martes, 1 de mayo de 2012


Muchas vidas para contar
Por todo el camino, de Sebastián Jorgi (Proa Amerian editores) reúne narrativas desde 1968 a 2008 y distintas y reconocidas opiniones sobre el autor y la obra. Se trata de la reedición de ocho libros reunidos en un tomo.
Sebastián Jorgi parece en gran parte hecho en las reuniones de café, las tertulias literarias, el ejercicio permanente del periodismo cultural, la influencia de cuentistas como Humberto Constantini; Lubrano Zas; Anderson Imbert o Cortázar; pero a la hora de operar con el lenguaje tiene una voz eminentemente propia y una concepción de la escritura como campo en que el escritor opera, utilizándola de muchos modos, siempre a partir de una apariencia de simplicidad. Es una lectura que, como lo postulaba Cortázar en “Los Premios”, requiere que haya que enhebrar y organizar los elementos del texto. Sin embargo, está muy lejos de agotarse en una función puramente experimental de la escritura ya que la convierte en el instrumento de una indagación existencial y social.
Pero podríamos sacarlo de sus fuentes declaradas y llevarlo a otras, como el naturalismo de Quevedo que muestra, desde una clave humorística, una realidad tan opresiva que no podría ser narrada de otra manera.
También está el hecho de la temporalidad: sus relatos, particularmente los primeros del libro, son frescos vívidos y palpitantes de una época –desde el lenguaje, los lugares y las cosas- y al mismo tiempo son puro presente y es fácil imaginar que así deben resonar para el autor, que buscó compilarlos y rescatarlos: la actualidad de un ayer de la escritura. Desde este punto de vista, las épocas, los modos de ser y palpitar de ese pasado-presente, es un libro único: rescata modos verbales, situaciones, realidades sin ninguna artificiosidad, siguiendo el latido del lenguaje oral. Todo sucede ante nuestros ojos y al mismo tiempo es inaprensible.
Una escritura de la relatividad
En la narrativa de Sebastián Jorgi no parece haber otra certeza posible que el puro texto, con su división en voces y puntos de vista que hacen que haya un permanente desenfoque con aquello que es contado. La verdadera materia narrada surge de lo implícito y de las omisiones de una escritura que hace foco muchas veces en cuestiones secundarias; se produce así un descentramiento: ver nítidamente un marco y percibir de un modo borroso aquello que es en verdad el centro.
En “¿Vos lo viste jugar  a Martino?”, por ejemplo: “El día anterior había algo extraño en sus ojos, una premonición, una advertencia: mañana no vendré porque mañana no será mañana y porque el tiempo es una suma de espejos por la que te vas perdiendo” (pág.41). El narrador plantea un enigma, el de un amor del cual todo lo ignoramos. Los datos nos vienen en un discurso de café donde se habla de cosas laterales que van anteponiéndose y dilatando –de un modo exasperante- el avance de la narración y las alternativas y revelaciones de ese amor. El personaje parece ignorar lo que todos le sugieren pero al mismo tiempo tiene un conocimiento que va siendo sustraído al lector y que se revela al final. El narrador opera desde estos retardamientos:”Se presentará el Fino a la mesa y te invitará a una partida de billar para cuando Don Carlos se haya ido. Pero seguirás carpeteando la ventana en el momento en que el Fino le dirá a don Carlos que el Coco Rossi es un  fenómeno y el viejo responderá que Pontoni y Martino fueron grandes jugadores. De vez en cuando te consolarán diciéndote que quizás mañana vendrá…” (pág. 42) La materia narrada va surgiendo en revelaciones fugaces y fragmentarias; sin embargo, ese mundo del café es el llamado a perdurar cuando desaparezca el amor o se hagan evidentes sus engaños pero al mismo tiempo es un mundo al cual no se termina de pertenecer. Hay presencias significativas pero no hay raíces. Hay movimiento pero no hay detenimiento y así los personajes parecen condenados a vagar buscando algo que nunca podrán encontrar.
El Río Inmóvil
Las narraciones van cambiando de punto de vista y abren, en esos diferentes ángulos, instancias de reflexión sobre lo narrado. En esta relatividad, los personajes deambulan entre la pesadilla de la vida burguesa (Eliot Ness, Pérez and company; por ejemplo) en un clima donde la realidad es potenciada hasta una ruptura, indicadora de que nuestra cotidianeidad es enajenante y la cordura es una sumisión a este proceso, en algo que recuerda a las novelas de Arlt: el escenario urbano y en la justeza de su registro de la angustia.
Otras veces, como en “Margo junto al Río Inmóvil” los personajes deambulan por la noche, por sus bares, sus cafés, buscando algo que no podrán encontrar, mientras que a lo lejos, el río se alza con su fluir pero a la vez con su permanencia: el mundo humano es volátil y quimérico mientras que el río siempre habrá de estar ahí:”La vida es así, yo quiero al Quique y no lo tengo, te has enamorado de mí y esto puede ser un drama para vos, pero te digo algo: debemos dejar que el tiempo transcurra y ser fuertes” (pág. 75). El tiempo es como un río que fluye y se lleva las cosas; pero algo de ellas permanece, pero siempre en esa sensación general de flotar a la deriva.
Un personaje ensaya una teoría sobre el punto que irradia un mundo: “-Éste es el río  inmóvil y al mismo tiempo, la bahía del silencio de Eduardo Mallea. El río nos contempla con toda su historia y la bahía permanece intacta. Aquí ha comenzado todo y si este triángulo  cuyo ángulo principal es Corrientes y San Martín- de donde parten los dos catetos –es salvable, si podemos salvar todo con la ética que propone Mallea, estará salvado el país” (pág.68).
Los personajes tienen historias y vivencias que aparecen en el texto como pinceladas; frente a su relatividad las formas de lo absoluto son tan inalcanzables como esas historias: una ética, como un río inmóvil, capaz de dar certezas, son formas de una utopía.
Un fantasma que cruza el tiempo
Quizás Once-Morón sea uno de los relatos estilísticamente más logrados. Una cita de “El gato de Cheshire” de Anderson Imbert guía la lectura “Me asomé por la ventanilla del tren y con gran asombro vi que el mundo se puso pálido y retrocedió”. El personaje es un docente de literatura de un colegio secundario que hace el trayecto entre los lugares del título en un tren atestado de pasajeros, tratando de leer una novela policial que cae al suelo, y es pisoteada y que recupera en un momento del trayecto. Los reproches de la mujer, las exigencias del Colegio, el viaje entre empujones y pisotones son momentos de esa experiencia de vida como negación. Otro elemento está en el quiebre temporal: la narración transcurre en 1982 pero la novela en 1978. No es una  “novelita policial” sino que narra las alternativas de una persecución durante la dictadura. Pronto se instala la duda acerca de si la verdadera acción es la de esa “novelita” o la narrada y esa lectura va dando un sesgo nuevo a la narración (siempre hay una duda sobre lo real). Acentúa la provisionalidad y lo aleatorio de todo. Como en “El Sur”, de Borges, hay una duplicidad entre lo que sucede en la novela y lo real.
El cuento “Las puertas del cielo” de Cortazar marca quizás por primera vez la presencia de los cuerpos como algo que desde una clase social y por sensaciones físicas irrumpen en el discurso literario y  se imponen a la subjetividad. Empellones, olores, desplazamientos invaden al personaje, creando un cerco de violencia corporal. En Cortazar se trata de un escenario acotado –la milonga- donde ir es una elección. En “Once-Morón” el escenario es forzoso y dado en una relación social más amplia. Ya no se trata de un abogado que observa a los concurrentes a una milonga desde un distanciamiento sino que existe una nivelación dada por el tren, que al mismo tiempo es una metáfora de la vida. Así: “atino a entornar los ojos de pura vergüenza en el momento en que siento el violento empellón de la gente que sube en Flores, recién estamos en Flores y no en Liniers, como yo creía. He ido a parar a la otra puerta encima del churro a la que debo apretar ya que no puedo impedir el roce de su cuerpo. Sé que me pongo colorado…¿Se puede correr un poco, señor? – me dice el churro. Intento darme vuelta. Ley doy entonces con la mano al viejo criticón…Esta juventud no sabe nada” (Por todo el camino, pág. 81). La convivencia forzosa, sin lugares a donde asirse crea equívocos y situaciones de violenta humillación.
Las voces se mezclan “El tren se ha detenido…Lo que debe importarme es terminar el programa y la planificación…Seguro que la jefa de planificación no  aceptará que incluya poetas actuales, como Gallardo…-Por favor, una ayudita para este hombre ciego. Debo hacerme a un costado y sin querer rozar el cuerpo de Marilyn…” (pág. 87)
  La detención del tren quita a la situación la esperanza del movimiento y si consiguiente final, y marca la prolongación, por un término incierto, del agobio físico. El punto de vista es fragmentario pero permite inferir que la detención obedece a un operativo del ejército. Se han llevado o buscan gente. El personaje intenta tranquilizarse: él no anda en nada, pero al mismo tiempo recuerda que unos sujetos habían preguntado por él en la escuela. Se instala así un nuevo elemento aleatorio. Ya no es la violencia física sino la posibilidad de ser suprimido sin ninguna razón, o por razones indiscernibles: “La gente del vagón se mantuvo petrificada en sus lugares. Hubo como un silencio de muerte” (pág. 88). La muerte es la presencia que resuelve ese movimiento y el choque de cuerpos en un tren que es una imagen o del infierno o del purgatorio: tanto puede avanzar como detenerse entre dos puntos que son el símbolo de una vida y de la muerte.
La vida es una milonga
Otras veces, como en “Aventura del Andante Cirilo” los relatos son como nouvelles cortas que condensan un mundo y personajes de rasgos definidos en un mundo incierto.
Sebastián Jorgi ha sabido condensar la escritura como hecho permanente –ya que escribe de manera incesante para distintos medios- con una tradición y al mismo tiempo asumir una estética que es un poco el resultado de esas vertientes.
Ha declarado “Tengo muchas vidas y muchas aventuras para contar”. Las de este libro son  parte de esa afirmación –ya que tiene material inédito- y en este volumen ha sabido conservar y poner en movimiento las sensaciones de empezar el recorrido de la vida –con los de los cuentos y relatos iniciales- y al mismo tiempo desplegar una sabiduría hecha tanto en las calles como en los libros, y ponerla al servicio de la vida como hecho literario por excelencia. La escritura parece ser el arte de captarla.
“Nada es verdad –dijo Cirilo-. Y la vida es una milonga. –Y hay que saberla bailar- dijo Carlota” (“Aventuras del andante Cirilo” pág. 119/120)
Escribir es el hallazgo de las palabras y de las formas para constituyen la sabiduría que se requiere “para saberla bailar”.

