sábado, 4 de febrero de 2012

España y una de las historias de la Historia: a treinta y un años del Tejerazo


El año pasado TVE ficcionalizó el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, al cumplirse los treinta años, en una puesta que pone de resalto el papel del Rey Juan Carlos en el fracaso del intento golpista.

Anatomía de un instante, (Mondadori, 2009) de Javier Cercas (escritor, Doctor en Filología y Profesor de Literatura Española en la Universidad de Girona) propone un ensayo en forma de crónica que abarca ese acontecimiento y gran parte de la historia política española de la década del ’70 en orden a un hecho lleno aún de incógnitas, que fracasó básicamente por dos cuestiones circunstanciales.

Un instante

Cercas trabaja, incesante y obsesivamente –a partir de una extensa bibliografía y con una percepción de los personajes llena de matices-, sobre la imagen del teniente coronel Antonio Tejero y los guardias civiles entrando en el hemiciclo del Palacio de los Diputados –en oportunidad de producirse la votación para designar presidente a Leopoldo Calvo Sotelo- a las 18 y 25 de ese lunes 23 de febrero, en los disparos que se producen, la actitud de los legisladores, guareciéndose bajo sus asientos, y de Adolfo Suárez –presidente del gobierno- el Gral. Manuel Gutiérrez Mellado –vicepresidente- y Santiago Carrillo –Secretario General del Partido Comunista- permaneciendo impasibles y en actitud de desafío ante los golpistas. A partir de allí, analiza la trayectoria de cada una de esas figuras y su significación para los artífices del golpe: los generales Alfonso Armada; Jaime Milans del Bosch y el comandante José Luís Cortina.

Adolfo Suárez y la transición

Nacido en 1932 en Caberos, Ávila, en una familia de cinco hermanos abandonada por su padre en medio de un escándalo financiero, Adolfo Suárez logró concluir la carrera de derecho e iniciarse en la política como secretario de un fiscal falangista –Fernando Herrero Tejedor- y se trasladó luego a Madrid donde vivió una breve etapa en pensiones, se dice que ganándose la vida llevando valijas o como vendedor de electrodomésticos a domicilio.

Gracias al vínculo con Herrero Tejedor –luego delegado del Movimiento Nacional- pudo acceder gradualmente, y gracias a su oportunismo, encanto personal y habilidad para detectar qué informaciones podían ser relevantes para los distintos personajes que frecuentó, al núcleo del poder franquista: el almirante Luís Carrero Blanco, Ministro de la Presidencia y primer jefe del gobierno designado por Franco, que sería asesinado por la ETA en 1973, y Laureano López Rodó, Ministro Comisario del Plan de Desarrollo –a quien recuerdo siendo entrevistado en 1972 por el inefable Bernardo Neustadt.

Tuvo un sexto sentido para detectar los más mínimos cambios en el balance del poder; ello le permitió ir aproximándose a Torcuato Fernández Miranda, quien sería consejero del príncipe Juan Carlos, luego investido Rey por las cortes franquistas. Fue una apuesta a que el franquismo por venir pasaría por tal designación y, posteriormente, por una monarquía parlamentaria, en lugar de por personajes notorios del régimen, como Manuel Fraga o José María de Areilza. Fue una apuesta acertada.

Como el personaje de Zelig, de Woody Allen, era capaz de convencer a todos los sectores de que era uno de ellos. Desde su puesto de Director de Radiotelevisión Española fue uno de los primeros en descubrir el poder de modelar la realidad de los medios y se dedicó a difundir la actividad del Rey y a exaltar a los militares, obedeciendo a directivas de Carrero Blanco. Lentamente, logró que Fernández Miranda, que integraba el Consejo del Reino, lo incluyera en la terna para elegir al Jefe del Gobierno y ser elegido en ese cargo por el Rey.

Adios, Suárez, adiós”

En el editorial del 18 de febrero de 1981 (“Adiós, Suárez, adiós”) el Diario El País, de Madrid lo comparó con el personaje de la película El general de La Rovere de Rossellini: un colaboracionista de los nazis, intrigante, mujeriego y jugador, se hace pasar por un heroico general italiano que se pondría a la cabeza de la resistencia. Finalmente, termina por no cumplir con la delación que se le pedía y muere heroicamente. Javier Cercas trabaja sobre esta metáfora al reflexionar sobre el papel reservado a Suárez: proviniendo del franquismo, fue elegido para construir una democracia desde el aparato franquista y desmontarlo sin que pareciera que estaba siendo desmontado. Para eso necesitaba engañar a la derecha y convencer a la izquierda.

En los once meses de su primer mandato –que luego legitimaría en las urnas- no dio a la opinión pública la posibilidad de asimilar una reforma cuando ya llevaba a cabo otra. Así, permitió que se hablara el idioma catalán, que se usara la bandera vasca y se avanzara sobre las autonomías, entre muchas otras cosas. Nombró vicepresidente a un general que, por haberse formado en gran parte en el exterior, tenía un concepto más profesional de ejército al que no concebía como una fuerza política Votó la ley de reforma por medio de un juego estratégico milimétrico, con negociaciones, promesas y el envío de los procuradores cortesanos más remisos a un crucero por el caribe, y en algunos casos recurrió a la presión directa.

