, los hallazgos.

Estamos casi sin dormir pero a los cinco minutos salimos a Bedford Street y comenzamos nuestra aventura.

 

 

Eduardo Balestena, 2.XI.24