Eduardo Balestena


sábado, 31 de marzo de 2012

Cita en Lasal del Varador



Cuando me enteré pensé que tenía que hablar con Bluma.

Los de la CNU, todos presos; presos o prófugos.

Fue en un seminario en el palacio Miramar, en San Sebastián, que me enteré. Había varios panelistas y entre ellos Feierstein, un sociólogo argentino cuyo libro sobre el genocidio era muy citado en los juicios a militares; pero ahora, nos dijo, no eran militares, también iba a ser juzgado un grupo de ultraderecha que había actuado en Mar del Plata antes de la dictadura y que se había insertado en el aparato represivo después.

Sentí de golpe como si hubiera estado atravesado por un eje que me permitía mantener el equilibrio y ahora no sólo me enteraba sino que alguien acababa de quitármelo. Él no podía creer que yo fuera de Mar del Plata y que los hubiera conocido.

Todo me apareció de nuevo en la mente, como si fuera ayer. Mi hermano Iñaki había sido compañero de Bluma –que vivía a dos casas de la nuestra y con quien crecimos juntos- en el breve paso de ella por la facultad de humanidades -salvo su relación conmigo todos los pasos de ella por las cosas habían sido siempre breves- y luego vivieron “un apasionado romance varias veces”. Le salvó la vida pero él no le perdonó que fuera una de ellos.

En esa época la CNU adquiría poder en los sindicatos, en la universidad y en la justicia federal. Así, amenazó, atentó y desarticuló la gremial de abogados que defendía al sector obrero, asesinó a Silvia Filler, una estudiante de 18 años, a Coca Maggi, la decana de humanidades y eso favoreció que la ultraderecha dominara la universidad. La mataron el mismo día del secuestro y cuando vino Isabelita a Mar del Plata los padres lograron hablar con ella en la costa, cuando salió a caminar, flanqueada por todos esos facinerosos de la custodia. Lo hicieron para pedir por su hija, que ya estaba muerta En aquella época Bluma canturreaba: “ahí viene Hitler por el callejón, buscando judíos para hacer jabón” y se reía. Una vez me gritó desde un Falcon verde, en la calle y me hizo subir, estaba con Salvador y con un tipo alto, trajeado y de bigotes negros tupidos al que le llamaban Flipper y me llevaron a mi casa. Poco después lo mató un diputado en San Juan al cual él iba a asesinar por una interna gremial. Iba en silencio, a toda velocidad. Habíamos ido con mi mamá al casamiento de Bluma con Salvador, cuando le hicieron el saludo nazi a la salida del Unzué.