La circunstancia acaso más crítica fue la legalización del partido comunista en 1977: había prometido no hacerla mientras no cambiaran sus estatutos. Algunas de aquellas circunstancias aparecieron reflejadas en la serie Cuéntame como pasó: El personaje de Miguel (Juan Echanove) como veterano afiliado al partido, renegaba de que el comunismo abjurase de sus símbolos primero y de sus postulados después –ese fue el precio para Carrillo-; también el misterio de la figura clandestina de Santiago Carrillo –viviendo de incógnito en Madrid era aludida. La relación de Suárez con Carrillo fue de mutua amistad y entendimiento: ambos procedían de estructuras autoritarias y sabían que se necesitaban mutuamente. También en esa oportunidad hizo un juego prodigioso para conseguir apoyos. Esperó a un sábado de semana santa, envió a los reyes de viaje, a sus ministros de vacaciones y con un Madrid desierto, legalizó al PCE. La reacción fue terrible.

Quizás fue en ese momento que el golpe comenzó a cristalizarse.

Pasada la euforia inicial, Suárez no supo manejar un gobierno dentro de las reglas de la democracia y fue siendo dejado atrás por los acontecimientos.

En 1981 presentó su dimisión. El golpe ya estaba en marcha y si bien la intención declarada de los golpistas era la de alejarlo del poder y dar un “golpe de timón” al gobierno, igualmente siguieron adelante con sus planes.

El homo sapiens

Una vez escuché a Fernando Savater en la Universidad del País Vasco: recordaba que tras el golpe en Chile los periodistas inquirían a un informador militar por las novedades (“al más bruto de los militares, valga la redundancia”). El portavoz respondió que no lo acribillaran a preguntas, que “al fin y al cabo no soy el homo sapiens”.

Así también, el intento del 23-F estuvo dado en un nivel de improvisación digno de quienes lo montaron. El teniente coronel Tejero debía tomar el congreso de los diputados; el general Milans del Bosch, tras declarar el estado de alarma en Valencia sacaría los tanques a la calle (sólo estos pasos pudieron ser llevados a cabo); la Acorazada Brunete marcharía sobre la Zarzuela y el general Armada, antiguo secretario del rey, esperaría su llamado ante la emergencia, se dirigiría al palacio y le manifestaría que la única manera de liberar el congreso sería pactando con los diputados la designación de un nuevo gobierno con él como presidente. El general Armada era un hombre sibilino, muy hábil, y conservaba gran ascendiente sobre el rey. Las otras capitanías irían plegándose al golpe.

Tal fue el desarrollo de los acontecimientos durante los primeros quince minutos. No obstante, Sabino Fernández Campo, secretario del rey, se percató de que Armada era, aunque lo ocultara, el verdadero cabecilla del golpe y temeroso de su ascendiente sobre el rey, respondió al pedido del general de dirigirse a la Zarzuela para explicar la situación, que no lo hiciera; “si te necesitamos te llamaremos” le respondió. Fue el primer revés para los golpistas. Las capitanías, en lugar de plegarse, aguardaron el desarrollo de los hechos. Armada, entonces, optó por dirigirse por su cuenta al palacio legislativo y hacer la propuesta a los diputados sin hablar con el rey. Su llegada coincidió con el mensaje televisado que el monarca –una vez liberados los estudios de RTVE ocupados por militares- dio al pueblo. En aquel momento se produjo un golpe dentro del golpe, ya que una vez allí Tejero no lo dejo entrar al recinto porque Armada proponía un gobierno de coalición, con el rey y distintos sectores políticos –un golpe blando- y Tejero estaba allí para contribuir a instaurar de nuevo la dictadura –un golpe duro- (“No tomé el congreso para que gobiernen los comunistas” dijo).

Allí –a eso de la una y treinta de la mañana- se produjo el fracaso del golpe de Armada, pero aún era posible un golpe duro si se plegaba el resto del Ejército. Pero sólo una columna de la Acorazada Brunete, al mando del comandante Ricardo Pardo Zancada se plegó a Tejero. A medida que pasaban las horas, los golpistas quedaban más aislados. Finalmente, tras muchas negociaciones, se produjo la rendición a las once y media de la mañana, con la condición de que no hubiera fotógrafos.

Es difícil decir que habría sucedido de poder entrar Armada al recinto y proponer su candidatura: cuál hubiera sido la actitud de los legisladores y cuál la del rey.

El golpe, de un modo u otro, fue una vacuna contra posteriores intentos, llevados a cabo por grupos cada vez más pequeños y aislados, pero a la vez demostró el poder latente del ejército. Calvo Sotelo, al asumir como jefe del gobierno, logró pasar a retiro a muchos militares de la generación de la Guerra Civil y desarticular en gran medida su poder de maniobra.

La historia que termina mal

Javier Cercas cita en Soldados de Salamina los versos de Jaime Gil “de todas las historias de la Historia, la más triste es la de España/ porque termina mal”.

Hoy, quizás más que nunca, ello parece cierto en una España que está siendo juzgada ante la comunidad internacional por haber procurado la impunidad de los crímenes del franquismo, no haber reconocido la indemnización a sus víctimas y no haber exhumado los miles de cuerpos aún diseminados en todo el suelo de España.

El sociólogo Daniel Feierstein plantea (El genocidio como práctica social Fondo de Cultura Económica, México, 2011) que los genocidios son demonizados, que de su acaecimiento se culpa a un grupo que ejerció el poder y que fue su causante; pero que en realidad los procesos que los producen son mucho más hondos, que la responsabilidad de todos en lo que sucede, es mucho más grande y mucho más terrible. Nadie salió a respaldar a la democracia el 23 de febrero del mismo modo que en Argentina se decía “en algo andarán”. Es el conjunto social el que produce la historia.

El golpe fracasó pero la mentalidad que lo inspiró, y el poder que esa mentalidad conserva, parecen estar lejos de haber fracasado.

Eduardo Balestena

ebalestena@yahoo.com.ar

lunes, 30 de enero de 2012

De los bestiarios al eros ludens




El 12 de febrero se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de Julio Cortázar.



Sus obras aparecen ineludiblemente ligadas al goce de la lectura –por su plenitud estilística- y a la reflexión sobre la naturaleza de la realidad y el papel de la escritura como instrumento para experimentar y cuestionar lo visible.



Había nacido accidentalmente en Bruselas, en 1914, pues su padre era agregado comercial de la embajada argentina; al regreso de Europa éste abandona el hogar familiar, en Banfield, y Cortázar se cría con su madre y tías, en un ámbito que luego ficcionalizará, y se encierra en un mundo de lecturas.



Mucho más tarde, luego de dejar su cargo como profesor de Literatura francesa y de Europa septentrional en la Universidad de Cuyo, por su actitud de rechazo al peronismo, triunfante en las elecciones de 1946, obtiene una beca del gobierno francés y se radica en París, donde durante largo tiempo será traductor para la UNESCO (recordemos que le pertenece la traducción de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que está a años luz de las que suelen “padecer” la mayoría de las ediciones en español de casi todas las obras).



La escena argentina estaba en los años ‘40 y ‘50 dividida entre una estética -como la de la generación neorromántica del 40- de introspección, influida por Rilke y los simbolistas franceses, y otra, como la de Marechal, de legitimación de lo nacional y los derechos populares, en el marco de opresión intelectual del peronismo del cual son testimonio exilios como el de Cortázar o el de Juan José Castro, o el escarnio que sufrió Borges. No obstante las diferencias ideológicas, fue Cortázar quien valorizó la obra de Marechal, marginado posteriormente del campo intelectual por su proximidad al peronismo. También contribuyó a la relectura de Arlt, también marginado de la escena literaria de entonces.



La política exterior norteamericana durante los años 50, favorecida por la victoria aliada, fue produciendo polos de resistencia entre intelectuales que pugnaron por una unión latinoamericana, que signaría el campo de las ideas y la lucha durante la década siguiente, a la que sucedería la brutal represión de las dictaduras de los años ‘ 70.



Nos detendremos, brevemente, en dos de los ejes de una producción en permanente replanteo de sí misma.



Bestiarios



“Hacia 1947 (…) nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito…Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que (…) el manuscrito estaba en la imprenta; (…) el cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula ‘Casa tomada’ “ señala Borges (“Grandes escritores latinoamericanos”, diario pág. 12- Nro. 28, Julio Cortázar, pág. 436).



Es el gran escritor quien lo descubre como narrador en una concepción nueva del relato fantástico. Cortázar es muy conciente de la novedad de su propuesta. No obstante, Bestiario (1951), resulta un fracaso inicial y sólo alcanza la consagración posteriormente.



A la manera de los bestiarios medievales, poblados de “Seres de naturaleza ambigua, cuyos cuerpos invadidos por fuerzas demoníacas han sido infectados de una naturaleza incompatible: humanos donde asoman cuernos de cabrío; lenguas bífidas en rostros angelicales” (obra citada, pág. 438 “Los bestiarios propios”) en los relatos de Cortázar aparecen personajes que se muestran de una manera pero encarnan fuerzas no visibles: Delia es en realidad la diosa Circe que pretende atraer a sus pretendientes y víctimas con extraños bombones. En Casa tomada se introduce un elemento invasor que se instala en el espacio y la cotidianidad de los hermanos; un elemento presente pero invisible e innombrable, narrado siempre desde sus implicancias. La literatura no participa de la ilusión de un mundo cognoscible. La realidad no es unívoca, sino que precisamente es más allá de lo visible. La remisión a bestiarios medievales sugiere que esto fue siempre así y sólo algunos pudieron percatarse de ello, y que la creencia en el mundo tangible –en la que todos vivimos- es ficticia.



La ficción es así ruptura de lo real. El estilo instala una duda sobre lo que es. Va más allá de sí: “Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que servirán para nada” (“Las babas del diablo”, de Las armas secretas, 1959). La escritura abandona una concepción realista; al hacerlo suceden dos cosas: instala un núcleo de perplejidad y vuelve central el protagonismo del lenguaje. No hay coerción posible para un discurso que no se propone reflejar las cosas sino algo diferente.



Una incertidumbre esencial



La reflexión sobre la novela –señala el crítico Jaime Alazaraki- (Cortázar. Obra crítica/2) ya se encuentra en ensayos anteriores a la consagración como escritor –sustentada en muchas y profundas lecturas- pero se encuentra cristalizada con total madurez en Los premios (1960), su primera novela.