La ida de Iñaki fue el día en que mataron a Piantoni, el líder de la CNU, el 20 de marzo de 1975 (no se sabe si fue una vendetta sindical o ellos mismos, porque Piantoni era el más conciliador y si la derecha más brutal lo mataba iba a poder culpar a la izquierda, deshacerse de él y desatar una guerra, que era lo que quería) lo cierto es que les echaron la culpa a los montoneros y en el velorio juraron que iban a caer cinco por uno. Trenti dijo en la cochería: “nosotros santitos ahora, pero ya van a ver”. Yo tenía veinte años. Bluma sabía que Iñaki era amigo de Pacho Elizagaray y quiso alertarlo. Llamó a casa. Habló conmigo. Me dijo que Iñaki se fuera, que los iban a matar. Cuando Pacho lo supo se fue a refugiar a lo de su tío, Jorge Videla. Los agarraron ahí y los mataron a todos, hasta a Guillermo, el hermano de Jorge Lisandro, que tenía 16 años. Pacho intentó huir por los techos pero lo acribillaron.

Pocas veces volví a la Argentina desde entonces, pero la primera vez fui hasta la casa de España 856 y me quedé mirándola e imaginando los gritos, el Falcon, el Torino en el que fueron aquella noche en que la policía había liberado las zonas donde iban a matar a tanta gente. Imaginaba la huida desesperada de Pacho por los tejados, los gritos, los disparos. A su tío y a sus hijos los mataron en el barrio Montemar, tenían entre 20 y 30 tiros cada uno. La madre alcanzó a escuchar “ese está herido, dále otro tiro” y se fueron (¿quién sería el herido, su esposo o cuál de sus hijos?).

Iñaki se fue en el auto esa misma tarde a lo de Lito Aramburu, el primo que vivía en Segurola y de ahí a lo de sus hermanos –Perico en Vidal y Martín en Maipú. Eso lo salvó. Creo que nos salvó a todos porque decidimos exiliamos. Nos resultaba imposible convivir con las bandas que iban en autos de los que asomaban caños de armas, con las bombas y las muertes cotidianas y en casa presagiaron que nada bueno iba a pasar. Sólo estábamos acostumbrados a trabajar y el mundo a nuestro alrededor se había vuelto, rápidamente, algo violento e indescifrable de lo que queríamos alejarnos.

Entonces, a los pocos meses vinimos acá donde si bien había etarras al menos no había peronistas. Trabajé con los parientes de Barcelona que tienen restaurantes y luego pude entrar al diario Gara, estudiar, hacer el Master, dar clases en la Euskal Erriko Unibersitatea, pero nunca me pude olvidar de todo aquello y necesitaba cerrarlo de alguna manera.

Pese a todo con Bluma mantuvimos el contacto, es decir, ella lo mantuvo conmigo –llamaba en esos momentos en que o me estaba duchando, o iba a salir a dar un examen o acababa de dormirme- pero nunca hablaba de la CNU: o no entendía lo que habían hecho, o era natural para ella y pensaba que era posible salir de eso y pasar a otra cosa, como si nada hubiera sucedido. Fue Aritz quien le dio mi teléfono de Eratsun cuando volvió a la Argentina y por él supe que Salvador había caído preso por contrabando de drogas, que se había recibido de abogado en la cárcel, que se había asociado a Schocklender y que ella estaba en la ruina. Todos los de la CNU, que parecían tan invulnerables, tan dispuestos a matar a todo el mundo por sus “ideales” terminaron por fracasar en la vida.

Creo que seguí hablando con ella porque pensaba que había vivido todo eso y que necesitaría contarlo, confesarlo; que eso le pesaría en la conciencia y yo necesitaba saber esa versión. Había leído las resoluciones en el Centro de Informática Jurídica de la corte argentina –y la mencionaban a ella, en el episodio de la muerte del diputado en San Juan- pero ahora, a tantos años, cuando eso era cada vez menos entendible, necesitaba que fuera Bluma quien me lo contara.

Entonces –inesperadamente, como siempre- llamó y aproveché que mi esposa Merche estaba en Ávila con los padres para proponerle encontrarnos y me dio el nombre de un Xiringuito muy de moda en Barcelona y quedamos para ese viernes a la noche. Mi hija Maite había vuelto de Dublin, hizo como hacen muchas jóvenes aquí, que van a Inglaterra o a Irlanda, viven en casas de familia, cuidan niños y aprenden el idioma. Decidimos quedarnos dos días en un Citadine en el centro de Barcelona, cerca de las ramblas y aquella mañana ella puso el gps y salimos lentamente en la Honda Varadero. Nuestra casa está antes de llegar a Eratsun, en una curva del camino, rodeada de bosques, y tomamos el camino a Leitza hacia la autovía que lleva primero a Vitoria Gasteiz y sigue a Barcelona.

Habían matado a mucha gente esa noche e Iñaki se había salvado pero ellos habían caído, finalmente, aunque yo no acertaba a entender que eso fueran delitos de lesa humanidad que violaran el Estatuto de Roma o la Convención del Genocidio, no veía que hubiese la forma sistemática y generalizada, y pensé que si se va a utilizar un concepto así debe exigírselo a fondo, formular un razonamiento infalible que no de lugar para otra conclusión; también que matar a gente en la Argentina anterior a la dictadura no era lo mismo que hacerlo después, metódicamente, o asesinar a poblaciones enteras en Serbia, pero con nadie podía hablarlo, ni en el Instituto de San Sebastián ni en Oñati porque ellos no entienden, les resulta ajena e incomprensible una latitud tan remota como la nuestra.

Luego de las cuatro horas de autovía y de descansar en el hotel fuimos a la playa donde estaba el Lasar del Varador. Mi hija llevaba el pelo de la sien derecha rapado y un tono entre castaño y amarillento. Un largo mechón le caía por el lado izquierdo y yo la veía tan alta, tan crítica y tan observadora que me avergonzaba de cómo había sido yo cuando tenía su edad.

Ahí estaba Bluma, más gorda, más arrugada, al lado de un catalán alto y lleno de hendeduras en su flaco rostro; parecía sacado de una vieja banda de rock. “Oye tío, que guapa está tu hija” largó y rápidamente la conversación derivó hacia las comidas, los restaurantes y las módicas anécdotas cotidianas. Bluma hablaba en porteño usando palabras y giros españoles y volvió loca a la camarera preguntándole mil veces los detalles de las patatas bravas, los calamars mediterrani; la taula perni iberic gla; la amainada poma i fortmage y mil cosas más.

Maite había quedado al lado de ella y podía observarlas a las dos. Viendo a mi hija tan idéntica a mi abuela me parecía que nunca nos habíamos ido del país vasco y que la Argentina era como un mal sueño del que Bluma formaba parte.

Le descerrajé “Viste lo que pasó” – “…qué pasó” contestó torciendo la cabeza y mirando la carta por centésima vez. “Que están todos presos” y le mencione uno por uno. “Pues chico, algo me dijo la esposa de…de quién…”. Todo eso parecía pasarle muy lejos. Se distraía enseguida con el catalán recordando lo que habían comido la semana anterior o la otra y yo cargaba de nuevo con la noche del cinco por uno: “No te acordás de Flipper” “Quién” “El que fue a matar al diputado en San Juan” “Algo, sí, creo que hubo un viaje a San Juan” “¿Salvador mató a los floristas?” “Ah pero yo estoy separada de él. Él me dejó” “Fue socio de Shocklender” “De quién” (yo pensé que en toda la etapa de Salvador en los servicios del Ejército, en las agencias de investigación y traficando drogas ella había estado a su lado).

Mi hija la miraba a ella y me miraba a mí y de pronto hizo un gesto que lo resumió todo, igual que Gromit, el perro de Wallace y Gromit, que es el más sabio y sólo habla en gestos: movió su mano derecha hacia arriba, arqueó las cejas, y meneó la cabeza apretando los labios y yo pensaba cómo pude ser tan ingenuo. En otros momentos ponía sus cejas en línea y entrecerraba los ojos y miraba a Bluma. Otras veces copiaba mis gestos desesperados, arqueando las cejas y levantando la cabeza como si dijera “pero acordáte”. Era inútil. Lo único que parecía haber en su vida eran patatas bravas. Eso sí, me hablaba de la gente del barrio, de cuando éramos chicos (e inocentes) y de eso se acordaba.

Durante todo este tiempo me daba vueltas incesantemente que Bluma había sido testigo de cada una de esas muertes y que tendría esa versión esperando para contármela, porque por algo había seguido llamándome. Una versión que no tenían ni los jueces ni las víctimas; que me daría las “razones” de todo eso, pero ahora me daba cuenta de que ella o era futilidad y vacío y todo le daba lo mismo, ocupada como estaba en disfrutar de cada comida ahora que las hacía regularmente, o no quería hablar de eso, y supe que me iba a quedar para siempre con esa duda.

También pensé en todos los muertos de aquella noche y de aquel año 1975, que habían sido asesinados por gente para la cual matarlos era salvar a la humanidad, pero que ahora ella no se acordaba ni de que había participado de sus muertes y menos aun de quienes eran, mientras que ellos ya no están en el mundo sino muertos desde hace 37 años y son esas fotos en blanco y negro de seres muy lejanos de una época inabordable que al momento de la foto ignoraban su destino trágico; un destino que es futuro para el rostro de la foto pero que desde hace muchísimo es pasado para todos los que vivimos. Ya nadie podría contar la historia. Mi hija, que leía mis pensamientos movió en una negativa silenciosa su cabeza: ella era ajena a aquella maldad pero podía descifrarla mejor que yo. Finalmente nos despedimos y caminamos por la playa hacia el estacionamiento. Sobrevino ese alivio que a uno le llega cuando deja de escuchar las imbecilidades que ha tenido que escuchar por varias horas y puede quedarse en silencio. Sentí la suave y firme herradura del brazo de Maite en mi espalda. Me di vuelta y pude verlos, en esa noche transparente, en la mesa del Xiringuito hablando como si nada.

“Trabit suaquemque voluptas” dice Marquerite Yourcenar: Cada uno tiene su camino. El de sus víctimas había sido morir de una manera despiadada e inútil, el mío era entender, el suyo quizás fuera sobrevivir, o simplemente mantener a sus muertos bien enterrados y pensar qué deben llevar las patatas bravas o los calamars mediterrani.

Eduardo Balestena

ebalestena@yahoo.com.ar

domingo, 12 de febrero de 2012

Teloneros

No sabés lo que fue, cuatro mil personas, no lo podíamos creer tener adelante a tanta gente y qué consola, y las luces; la consola era tres veces la nuestra, bien profesional y nosotros, acostumbrados a tocar en la vinoteca y el Cortázar lo que era estar ahí. Los tipos mueven un montón de gente.

Me parece mentira que hayamos sido teloneros de Anarquía una banda de Buenos Aires a la que la siguen tanto, una banda re contestataria pero bueno nosotros pudimos ser sus teloneros y nos dejaron poner un par de temas nuestros bien de lucha, porque queremos ser un Estandarte para que otros como nosotros se sientan representados, por eso le pusimos así a la banda.

Era re temprano cuando llegamos al multiespacio…¡Nosotros ahí! Nos llevó el micro de la banda para hacer la prueba de sonido y la terminamos temprano y después tuvimos horas muertas ahí. La verdad, muertos de hambre ya a las cinco o seis y el productor dijo que no, que hasta que no vinieran ellos no iba a haber nada. Era cierto, cuando llegó Anarquía empezó a haber de todo. Aparecieron de una confitería y pusieron una mesa con cosas, pero no nos pudimos ni acercar por todos los fans y todo lo que mueven pero eso fue como a las nueve de la noche.

Por suerte pudimos vender todas las entradas que teníamos que vender para poder recaudar para Anarquía. Cien pesos cada una. Les encajamos a todos y yo hasta puse de lo que me da abu y que guardo para pagar la sala de ensayo y comprarle cuerdas a la guitarra eléctrica pero ya fue. Es que llegar a esto para una banda como nosotros es un paso y ya queda la amistad y capaz que el próximo verano nos llaman de nuevo.