La propuesta narrativa coloca a una serie de personajes que han ganado un premio consistente en la realización de un crucero. El azar establece el mundo ficcional y se convierte en motor de un mundo desconocido e ingobernable. No se sabe en qué barco será llevada a cabo la travesía ni su destino: “Hace rato que he renunciado ya a entender este asunto –dijo Paula- “(Los premios, biblioteca Julio Cortázar, Alianza Editorial, 2010, cap. IX, pág. 36). Persio, un esoterista, personajes peculiar y distante, ve a los demás no como seres sino como constelaciones que forman parte de un orden universal que es incomprensible: “Empieza con la lotería- dijo Persio muy serio-. Un juego de bolillas ha elegido a unos cuantos hombres y mujeres entre varios miles. A su vez los ganadores han elegido sus acompañantes…Nada hay de pragmático ni de funcional en la ordenación de la figura” (cap. X, pág. 41).



Hay pasajes -instancias de reflexión de Persio- que interrumpen el discurrir de los hechos y los comentan, a la manera del coro de las tragedias griegas.



La llegada al puerto se produce en medio de la noche, como si en realidad se penetrara en otro universo, y constituye una muestra acabada de la escritura cortazariana, contenida, precisa y original en su modo de enfocar lo narrado y decirlo: “El autocar se había detenido junto a uno de los galpones de la Aduana. El puerto estaba a oscuras, ya que no podía considerarse como luz a la de uno u otro farol (…).Las cosas se perdían en la sombra unos pocos metros allá (…)- Por aquí, si se molestan- dijo el oficial. La linterna empezó a arrastrar un ojo amarillo por el piso de cemento (…) Cuando Felipe Trejo encendió un cigarrillo…la luz del fósforo hizo bambolearse por un segundo toda la escena” (Cap. XIII, pág. 58/59).



El humor con el que son presentados los personajes refuerza este sentido lúdico.



La explicación es tan inabordable como la oscuridad del puerto: pueden estar todos muertos, pueden estar vivos. La narración se cierra sin una certeza acerca de lo que ha sucedido.



Hay coincidencias con la realidad pero nada termina por encajar del todo en lo real. Cortázar continuará explorando esta narrativa en diversas formas, en obras como Rayuela (1963) o 62, modelo para armar (1968).



Militancia



Luego de su visita a Cuba se consolida una postura ideológica que busca acompañar con una revolución del lenguaje a la revolución del hombre y la realidad continental. Apoya procesos revolucionarios, como el que combate a la dictadura de Somoza en Nicaragua. Varios de sus textos formarán parte del plan de alfabetización que organiza el gobierno posteriormente.



En 1981 es declarado ciudadano francés por el presidente Mitterand.



Uno de sus allegados señalaba que cada vez que, ya enfermo, debía someterse a sesiones de tratamientos médicos contemplaba sus libros y sus discos como si se despidiera.



En 1983, con la restauración democrática, regresa a la Argentina a visitar a su madre y es ampliamente reconocido. No obstante, el presidente electo no lo convoca a la reunión de intelectuales a la que sí invita a Borges y Sábato (escritores que habían convivido sin problemas con la dictadura militar; probablemente la actitud de deba a que Alfonsín llamó traidores a otros exiliados, como Osvaldo Bayer y que así considerara a Cortázar, o puede que nunca lo haya leído) en lo que es un gesto simbólico: aquel que apoyó las luchas por la liberación no parece tener espacio en la nueva etapa, probablemente por considerarlo un extranjero (cultor de modismos porteños de la década del 50, quizás en una lucha por recuperar un tiempo perdido) antes que un exiliado.



Falleció nueve semanas más tarde de dejar la Argentina.



Cortázar pugnó siempre por establecer una relación realizadora con un lector activo y crítico, y más allá de ciertos lugares comunes que suelen estar asociado a su obra, produjo una escritura destinada a mucho más que a dar cuenta de las cosas.











Eduardo Balestena



ebalestena@yahoo.com.ar

miércoles, 19 de octubre de 2011

Mudanzas


A Rafael de Diego y los suyos, vecinos históricos

Hasta que no emprendemos la aventura de una mudanza no somos concientes de la experiencia que nos aguarda. En cuestión de horas, nuestro orden doméstico conocido se disgrega en cajas y canastos. Cuánto tiempo ha pasado, después de todo, a juzgar por todo lo que acumulamos.

Bruscamente arrebatada de su estante o su cajón, cada cosa parece descolorida, como si la aquejara una vejez de la que no nos habíamos percatado. Si ellas son viejas, es que nosotros también lo somos.

Lo que hasta ayer habíamos tenido a la mano, ha desaparecido pero aquello otro cuya existencia no recordábamos ha llegado vaya a saber de dónde. Está el boletín de tercer grado pero no la última boleta del inmobiliario.

Depositadas bruscamente en ese caos, las cosas parecen tristes, como si nos pidieran regresar a ese lugar en el cual se veían jóvenes y sin tierra. Y nosotros también queremos regresar, si fuera posible al vientre materno; abandonarlo es la primera y más drástica de las mudanzas.