Fue duro, esas horas muertas, porque a los productores no les importa lo que hacemos nosotros y ponés todo cuando estás tocando y cuando bajás del escenario miran el reloj para ver cuánto tardaste pero a Anarquía le gustó lo que tocamos, aunque no sé si lo escucharon tan bien, porque mucho no nos dijeron, pero de últimas les gustó y eso es lo importante. Yo estaba como en un trance, cerré los ojos y encaré para ese solo en la canción sobre Famatina y la represión y con el cantante era como si nos adivináramos. Era como algo secreto, un acuerdo, una magia y cuando entró Tico con el bajo lo mismo y yo me imaginaba que también, entre tanta gente, estarían los nuestros, los que iban por nosotros: Lorena, Ailin, Kevin, seguro que estaban (o capaz que no si no pudieron juntar los cien pesos) pero sea como sea yo los sentía y cuando terminó vino el aplauso que no terminaba nunca y entonces fue que lo ví al productor mirando el reloj y haciendo con la mano para que bajáramos rápido.

Dicen que el rock a los veinte lo hacés por la música y a los cuarenta por la plata.

No sé si nos toca algo a nosotros, porque ellos tienen muchos gastos, primero dijeron que sí, y después que no sé y después que pasáramos por lo del productor que a lo mejor. Si nos toca vamos a tener para juntar para un demo y poder empezar a difundir más lo que hacemos. Pero igual no lo hacemos por la plata. Lo hacemos por la música

Y esa tarde al final cuando el productor dijo que no iba a haber nada para comer hasta que no llegara Anarquía uno le dijo “pero che, no podés tener a estos pibes así, muertos de hambre” y nos pusieron una docena de sanguchitos de miga para los ocho, porque estaba la otra banda pero nada para tomar. Si el chabón nos tiró los sanguches ahí como si fuéramos vaya a saber qué. Pensar que los anarquistas compartían todo, dice siempre mi viejo que se la pasa leyendo a Bayer: ponían plata para los presos, editaban libros, ayudaban a las familias de los presos.

Fuimos a la dos de la tarde y cuando Anarquía empezó a tocar, a las once y media de la noche, todo se venía abajo pero la verdad es que los temas no eran como los viejos, y El lepra parecía limado. No tenían esa fuerza y las armonías eran predecibles, las letras no eran contestatarias y El lepra no dejaba la vida en el escenario como cuando Anarquía empezó, hace veinte años.

Mi viejo dice que estamos los de acá y los colonizadores. Los de acá la peleamos todo el año para sobrevivir el invierno, juntando la plata para hacer todo, los ensayos, las presentaciones, y en los veranos vienen los colonizadores para quedarse con todo, con los lugares, con lo que juntamos y para que nosotros los sirvamos a ellos.

Igual para Estandarte fue re importante y decíamos eso cuando fuimos caminando a tomar el 221, que aunque fuera verano a esa hora ya no pasaba y entonces juntamos la plata que teníamos para volvernos en taxi porque nos daba miedo que alguno nos fuera a afanar los instrumentos, a esa hora y en ese lugar.

Por suerte nos alcanzó.

Eduardo Balestena

ebalestena@yahoo.com.ar

viernes, 10 de febrero de 2012

Escritura y fantasmas


La pregunta sería si podemos dividir nuestra vida de nuestra escritura; si la escritura sufre nuestras propias vicisitudes o si aparecen presencias creadas o significadas por nosotros mismos a las cuales culpar por lo que se siente como un fracaso.

Capturing Mary (BBC, 2007) de Stephen Poliakov con Maggie Smith; Ruth Wilson y David Walliams parece bucear en estas cuestiones dentro de la tradición de historias de fantasmas de Henry James: la inquietante presencia de Greville White marcará para siempre a Mary.

Probablemente sean fantasmas las personas a las cuales les adjudicamos un poder, el de que lo que hacen o dicen sea importante para nosotros.

La historia está narrada en dos planos: Maggie Smith –Mary- que cuenta desde el presente a Joe, un interlocutor ajeno a los hechos –el cuidador de la casa que visita- lo que le sucedió en ese lugar, cuando conoció a Greville White (David Walliams).

La casa de Graham, donde suceden los hechos más importantes, se despliega como una presencia del mismo modo que Greville va imponiendo la seducción de la suya. El clima se hace íntimo y cautivante pero a la vez oscuro y extraño, y se desenvuelve en la inminencia de algún raro descubrimiento. Una cocina, mientras Greville hace una ensalada, se transforma en un escenario misterioso, como luego lo es la bodega, en la parte baja de la casa, con vinos centenarios en esa, su presencia intemporal.

Lo que sucede siempre está en las palabras, las inflexiones y los rostros; en ellos y en la sutileza de lo que reflejan. Ese ámbito adquiere un tiempo propio, un clima. El tiempo y el clima subsistirán a lo largo de la vida de Mary, como las palabras.

A lo largo de los años por venir esa presencia y esas palabras resonarán en la escritura de Mary. Ellas y las otras apariciones de Greville, siempre inesperadas y extrañas, cada vez más fuera del tiempo, terminarán por instalar esa duda: fue él quien cambió el rumbo de su vida, después de lo sucedido entre ellos (y qué fue lo sucedido entre ellos), o simplemente es una presencia creada por la incapacidad de dirigir una escritura que termina siendo una evocación de la juventud perdida, una pregunta sobre si nosotros (y ella) decidimos las cosas o ellas deciden por nosotros.

La juventud es poderosa y a la vez frágil. Lo tiene todo por venir, tiene todo el tiempo, pero sucede algo y ya puede ser demasiado tarde.

Sin embargo la imagen de Greville también se disipa, como los sueños y como la juventud.

Cada uno tiene sus fantasmas: una voz, una presencia, una palabra dichas hace mucho y que suena una y otra vez cuando menos lo esperamos. Quizás todos tenemos a ese espíritu joven y cautivo al cual liberar.

Eduardo Balestena

ebalestena@yahoo.com.ar

sábado, 4 de febrero de 2012

España y una de las historias de la Historia: a treinta y un años del Tejerazo


El año pasado TVE ficcionalizó el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, al cumplirse los treinta años, en una puesta que pone de resalto el papel del Rey Juan Carlos en el fracaso del intento golpista.