Y los papeles: un repertorio de viejas cartas, notas o formularios de proyectos truncos y olvidados. Nuestra vida desfila ante nosotros bajo la forma de ese caos polvoriento. Habremos de deshacernos de objetos, conservados por si algún día los necesitáramos, pero no de los juguetes del primer baño de nuestros hijos, que bruscamente nos marcan que el que primero los usó ya es adolescente. ¿Cuándo transcurrió todo ese tiempo?

La memoria de otros lugares donde hemos vivido también aflora, como los trastos viejos. De cada uno de ellos hubiéramos querido salir de una mejor manera, y algo de nosotros busca volver para ajustar aquellas cuentas siempre pendientes, igual que el fantasma de Canterville, para poder descansar en paz. Pero no es así. No se vuelve. Aquellos sitios no son lo que la memoria ha rescatado de ellos. Ya no están, o son peores.

Los nuevos vecinos, por otra parte, no parecen verdaderos, sino actores que se hacen pasar por aquellos otros; que todo es una trama destinada a que, como en “Trampa para un hombre solo”, nos hagan confesar dónde ocultamos un cadáver. Nuestros verdaderos vecinos ya no están ahí. Otros han usurpado su lugar. Pero nuestros verdaderos vecinos ya no lo son. Estos no tienen historia, y por eso no parecen verdaderos. Los otros tienen historia pero ya no son verdaderos. Quizás, después de todo, sea nuestra historia la que no es verdadera.

Inocentemente, habíamos quitado a las cosas de ese estante con la idea de devolverlas a un lugar que nos parecía obvio, pero que aún no tenemos para ellas. Pensamos que, al colocarlas en la caja, recordaríamos la caja, y de donde provenían; pero las cajas, como la memoria, esos siglos de viejas batallas y olvidadas derrotas, se mezclan.

Sin embargo, poco a poco, las cosas van retomando un orden, que aunque diferente, es orden al fin, sus rasgos de juventud vuelven a aparecer cuando encontramos otro sitio para ellas, y casi todo parece volver a ser prácticamente lo mismo, aunque una profundidad se haya abierto para decirnos aquello que pudimos haber vivido y que no vivimos. Las mismas cosas, históricas, que parecieron viejas y llenas de tierra, son quienes terminan por encaminarnos. Mudamente nos dicen que mañana será otro día, que ellas seguirán con nosotros, y que aún nos quedan muchas páginas para escribir, porque los lugares, como los perros, terminan por parecerse al dueño.

Eduardo Balestena

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Qué difícil es volar




Lo primero que quise escribir cuando era chico fue una historia de la aviación. Había caído en mis manos un libro (El hombre alado) que me fascinaba y siempre supe que volar sería cuestión de tiempo. Me llevaron por primera vez cuando tenía 10 años, en el Aero Club, en un Piper Colt. Nunca olvidaré la primera vez que lo hice solo.



Pero la verdadera aventura no es volar en sí sino renovar, año a año, el psicofísico, (el certificado anual de aptitud).



Al cabo del tiempo, todas las idas se me superponen en una suerte de experiencia única. Antes íbamos alumnos y pilotos, civiles y militares pero hoy, va todo el mundo, azafatas, personal de rampa. Cada vez hay más gente, por suerte, algo menos de la mitad es del sexo opuesto.



El Instituto de Medicina Aeronáutica queda en Palermo, cerca del planetario y abre a las 7 y media de la mañana. Pese a tantos anuncios de que iba a suceder lo contrario, sigue dependiendo de la Fuerza Aérea -es decir que estamos como antes de Piñeyro- y las revisaciones suelen recordar, y mucho, a las del servicio militar. El paso por unos gabinetes es más rápido y sencillo pero otros no. En unos se junta mucha gente, en otros no se junta nadie. Este año, por ejemplo, no me hicieron la radiografía de tórax. Como, invariablemente, el que hace otorrinolaringología al mirarme los oídos decía: tapon de cera, tapón de cera y me sellaba la hoja, unos días antes fui al otorrino a hacerme un lavaje de oídos. Cuando me llegó el turno, sin mirarme, me selló la hoja y me dijo: “andá flaco”. Este año esa prueba fue subsumida en la de clínica médica, que siempre fue lo más cercano a la colimba y tampoco me miraron los oídos.



El año pasado, en clínica médica me atendió una doctora, joven y frondosa, que tras ceñirme fuertemente el tensiómetro me rechazó mandándome a hacer una prueba por la cual tuve ir al cardiólogo para que me pusiera por 24 horas un aparato que me tomaba la presión, día y noche, y andar con él en clase, en el trabajo, en la calle. Lo peor era el ruido que, de golpe, hacia cada pocos minutos y que me obligaban a dar largas explicaciones. Cursaba sociedades en esa época y cuando, estando en clase, comenzó a inflarse ruidosamente mi brazo la profesora interrumpió, extrañadísima, su exposición. Al rato, la clase ya se había acostumbrado. Fue difícil dormir esa noche. Por supuesto que estaba todo normal, pero pasé sin volar un tiempo gracias a eso.



En la audiometría es todo más fácil. Este año la encargada me dijo, como si me conociera ¿está mejor de su salud auditiva? Como si alguna vez hubiese sido sordo. Por las dudas, opté por oprimir el botón no cuando escuchaba sino cuando presentía. El oculista, uno de los primeros en desocuparse es un hombre mayor muy amable (casi el único amable). Va por los pasillos diciendo como si fuera un vendedor: “ojos”, “ojos”, “ojos” “a alguien le falta hacer ojos” “venga, veenga- “pero estoy esperando acá”- “no importa, enseguida se desocupa y vuelve”.



En una época había un dentista con los dedos con olor a cigarrillo: miraba las piezas y decía una letra y un número, hasta terminar anunciando “hundido.” Otro exclamaba, “Mar del Plata, ahhh, cómo me gusta ir a la Reforma” (Él, como muchos, no imagina que la Mar del Plata que conoció ya no existe, que sobre sus escombros surgió otra, frenética y desconocida, con edificios anónimos y que la guerra entre la identidad y la lógica del mercado fue ganada por ésta última).



Con la hoja hay un cuestionario para el psiquiatra con preguntas como: “ha oído voces”; “si está en un cine y se incendia que hace”; ”se ha sentido eufórico o deprimido últimamente”; “que opina de usted su familia”; "Cuántas tazas de café por día toma"; “Si intentan robarle el auto, ¿qué hace?"



Antes de la entrevista con el psiquiatra militar hay que hacer lo que decididamente es lo peor: el gabinete psicológico. Los que están allí no llevan uniformes sino guardapolvos y nos miran como a chicos: el que vuela un jumbo, o un Piper, o helicópteros o cazas, son todos iguales para ellos, que están más alto que todos nosotros, auque no hayan despegado los pies del piso. Hay que hacer el test de Bender (reproducir figuras geométricas) y en otra hoja dibujar una casa, un árbol y una figura humana. Si la figura es muy completa uno es un obsesivo; si es muy básica uno es un inmaduro. Si le ponemos anteojos porque nosotros los usamos es que no vemos la realidad. Si es muy grande uno es egocéntrico, si es muy chica, es complejo de inferioridad. Lo mismo el árbol: si tiene mucha copa, si tiene poca, si tiene raíces, si no las tiene.



Suelo dibujar el chalet donde estaba Speakeasy, porque me gusta y me trae lindos recuerdos, y la figura que hago invariablemente es con traje, corbata y portafolios. No sé que de malo habrá en ello. Me encantan los trajes y las corbatas, los uso todos los días para trabajar y me gusta salir, elegirlos y comprarlos, pero algo muy extraño debe haber en eso porque este año me hicieron completar el dibujo con el de una figura humana bajo la lluvia (“porque el otro no salió muy bien”). El problema entonces es si un la dibuja con paraguas o no, o si el paraguas es muy chico o muy grande o cubre la figura o no. También las gotas o las nubes. Si hay nubes parece que uno es depresivo, si no las hay, omnipotente, si las gotas son muchas y pequeñas, uno piensa que todo está en su contra, si hay pocas, es que uno minimiza el riesgo.



Realmente los del gabinete me superan y no sé como predecirlos. Cómo decirles que los dibujos sólo muestran lo que ellos, que seguramente nunca manejaron un avión, quieren imaginar allí. Uno que está al lado, un paracaidista me dice “yo no le tengo miedo al paracaídas ni a los saltos…pero a la hoja…”



Luego de todos los gabinetes la visita termina en los psiquiatras militares, que parece sacados de la película Birdy, o de Atrapado sin salida.



Miran y como si se dirigieran a un criminal dicen “cuénteme”. Nunca les confesé que en realidad soy escritor. Siempre me preguntan en qué año de derecho estoy. Intento decirles que más que años, son correlatividades, pero desisto. No acaban de entender lo que es la cámara de apelaciones donde trabajo.



Tanta salud mental no responde a mi pregunta invariable: para que es necesario esto si sólo quiero volar un Cessna 150 una vez por semana o cada quince días.



Después de todos estos años, si uno les tiene el respeto que se merecen, que es mucho, no es difícil volar un avión; aunque haya viento cruzado, cortantes, rachas (es peor manejar un auto en las calles salvajes), no les temo a los aviones, les temo a los dibujos, a los certificados, a las personas, eso sí que hace que sea difícil volar.







Eduardo Balestena



http://www.d944musicasinfonica.blogspot.com

sábado, 24 de septiembre de 2011

Cuentas pendientes



“A esa hora, la avenida Luro era un desierto dilatado y negro” (Un Llamado en la Oscuridad en Ana, el Interior del fuego”)

Esta mañana volvía del Aero Club por Funes y al llegar a Luro vi tapiado y con carteles el frente de la Panadería La Higiénica, fundada en 1900.

Ello me levó inmediatamente a este texto de 1990 y a la idea de que todo, en las novelas, parece vinculado a cuentas pendientes.