Anatomía de un instante, (Mondadori, 2009) de Javier Cercas (escritor, Doctor en Filología y Profesor de Literatura Española en la Universidad de Girona) propone un ensayo en forma de crónica que abarca ese acontecimiento y gran parte de la historia política española de la década del ’70 en orden a un hecho lleno aún de incógnitas, que fracasó básicamente por dos cuestiones circunstanciales.

Un instante

Cercas trabaja, incesante y obsesivamente –a partir de una extensa bibliografía y con una percepción de los personajes llena de matices-, sobre la imagen del teniente coronel Antonio Tejero y los guardias civiles entrando en el hemiciclo del Palacio de los Diputados –en oportunidad de producirse la votación para designar presidente a Leopoldo Calvo Sotelo- a las 18 y 25 de ese lunes 23 de febrero, en los disparos que se producen, la actitud de los legisladores, guareciéndose bajo sus asientos, y de Adolfo Suárez –presidente del gobierno- el Gral. Manuel Gutiérrez Mellado –vicepresidente- y Santiago Carrillo –Secretario General del Partido Comunista- permaneciendo impasibles y en actitud de desafío ante los golpistas. A partir de allí, analiza la trayectoria de cada una de esas figuras y su significación para los artífices del golpe: los generales Alfonso Armada; Jaime Milans del Bosch y el comandante José Luís Cortina.

Adolfo Suárez y la transición

Nacido en 1932 en Caberos, Ávila, en una familia de cinco hermanos abandonada por su padre en medio de un escándalo financiero, Adolfo Suárez logró concluir la carrera de derecho e iniciarse en la política como secretario de un fiscal falangista –Fernando Herrero Tejedor- y se trasladó luego a Madrid donde vivió una breve etapa en pensiones, se dice que ganándose la vida llevando valijas o como vendedor de electrodomésticos a domicilio.

Gracias al vínculo con Herrero Tejedor –luego delegado del Movimiento Nacional- pudo acceder gradualmente, y gracias a su oportunismo, encanto personal y habilidad para detectar qué informaciones podían ser relevantes para los distintos personajes que frecuentó, al núcleo del poder franquista: el almirante Luís Carrero Blanco, Ministro de la Presidencia y primer jefe del gobierno designado por Franco, que sería asesinado por la ETA en 1973, y Laureano López Rodó, Ministro Comisario del Plan de Desarrollo –a quien recuerdo siendo entrevistado en 1972 por el inefable Bernardo Neustadt.

Tuvo un sexto sentido para detectar los más mínimos cambios en el balance del poder; ello le permitió ir aproximándose a Torcuato Fernández Miranda, quien sería consejero del príncipe Juan Carlos, luego investido Rey por las cortes franquistas. Fue una apuesta a que el franquismo por venir pasaría por tal designación y, posteriormente, por una monarquía parlamentaria, en lugar de por personajes notorios del régimen, como Manuel Fraga o José María de Areilza. Fue una apuesta acertada.

Como el personaje de Zelig, de Woody Allen, era capaz de convencer a todos los sectores de que era uno de ellos. Desde su puesto de Director de Radiotelevisión Española fue uno de los primeros en descubrir el poder de modelar la realidad de los medios y se dedicó a difundir la actividad del Rey y a exaltar a los militares, obedeciendo a directivas de Carrero Blanco. Lentamente, logró que Fernández Miranda, que integraba el Consejo del Reino, lo incluyera en la terna para elegir al Jefe del Gobierno y ser elegido en ese cargo por el Rey.

Adios, Suárez, adiós”

En el editorial del 18 de febrero de 1981 (“Adiós, Suárez, adiós”) el Diario El País, de Madrid lo comparó con el personaje de la película El general de La Rovere de Rossellini: un colaboracionista de los nazis, intrigante, mujeriego y jugador, se hace pasar por un heroico general italiano que se pondría a la cabeza de la resistencia. Finalmente, termina por no cumplir con la delación que se le pedía y muere heroicamente. Javier Cercas trabaja sobre esta metáfora al reflexionar sobre el papel reservado a Suárez: proviniendo del franquismo, fue elegido para construir una democracia desde el aparato franquista y desmontarlo sin que pareciera que estaba siendo desmontado. Para eso necesitaba engañar a la derecha y convencer a la izquierda.

En los once meses de su primer mandato –que luego legitimaría en las urnas- no dio a la opinión pública la posibilidad de asimilar una reforma cuando ya llevaba a cabo otra. Así, permitió que se hablara el idioma catalán, que se usara la bandera vasca y se avanzara sobre las autonomías, entre muchas otras cosas. Nombró vicepresidente a un general que, por haberse formado en gran parte en el exterior, tenía un concepto más profesional de ejército al que no concebía como una fuerza política Votó la ley de reforma por medio de un juego estratégico milimétrico, con negociaciones, promesas y el envío de los procuradores cortesanos más remisos a un crucero por el caribe, y en algunos casos recurrió a la presión directa.

La circunstancia acaso más crítica fue la legalización del partido comunista en 1977: había prometido no hacerla mientras no cambiaran sus estatutos. Algunas de aquellas circunstancias aparecieron reflejadas en la serie Cuéntame como pasó: El personaje de Miguel (Juan Echanove) como veterano afiliado al partido, renegaba de que el comunismo abjurase de sus símbolos primero y de sus postulados después –ese fue el precio para Carrillo-; también el misterio de la figura clandestina de Santiago Carrillo –viviendo de incógnito en Madrid era aludida. La relación de Suárez con Carrillo fue de mutua amistad y entendimiento: ambos procedían de estructuras autoritarias y sabían que se necesitaban mutuamente. También en esa oportunidad hizo un juego prodigioso para conseguir apoyos. Esperó a un sábado de semana santa, envió a los reyes de viaje, a sus ministros de vacaciones y con un Madrid desierto, legalizó al PCE. La reacción fue terrible.

Quizás fue en ese momento que el golpe comenzó a cristalizarse.

Pasada la euforia inicial, Suárez no supo manejar un gobierno dentro de las reglas de la democracia y fue siendo dejado atrás por los acontecimientos.

En 1981 presentó su dimisión. El golpe ya estaba en marcha y si bien la intención declarada de los golpistas era la de alejarlo del poder y dar un “golpe de timón” al gobierno, igualmente siguieron adelante con sus planes.

El homo sapiens

Una vez escuché a Fernando Savater en la Universidad del País Vasco: recordaba que tras el golpe en Chile los periodistas inquirían a un informador militar por las novedades (“al más bruto de los militares, valga la redundancia”). El portavoz respondió que no lo acribillaran a preguntas, que “al fin y al cabo no soy el homo sapiens”.