Cuentas pendientes con la vida, o mejor dicho, de ella con nosotros. Lo que no pudimos vivir o lo que vivimos mal, lo que hay que restaurar, lo que vuelve –es decir casi todo- y después lo que quedó tras la publicación, aquellas cosas que hubiéramos esperado que sucedieran y no sucedieron o aquellas que no esperábamos y que sucedieron: porque, felizmente, la vida también es eso:

“A esa hora la Avenida Luro era un desierto dilatado y negro que brillaba en los focos de las altas columnas. El pavimento parecía húmedo, humectado. Infinitos tránsitos extraían de él un mágico brillo. Qué diferencia a las horas diurnas, cuando Luro es un hervidero bullicioso y sus negocios y sus tiendas hablan de movimiento, de historias que ese monstruo de la ciudad oculta y fagocita. Cerrada está esa gomería donde hay un perro viejo sin cola, con antiguas peladuras de sarna o mordiscos…y la panadería La Higiénica, de A. Sordelli, fundada en 1900…La Avenida Luro, entre España e Italia, palpita desde una remota antigüedad…” (pag. 143/144)

A veces sentimos que la vida no acudió a la cita que teníamos con ella porque no nos deparó lo que esperábamos, que quien acudió fue alguien diferente, alguien a quien hay que arrojarle un guante a la cara.

Sólo podemos saber que nosotros sí cumplimos cuando escribimos para dejar constancia y, más que nada, porque es nuestro modo de vivir. Entonces sabremos que aunque siempre vayan a quedar cuentas pendientes, al menos sí hemos hecho nuestra parte escribiendo “en orgullosa soledad libros que tengan la violencia de un cross a la mandíbula”.

Eduardo Balestena

http://www.lapalabrainconclusa-literatura.blogspot.com

domingo, 11 de septiembre de 2011

Tierra de nadie








Siempre imaginé que la noche menos pensada el Chacho lo iba a matar pero la tarde en que tocó el timbre de mi casa para decirme que había encontrado al tontito muerto me sorprendió.




Esa vez la policía vino cuando se la llamó.

A esta hora toda la cuadra lo debe saber.

Cuando sentimos los gritos aquella noche y llamé no vino la policía. “No, dejáme”, gritaba el tontito y se escuchaban los golpes que le daba el otro. Al día siguiente vimos al tontito con la cara –roja y alcohólica- toda lastimada.


Pensar que anteanoche mismo yo pensaba “que tranquilos están” y como a las dos y media nos despertó el tontito, cantando a los gritos –valga la contradicción. Que contento parecía. A las seis menos cuarto, cuando nos levantamos sin poder dormir, ya se había callado.



Después de aquella paliza no lo vimos durante bastante tiempo y aparecieron otros, el Beto, el Tío Cosa –le decíamos así porque era una maraña de pelos que emitía un sonido gutural, a medias entre la voz de un borracho y un graznido. Apareció en un Taunus Ghía viejo que dejaba en la vereda. La señora de al lado no podía ni salir, porque le ocupaban la entrada o le hacían de todo. Nadie podía pasar y en las noches se emborrachaban y gritaban. Fue cuando pusimos la membrana acústica, el doble vidrio y los burletes...


No sé cuantos meses o años duró eso, pero fue peor cuando apareció el mula, el que habían echado del prostíbulo y que empezó a vender droga ahí. Pasaba con esa maraña de pelo de virulana en la bicicleta y además de vender marihuana la fumaba en la vereda, cuando con otros dos o tres se ponían a decirles cosas a las chicas. A alguna le hicieron algo más porque un día apareció la policía. Una menor, dijo el señor Anselmo, que vive enfrente. Ellos se ponían en la vereda y se mamaban ahí. Pasaban horas y horas de la noche en la vereda a los gritos y nosotros no hacíamos nada por miedo ¿Quién nos iba a proteger? Después entraban y se sentían las risotadas y los gritos toda la noche. Pensábamos en cuántas casas viejas están llenas de tipos así, y que a muchos otros estoicos vecinos les estaba reservada la misma suerte que a nosotros.


Parece que hubo un tiempo en que los padres del tontito habían hecho esa casa. Luego algo pasó. Los padres se peleaban. La madre se volvió loca. Se separaron. Se fueron y quedó el tontito que empezó a desarmar la casa y a vender los materiales hasta convertirla en esta ruina. Luego él desapareció y más tarde volvió. Ese es el ciclo que hacen todos: están, se los padece, desaparecen pero vuelven, siempre vuelven, ellos u otros que son como ellos, por eso parece que cambian y a la vez son los mismos.


Cuando fuimos a vivir al barrio, hace cinco años, esa “casa” ya era una ruina; había desaparecido casi todo el techo, por eso la humedad del agua de lluvia nos viene a nosotros, la parte de arriba no tenía escalera ni ventada; pero vivían ahí un hombre, unas chicas y unos nenes chiquitos; sin luz, sin gas, sin agua. Todo lo habían cortado hacía años (nosotros no podemos dejar impago ni un bimestre, enseguida nos intiman, pero en lugares así nadie intima, nadie ejecuta y

todo vale). Nos llevábamos bien con ellos. Les comprábamos cosas en el supermercado, les dábamos ropa. Eso hasta que los sacaron los del prostíbulo y vino a vivir el mula.


Pensar que tiran casas buenas para hacer dúplex y edificios y este aguantadero subsiste, desafiando fideicomisos, políticas de inversión y la paz de todo el barrio.