Así también, el intento del 23-F estuvo dado en un nivel de improvisación digno de quienes lo montaron. El teniente coronel Tejero debía tomar el congreso de los diputados; el general Milans del Bosch, tras declarar el estado de alarma en Valencia sacaría los tanques a la calle (sólo estos pasos pudieron ser llevados a cabo); la Acorazada Brunete marcharía sobre la Zarzuela y el general Armada, antiguo secretario del rey, esperaría su llamado ante la emergencia, se dirigiría al palacio y le manifestaría que la única manera de liberar el congreso sería pactando con los diputados la designación de un nuevo gobierno con él como presidente. El general Armada era un hombre sibilino, muy hábil, y conservaba gran ascendiente sobre el rey. Las otras capitanías irían plegándose al golpe.

Tal fue el desarrollo de los acontecimientos durante los primeros quince minutos. No obstante, Sabino Fernández Campo, secretario del rey, se percató de que Armada era, aunque lo ocultara, el verdadero cabecilla del golpe y temeroso de su ascendiente sobre el rey, respondió al pedido del general de dirigirse a la Zarzuela para explicar la situación, que no lo hiciera; “si te necesitamos te llamaremos” le respondió. Fue el primer revés para los golpistas. Las capitanías, en lugar de plegarse, aguardaron el desarrollo de los hechos. Armada, entonces, optó por dirigirse por su cuenta al palacio legislativo y hacer la propuesta a los diputados sin hablar con el rey. Su llegada coincidió con el mensaje televisado que el monarca –una vez liberados los estudios de RTVE ocupados por militares- dio al pueblo. En aquel momento se produjo un golpe dentro del golpe, ya que una vez allí Tejero no lo dejo entrar al recinto porque Armada proponía un gobierno de coalición, con el rey y distintos sectores políticos –un golpe blando- y Tejero estaba allí para contribuir a instaurar de nuevo la dictadura –un golpe duro- (“No tomé el congreso para que gobiernen los comunistas” dijo).

Allí –a eso de la una y treinta de la mañana- se produjo el fracaso del golpe de Armada, pero aún era posible un golpe duro si se plegaba el resto del Ejército. Pero sólo una columna de la Acorazada Brunete, al mando del comandante Ricardo Pardo Zancada se plegó a Tejero. A medida que pasaban las horas, los golpistas quedaban más aislados. Finalmente, tras muchas negociaciones, se produjo la rendición a las once y media de la mañana, con la condición de que no hubiera fotógrafos.

Es difícil decir que habría sucedido de poder entrar Armada al recinto y proponer su candidatura: cuál hubiera sido la actitud de los legisladores y cuál la del rey.

El golpe, de un modo u otro, fue una vacuna contra posteriores intentos, llevados a cabo por grupos cada vez más pequeños y aislados, pero a la vez demostró el poder latente del ejército. Calvo Sotelo, al asumir como jefe del gobierno, logró pasar a retiro a muchos militares de la generación de la Guerra Civil y desarticular en gran medida su poder de maniobra.

La historia que termina mal

Javier Cercas cita en Soldados de Salamina los versos de Jaime Gil “de todas las historias de la Historia, la más triste es la de España/ porque termina mal”.

Hoy, quizás más que nunca, ello parece cierto en una España que está siendo juzgada ante la comunidad internacional por haber procurado la impunidad de los crímenes del franquismo, no haber reconocido la indemnización a sus víctimas y no haber exhumado los miles de cuerpos aún diseminados en todo el suelo de España.

El sociólogo Daniel Feierstein plantea (El genocidio como práctica social Fondo de Cultura Económica, México, 2011) que los genocidios son demonizados, que de su acaecimiento se culpa a un grupo que ejerció el poder y que fue su causante; pero que en realidad los procesos que los producen son mucho más hondos, que la responsabilidad de todos en lo que sucede, es mucho más grande y mucho más terrible. Nadie salió a respaldar a la democracia el 23 de febrero del mismo modo que en Argentina se decía “en algo andarán”. Es el conjunto social el que produce la historia.

El golpe fracasó pero la mentalidad que lo inspiró, y el poder que esa mentalidad conserva, parecen estar lejos de haber fracasado.

Eduardo Balestena

ebalestena@yahoo.com.ar

lunes, 30 de enero de 2012

De los bestiarios al eros ludens




El 12 de febrero se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de Julio Cortázar.



Sus obras aparecen ineludiblemente ligadas al goce de la lectura –por su plenitud estilística- y a la reflexión sobre la naturaleza de la realidad y el papel de la escritura como instrumento para experimentar y cuestionar lo visible.



Había nacido accidentalmente en Bruselas, en 1914, pues su padre era agregado comercial de la embajada argentina; al regreso de Europa éste abandona el hogar familiar, en Banfield, y Cortázar se cría con su madre y tías, en un ámbito que luego ficcionalizará, y se encierra en un mundo de lecturas.



Mucho más tarde, luego de dejar su cargo como profesor de Literatura francesa y de Europa septentrional en la Universidad de Cuyo, por su actitud de rechazo al peronismo, triunfante en las elecciones de 1946, obtiene una beca del gobierno francés y se radica en París, donde durante largo tiempo será traductor para la UNESCO (recordemos que le pertenece la traducción de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que está a años luz de las que suelen “padecer” la mayoría de las ediciones en español de casi todas las obras).



La escena argentina estaba en los años ‘40 y ‘50 dividida entre una estética -como la de la generación neorromántica del 40- de introspección, influida por Rilke y los simbolistas franceses, y otra, como la de Marechal, de legitimación de lo nacional y los derechos populares, en el marco de opresión intelectual del peronismo del cual son testimonio exilios como el de Cortázar o el de Juan José Castro, o el escarnio que sufrió Borges. No obstante las diferencias ideológicas, fue Cortázar quien valorizó la obra de Marechal, marginado posteriormente del campo intelectual por su proximidad al peronismo. También contribuyó a la relectura de Arlt, también marginado de la escena literaria de entonces.



La política exterior norteamericana durante los años 50, favorecida por la victoria aliada, fue produciendo polos de resistencia entre intelectuales que pugnaron por una unión latinoamericana, que signaría el campo de las ideas y la lucha durante la década siguiente, a la que sucedería la brutal represión de las dictaduras de los años ‘ 70.