Luego supimos que “la casa” estaba en juicio –desde hacía unos once años- Movimos cielo y tierra hasta dar con el paradero del juicio, en el juzgado 10. Era cierto. Una ejecución hipotecaria. Estuvimos felices cuando supimos que la “casa” estaba por ser rematada. Años y años de espera finalmente quedarían atrás. Casi festejamos entre todos los vecinos y, felices, esperábamos el día de la subasta. Sería el fin del Chacho, del tontito, del mula que vendía drogas, del Tío Cosa, del Beto y de todos los que, meticulosamente, nos habían arruinado la vida durante tantos años.


Pero el mismo día del remate la curadora interpuso una nulidad y quedamos todos en el punto de partida. De pronto, habíamos retrocedido otros diez años, hasta cuando la ejecución fue iniciada, en el año 2000. Aparentemente, la subasta había violentado las “posibilidades defensivas de su pupila”, la madre del tontito. Resultado: todos se quedaron. Se perdió otro año. Siguieron con las borracheras, las drogas, las peleas, los gritos. Seguimos con miedo: al mula, a los amigos del mula, a sus clientes, al regreso a casa de nuestros hijos, a las palabrotas.

A la pupila, al Chacho, al mula, los protege la ley –es decir su inoperancia, que es lo mismo- pero a nosotros no. Somos nosotros los que estamos ahí, al lado, pared por medio, sin que nadie vaya a venir ni cuando se emborrachan, ni cuando se drogan, ni cuando se pelean ni cuando les dicen cosas a las chicas que pasan.



En la época del mula, antes de que le hicieran los dos allanamientos por lo de las drogas, subían al primer piso, borrachos y drogados. Sin escalera y sin luz, igual subían y hacían fuego. Quemaban un viejo ropero de roble, tomaban vino de caja y hacían hamburguesas. Las chispas volaban en la noche, ellos gritaban pero nadie venía entonces.


No recuerdo cómo llegó el Chacho, con su apariencia feroz. Seguramente como todos. Parecía siempre a punto de explotar y el tontito, cuando yo le compraba remeras que vendía por la calle, me confesó que le tenía miedo.


El señor Anselmo le dijo a la policía que la hermana había escuchado que anoche lo habían traído tan borracho que no se podía tener en pie; que se había tomado una botella de whisky a la noche y otra a la mañana, según dijo el Chacho. Cierto o no, apareció muerto.


¿Y ahora qué?


Vendrá alguien más: puede ser, y también que haya más muertos. Que vendan más drogas…que vuelva el Tío Cosa…todo puede ser porque nosotros y nuestra vecindad no le importamos a nadie. Nosotros seguimos siendo los olvidados porque en otras partes, todo el tiempo, pasan cosas mucho peores a que alguien venda drogas, mate a otro o se muera ahogado en alcohol o fume marihuana o viole a una nena.


Podríamos pensar que el tontito dio su vida para demostrar la inutilidad de la justicia. Pero no era necesario, eso ya se sabe.


Nosotros sólo queríamos sacárnoslos de encima. Pero no se puede. Nunca se puede. Siempre pasa algo o deja de pasar. Los intereses de la pupila o la nulidad por la nulidad misma o la ebriedad o el crimen o la muerte. Todo menos lo que debería pasar.


Qué más da si lo mató o se murió. No importa porque en esta jungla puede pasar cualquier cosa y sólo debemos refugiarnos, cerrar las puertas, soportar y esperar que, por mero azar, nada nos pase porque seguiremos siendo los olvidados en una tierra de nadie.











Eduardo Balestena




ebalestena@yahoo.com.ar

viernes, 8 de julio de 2011

Textos sobre Natalio Kisnerman







Natalio Kisnerman fue una de las figuras centrales del movimiento de Reconceptualización del Servicio Social (en los años 60) y un autor muy reconocido por sus numerosos libros, su trabajo de campo como asistente social primero, licenciado en trabajo social y más tarde como magíster en tercera edad. En su rol de educador formó a generaciones de docentes y profesionales en muchas partes. También desempeñó cargos en gestiones de cultura en Gral. Roca, donde vivía.
Fue Profesor Emérito de la Universidad Nacional del Comahue, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cuernavaca, México, docente e investigador. Dictó conferencias y cursos en el país, Europa y Latinoamérica.
El 25 de julio de cumplen cinco años de su inesperado fallecimiento.
Gracias a las gestiones de Víctor Mamani, trabajador social de Jujuy, la editorial Lumen-Humánitas publicará –en su serie Notables del Trabajo Social Latinoamericano- un volumen de textos de quienes –en diferentes países- fuimos amigos cercanos y pudimos adquirir una perspectiva no sólo desde su formación teórica sino desde lo que significó como persona.
Que a cinco años de su desaparición física Natalio Kisnerman pueda seguir originando proyectos y hermanando a personas distantes geográficamente pero cercanas en otros planos es muy congruente con lo que fue como docente, profesor y ser humano.
En un momento en que la vida social se encuentra sometida en gran parte a la lógica del mercado y en que, como pocas veces, es necesario trabajar sobre la reconstrucción de sus vínculos, es particularmente importante rescatar la figura de un maestro –en todo el sentido del término- siempre comprometido con aquello con lo que trabajó.




Eduardo Balestena
http://lapalabrainconclusa-literatura.blogspot.com