Nos detendremos, brevemente, en dos de los ejes de una producción en permanente replanteo de sí misma.



Bestiarios



“Hacia 1947 (…) nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito…Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que (…) el manuscrito estaba en la imprenta; (…) el cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula ‘Casa tomada’ “ señala Borges (“Grandes escritores latinoamericanos”, diario pág. 12- Nro. 28, Julio Cortázar, pág. 436).



Es el gran escritor quien lo descubre como narrador en una concepción nueva del relato fantástico. Cortázar es muy conciente de la novedad de su propuesta. No obstante, Bestiario (1951), resulta un fracaso inicial y sólo alcanza la consagración posteriormente.



A la manera de los bestiarios medievales, poblados de “Seres de naturaleza ambigua, cuyos cuerpos invadidos por fuerzas demoníacas han sido infectados de una naturaleza incompatible: humanos donde asoman cuernos de cabrío; lenguas bífidas en rostros angelicales” (obra citada, pág. 438 “Los bestiarios propios”) en los relatos de Cortázar aparecen personajes que se muestran de una manera pero encarnan fuerzas no visibles: Delia es en realidad la diosa Circe que pretende atraer a sus pretendientes y víctimas con extraños bombones. En Casa tomada se introduce un elemento invasor que se instala en el espacio y la cotidianidad de los hermanos; un elemento presente pero invisible e innombrable, narrado siempre desde sus implicancias. La literatura no participa de la ilusión de un mundo cognoscible. La realidad no es unívoca, sino que precisamente es más allá de lo visible. La remisión a bestiarios medievales sugiere que esto fue siempre así y sólo algunos pudieron percatarse de ello, y que la creencia en el mundo tangible –en la que todos vivimos- es ficticia.



La ficción es así ruptura de lo real. El estilo instala una duda sobre lo que es. Va más allá de sí: “Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que servirán para nada” (“Las babas del diablo”, de Las armas secretas, 1959). La escritura abandona una concepción realista; al hacerlo suceden dos cosas: instala un núcleo de perplejidad y vuelve central el protagonismo del lenguaje. No hay coerción posible para un discurso que no se propone reflejar las cosas sino algo diferente.



Una incertidumbre esencial



La reflexión sobre la novela –señala el crítico Jaime Alazaraki- (Cortázar. Obra crítica/2) ya se encuentra en ensayos anteriores a la consagración como escritor –sustentada en muchas y profundas lecturas- pero se encuentra cristalizada con total madurez en Los premios (1960), su primera novela.



La propuesta narrativa coloca a una serie de personajes que han ganado un premio consistente en la realización de un crucero. El azar establece el mundo ficcional y se convierte en motor de un mundo desconocido e ingobernable. No se sabe en qué barco será llevada a cabo la travesía ni su destino: “Hace rato que he renunciado ya a entender este asunto –dijo Paula- “(Los premios, biblioteca Julio Cortázar, Alianza Editorial, 2010, cap. IX, pág. 36). Persio, un esoterista, personajes peculiar y distante, ve a los demás no como seres sino como constelaciones que forman parte de un orden universal que es incomprensible: “Empieza con la lotería- dijo Persio muy serio-. Un juego de bolillas ha elegido a unos cuantos hombres y mujeres entre varios miles. A su vez los ganadores han elegido sus acompañantes…Nada hay de pragmático ni de funcional en la ordenación de la figura” (cap. X, pág. 41).



Hay pasajes -instancias de reflexión de Persio- que interrumpen el discurrir de los hechos y los comentan, a la manera del coro de las tragedias griegas.



La llegada al puerto se produce en medio de la noche, como si en realidad se penetrara en otro universo, y constituye una muestra acabada de la escritura cortazariana, contenida, precisa y original en su modo de enfocar lo narrado y decirlo: “El autocar se había detenido junto a uno de los galpones de la Aduana. El puerto estaba a oscuras, ya que no podía considerarse como luz a la de uno u otro farol (…).Las cosas se perdían en la sombra unos pocos metros allá (…)- Por aquí, si se molestan- dijo el oficial. La linterna empezó a arrastrar un ojo amarillo por el piso de cemento (…) Cuando Felipe Trejo encendió un cigarrillo…la luz del fósforo hizo bambolearse por un segundo toda la escena” (Cap. XIII, pág. 58/59).



El humor con el que son presentados los personajes refuerza este sentido lúdico.



La explicación es tan inabordable como la oscuridad del puerto: pueden estar todos muertos, pueden estar vivos. La narración se cierra sin una certeza acerca de lo que ha sucedido.



Hay coincidencias con la realidad pero nada termina por encajar del todo en lo real. Cortázar continuará explorando esta narrativa en diversas formas, en obras como Rayuela (1963) o 62, modelo para armar (1968).



Militancia



Luego de su visita a Cuba se consolida una postura ideológica que busca acompañar con una revolución del lenguaje a la revolución del hombre y la realidad continental. Apoya procesos revolucionarios, como el que combate a la dictadura de Somoza en Nicaragua. Varios de sus textos formarán parte del plan de alfabetización que organiza el gobierno posteriormente.



En 1981 es declarado ciudadano francés por el presidente Mitterand.



Uno de sus allegados señalaba que cada vez que, ya enfermo, debía someterse a sesiones de tratamientos médicos contemplaba sus libros y sus discos como si se despidiera.



En 1983, con la restauración democrática, regresa a la Argentina a visitar a su madre y es ampliamente reconocido. No obstante, el presidente electo no lo convoca a la reunión de intelectuales a la que sí invita a Borges y Sábato (escritores que habían convivido sin problemas con la dictadura militar; probablemente la actitud de deba a que Alfonsín llamó traidores a otros exiliados, como Osvaldo Bayer y que así considerara a Cortázar, o puede que nunca lo haya leído) en lo que es un gesto simbólico: aquel que apoyó las luchas por la liberación no parece tener espacio en la nueva etapa, probablemente por considerarlo un extranjero (cultor de modismos porteños de la década del 50, quizás en una lucha por recuperar un tiempo perdido) antes que un exiliado.



Falleció nueve semanas más tarde de dejar la Argentina.



Cortázar pugnó siempre por establecer una relación realizadora con un lector activo y crítico, y más allá de ciertos lugares comunes que suelen estar asociado a su obra, produjo una escritura destinada a mucho más que a dar cuenta de las cosas.











Eduardo Balestena



ebalestena@yahoo.com.ar